Capítulo 2
Tardé unos segundos en entender de dónde venía. Hubo un golpe breve, después el ruido de una escalera arrastrándose por el suelo y voces apagadas que no conseguía distinguir. Miré el móvil. Las siete y cuarenta y dos.
Me quedé tumbada un poco más, intentando decidir si merecía la pena irritarme por unas obras que oficialmente ni siquiera habían empezado.
El ruido cesó.
Me levanté.
Cuando salí del dormitorio, encontré el apartamento bañado por esa luz grisácea que entraba antes de que el sol alcanzara directamente las ventanas del salón. Abrí la ventana de la cocina para ventilar e hice café. Mientras se calentaba el agua, oí una puerta cerrarse de golpe fuera.
Esta vez el sonido venía claramente del rellano.
Tenía que bajar a comprar pan y aproveché la excusa.
Cuando abrí la puerta del 802, la del 803, justo enfrente, estaba de par en par.
Dos hombres llevaban una cinta métrica, una escalera plegable y una caja de herramientas. Un tercero estaba agachado cerca de la entrada, haciendo anotaciones en un portapapeles. El 803 aparecía detrás de ellos como una fotografía demasiado nítida de algo que yo solo conocía desenfocado.
Me detuve el tiempo suficiente para que uno de los hombres levantara la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Iba a seguir hacia el ascensor cuando preguntó:
—¿Eres del ochocientos dos?
—Sí.
—Perdona por el ruido tan temprano. Hoy estamos midiendo y comprobando algunas cosas.
—No pasa nada.
Volvió al portapapeles.
El salón del 803 estaba casi vacío. Había un mueble bajo pegado a una pared y dos sillas apiladas cerca de la ventana. El suelo de madera parecía más claro en el lugar donde algún mueble grande había estado durante años, formando un rectángulo protegido del sol.
Aquello no coincidía con la primera imagen que me vino a la cabeza.
En mi recuerdo había un sillón.
No supe decir de inmediato dónde. Quizá cerca de la ventana.
Me quedé mirando el interior del apartamento mientras esperaba el ascensor e intenté reconstruir el salón, pero la imagen no obedecía.
La cocina aparecía con mucha más facilidad.
Recordaba azulejos claros, una encimera estrecha y la luz entrando de lado, con Marta apoyada cerca del fregadero y una taza verde, desportillada en el borde, entre las manos.
También había un discreto aroma a jazmín que asociaba con ella, aunque no habría sabido decir si venía de un perfume, un jabón o algo que se ponía en el pelo.
El recuerdo apareció lo bastante completo como para distraerme de la llegada del ascensor.
—¿Bajas?
El hombre del portapapeles me sujetaba la puerta.
—Sí. Gracias.
Entré.
Mientras el ascensor descendía, seguí pensando en la taza.
No era un recuerdo importante. Precisamente por eso resultaba tan nítido. No recordaba a Marta en ningún gran acontecimiento. La recordaba haciendo café, recogiéndose el pelo con una mano y buscando algo dentro de un bolso demasiado grande.
También recordaba una cicatriz clara en el antebrazo izquierdo, fina e irregular. No sabía de dónde venía. En algún momento quizá se lo había preguntado, pero no recordaba la respuesta.
Compré pan en la panadería de la esquina y regresé en menos de quince minutos. La puerta del 803 seguía abierta. Esta vez, uno de los hombres estaba midiendo la pared del salón y otro había desaparecido hacia el fondo.
Pasé despacio.
No entré.
La sensación no era la de estar mirando un lugar desconocido. Tampoco era exactamente una sensación de reconocimiento. Era como volver a ver a alguien después de muchos años y saber quién es antes de poder explicar por qué.
En el 802, dejé el pan sobre la encimera y me quedé mirando la cocina.
La taza verde volvió a venirme a la cabeza.
Abrí el armario superior.
Entre vajilla blanca, tazas que conocía desde niña y dos tazas publicitarias que mi madre nunca había usado, había una verde al fondo.
La cogí.
Era de color verde oscuro, con el borde irregular en un punto, como si hubiera saltado un pequeño trozo del esmalte.
La sujeté por el asa.
Durante un instante tuve la certeza sencilla de que no era la misma.
Después tuve la certeza contraria.
Dejé la taza sobre la encimera.
Recordaba a Marta usando una igual. Quizá era igual porque las tazas verdes tampoco eran precisamente raras. Mi madre podía haber tenido dos. También podía estar llevando al presente una imagen que nunca había sido tan precisa como parecía ahora.
