La mitad de la casa Elena · Verano
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Elena · Verano

El sábado de agosto amaneció con niebla en la explanada del puerto.

Era una niebla baja, de las que se levantan hacia las diez y dejan las barcas con la pintura húmeda y los cabos goteando.

Elena llegó al mercado a las ocho con la lista en el bolsillo del abrigo, la misma que escribía cada semana en un sobre del banco, y la fue cumpliendo en su orden: pan de la panadera, cebollas, acelgas, dos kilos de patatas.

Al llegar al puesto de pescado, las sardinas estaban brillantes y con los ojos claros.

Las compró. Lo anotó al margen, con el bolígrafo azul.

Lucía apareció por la calle del muelle con la carpeta de partituras bajo el brazo y el abrigo abierto, como siempre que llegaba tarde a algo. Se paró frente al puesto de flores, miró a su madre, miró el cesto y no dijo nada durante un rato largo, lo que en Lucía era casi una declaración.

—Tengo media hora antes de clase —dijo por fin.

—Pues dime.

—Desde marzo tengo algo que decirte, y no sabía dónde. Así que he pensado que en el mercado, con las sardinas de fondo, es más fácil.

Elena miró hacia la mercería. Nina estaba bajo el toldo rojo, fingiendo que examinaba una caja de botones que llevaba veinte años en el mismo estante. Había dejado de fingir hacía al menos un minuto.

—Nina no va a oír nada si no lo pides —dijo Lucía, sin volverse.

—Nina oye hasta lo que no se dice.

—Pues que oiga. —Lucía respiró—. Me enfadé en el mercado porque pensé que si dejabas entrar a alguien en la casa de papá, él se iba a ir del todo. Y no es eso. Papá no se va a ir porque tú te rías con el carro o porque Tomás arregle una radio.

—Eso no lo sabes.

—Sí lo sé. Papá encendía la luz de la escalera cada noche. Eso no se lo lleva nadie, mamá. Ni siquiera tú, aunque la apagues.

Elena no contestó. Tenía la lista en la mano y la lista no tenía nada que decir sobre aquello.

—La radio es de papá y de ti —siguió Lucía, más bajo—. Tuya también. Tenerla envuelta en el trastero no la protege. Solo la esconde. Y tú llevas cuatro años escondiendo cosas, mamá, y ya se te nota en la cara cuando pones la mesa.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que seas feliz. —Lucía se rio, un poco avergonzada—. Lo digo y me suena a anuncio de la mercería. Pero es lo que quiero.

Se quedaron en silencio. El pescadero cantaba los precios al otro lado del puesto, y una gaviota se posó en el borde del cubo de hielo como si tuviera una cita.

—No sé qué es esto, Lucía —dijo Elena.

—Yo tampoco. Por eso lo hablo con sardinas. —Lucía le dio un apretón rápido en el brazo, el primero desde la primavera, y se marchó hacia la plaza con la carpeta bajo el brazo. A mitad de la calle se volvió, dos veces, y levantó la mano.

Elena se quedó con la lista en una mano y el apretón todavía en el brazo, sin saber qué hacer con ninguno de los dos.

Al otro lado de la explanada, junto a la barandilla del muelle, estaba Tomás.

Llevaba la chaqueta de cuadros, las manos en los bolsillos y la cara de quien ha decidido no discutir con nadie antes de las nueve.

Frente a él, con el mono de la compañía de telefonía y dos vasos de café de la barra, estaba Daniel.

Gesticulaba con uno de los vasos. Tomás asentía sin mirarlo, con la vista puesta en el barco de madera que se mecía en el agua, y de vez en cuando decía algo corto que hacía que Daniel se callara y volviera a empezar.

Elena no oyó ni una palabra. No hacía falta. Lo supo por la forma en que Daniel bajó el vaso y se pasó la mano por el pelo, igual que su padre cuando algo no le sale bien.

Cuando Tomás se fue hacia el puesto de sardinas para comprar lo que ella había señalado, Daniel se acercó a ella con el café que le quedaba.

