Capítulo 7
A las cuatro y veinte cerré el portátil.
Había intentado volver al trabajo después de recoger las copias de Marcelo, pero la reunión de las cuatro terminó sin que yo fuera capaz de repetir la mitad de lo que se había hablado.
Cogí el llavero de la carpeta del edificio.
No sabía cuál de las cuatro llaves podía servir para el cuarto del fondo. Marcelo había dejado claro que cualquier prueba tenía que hacerse delante de la representante de los propietarios y que la puerta no se abriría.
Me guardé el llavero en el bolsillo y salí.
La mujer ya estaba en el rellano, con una carpeta fina bajo el brazo.
—¿Elisa?
—Sí.
—Puedes entrar. Voy a aprovechar para comprobar unas medidas mientras miras.
Abrió la puerta del 803.
Me quedé fuera un instante.
Hasta entonces había visto el apartamento por fragmentos. Una parte del salón a través de la puerta abierta, una franja del pasillo y un trozo de la cocina al fondo.
Ahora ya no había ningún ángulo robado ni motivo para fingir que solo estaba de paso.
Crucé la puerta.
El salón parecía más grande sin muebles.
Un mueble bajo seguía pegado a la pared y dos sillas estaban apiladas cerca de la ventana. El suelo de madera tenía zonas más claras donde antiguos muebles habían protegido el barniz del sol. Había marcas de lápiz cerca de un enchufe y pequeños trozos de cinta adhesiva en el rodapié.
Nada de aquello pertenecía a mi recuerdo.
Intenté mirar primero el espacio que existía, no lo que yo quería reconocer.
El pasillo que daba acceso a los dormitorios y al baño seguía hacia el interior. La cocina quedaba más al fondo y se llegaba a ella por otro paso.
Caminé despacio.
Lo primero que reconocí en la cocina fue la encimera.
No porque estuviera exactamente como en mi recuerdo. No lo estaba. Había manchas que no recordaba y una pequeña zona oscurecida cerca de la esquina. Los armarios parecían más bajos de lo que imaginaba.
Aun así, la disposición me resultaba familiar.
El fregadero estaba a la izquierda, la encimera era estrecha y una ventana ocupaba parte de la pared sobre la zona de trabajo.
Durante unos segundos, Marta volvió a aquel espacio en mi cabeza. La veía cerca de la encimera, con el brazo apoyado y una mano alrededor de una taza. La cicatriz clara del antebrazo aparecía como el detalle más definido de la escena.
Sabía que aquella imagen procedía de mi memoria, no de la cocina vacía que tenía delante.
La mujer que me acompañaba apareció en la entrada.
—¿Has encontrado algo?
—Solo estoy intentando reconocer el sitio.
Miró a su alrededor.
—¿Venías aquí antes?
—Cuando era adolescente.
Estuve a punto de añadir que la vecina vivía allí.
No lo hice.
—Hace mucho.
—Bastante.
Señaló la encimera.
—Esta cocina la van a quitar entera.
Pasé la mano cerca de la esquina, sin tocarla.
—Me lo imagino.
—Los armarios están mal por dentro. De lejos engañan.
Se marchó hacia otra habitación.
Yo seguí.
Desde la cocina, un paso conducía a un lavadero estrecho. La puerta de servicio estaba allí y daba directamente al rellano de la escalera.
La abrí solo lo suficiente para confirmar la posición.
Era el mismo rellano donde recordaba haber encontrado a Marta con una bolsa en la mano.
Vista desde allí, la escena seguía siendo posible.
Podía haber subido, bajado o salido de cualquiera de los dos apartamentos antes de que yo me encontrara con ella.
Cerré la puerta.
Aquella constatación no contradecía mi recuerdo. Solo le quitaba una certeza que nunca me había dado cuenta de que había añadido.
Después del lavadero había un pequeño pasillo.
Me detuve.
A la derecha había un aseo de servicio, abierto y vacío. Más adelante estaba la puerta.
No tuve que buscarla.
Era más pequeña de lo que recordaba.
La madera no era oscura. La habían pintado de un color claro que con los años se había convertido en un beige difícil de definir. El tirador metálico estaba apagado y había una mancha cerca de la cerradura donde muchas manos habían tocado a lo largo de los años.
La puerta de mi recuerdo parecía más alta y más pesada.
Quizá porque yo tenía dieciséis años.
Quizá porque una puerta cerrada cobraba importancia cuando alguien decía que no debía abrirse.
La frase volvió.
