La mitad de la casa Tomás · Verano
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Tomás · Verano

En julio, el taller del puerto se convertía en un horno a partir de las once.

La ventana del fondo seguía sin cerrar del todo, pero el aire que entraba olía a alquitrán caliente y a pescado del muelle, y las moscas se posaban en los cables sueltos como si tuvieran un plan.

Tomás llevaba desde las ocho con la camisa pegada a la espalda, cambiando un relé de una lancha que nadie le había encargado todavía, cuando sonó el teléfono del fondo.

—¿Tomás Arenal? Soy Benito Faro, de Puerto Lirio.

Lo reconoció por la voz antes que por el nombre: ronca, lenta, la de un hombre que habla con las manos ocupadas.

Se habían visto en dos botaduras y en un velatorio de un patrón de la costa, y en las tres ocasiones Benito le había dado la mano sin soltarla hasta terminar de decir lo que tenía que decir.

—Dígame, Benito.

—Tengo un hueco. Se me ha ido el hombre que llevaba los motores fuera de borda, y el verano es lo peor del año. Dos meses. Julio y agosto, a media semana. Tú vienes los miércoles y los jueves, te quedas en el galpón del muelle, y lo demás lo hablamos.

Tomás se quedó mirando el relé. Dentro de la lancha, una de las lámparas de la cabina parpadeaba. Podía arreglarlo en un cuarto de hora, o en una tarde, según cómo estuvieran los cables.

—Tengo mi taller aquí —dijo.

—Ya lo sé. Por eso te llamo una vez, y no todos los días. No te pido que te vayas. Te pido que lo pienses.

—Lo pienso.

—Piénsalo, pero no tardes. Y no te me pongas orgulloso ahora.

Benito colgó sin despedirse, como hacía siempre, y Tomás se quedó con el auricular en la mano, oyendo el tono. Fuera, en la puerta trasera del taller, el carro seguía con el capó levantado, como un enfermo que espera visita. Tomás le dijo en voz baja que ya casi estaba.

Pensó en Puerto Lirio. Una hora en carro, cuando el carro arrancaba.

Pensó en el contrato, que había leído dos veces en la mesa de la cocina compartida el primer día de octubre, mientras Elena lo seguía línea por línea con el bolígrafo azul, como si temiera que le robaran la casa en la última cláusula.

Un año. Ni un día más, ni uno menos, de octubre a octubre.

Nadie le había pedido nunca que se quedara, y nadie le había pedido tampoco que se fuera.

Hasta esa mañana no había tenido que elegir entre las dos cosas.

No le contó nada a Elena. Ni esa mañana, ni a la hora de comer, cuando pasó por la cocina compartida y ella estaba cortando romero para la comida y le preguntó si había comido, como si fuera lo más natural del mundo. Él dijo que sí. Era verdad a medias.

El domingo siguiente, a las siete en punto, Elena regó la fila de tomates con el cubo verde, como cada tarde desde octubre, y no dijo ni una palabra sobre el jardín. Tomás lo tomó como una tregua. Lo que no sabía era que aquella noche iba a acabar peleándose por una toalla.

El tendedero estaba en el patio cubierto, junto a la cocina compartida, entre la lavadora y la puerta que daba al jardín.

A las ocho aún había luz. Tomás había tendido la colada a media tarde, y al retirar la ropa seca, cuando el sol se metía detrás del faro y el patio se llenaba de olor a jabón y a mar, había doblado las toallas por la mitad, una sobre otra, sobre el banco de la pared.

Así se hacía en Villamontal, en casa de su madre: en dos, con el borde contra el borde, y sin más historia.

Elena llegó con la cesta vacía y se detuvo en la puerta del patio. Miró el banco. Miró las toallas dobladas en dos, con la esquina de rizo azul hacia afuera, y levantó una con dos dedos, como quien coge una prueba en un juzgado.

—Así no.

—Así sí.

—Se doblan en tres. Y luego en cuatro, para el armario. En esta casa las cosas tienen su lugar, y el lugar de una toalla es el armario.

—Se doblan en dos y ya está. Nadie las mira en el armario.

—Yo las miro.

Tomás la vio empezar a doblar sin pedirle permiso, con las esquinas alineadas, en tres, y después en cuatro, con la precisión de quien cierra un expediente. Él no dijo nada. Ella tampoco levantó la vista, pero siguió doblando.

—Esa la había doblado yo.

—La has doblado mal.

—La he doblado como se dobla.

—¿Y cómo se dobla, Tomás?

—Como lo hago yo.

Elena dejó la toalla en la cesta con el doblez hacia arriba, cogió otra del banco y la dobló otra vez.

Tomás la miró hacer con los brazos cruzados.

Era una toalla de rizo azul, una de las dos que quedaban junto a la lavadora, y en una esquina tenía una costura torcida que él había hecho en mayo, sin pedir permiso, porque se había deshilachado y no soportaba verla así.

Ella no lo mencionó. Tampoco él. Pero los dos lo pensaron a la vez, y el silencio se llenó de esa costura.

Él se acercó, cogió la toalla que ella tenía en las manos por la otra punta y tiró, sin fuerza, como dos pescadores que tiran de la misma red. La toalla se quedó a medio camino, con un pliegue torcido en el centro.

—Suéltala.

—La estoy doblando.

—La estás destrozando.

—Y tú la estás doblando como si fuera un pañuelo de fiesta.

—Es una toalla, Tomás.

—Ya lo sé que es una toalla. —Soltó la esquina—. Pero la he doblado yo, y es mi forma de doblarla, y en esta casa parece que solo hay una forma y que la tienes tú.

