Elena · Primavera
En mayo, Las Dos Mareas abría a las siete.
El reloj de pared de la barra, que siempre llevaba diez minutos de retraso, marcaba las siete menos diez cuando Elena empujó la puerta.
Ella lo sabía porque miraba el suyo antes de entrar, y en su reloj eran las siete en punto.
Ocupaba esa mesa desde hacía once años. Tenía el mantel de cuadros azules, que Rosario cambiaba los lunes, y una vista exacta de la calle del puerto, donde se podía contar quién entraba en la gestoría y cuánto tardaba en salir.
Tomás llegó dos minutos después, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y el pelo todavía húmedo de la ducha.
Miró la mesa, miró la silla vacía que había enfrente de Elena, y se sentó sin preguntar.
Ella no dijo nada. Era la tercera vez que desayunaban juntos, y empezaba a ser costumbre.
Las costumbres, a diferencia de los inquilinos, se aceptaban sin discutir.
Rosario apareció con la libreta de notas y el paño al hombro. Miró a Elena, miró a Tomás y sonrió con la discreción de quien lleva veinte años viendo entrar a todo el pueblo.
—Lo de siempre, señora Brisal.
—Solo. Sin nada —dijo Elena.
—¿Y usted?
Tomás abrió la boca. Elena, que había estado mirando la calle, volvió la cabeza despacio.
—Pídelo tú —dijo.
Tomás la miró. Ella no le devolvió la mirada; se llevó la taza de agua a los labios y la dejó otra vez en el platillo, sin ruido. Había decidido que aquella mañana no iba a pedir por él. Había decidido, también, que no iba a decir nada cuando lo hiciera.
—Un café con leche, Rosario —dijo él—. Con dos de azúcar.
Rosario anotó sin levantar las cejas, como si pidiera café con azúcar fuera lo más normal del mundo.
Se fue hacia la barra. Elena oyó el tintineo de la cucharilla contra la taza, dos veces, y no hizo ningún comentario.
Tampoco se lo recordó a nadie. Cuando Rosario le trajo su café solo, Elena lo removió con la cucharilla limpia, sin azúcar, y se quedó mirando la espuma del otro como si mirara un expediente mal cerrado.
—Dos —dijo Tomás, con la taza ya en la mano—. Lo has oído.
—Lo he oído.
—No has dicho nada.
—No hacía falta.
Él sonrió, con la comisura de la boca, y bebió un sorbo de café, y puso cara de que el café estaba exactamente como le gustaba.
Elena apartó la vista hacia la barra. Nina Cardel, sentada en el taburete del fondo con su bolso de mercería sobre las rodillas, levantó la taza en su dirección como si brindara con leche.
Elena le contestó con un movimiento de cabeza.
Nina sonrió tan ancho que le tembló el pendiente.
—Nina lo sabe todo —dijo Elena en voz baja.
—¿Qué sabe?
—Lo del taller. Lo de Marta.
Tomás dejó la taza en el platillo con cuidado, como si fuera de cristal.
—Marta vino por la radio de su madre. Nada más.
—Ya lo sé. Nina lo sabe desde el martes. Me lo contó con todo el detalle, incluido el color del abrigo de Marta y el ruido que hizo la puerta cuando salió Daniel.
—Nina no estuvo en el taller.
—No. Por eso lo sabe todo.
Tomás soltó una risa corta, de nariz, la que usaba cuando una cosa le hacía gracia y no quería reconocerlo. Después se quedó serio, mirando el mantel.
—Me equivoqué con ella —dijo Elena—. Con Marta. En diciembre, cuando la vi en la escalera con la caja de libros. Pensé que venía a por algo que no era de ella.
—No era de ella —dijo Tomás—. Y tú no la conocías. Tampoco me conocías a mí.
—Eso no es una excusa.
—No. Pero es lo que pasó.
Elena asintió. Fuera, en la calle del puerto, el carro asomó por la esquina con un tosido largo y mal educado, como si tuviera catarro en el motor.
Se paró frente al café, dio dos sacudidas y se quedó quieto, con el humo gris saliendo por debajo del capó.
Tomás lo miró por la ventana y se le iluminó la cara con el mismo orgullo de siempre.
—Ya casi está arreglado.
—Lo dices cada mañana.
—Y cada mañana es más verdad.
—Eso no tiene sentido, Tomás.
—Tiene el sentido que tiene el carro.
La campanilla de la puerta sonó con la fuerza de quien la empuja con prisa. Elena no se volvió enseguida. Lo supo por la respiración de Tomás, que se quedó quieto con la taza a medio camino, y después por el silencio de Nina en la barra, que, por una vez, no dijo nada.
Lucía estaba en el umbral, con el abrigo abierto y la carpeta de partituras apretada contra el pecho.
Tenía la cara de quien se ha levantado antes de lo que debía y no ha tenido tiempo de pensar en lo que iba a decir.
Miró a su madre. Miró a Tomás. Miró la taza de él, con la espuma a medio gastar, y después volvió a mirar a su madre.
—Buenos días —dijo, sin ninguna intención en la voz.
—Buenos días, Lucía —contestó Elena—. ¿Quieres sentarte?
—No. Tengo clase a las ocho y media. —Tragó saliva—. ¿Puedo hablar contigo un momento? Fuera.
Tomás se levantó a la vez que Elena, con la servilleta todavía en la mano.
