Tomás · Otoño
Tomás se despertó a las cinco y cincuenta y ocho, dos minutos antes de que sonara el despertador, y se quedó mirando el techo del piso de arriba con la sensación de estar haciendo trampa.
Llevaba un año oyendo a Elena trastear en la cocina a las seis en punto, con la puntualidad de un tren que nadie le ha pedido.
Ese día quería estar abajo antes que ella.
No lo tenía pensado como una estrategia.
Era el día en que vencía el contrato, y la palabra «vence» le había sonado toda la semana a bisagra oxidada.
Se vistió sin hacer ruido, cosa difícil en aquella casa, porque el cuarto peldaño de la escalera cantaba.
Bajó pisando el borde y se detuvo en el rellano, junto al interruptor de la luz.
Alguien la había dejado encendida, como cada noche desde diciembre.
Tomás no la apagó. La miró un momento y siguió bajando.
La cocina compartida olía a café que todavía no estaba hecho.
La cafetera de Elena esperaba en la encimera con el filtro puesto y la cuchara de medir en su sitio, al lado de la libreta abierta.
Tomás no leyó la libreta. Se acercó a la nevera, que era donde estaba todo lo importante de aquella casa, y se quedó delante.
Tomás pensó que aquella nevera era lo más parecido a un diario que tenía la casa. En un año había leído la nota cada mañana, como había prometido. Lo que no sabía era si ella también la leía.
Elena entró a las seis en punto, con la bata de lana gris y el pelo recogido con un lápiz. Se detuvo en la puerta como si hubiera encontrado un mueble en medio del pasillo.
—Esa silla es mía.
Tomás estaba sentado en la silla de la ventana, la que daba a la calle, con la taza azul entre las manos.
—Lo sé. Me he sentado en la tuya por error.
—¿Por error?
—Por error de cálculo. Quería llegar antes que tú.
Elena miró el reloj de la pared, que marcaba las cinco y cincuenta y uno. Para ella eran las seis en punto. Lo miró dos veces, como si el reloj pudiera haber cambiado de opinión.
—Atrasa diez minutos —dijo Tomás—. Lo sabes desde hace cuatro años.
—Por eso no me fío de él. —Elena encendió la cafetera y se quedó de pie junto a la encimera, de espaldas a él, mientras el agua empezaba a sonar—. Te has levantado antes que yo. Eso no había pasado nunca.
—Una vez. En octubre, al oír la escalera cantar.
—Eso no cuenta.
—Tampoco cuenta lo de la silla, según tú.
Ella no se volvió, pero Tomás vio que los hombros se le movían, una vez, como cuando se aguantaba una risa en el mercado.
La cafetera terminó de hacer su ruido. Elena sirvió dos tazas, la suya sin azúcar y la de él con su costumbre, y las dejó en la mesa, cada una en su lado.
Después sacó de la carpeta verde las dos copias del contrato, las que firmaron en octubre sobre aquella misma mesa.
Las puso una al lado de la otra, bien alineadas, y se sentó frente a él.
—Vence hoy —dijo.
—Vence el papel. Nosotros seguimos aquí.
—Eso lo dices tú. Yo he estado tres noches en vela con este papel. —Sacó una hoja cuadriculada, doblada en cuatro, y la desdobló con cuidado—. He escrito una propuesta.
—¿Una lista?
—Una lista.
—¿Cuántas normas?
—Tres. Las que necesito para renovar.
Tomás se inclinó sobre la hoja. Elena la sujetó con la mano para que no se moviera, aunque no había viento. La letra era la de siempre, pequeña y recta, con las mayúsculas de las cosas importantes: «RENOVACIÓN», «UN AÑO MÁS», «SIN PAPEL QUE DECIDA POR NOSOTROS». Tomás leyó el título dos veces.
—¿Y tu lista? —preguntó ella.
—¿Qué lista?
—La tuya. La que tienes que tener para renovar.
—No tengo lista.
Elena lo miró por encima de las gafas, despacio, como quien mira una factura que no cuadra.
—Eso es lo más preocupante que he oído en un año.
—Lo tengo en la cabeza.
—Pues ponlo en el papel. Lo de la cabeza se olvida en cuanto alguien arregla algo.
Tomás cogió el bolígrafo azul, que Elena le acercó sin decir nada, y lo sostuvo un momento sobre la hoja. Después escribió una frase corta. Elena la leyó al revés, porque estaba del otro lado de la mesa, y se le escapó un «ay» muy bajito.
—¿Qué has puesto?
—La cuarta.
—¿Qué has puesto, Tomás?
—«Se pregunta antes.»