—Te he traído uno —dijo, y se lo tendió—. Sin azúcar. Papá dice que no tomas nada más.

—Papá dice mucho.

—Sí. —Daniel sonrió, con la misma sonrisa de Tomás cuando se ríe de sí mismo—. Me equivoqué en el taller, Elena. Le dije a mi padre que tenía que intentarlo con mi madre, y le dije que tú decidías y los demás nos enterábamos. Y no lo pienso como lo dije. Lo siento.

—Lo has dicho a los dos. Eso ya es algo.

—Es que yo tenía una familia en la cabeza.

Mis padres discutían por el lavavajillas, por el coche, por el horario de la cena.

Pero yo solo me acordaba de los domingos y pensaba que eran los únicos que se entendían.

—Daniel se encogió de hombros—. Idealizaba.

Ya lo sé. Mi madre lo dice mejor que yo: se me olvidó lo difícil y me quedé con lo bonito.

—Eso se llama ser hijo.

—Eso se llama ser terco. Me lo ha dicho papá esta mañana, con la voz de cuando arregla una radio. —Daniel bebió de su vaso—. No vengo a pedirte nada. Mamá está bien. Papá también, y no lo digo para que vuelvan. Lo digo porque es verdad.

Elena asintió. Pensó que Marta le caía bien, a pesar de todo, y que lo que más le había molestado en diciembre no era ella, sino la caja de libros y la idea de que alguien hubiera vuelto a la casa sin preguntar. Se lo dijo a Daniel con esas palabras, más o menos, y él se rio de verdad.

—Tiene gracia que hablemos de preguntar —dijo—. En mi familia nunca se ha preguntado nada.

—En la mía tampoco. Solo se escribía.

—¿En la nevera?

—En la nevera.

Daniel se despidió con dos dedos en la frente, como un marinero, y se fue hacia el puesto de radios usadas, donde nunca había nada útil. Elena lo vio perderse entre la gente, con el vaso en la mano, y se dio cuenta de que el café estaba exactamente como lo tomaba ella: sin azúcar y bien caliente.

Antes de subir a la gestoría, Elena pasó por la mercería a por un ovillo de hilo blanco para remendar el dobladillo de un mantel. Nina la esperaba detrás del mostrador, con los codos apoyados y la mirada de quien lleva una noticia desde las siete y media y se la ha guardado con mucho esfuerzo.

—Elena, cariño. ¿Sabes lo de Benito Faro?

—¿Quién es Benito Faro?

—El del taller de Puerto Lirio. Un hombre con voz de cafetera.

—Nina bajó la voz, aunque no había nadie más en la tienda salvo un perro que dormía en la puerta—.

Me lo contó la pescadera, que lo oyó a un marinero que viene de Puerto Lirio con el pescado.

Dice que Benito ofreció en julio un puesto a un hombre que dijo que lo pensaba, para julio y agosto, a media semana.

Un reparador de motores fuera de borda. Y que el hombre que le interesa es de aquí, de Puerto Almendro.

Elena sintió el hilo blanco entre los dedos, como si pesara más de lo que pesaba.

—¿Lo ha dicho el marinero?

—Lo ha dicho el pueblo, que es peor. —Nina le dio la vuelta al ovillo sin mirarlo—. Yo no quería ser la que te lo diga, cariño. Pero no me gusta que seas la última en enterarte de algo en esta calle. Ya es mucho que tú vayas siempre la última a todo.

—Gracias, Nina.

—No me des las gracias. Dame la razón. ¡A nuestra edad, el que duda pierde el turno! Y el que no pregunta, pierde la casa.

—Nadie va a perder nada.

—Eso dices tú. Y yo digo que la casa es tuya, y el hombre se queda donde está, y esas cosas se hablan con la boca, no con la nevera.

—Nina sonrió, y en la sonrisa había algo de amistad de la infancia, de cuando jugaban a la comba en la calle del puerto—.

Ve a casa y háblalo. Y lleva el hilo, que se te va a olvidar.

Elena no pudo escribir la lista de la semana.

Lo intentó en la mesa de la cocina compartida, con la libreta abierta y el bolígrafo azul, y lo único que salió fue una palabra repetida varias veces en el margen: «Puerto Lirio».