—Yo me quedo aquí —dijo, y lo dijo con tanta prisa que Lucía lo miró por primera vez como si lo viera de verdad—. Voy a ver el carro. Ya casi está arreglado.
—Siéntate, Tomás —dijo Elena.
Él se sentó.
La acera de Las Dos Mareas era estrecha, con un bolardo de piedra y una maceta de geranios que alguien regaba sin mirar. Elena se quedó de pie junto al bolardo. Lucía se apoyó en la fachada con la carpeta contra el pecho, como si fuera un escudo de cartón.
—No vengo a montar una escena —dijo Lucía—. Vengo porque anoche no dormí.
—Yo tampoco.
—¿Y qué hiciste?
—Hice la lista de la compra. Dos veces.
Lucía casi sonrió. Después volvió a ponerse seria, y eso fue peor, porque Elena sabía de quién lo había aprendido.
—¿Quién es él para ti, mamá?
—Es el inquilino.
—No me sirve.
—Es alguien con quien desayuno.
—Eso no lo sabías en octubre.
—En octubre no sabía muchas cosas.
Lucía apretó la carpeta. Por la ventana del café se veía la espalda de Tomás, que miraba hacia la calle sin girarse, con los hombros rígidos, como si oyera cada palabra.
—Nina dice que la radio de papá la sacó del trastero —dijo Lucía—. Que la arregló y la puso a sonar en la cocina.
—La sacó él. La arregló él. Y la dejó sonando en la cocina a las seis de la mañana, cuando yo bajaba a hacer el café.
—¿Y tú qué hiciste?
—Le pedí que la devolviera al trastero. Y no le hablé en tres días.
—Eso lo sé. Lo sabe todo el pueblo.
Elena cerró los ojos un momento, sin quererlo. Cuando los abrió, Lucía la estaba mirando con una atención que le recordó a Julián, a la forma en que él esperaba a que ella terminara de hablar antes de decir nada.
—La guardé yo —dijo Elena—. Desde el día del entierro. La envolví en la toalla de rayas y la metí en el trastero, y no la he encendido desde aquella mañana de enero.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo de olvidarle. Si la encendía, la iba a gastar, y la voz de tu padre se iba a ir apagando poco a poco. Y si no la encendía, al menos la tenía ahí, con su manía de girar el dial despacio, como hacía él.
Lucía bajó la vista a la carpeta. El viento de la costa le movió un mechón del pelo, y ella se lo apartó con la mano sin mirar, con el mismo gesto de Julián.
—Nunca me dijiste nada —dijo.
—Lo sé.
—Y ahora él la arregla y tú lo dejas sonar en la cocina.
—No la dejé. Me enfadé. Y luego me callé. Eso es distinto, pero no sé explicarlo mejor.
Hubo un silencio largo, de los que pesaban. Un camión de pescado pasó por la calle, con el motor haciendo un ruido de tripas. Lucía esperó a que se fuera.
—¿Estoy celosa, mamá? —preguntó al final, bajito—. ¿Es eso lo que me pasa?
Elena no contestó enseguida. Miró el geranio, la maceta de barro que alguien había regado de más, la acera mojada donde se reflejaba el cielo gris del puerto.
—¿Tú qué crees?
—Creo que sí —dijo Lucía, y lo dijo como una pregunta, con la voz quebrada en la última sílaba—. Creo que me molesta que sonríes en el café. Y que me molesta más que no me lo hayas contado.
Elena alargó la mano y le tocó el brazo, por encima de la manga del abrigo. No la abrazó. Ella tampoco era de abrazos en la calle, y Lucía lo sabía, y por eso se quedó quieta, sin apartarse.
—Ven a casa —dijo Elena—. Te enseño la radio.
—¿Ahora?
—Ahora. Antes de que se te haga tarde para la clase, y antes de que Nina nos vea otra vez por la ventana.
Lucía soltó un resoplido que era casi una risa y se secó los ojos con el dorso de la mano.
—Vale.
La casa número 45 olía a café recalentado y a cera de madera.
Elena cruzó la cocina compartida sin encender la luz y abrió la puerta del trastero, bajo la escalera.
Del techo colgaba una bombilla con un cordón de tela que se encendió con un tirón seco.
Dentro estaban las cajas de conservas, un paraguas viejo, la bicicleta que nadie usaba y, en el estante de abajo, envuelta en una toalla de rayas, la radio.
Lucía se quedó en el umbral, con la carpeta todavía en la mano. Elena se agachó, cogió el paquete con las dos manos y se lo puso en el regazo a su hija, sentada en la banqueta de la cocina. Desenvolvió la toalla despacio, doblando las esquinas como se doblaba una carta.
La radio era de madera oscura, con el barniz gastado en las esquinas por donde la habían agarrado durante años. El dial tenía una aguja fina, de metal, con una marca de tinta en el cero. Lucía la miró sin tocarla.
—Es la de la mesa del salón —dijo—. La que siempre estaba encendida los domingos, con él haciendo tortillas.
—La de la mesa del salón.
—Y la tienes en el trastero.
—La tengo donde puedo verla si quiero —dijo Elena—. Y no quiero casi nunca.
Lucía acercó un dedo a la rueda de sintonía, sin llegar a moverla.
—¿Puedo encenderla?
Elena la miró. Esa pregunta, con la voz pequeña, sonó en la cocina como si la hubiera dicho otra persona.
—Sí —dijo.