«Eso no se abre.»
Esta vez no intenté elegir una voz para ella.
La mujer apareció detrás de mí.
—Este es el cuarto.
Me volví.
—¿Sigue cerrado con llave desde la inspección?
—Por lo que me han dicho, sí.
—¿Ninguno de los propietarios tiene la llave?
—De esta cerradura, no.
Se acercó.
—Si no aparece, llamarán a un cerrajero cuando termine el plazo.
Saqué el llavero del bolsillo.
—Marcelo dijo que podía probarlas sin abrir.
—Sí.
Separé las llaves en la palma de la mano.
La más grande no tenía sentido allí.
Probé primero una de las pequeñas. La punta apenas entró.
La segunda entró hasta la mitad y se atascó.
La saqué.
Quedaba una llave pequeña de metal más oscuro, con la cabeza ovalada y dos marcas casi paralelas cerca de la base.
La introduje en la cerradura.
Entró por completo.
No la giré.
Dejé los dedos apoyados sobre la cabeza de la llave.
—Parece que es esa —dijo la mujer.
—Eso parece.
Que encajara no demostraba que la llave abriera la puerta. Cerraduras de modelos parecidos podían admitir una llave sin que esta llegara a girar.
Me miró.
—¿Quieres probar?
Pensé en lo acordado.
—No. Si la autorización es para probarla sin abrir, prefiero dejarlo aquí.
—Por mí, bien.
Saqué la llave.
Ella volvió a los dormitorios.
Me quedé delante de la puerta unos segundos más.
Mi madre había guardado una llave que encajaba en aquella cerradura.
No era una sorpresa absoluta. El llavero estaba identificado con Nair y 803, y Lúcia se había ocupado de aquel apartamento durante años.
Aun así, había una diferencia entre saber que tenía acceso al inmueble y sostener una llave compatible precisamente con la puerta sobre la que yo recordaba haber recibido una prohibición.
Salí de la zona de servicio y volví a la cocina.
Me senté en una de las sillas que habían traído del salón.
Intenté recordar dónde estaba yo la tarde en que había visto allí a Marta.
Quizá sentada.
Quizá de pie cerca de la entrada.
Recordaba una mesa pequeña, aunque ahora no hubiera ninguna. Podían haberla retirado en algún momento, como casi todo lo que había habido en aquel apartamento.
Cerré los ojos unos segundos, solo para ver qué aparecía sin esfuerzo.
Mi madre estaba de pie, Marta cerca de la encimera y yo más próxima a la entrada de la cocina. Había café, cajas y la puerta cerrada al fondo.
Cuando abrí los ojos, ninguna de aquellas posiciones se había vuelto verificable.
Me levanté.
En la pared, cerca de la encimera, había una pequeña marca oscura, como una quemadura antigua. Por un instante tuve un recuerdo fugaz de mi madre quejándose de que alguien había dejado algo caliente donde no debía.
No conseguí situar la escena.
Aquello bastó para hacerme parar.
Estaba allí buscando reconocimiento. Si insistía lo suficiente, acabaría encontrando familiaridad hasta en una mancha.
Fotografié la cocina entera desde la entrada.
Después hice otra foto del lavadero, una de la puerta de servicio y otra del pequeño pasillo donde estaba el cuarto cerrado.
La mujer volvió.
—¿Has terminado?
—Creo que sí.
—¿Has encontrado algo de tu madre?
Miré hacia la puerta del fondo.
—Todavía no lo sé.
Salimos juntas.
En el rellano, cerró el 803 con llave y comprobó el picaporte.
—Si quieres volver para ver el cuarto cuando lo autoricen, avisa a Marcelo.
—Lo haré.
Entró en el ascensor.
Yo me quedé.
Abrí la puerta del 802 y fui directamente a la cocina.
No busqué una comparación detallada entre los dos apartamentos. Dejé el móvil sobre la mesa y repasé las fotografías que acababa de hacer.
El salón no me decía casi nada.
La cocina, la zona de servicio y la puerta decían más.
Yo había estado antes en aquel apartamento. La familiaridad no me permitía afirmar cuántas veces ni con quién en cada ocasión, pero ya no conseguía tratar mi presencia allí como un recuerdo sin ningún apoyo.
Acerqué la carpeta del edificio y dejé el llavero sobre la mesa.
La pequeña llave no explicaba nada por sí sola, pero ya no conseguía guardar el llavero entre los papeles de Nair como si fuera un objeto administrativo más.