La mitad de la casa Elena · Primavera #2
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Elena · Primavera #2

Lucía giró el interruptor. Al principio no pasó nada.

Después se oyó un zumbido bajo, como de abeja en una caja, y luego un crujido.

Una voz de hombre hablaba bajito, con la calma de quien lleva años leyendo el parte de la costa.

Hablaba del viento, de la marea, del tiempo que iba a hacer el fin de semana.

Lucía giró la rueda despacio, como había visto hacer a su padre, y la voz se perdió entre ruido, y volvió, y se volvió a perder.

—Está afinada —dijo Lucía, con los ojos brillantes—. Tiene que estar afinada.

—La afinó Tomás.

—Ya lo sé.

Las dos se quedaron en silencio, escuchando la voz del hombre que hablaba del mar.

En el rellano, la luz de la escalera estaba encendida; Elena lo vio por la puerta abierta del trastero, un rectángulo de luz amarilla en la pared.

No se acordaba de haberla encendido. Pensó que probablemente lo había hecho esa mañana, al salir, sin darse cuenta.

Elena alargó la mano y apagó la radio. El silencio que quedó era distinto.

—Siento lo del mercado —dijo Lucía, sin mirarla—. Lo de la traición. Eso no lo pensaba. Bueno, lo pensaba, pero no como lo dije.

—Lo sé.

—Y lo de llamarte. Lo de los tres minutos.

—Me pareció mucho.

—Me pareció mucho a mí también —admitió Lucía—. Pero es que no sé hablar contigo sin que me salga la clase de música.

Elena se rio, un poco, por primera vez en esa mañana. Lucía la miró como si no se acordara de la última vez.

—Vete a clase —dijo Elena—. Y dile a los niños que la quinta nota no se canta como si fuera un grito.

—Eso se lo digo todos los días.

—Pues mañana se lo dices otra vez.

Lucía envolvió la radio de nuevo en la toalla de rayas, con cuidado, y se la devolvió a su madre. Después se fue por la puerta de la calle, con la carpeta contra el pecho, y no se volvió.

A media tarde, el piso de Elena tenía el sol de la calle Las Gaviotas entrando de lado por la ventana del salón, y una franja de luz amarilla cruzaba el suelo de baldosa.

La persiana estaba a media altura. No subía ni bajaba.

Se había quedado así desde el invierno, cuando Elena la forzó con el cordón para que no entrara el frío, y desde entonces la había dejado como estaba, porque pelearse con la persiana le parecía un gasto de energía que no se justificaba.

Oyó los pasos de Tomás en la escalera antes de verlo. Eran pasos lentos, de quien baja con cuidado porque se le conocen las rodillas. Se detuvo en el último escalón. Elena supo que miraba la luz del rellano, la que seguía encendida, y que no la apagó.

Tomás llamó con los nudillos en la puerta del piso, que estaba abierta. Entró sin pasar, con la mano en el marco.

—La persiana —dijo—. La he oído desde arriba a las cinco, cuando llegaste. Se quejaba como un perro.

—Está bien así.

—No está bien. Entra el sol y te da en los ojos cuando lees.

Elena lo miró. Él tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta, y en la cara la expresión de quien va a proponer algo y ya tiene preparada la respuesta a la primera objeción.

—¿Quieres arreglarla? —preguntó ella.

—Quiero. Pero antes pregunto. —Tomás respiró hondo—. ¿Puedo?

Elena se quedó quieta. Hacía mucho que nadie le pedía permiso para nada en esa casa.

Ni siquiera Julián, que lo daba por supuesto y arreglaba las cosas con una sonrisa, como si fueran regalos.

Miró a Tomás, plantado en el marco con su chaqueta de cuadros, y pensó que aquella pregunta le había costado más que cualquier reparación.

—Puedes —dijo.

Él sonrió con alivio. Se acercó a la ventana, miró el mecanismo de la persiana, metió un dedo en la guía y tiró del cordón, y la persiana bajó un palmo y se detuvo con un chasquido.

—Ya casi está arreglado —dijo.

—Lo has dicho cinco veces esta semana.

—Y esta vez es verdad.

—Eso lo dices siempre.

—Pero esta vez lo sé. Es el cordón. Está enredado en la polea de arriba.

Necesitó la silla. Elena la acercó hasta la ventana, una silla de respaldo recto que había sido de su madre, y se la sujetó con las dos manos mientras él se subía.

Tomás puso un pie en el asiento y el otro en el alféizar, con cuidado.

Elena sintió el peso de la silla temblar bajo sus manos, y luego quedarse firme.

—Sujétala bien —dijo él, desde arriba.

—La sujeto.

—No me refiero a la silla.

Elena levantó la vista. Él tenía la cara a la altura de la persiana, y los dedos metidos en el mecanismo, y el pelo gris cayéndole sobre la frente. No la miraba. Pero le había hablado con una suavidad que no le conocía, de esas que no se usan en las cocinas.

—Tomás —dijo ella.

—¿Sí?

No contestó nada. Él tiró del cordón. El cordón se soltó de la polea con un tirón, y la persiana bajó del todo con un golpe seco.

Tomás perdió el equilibrio, y en ese instante ella dejó de sujetar la silla y lo sujetó a él, con las dos manos en la cintura de la chaqueta, y los dos se quedaron así, en silencio, con el sol de la calle cortado en listas sobre el suelo.

Ninguno dijo nada. Se oía el tic del reloj del salón y, lejos, el motor del carro, que volvía a toser en la calle.

Tomás bajó despacio de la silla. Le tocó la mano a Elena al apoyarse en el respaldo, y ella no la apartó. Él tampoco. Fue un roce de un segundo, de esos que parecen más largos de lo que son. Después él se miró las manos, grasientas de la polea, y se las limpió en el pantalón.

—Esto se queda así —dijo, señalando la persiana bajada del todo.

—Se queda así.

—¿Y el cordón?

—Mañana lo miramos.

—Mañana lo miramos —repitió él, y la miró, y en sus ojos había algo que Elena no supo nombrar, y que tampoco quiso nombrar en voz alta.

Tomás salió al rellano sin decir nada más. Elena caminó hasta la puerta del piso y la cerró con cuidado.

Al otro lado, en el rellano, la luz de la escalera seguía encendida. Nadie la apagó.