La tachó. La volvió a escribir. Después se levantó, regó las macetas pequeñas que no lo necesitaban y miró el reloj de la pared, que a esa hora marcaba diez minutos menos de lo real, como siempre.

A las seis y media salió al jardín con el cubo verde. El cuadrante «Riego: 19:00» seguía en la nevera, con la letra de ella debajo: «Tomates y lavanda. Siempre.». No lo miró. Llenó el cubo en el grifo del patio y se agachó junto a la fila del sur.

Tomás salió al jardín a las seis y cincuenta, con el cubo azul en la mano. Lo llenó en el mismo grifo y se quedó de pie, a dos metros de ella, sin decir nada.

—Ese cubo es el azul —dijo Elena, sin levantar la vista.

—Ya lo sé.

—Tú riegas a mediodía.

—Eso era antes.

Elena se incorporó. El cubo verde le pesaba en la mano como si estuviera lleno de algo que no era agua.

—¿Cuándo pensabas contármelo?

Tomás no fingió no entender. Eso le gustó a ella, y le molestó, las dos cosas a la vez.

—El lunes de julio —dijo él—. Lo llamé a las ocho y le dije que no.

—Eso no es lo que te pregunto.

—Lo sé.

—Tienes el teléfono del taller boca abajo en la mesa y la taza azul en la mano.

Te pregunté si pasaba algo, y tú me dijiste que no, que habías comido, como si fuera lo más normal del mundo.

—Elena dejó el cubo en el suelo, con cuidado, para no hacer ruido—.

Y no me lo dijiste. Lo decidiste solo, Tomás. Otra vez.

—Lo decidí solo —admitió él—. Ya sé cómo suena.

—Suena a radio. A una radio que no sabe a qué hora se la van a apagar.

Él soltó una risa corta, sin ganas, y se pasó la mano por el pelo gris, que el aire de agosto había despeinado.

—Pensé que te iba a dar igual.

—¿Que me iba a dar igual?

—Que te iba a dar igual que me fuera a Puerto Lirio.

Un año, Elena. Eso dice el papel. Un año, y ni un día más.

Y yo llevo aquí desde octubre sin saber si la casa es mía o si estoy de paso.

Y cuando me llamó Benito, pensé: si le cuento a ella lo de la oferta, me va a decir que sí, que me vaya, con esa cara de lista de normas que pone cuando algo le sobra. Y prefería no oírlo.

—No lo sabes.

—No. Pero tampoco lo preguntaste.

Elena se quedó quieta. Tenía el hilo blanco en el bolsillo del abrigo, y lo notó de pronto, como un pequeño peso.

—Tienes razón —dijo—. No lo pregunté. Y tampoco me pregunté yo si quería que te quedaras, porque no me atrevía a decir la respuesta en voz alta.

Tomás la miró de otra manera. No era la mirada de la nevera ni la de la lista. Era la que le había dado en diciembre, con la sopa, antes de que ninguno dijera nada.

—¿Y cuál es la respuesta?

Elena miró el jardín: las dos hileras de tomates, la lavanda que había crecido más de lo que ella esperaba, el romero junto a la puerta trasera, el cubo azul, el cubo verde.

Pensó en la casa de Julián, en el silencio de los primeros meses, cuando el reloj de la cocina era lo único que se oía a las nueve de la noche.

Pensó en las listas. Las había escrito para no oír ese silencio, y en cuatro años no había conseguido que callara del todo.

—Tengo miedo —dijo—. De que te vayas. Lo tengo apuntado en la libreta desde octubre, con fecha. Pero no lo había dicho nunca en voz alta. Y me da vergüenza, porque tengo cincuenta y tres años y una hija que me pregunta en el mercado si estoy bien como si yo fuera la que se pierde.

—Cincuenta y tres no es una edad para tener miedo —dijo Tomás, muy serio—. Es una edad para tener menos paciencia.

—Eso lo dices tú.

—Lo digo yo, que tengo cincuenta y seis y una taza azul que nadie me deja usar bien.