Elena no contestó enseguida. Miró la frase, y después la nevera, y después la nota a lápiz que seguía allí, sujeta con el faro de plástico.
—Vale —dijo—. Entonces empiezo yo.
Se quitó las gafas, las dobló y las dejó sobre la carpeta.
—Renuevo. Un año más, de octubre a octubre, con la misma renta y el mismo piso de arriba. No quiero el papel de la fianza ni el banco del pueblo. Quiero que se sepa, aquí, en la mesa, que esto lo hemos decidido los dos. —Respiró—. Y cedo mi hora.
—¿Qué hora?
—Las seis. Mi café, mis plantas, la cocina a las seis.
Llevo cuatro años con ese horario y me he dado cuenta de que la mitad de las veces lo mantengo por costumbre, no por necesidad.
—Se encogió de hombros, como si se hubiera quitado un abrigo demasiado grueso—.
La cocina a las seis es de los dos. No la pierdo. La cedo. Hay una diferencia.
—¿Y yo qué hago con esa hora?
—Lo que quieras, siempre que no me toques la lavanda.
—¿Y si uso la mesa para las radios?
—A media mañana. Cuando yo ya estoy en la gestoría. Y recogerás los cables.
—Los cables son míos.
—Los cables están en mi mesa. Eso es lo que cuenta.
Tomás se rio, y ella se rio también, sin querer, y las dos risas se quedaron un rato en la cocina, rebotando contra los azulejos.
—Ahora te toca a ti —dijo Elena.
Tomás dejó la taza en la mesa, con el asa hacia la derecha, como le gustaba a ella.
Miró las dos copias del contrato y pensó que llevaba toda la vida arreglando cosas sin preguntar.
Las bisagras de Marta, las puertas del taller, las radios de los vecinos, el jardín, la ventana de la escalera.
Se había creído que eso era cariño, y que el cariño se demostraba con las manos.
Y había acabado con una mujer que se sentía acompañante de su propia casa.
—Yo cedo la costumbre —dijo.
—¿Cuál?
—Arreglar sin preguntar. Desde hoy, antes de tocar cualquier cosa de esta casa, pregunto. Una bisagra. Un cable. Una persiana.
—¿Y si no contesto?
—Entonces no toco.
—¿Y si contesto que no?
—Entonces no toco, y me quedo con cara de hombre que quería arreglar algo.
—Esa cara ya la tienes —dijo ella—. La pones cuando te quitan el tenedor del pescado.
—Eso fue una vez.
—Fueron tres.
Tomás se levantó y preguntó: «¿Puedo sacarla del trastero?
». Elena asintió sin mirarle, y él fue a por ella.
Dentro había una caja de Navidad, dos bolsas de tela, las herramientas viejas de Julián en una lata de galletas y, en el suelo, envuelta en una toalla vieja de rayas, la radio.
La levantó con las dos manos, como quien saca un gato dormido de una caja.
La puso sobre la mesa, entre las dos tazas. No la tocó más.
—No la toco —dijo—. La saqué yo, la reparé yo y la dejé sonando una tarde. Pero es de Julián, y es tuya. Y de Lucía, que me lo ha dicho en el mercado. Así que decides tú si suena.
Elena no contestó. Miró la radio durante un rato largo, con las dos manos sobre la carpeta verde, sin acercarse.
Después estiró una mano, despacio, y apartó la toalla de rayas, que se deslizó sobre la madera como una cortina.
La radio era pequeña, de madera oscura, con la rejilla de tela tejida en forma de ondas y un dial de cristal con las letras borradas.
La madera estaba gastada en una esquina, donde la mano de alguien la había encendido cada noche.
Elena puso el dedo en la rueda de sintonía y la giró, muy poco. La radio crujió, un silbido largo, y después apareció una música lejana, de orquesta pequeña, que ninguno de los dos reconoció y que sonaba como si viniera de otra casa. Elena cerró los ojos un momento.
Lo dejó sonar lo que tardó en enfriarse el café. Después giró el botón hasta el final, y la radio se quedó callada.
—Se queda aquí —dijo—. En la encimera, al lado de la nevera, donde la vea cada mañana cuando abra la puerta. Pero la decido yo.
—Vale.
—Y no la vuelvas a envolver en la toalla.
—Esa toalla es la de rayas.
—Lo sé. Por eso.
Tomás asintió. Sintió un alivio que no sabía explicar, como cuando una pieza entra por fin en el hueco que llevaba dos días sin encajar.
Elena cogió el bolígrafo azul y escribió en la hoja, debajo de la frase de él, una línea nueva: «Se avisa antes y se pregunta antes.». Después dobló la hoja en dos, con el borde contra el borde, y la metió en la carpeta junto a las copias del contrato.
