Tomás · Primavera
En abril, el taller del puerto olía a barniz de barca y a madera húmeda.
La ventana del fondo no cerraba del todo, y cada vez que entraba una ráfaga de mar, las virutas se movían por el suelo como si tuvieran prisa por salir.
Tomás tenía sobre el banco de en medio la radio pequeña de la madre de Marta, abierta en canal, con las tripas de cables de colores extendidas en un paño limpio.
Era una radio de baquelita marrón, sin nada de especial, salvo que alguien la había querido durante cuarenta años.
Estaba midiendo un condensador con el polímetro cuando oyó la campanilla de la puerta. No era Daniel, que siempre llamaba con los nudillos antes de entrar. Tampoco era un cliente, porque los clientes llegaban después de las diez, cuando el puerto ya había dejado de hacer ruido.
—Buenos días —dijo Marta desde el umbral.
Llevaba el abrigo burdeos abierto y una bolsa de tela con el asa cosida con hilo de otro color. Tenía la misma voz de siempre, la que usaba en la biblioteca para leer cuentos a los niños, baja y un poco ronca.
—Buenos días —contestó él, y dejó el polímetro sobre el banco—. ¿Ha pasado algo?
—Es la radio de mamá. Dice que hace un ruido como de cuchara en un vaso.
—Todas hacen ruido de cuchara en un vaso.
—Eso le he dicho yo. Y ella dice que lo diga yo, que tú no la escuchas.
Tomás se rio por lo bajo. Marta dejó la bolsa en la silla de la esquina, la que siempre tenía una lata de tornillos encima, y se sentó sin que nadie se lo pidiera. Miró la radio abierta con la atención de quien conoce cada pieza porque las ha visto toda la vida en casa de su madre.
—Puedo mirarla yo mientras tú haces lo tuyo —dijo.
—Puedes mirarla. No la toques.
—No la voy a tocar, Tomás.
Él volvió a su condensador. Durante un rato solo se oyó el zumbido de la lámpara y el mar golpeando el muro del muelle.
Marta no hablaba. Eso era nuevo: antes, cuando venía al taller, hablaba sin parar de los niños de la biblioteca, de un libro de cocina que no le gustaba o del precio del pescado.
Ahora estaba callada y miraba las manos de él.
—Te he llamado estos meses —dijo al fin.
Tomás dejó la pinza sobre el banco.
—Ya lo sé.
—No te he dicho nada que sea importante. Solo era para saber si estás bien. Ya sé que te lo he dicho mil veces. Lo sé, de verdad.
—Marta.
—Déjame terminar, que me cuesta. —Respiró hondo y se miró las rodillas—.
Sigo llamando. Dos veces al mes, a veces tres.
Y cuando contestas, digo lo de siempre, que si has comido, que si el carro sigue vivo, que si Daniel te ha dado la lata.
Y luego cuelgo y me quedo mirando el teléfono como una tonta.
Tomás la miró. Marta tenía los ojos brillantes, pero no lloraba todavía.
—No eres tonta —dijo.
—No es eso lo que quería decir. —Se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo, despacio—. Quiero decir que esas llamadas son lo único que me queda de estar casada contigo. Y no sé qué hacer con ellas.
Él tardó en contestar. Pensó en el mensaje que había dejado Marta el martes anterior, en el contestador del piso de arriba, con la voz que se quebraba al final de la frase: «Solo llamaba para saber si estás bien».
Lo había escuchado tres veces y no había devuelto la llamada.
Lo había interpretado como un aviso, un modo de decir que ya no le necesitaba.
Ahora, con ella delante, sentada en la silla con las gafas en la mano, le pareció que quizá aquello era una despedida, y que Marta la hacía así porque no sabía hacerla de otra manera.
—¿Es una despedida? —preguntó.
—Es lo que hago cuando me cuesta despedirme.
Tomás asintió sin decir nada. Entonces oyó los pasos en la calle, rápidos y decididos, y la puerta se abrió de golpe.
Daniel entró con dos vasos de cartón de la barra del muelle.
Llevaba el mono de la compañía de telefonía y el gesto de quien ha subido la cuesta corriendo.
Vio primero a su madre, sentada junto al banco, con las gafas en la mano y los ojos húmedos.
Después vio a su padre, de pie, a menos de un palmo de ella.
Y dejó los dos cafés sobre la mesa de las herramientas sin mirarlos.
—¿Qué ha pasado?
—Nada, Daniel —dijo Marta, y se levantó tan deprisa que la silla chirrió contra las baldosas.
—Mamá, ¿has venido a ver a papá?
—He venido por la radio de la abuela.
—¿Y por qué estás llorando?
—Porque tengo sueño y se me llenan los ojos de agua. Eso pasa, cariño.
Daniel no le creyó. Tomás lo vio en la mandíbula, que se le tensó como cuando era niño y le quitaban la pelota en el patio del colegio. Daniel miró a su padre con una mezcla de esperanza y de reproche que Tomás conocía demasiado bien.
—Papá, mamá todavía pregunta por ti. Lo he dicho muchas veces. Lo he dicho en tu casa y lo he dicho en la mía.
—Daniel.