—Se acercó un paso, despacio, y se detuvo—.

Yo también tengo miedo. De ser de paso. De que esta casa sea una casa donde me dejan quedarme hasta que se acabe el papel, y de que me acomodes en el sitio que tuvo tu marido, y que yo me dé cuenta de que ese sitio nunca fue mío.

Elena no supo qué contestar. Se le quebró algo en la garganta y lo aclaró con un carraspeo, igual que el día del tendedero. Tomás no se rio.

—Julián se fue —dijo ella, muy bajo—. Y yo llené la casa de normas para no oírlo.

Y tú llegaste con una caja de herramientas y una radio, y lo primero que hiciste fue ajustar una bisagra sin preguntarme.

Y me enfadé, Tomás, pero me enfadé porque me dio miedo que una bisagra arreglada significara que lo demás también se podía arreglar.

—Lo demás no se arregla con herramientas.

—Ya lo sé.

—Pues lo sabes tú y lo sé yo. Y ahora lo sabemos los dos, en el jardín, con el agua sin echar.

Elena miró el cubo verde. Estaba lleno hasta la mitad, con un reflejo de cielo en la superficie. Eran casi las siete.

—¿Quieres quedarte? —preguntó.

Tomás tardó un segundo en contestar, y ese segundo fue la cosa más larga que Elena había esperado en mucho tiempo.

—Sí —dijo—. Quiero quedarme. Y no porque el papel diga algo. Porque la casa tiene un sitio para la taza azul, y el banco del patio está lleno de toallas que nadie dobla bien, y yo estoy aprendiendo a doblarlas en cuatro.

—Las doblas en dos.

—Las doblo en dos. Pero las miro en cuatro.

Elena soltó una risa de verdad, la primera en tres días, y se le escapó por la nariz como si no tuviera permiso. Tomás sonrió, apenas.

—Pues ahora dime tú la tuya —dijo ella.

—¿Qué?

—La verdad de la oferta. La que no le dijiste a Benito.

Tomás se pasó la mano por la nuca. Miró la fila de tomates, que tenían ya los primeros frutos verdes, y después el cubo azul, que seguía en el suelo.

—Que me gustó —dijo—. Que me gustó que me llamaran. Que un hombre de Puerto Lirio me pidiera que arreglara sus motores porque sabía que yo lo hacía bien. Y que me dio miedo darme cuenta de que lo echaba de menos, aunque no me hubiera ido.

—Eso no es una oferta. Eso es un orgullo.

—Ya. Lo sé. Ese también lo tengo.

—Ya lo he visto.

El reloj de la cocina dio las siete, con el retraso de siempre. Elena se agachó, cogió el cubo verde y empezó a regar la fila del sur, despacio, como cada tarde desde octubre. Tomás no se fue. Se quedó de pie, con el cubo azul en la mano, mirando cómo caía el agua sobre la tierra.

—No a chorro —dijo ella, sin volverse—. A la tierra hay que darle de beber sin prisa.

—Eso lo dijiste el primer día. Con el cubo en la mano y cara de juez.

—Y tú no me hiciste caso. Regabas a mediodía.

—Y tú a las seis.

—Ahora a las siete.

—Ahora a las siete —repitió él, y se agachó junto a la fila del norte, con el cubo azul, a regar lo que quedaba.

Trabajaron en silencio. Hubo un momento en que sus manos se rozaron sobre la misma mata de lavanda, y ninguno de los dos la apartó enseguida. Después lo hicieron, los dos a la vez, y se rieron del gesto, como dos niños pillados en la despensa.

Cuando acabaron, Elena volvió a la cocina compartida.

Pasó junto al banco del patio, donde la toalla de rizo azul seguía doblada a medias desde la noche de julio, con el pliegue torcido en el centro.

Se quedó mirándola un momento. Luego la cogió, la dobló en dos, con el borde contra el borde, y la dejó sobre el banco.

No la dobló en cuatro. La dejó así, y se fue a la nevera a buscar el cuadrante de riego para tachar la hora de las siete, que ya no hacía falta escribir.