Tomás · Primavera #2
Pensó en ir a buscarla él solo. Podía ir en el carro hasta el mercado, a las siete de la mañana, y volver antes del mediodía.
Lo había hecho decenas de veces. Pero el carro no le había dado nunca ninguna garantía, y a la vuelta, si se paraba en la cuesta, necesitaría a alguien que sujetara la linterna mientras él metía la correa nueva, y alguien que empujara, y alguien que dijera «ya» en el momento justo para arrancar.
Él podía hacerlo solo. Lo había hecho solo, en otra cuesta, y había tardado tres horas en volver a casa, con la camisa llena de grasa y el carro a rastras.
Entonces pensó en Marta, en la radio sin terminar, en Daniel y en el portazo.
Pensó en los veintisiete años de matrimonio y en la casa que compartieron en Puerto Almendro, en todas las cosas que había arreglado sin preguntar porque creía que así demostraba que quería.
Marta le había dicho una vez, con la voz cansada, que ella se enteraba de las cosas cuando ya estaban hechas.
Él había creído que era una queja pequeña. No lo era.
Se incorporó con las rodillas doloridas y miró el carro. Después miró la casa número 45, con la persiana de Elena cerrada a media altura y las macetas de la fachada regadas, como siempre, a la hora exacta.
Decidió que esta vez preguntaría.
A las nueve y media de la noche, la cocina compartida estaba en penumbra.
Solo la lámpara de encima de la mesa daba luz.
Elena estaba sentada con la libreta abierta y el bolígrafo azul en la mano, y levantó la vista cuando él entró, con la camisa de cuadros remangada y las manos todavía oscuras de grasa.
—Buenas noches —dijo ella, sin sonreír.
—Buenas noches.
Tomás se quedó de pie junto a la nevera. Miró el cuadrante de riego, con la letra de Elena debajo: «Tomates y lavanda. Siempre.». Miró la lista de normas, con la corrección a lápiz que él mismo había hecho. Y después miró a Elena, que esperaba con el bolígrafo quieto sobre la hoja.
—He llamado a Lucía —dijo ella antes de que él hablara.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Como dije en el mercado. —Cerró la libreta un poco, sin llegar a cerrarla del todo—. Me ha dicho «hola, mamá» y luego ha dicho que tenía una clase. Tres minutos. Me pareció mucho.
—Hiciste lo que habías decidido.
—Lo que había escrito. Es distinto.
Él asintió. Hubo un silencio de los que no pesaban, solo llenaban el espacio entre dos personas que no sabían bien qué hacer con él.
—Necesito una correa para el carro —dijo al fin.
Elena levantó las cejas.
—¿Y?
—Se ha partido la de la dinamo. Está en el mercado, según me han dicho. En el puesto de radios usadas, el del fondo, el de las válvulas.
—Ese puesto nunca tiene nada útil.
—Dicen que hay una caja de correas viejas.
—Dicen.
—Dicen —repitió él, y se rascó la nuca con el dorso de la muñeca, para no mancharse, que era lo más parecido a una confesión que se le ocurría.
Elena lo miró largo rato, como si esperara la parte del discurso en la que él le explicaba cómo iba a arreglarlo en cinco minutos o en una tarde. La parte no llegó.
—¿Y para qué me lo cuentas a mí? —preguntó.
—Porque la correa hay que montarla en la calle, si hace falta, y necesito a alguien que sujete la linterna y que me diga cuándo. Y necesito que alguien empuje, si el carro se para otra vez en la cuesta.
—Y quieres que sea yo.
—Quiero que me acompañes. Pregunto.
Ella se quedó quieta. Él vio en su cara la misma expresión que tenía al pasar frente a la escalera, cuando decidía si encender la luz o no. No la encendió. Pero tampoco dijo que no.
—¿Por qué no lo haces solo, como siempre? —preguntó.
Tomás tardó en contestar. Tenía la respuesta ensayada desde el mediodía, pero le pareció de pronto demasiado grande para una cocina a las nueve y media.
—Porque la última vez que decidí solo, acabé con una radio en la cocina y tu silencio durante tres días —dijo—. Y no quiero volver a hacerlo.
Elena bajó la vista a la libreta. Pasó el dedo por el borde de la hoja, despacio, como si quisiera alisarla.
—Eso no fue solo por la radio —dijo en voz baja.
—No —admitió él—. No fue solo por la radio.
Ella no dijo nada más durante un momento. Luego abrió la libreta, escribió algo muy breve en la hoja en blanco de abajo y volvió a cerrarla. Tomás no vio qué era. No lo preguntó.
—A las siete y media —dijo ella—. Y el café lo pagas tú.
—Vale.
—Y no me hagas empujar el carro si no es necesario.
—Lo de empujar lo decidimos el sábado.
—No —dijo Elena, y por primera vez en la noche le salió una sonrisa, pequeña, que intentó esconder con la mano—. Lo decidimos ahora. Porque te conozco, Tomás Arenal, y sé que el sábado vas a decir que ya casi está arreglado.
Él se rio, bajo, sin querer hacer ruido. Ella no se rio, pero tampoco dejó de sonreír del todo.
—Buenas noches, Elena.
—Buenas noches.
Tomás subió la escalera despacio, con una mano en la barandilla.
En el rellano, el interruptor de la luz estaba en su sitio, junto a la puerta del piso de arriba.
La luz de la escalera estaba encendida. No recordaba si la había encendido ella o si llevaba así desde el día anterior, y tampoco se atrevió a preguntarlo. La dejó como estaba.
Cuando llegó arriba, se quedó un momento con la mano en el pomo de su puerta, mirando la bombilla desde el rellano. Pensó en la correa, en el sábado, en las siete y media, en Marta saliendo del taller con la bolsa de tela colgando. Pensó en que el carro, por fin, iba a tener que esperar a alguien.
Entró en su piso. Antes de cerrar la puerta, oyó abajo, en la cocina, el crujido de una silla que se movía y el sonido de un bolígrafo sobre el papel.