Elena dejó la toalla en la cesta. Se cruzó de brazos, imitándolo sin darse cuenta, y eso le hizo más gracia a él que cualquier argumento.

—Y los platos —dijo ella—. Los pones en el escurridor con los vasos encima, y los vasos se caen al fregadero.

—Eso fue una vez.

—Fue la semana pasada. Y el jueves. Y el lunes dejaste la sartén en la mesa sin fregar, con el aceite ya frío, como si fuera un adorno.

—Me acuerdo de la sartén.

—Me acuerdo de todo, Tomás. Lo tengo escrito.

—Ya sé que lo tienes escrito. Lo has pegado en la nevera.

Ella abrió la boca para contestar, y la cerró. Tomás vio que había hecho daño con una frase que le había salido sin pensar, y no lo retiró, porque una parte de él, la que no dormía bien desde la radio, quería ver hasta dónde llegaba aquello.

—¿Y lo que no está escrito? —dijo—. Llevo aquí desde octubre, Elena.

Cada cosa que toco la cambias tú, o la vuelves a cambiar cuando no miro, o la dejas en el banco hasta que se me olvida que era mía.

Y tienes razón con los platos. Pero no me vas a decir que en este patio tengo un sitio que sea mío.

Elena se quedó quieta, con la cesta contra la cadera. Tomás tenía las manos en los bolsillos y la sensación de haber dicho algo más grande de lo que pretendía, como una tuerca que se pasa de rosca y sigue girando sola.

—Un año —dijo él, más bajo—. Eso dice el papel. Un año, y se acaba. A veces me pongo a doblar tus toallas y pienso que son las toallas de alguien que se va a ir en octubre.

—¿Y lo dices porque tú te vas a ir?

—No. Lo digo porque tú nunca me has preguntado si quiero quedarme.

Hubo un silencio largo. Fuera, en el jardín, el aire movió las hojas de la lavanda, y el olor se coló en el patio. Tomás vio que Elena miraba la cesta, no a él, y que le temblaba un poco la mano que sujetaba el asa.

—Cuando se acabe el año, te irás —dijo ella, muy despacio—.

Eso lo sé yo. Y me quedaré con las toallas, y con la nevera, y con la lista.

Y tendré que doblar todo en cuatro sin que nadie me diga que está mal.

—Se le quebró la voz en la última palabra, y se la aclaró con un carraspeo, como si el ruido perteneciera a otra persona.

Tomás no supo qué contestar. Pensó en la llamada de Benito, que seguía dándole vueltas en la cabeza.

Pensó en el galpón del muelle de Puerto Lirio, en el relé de la lancha, en la hora que había que hacer en carro hasta allí, y en que aquello era exactamente lo que ella acababa de decir sin saberlo: que él podía irse.

—Elena —dijo—. Hay una cosa que…

Ella lo miró, esperando. Tenía la barbilla alta, la postura que usaba para atender a un pescador que venía a discutir una factura.

Tomás notó el teléfono en el bolsillo, como un peso.

Pensó en lo que pasaría si lo decía: ella cerraría la libreta y la puerta del piso, y pasarían tres días sin hablarse por algo que tendría que haber contado el lunes.

Y sabía que, aunque no lo dijera, la cosa ya estaba en el patio, entre las dos toallas.

—Nada —dijo—. Que las toallas quedan mal dobladas.

—Quedan mal dobladas —repitió ella. Había una sombra de sonrisa en su boca que no llegó a los ojos.

Elena dejó la cesta en el suelo, sin llevársela, y se fue hacia la cocina sin decir buenas noches.

Tomás se quedó solo en el patio con la toalla de rizo azul en las manos, doblada a medias, con el pliegue torcido en el centro.

No la volvió a doblar. La dejó en el banco, y el banco se quedó como estaba.

El lunes llamó a Benito desde el taller, a las ocho, antes de que llegara el primer cliente. Lo hizo de pie, junto al banco, con el polímetro apagado delante, para no dejarlo para después y que después se le hiciera tarde.

—No, Benito. Gracias. Pero no.

Benito tardó en contestar. Se oía de fondo el zumbido de una radial, y después un golpe seco, como si alguien hubiera soltado una herramienta sobre un yunque.

—¿Lo has pensado bien?

—Lo he pensado dos noches.

—Eso no es pensarlo, Arenal. Eso es darle vueltas.

—Es lo que me sale.

—Pues cuando quieras, aquí tienes el galpón. Y la gente que te conoce sabe que, si dices que no, es que no.

—Gracias.

—¿Y la casa?

—La casa se queda donde está. Igual que el taller.

Benito no insistió. Se despidió con un «cuídate» de hombre de mar, sin palabras de más, y Tomás colgó el auricular y se quedó mirando el teléfono un rato, como si fuera a sonar otra vez. No sonó.

Aquella tarde no bajó a la cocina compartida hasta las siete menos cinco.

Se quedó en el piso de arriba, con la mesa de radios, la terraza sobre el jardín y el ruido de la calle Las Gaviotas subiendo por el hueco de la escalera.

Desde la terraza se veía el jardín entero: las dos hileras de tomates, la lavanda, el romero, el cubo verde junto a la puerta trasera.

A las siete en punto, Elena salió con el cubo, se agachó junto a la fila del sur y empezó a regar, con la misma calma de cada tarde desde octubre.

No miró hacia arriba. Tomás sabía que sabía que él estaba allí.

Había dicho que no a Benito. Quedaba decirle que no a su propio silencio, y eso no sabía hacerlo con una llamada.

Bajó la escalera despacio, con una mano en la barandilla. En la cocina compartida, la toalla de rizo azul seguía en el banco del patio, doblada a medias, con el pliegue torcido en el centro. Nadie la había tocado.