—Ya está —dijo—. Renovado.
—¿Ya?
—Ya. Lo demás lo vamos sabiendo.
Eran casi las siete. Desde el puerto llegó un ruido que Elena conocía de sobra: un traqueteo corto, después un silencio, después otro traqueteo, más fuerte, y luego una tos de motor que parecía pedir perdón. Ella levantó la cabeza.
—Ese es el carro.
—No puede ser. Lo dejé en el taller anoche. Voy a por él.
—¿Andando?
—Andando. Y lo traigo.
—¿Y cómo lo vas a traer, si no arranca?
—Ya casi arranca.
Elena se levantó, cogió el cubo verde del patio y se acercó a la ventana de la cocina, la que daba a la calle, con la radio apagada a su lado.
Tomás salió por la puerta de la calle sin cerrarla del todo.
Bajó hasta el puerto por el paseo de piedra y volvió con el carro, al paso, tirando de la cuesta, cada vez más despacio.
Tosió junto al muro de la vecina, que se asomó con la taza en la mano, y siguió.
Llegó a la puerta de la casa número 45 y se detuvo justo delante, con un crujido de frenos que parecía una decisión personal.
Tomás le dio la vuelta a la llave. El motor dio una vuelta, dos, tres. Se apagó.
Elena estaba en la verja con el cubo verde en la mano.
Lo vio todo: la cara de Tomás tras el parabrisas, la pintura del capó, el humo fino que salía del escape como una respuesta que nadie había pedido.
Y de pronto se rio. Fue una risa de verdad, la del empujón del carro en primavera, pero más larga, y se le escapó por la nariz como si no tuviera permiso y ya no le importara.
Tomás salió del carro, cerró la puerta con cuidado, para no despertar a nadie, y se quedó mirando el motor.
—Ya casi está arreglado —dijo.
—Eso lo dices desde octubre.
—Y lo digo en serio.
—Lo sé. Por eso me río.
Se acercó a la verja y se paró a un metro de ella, con las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuadros. Se dio cuenta de que tenía algo que decir, que llevaba días sin decir, y que decirlo en la calle, con el carro tosiendo detrás, le parecía lo más natural del mundo.
—¿Puedo decirte una cosa?
—Pregunta.
—Pregunto. —Tomás tragó saliva—. Te quiero, Elena.
Elena dejó el cubo en el suelo, con cuidado, como había hecho el día del riego. Miró la calle, el carro, la casa de los dos pisos y la luz de la escalera, que se veía encendida por la ventana del rellano aunque ya era de día.
—Lo sé desde hace un mes —dijo—. Pero no lo supe de verdad hasta esta mañana, en la cocina, cuando cediste tu costumbre. —Se le quebró algo en la voz y lo dejó quebrarse—. Yo también te quiero, Tomás. Lo digo en voz alta para que conste en la nevera.
—¿Lo escribes?
—Lo escribo. Ahora mismo, en el cuadrante del riego, debajo de lo de la lavanda.
No se acercó. Tomás tampoco. Se quedaron separados por la verja, con el cubo verde en el suelo y el azul en la mano de él, que había cogido del patio sin pedir permiso a nadie y que ahora sostenía sin saber qué hacer con él.
—Pues vamos a regar —dijo Elena, al fin—. Fuera de horario, por una vez.
—El horario es a las siete de la tarde —dijo él—. Y tú no riegas a chorro.
—A la tierra hay que darle de beber sin prisa.
—Eso lo dijiste el primer día.
—Y tú no me hiciste caso.
Entraron en el jardín, cada uno con su cubo, y se agacharon junto a las dos hileras de tomates, que ya tenían los últimos frutos rojos. Trabajaron en silencio. Esta vez no se rozaron las manos sobre la misma mata de lavanda; se quedaron cerca, a un palmo, cada uno con su cubo, y eso les bastó.
Cuando terminaron, Elena volvió a la cocina y se paró frente a la nevera. Abrió la puerta, leyó la nota a lápiz de Tomás, que ya tenía el papel amarillo, y escribió debajo del cuadrante, con el bolígrafo azul: «Te quiero. Hoy, no mañana.». Después cerró la puerta sin imán.
Tomás salió al patio a mirar el carro. Lo tocó con la punta de los dedos, sin abrir el capó, sin preguntarle nada, y lo dejó allí, aparcado frente a la casa, con el motor frío.
—Ya casi está arreglado —dijo, para nadie.
Y desde la cocina, a través de la ventana abierta, llegó la voz de Elena, que se estaba riendo otra vez.