Preparé el café en otra taza y volví a guardar la verde.
No quería convertir aquello en un asunto.
A las nueve me senté a trabajar.
Conseguí pasar la primera hora sin pensar en el 803.
Durante la segunda, recibí un mensaje de Marcelo preguntándome si quería aprovechar que los propietarios estaban tomando medidas para entrar en el 803 aquel día. Le contesté que no. Todavía tenía que separar los documentos de mi madre y prefería coordinarlo con antelación.
Me respondió con un pulgar hacia arriba.
Volví a la hoja de cálculo.
Poco después de las once, oí pasos en la escalera de servicio.
El sonido atravesó la cocina de una forma que me hizo levantar la vista del portátil.
Aquello arrastró consigo un recuerdo más concreto.
Debía de tener dieciséis años y volvía del colegio. En aquella época, a veces subía los últimos tramos por la escalera cuando el ascensor tardaba, sobre todo si me encontraba a alguien esperando con un perro, bolsas de la compra o un niño pequeño.
Recordaba abrir la puerta cortafuegos de la octava planta y encontrar a Marta en el rellano de servicio.
Llevaba una blusa clara. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y una bolsa en una mano.
En mi recuerdo, sonrió al verme.
—¿Huyendo del ascensor?
Yo respondí algo que no conseguía recuperar.
Tampoco recordaba si entró en el 803 por la puerta de servicio o si seguimos juntas por el rellano. Cuanto más intentaba completar la escena, menos fiable se volvía.
Aparté el portátil y fui hasta la cocina.
Pensé en abrir otra vez el armario de la taza, pero lo dejé. El recuerdo ya tenía suficientes detalles sin que yo intentara comprobarlos todos de una vez.
El trabajo ocupó el resto de la mañana.
Después de comer, tuve que salir para llevar una copia de un documento al registro. Cuando volví, el 803 estaba en silencio. La puerta principal seguía abierta, pero las herramientas habían desaparecido del salón.
Me detuve delante del ascensor.
Desde donde estaba podía ver una franja estrecha del pasillo interior del apartamento y, más al fondo, parte de la cocina.
Fue suficiente.
La imagen regresó con una precisión que me incomodaba más por la facilidad con que aparecía que por su contenido.
Marta sentada cerca de la encimera, mi madre de pie y tres tazas sobre una superficie. También había cajas apoyadas contra la pared, quizá dos, quizá tres.
El apartamento parecía poco amueblado, pero eso tenía sentido en mi recuerdo porque Marta acababa de mudarse.
Recordaba haber pensado que la casa parecía provisional.
Esa palabra se me ocurrió ahora.
No sabía si había pensado en ella a los dieciséis años.
Di un paso hacia el ascensor y volví a detenerme.
También había una puerta al fondo.
No la puerta de servicio. Otra.
Conseguía recordarla cerrada y oscura, quizá de madera barnizada. También recordaba haber preguntado qué había allí.
La respuesta llegó casi junto con la imagen.
—Eso no se abre.
En mi recuerdo, la voz era de Marta, baja y sin irritación, como si yo hubiera preguntado por un cajón que no era asunto mío.
Las puertas del ascensor se abrieron y entré antes de empezar a forzar más detalles.
En la planta baja encontré a Marcelo cerca de la administración.
—Elisa.
—Hola.
—¿Has visto que ya han empezado a medir?
—Sí.
Señaló hacia arriba, aunque no hacía falta.
—Si quieres mirar esas cajas antes de programar la retirada, puedo coordinar una entrada mañana o el lunes.
Pensé en la puerta del fondo.
—¿El cuarto sigue cerrado?
—Sigue cerrado.
—¿Puede servir la llave que encontré?
—Puede. Pero la probamos con alguien de los propietarios presente, ¿de acuerdo?
—Claro.
Sonrió, quizá porque había contestado demasiado deprisa.
—Hoy no hay prisa. Solo avísame.
Asentí y salí a la calle.
De camino a mi apartamento alquilado, donde había decidido pasar aquella noche para recoger ropa y revisar el correo, intenté recordar cuántas veces había entrado en el 803 cuando Marta vivía allí.
No conseguí llegar a un número.
Dos veces parecían pocas. Cinco, demasiadas.
Recordaba mejor la cocina que el salón, la taza mejor que cualquier mueble y la cicatriz del brazo de Marta mejor que la ropa que llevaba. La puerta también seguía muy nítida en mi memoria.
Marta formaba parte de aquel apartamento. Al menos así era como conseguía reconstruir las cosas en aquel momento.