—Es verdad. Si te pusieras a hablar con ella en vez de escondértelo en el taller…
—No me estoy escondiendo. Estoy trabajando.
—Ya, claro. Siempre trabajas cuando hay algo que decir.
Marta se puso el bolso en el hombro y se acercó a la puerta, sin mirar a ninguno de los dos.
—No vine por eso, cariño —dijo sin volverse—. Ya te lo he explicado. No es lo que crees.
—¿Y qué crees tú que yo creo? —replicó Daniel, cada vez más alto—. Lo que yo creo es que tú decides y el resto nos enteramos.
Tomás sintió una punzada en el pecho, porque conocía esa frase.
Era de Marta, de otro tiempo, del día en que se separaron en la cocina de su casa, y ahora la decía su hijo con la misma voz, sin saberlo.
Marta se quedó quieta junto a la puerta.
Se le movieron los hombros una vez, como si hubiera recibido un golpe, y no se giró.
—Daniel, por favor —dijo Tomás—. Espera fuera un momento.
—No me voy a ir a ninguna parte. Quiero oír lo que vas a decir.
—Lo voy a decir sin ti. Espera fuera.
Daniel salió dando un portazo que hizo temblar la ventana del fondo. Marta seguía en el umbral, con la bolsa de tela colgando del brazo y el asa cosida mal, mirando la calle.
—Marta, no quiero que volvamos —dijo Tomás, con las manos apoyadas en el banco—. Y no quiero que me llames para saber si estoy bien, porque entonces tendré que decirte que no lo sé, y eso no es justo para ninguno de los dos.
—Ya sé que no quieres.
—Y cuando vengas aquí, avisa antes. Con un mensaje, con una llamada. Lo que sea. No quiero que Daniel se encuentre con esto otra vez.
—Tú nunca me llamas, Tomás.
—Por eso mismo te pido que avises, para no volver a tener esta conversación en el taller.
Ella tardó en responder. Después asintió, con los labios apretados, y dijo:
—Vale.
Se fue sin despedirse. Tomás la vio cruzar el muelle con la bolsa contra el pecho y los hombros encogidos, y pensó que no había sido un buen modo de decir las cosas, aunque fuera el único que le había salido.
Cuando la perdió de vista, se quedó mirando la radio abierta sobre el paño, con sus cables de colores, y no fue capaz de volver a soldar nada.
Daniel regresó al cabo de unos minutos. Se había sentado en el muro de fuera, y tenía la cara de haberse mojado las mejillas con el agua de la fuente. No lloraba. Tampoco hablaba. Cogió su vaso de café, que ya se había enfriado, y lo sostuvo entre las manos sin beberlo.
—Perdona —dijo al fin.
—No hace falta que pidas perdón.
—Sí hace falta. Te he gritado en tu taller.
—Me has gritado en mi taller. Eso es verdad.
—¿Y qué le has dicho?
Tomás se sentó en el taburete, despacio. Le dolían las rodillas, como cada vez que se agachaba debajo del carro.
—Le he dicho que no quiero volver con ella. Y que me avise antes de venir.
Daniel bajó la vista hacia el suelo. Hubo un silencio largo, con el ruido del mar de fondo.
—Yo no te pido que vuelvas con ella —dijo—. Te pido que lo intentes.
—Eso lo intenté. Hace años. Y decidí por los dos, Daniel. Y tu madre se enteró de todo cuando ya era tarde.
El chico asintió sin mirarlo. No dijo nada más. Se levantó, dejó el vaso de café a medio beber en la mesa, cogió su chaqueta y salió al muelle sin hacer ruido. Esta vez no dio ningún portazo.
Tomás se quedó solo en el taller. Se frotó los ojos con los nudillos.
Pensó que tenía que contárselo a alguien, y pensó a quién.
Elena era la única persona de Puerto Almendro con la que hablaba de lo que había en la casa, y no iba a contarle que Marta había salido llorando del taller, porque aquello no era asunto de la casa número 45.
Lo guardó en un bolsillo, como una tuerca suelta, y volvió a la radio.
A mediodía salió a la puerta trasera para mirar el carro. Estaba aparcado sobre la arena seca, con el capó abierto y un cubo de agua debajo del motor por si acaso. Tomás se agachó junto a la rueda delantera y apartó con el dedo una capa de polvo que se le había metido por la rejilla.
La correa de la dinamo se había partido en dos trozos.
Lo supo antes de tocarla, porque el carro había tosido toda la mañana con un chasquido seco que él conocía de otras veces.
Se quedó mirando los dos extremos sueltos, colgando como cordones de zapato, y sonrió sin querer.
Lo había dicho en la calle del puerto, el día del mercado.
«Esto es la correa». Elena no lo había creído.
Y tenía razón en no creerlo, porque lo había dicho él sin haber mirado, y lo había dicho para no tener que mirar.
Cogió la lista de piezas que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y la repasó.
Una correa de dinamo de la medida del carro.
Ninguna tienda del puerto la tenía; lo había preguntado esa misma mañana.
Le habían dicho que en el mercado de los sábados, en el puesto de radios usadas del fondo, alguien tenía una caja de correas viejas que nadie se había llevado.
—Dicen que hay una —murmuró, sin que nadie le oyera.