La mitad de la casa Elena · Primavera #2
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Elena · Primavera #2

Elena se subió al asiento de atrás, con las bolsas en el regazo, porque delante estaba el tubo de la gasolina que Tomás había cambiado el mes anterior con una goma de bicicleta y que no se podía tocar.

Olía a aceite, a moqueta húmeda y a pan recién hecho.

Por la ventanilla vio a Nina, bajo el toldo rojo, levantando la mano con los dedos abiertos, como quien saluda a una procesión.

El carro subió por la calle del puerto con un ruido de carraca. Al llegar al paseo de piedra, sonó un golpe seco y el motor se apagó. Tomás pisó el embrague dos veces. Nada.

—Esto es la correa —dijo.

—¿Tú qué sabes?

—Lo sé porque me lo dice el sonido.

—El sonido es una opinión.

Él abrió la puerta y bajó a la calle. Elena lo siguió, con la lluvia en la cara y la cesta colgando del brazo.

Al pie de la cuesta, en la curva del camino de la costa, el carro se había quedado plantado en medio de la calzada, con el morro torcido hacia el muro, y dos vecinos que bajaban con paraguas se detuvieron a mirarlo con la paciencia de quien ya lo ha visto muchas veces.

—Empuja por ahí —dijo Tomás, poniéndose detrás—. Yo empujo por aquí.

—¿Y por qué empujo yo por ahí?

—Porque ahí está la rueda.

—Tomás, tú no tienes ni idea de dónde está la rueda.

—Lo sé de memoria. La he cambiado tres veces.

—Eso no es un argumento.

—Es una prueba.

Elena se puso al lado del capó, en el sitio que él le señalaba, y apoyó las manos en el metal frío y húmedo.

Empujaron. El carro no se movió. Empujaron otra vez.

Las ruedas patinaron en el barro de la cuneta y le salpicaron el abrigo de manchas claras.

Elena oyó a su espalda una carcajada corta, tan sorprendida como la suya.

—¡Está entrando! —gritó Tomás.

—No está entrando. Lo estamos empujando nosotros.

—Eso es lo que he dicho.

Empujaron de nuevo, esta vez con las rodillas, con el pelo pegado a la frente, con los zapatos llenos de agua.

El carro dio un bandazo, se enderezó y avanzó tres metros de golpe, como si hubiera decidido por su cuenta que ya había tenido bastante humillación.

Elena soltó una risa que no había previsto.

Era una risa grande, desordenada, que le dolía en el pecho, de esas que se le escapaban en la cocina de su madre cuando era una niña y se le ponían los zapatos al revés.

Hacía años que no reía así. Quizá desde antes de que Julián muriera, aunque no quería pensarlo.

Tomás la miró de reojo, con el gesto de quien ha ganado una discusión sin haberla empezado.

—¿Ves? —dijo—. Casi está arreglado.

—Ya no hables.

Subieron la cuesta así, a empujones y a trompicones, con el carro tosiendo y ellos riendo, y la lluvia haciéndose más fuerte a cada paso.

Al llegar a la cima, donde la calle Las Gaviotas se abría hacia la casa, el carro se paró del todo, con un suspiro de vapor, y ellos se quedaron jadeando junto al muro, empapados, con las bolsas del pescado chorreando y el pan a salvo bajo el abrigo de Elena.

Ella se apoyó en el muro y cerró los ojos. Tenía el pulso acelerado. Pensó en su hija, en la carpeta de partituras apretada contra el pecho, en la mirada de Nina bajo el toldo, en la radio envuelta en la toalla. Pensó en todo eso y en la risa, que no le había pedido permiso a nadie para salir.

—Es lo único que me ha hecho reír últimamente —dijo, sin mirarlo.

Tomás no contestó enseguida. Oyó cómo él se quitaba la gorra y la retorcía entre las manos para escurrirla.

—Eso es mucho decir para un carro —dijo al fin, con suavidad.

—Es mucho decir para mí.

—Entonces lo tomo como un cumplido.

—Tómalo como un hecho.

Él se rio otra vez, más bajo. Elena abrió los ojos.

Tomás estaba a un metro de ella, con el pelo pegado a la frente y una gota de lluvia colgando de la punta de la nariz.

No se acercó. Se quedó donde estaba, como si esperara a que ella dijera algo más, y no lo presionó.

Eso también lo notó Elena, como una pequeña cosa que no supo colocar en ningún sitio de su lista.

—Vamos a casa —dijo ella—. Antes de que el pescado se desmaye.

—Eso lo tienes que decir en la nevera.

—No pienso poner nada en la nevera.

—Ya lo sé —contestó él—. Pero algún día lo harás.

En casa, la cocina olía a café recién hecho. Tomás dejó las bolsas en la mesa sin preguntar dónde iban y se fue arriba a cambiarse. Elena se quedó de pie, con el abrigo chorreando sobre el suelo de baldosas, y oyó sus pasos en la escalera, y el ruido de la puerta del piso de arriba, y después nada.

Miró la nevera. El cuadrante de riego, la lista de normas con la corrección a lápiz de la norma cinco, la foto de Lucía de niña con un delantal de lunares.

Se quitó el abrigo, lo colgó en la percha de la puerta y se sentó a la mesa. Sacó la libreta del bolso y la abrió por una página en blanco. Escribió la fecha. Después, con el bolígrafo azul que dejaba siempre en el mismo sitio, escribió una línea que no tenía previsto:

«Llamar a Lucía. Hoy, no mañana.»

La miró un rato. Luego añadió, debajo, más despacio:

«No esconder lo que siento. Aunque no sepa decirlo.»

Cerró la libreta. Afuera, la lluvia golpeaba el tejado con el mismo ritmo que el día que llegó Tomás con sus cajas, y Elena pensó que no lo odiaba, ni nunca lo había odiado, y que esa era, quizá, la parte más difícil de admitir.

Fue a cambiarse a su habitación del fondo del pasillo.

Al pasar junto a la escalera se detuvo frente al interruptor de la luz y no lo encendió.

Se quedó un momento mirándolo, con la mano en la barandilla, hasta que oyó, arriba, la puerta del piso de Tomás y su voz tarareando una canción de orquesta mientras buscaba algo en un cajón.