Elena · Primavera
El sábado amaneció con nubes bajas sobre el puerto, de esas que no llueven pero lo prometen.
Elena se levantó a las seis, como siempre, encendió la cafetera antes de que entrara la luz y regó las macetas de la más pequeña a la más grande.
Después escribió la lista de la compra en el reverso de un sobre del banco, con letra firme: pan de la panadería de la plaza, dos kilos de patatas, cebolla morada, un manojo de acelgas, sardinas si había, y lo que el frutero tuviera de la temporada, que en marzo era poco.
Lo dobló en cuatro y lo guardó en el bolso. Luego miró la nevera. El cuadrante de riego seguía en el centro, con la letra de ella debajo: «Tomates y lavanda. Siempre.». Nadie había tocado el cuadrante desde octubre.
Desde entonces, la casa funcionaba con una cortesía exacta.
Tomás decía «buenos días» en la escalera.
Ella contestaba «buenos días» sin volverse.
Él dejaba su taza en el escurridor, y ella, la suya al lado, a veces sin tocarla.
Nadie hablaba del trastero. Nadie hablaba de la radio, que no estaba en la cocina, ni en el salón, ni en ninguna parte que Elena quisiera recorrer con la mirada.
Tomás bajó a las ocho y media con la chaqueta de cuadros y el pelo gris todavía húmedo de la ducha.
—Llueve en la costa, pero aquí no —dijo, mirando el cielo por la ventana del fregadero—. Va a llover en el mercado. Lo sé por el carro: le duele la correa cuando hay humedad.
—El carro no sabe nada del tiempo.
—Sabe más que la radio de la mañana.
Elena no contestó. Metió el sobre en el bolso y se colgó la cesta del brazo.
—Voy a por el pan y el pescado —dijo—. Luego vuelvo.
—Si quieres te llevo de vuelta. Con las bolsas, en el carro.
—Puedo andar.
—Puedes. Pero con la lluvia y las sardinas, lo que hay es un problema de logística.
Ella lo miró de lado. Él sonreía con la boca cerrada, como cuando se aguantaba una frase que le parecía demasiado graciosa para decirla en voz alta.
—Te llamaré si llueve de verdad —dijo ella, y salió antes de que él tuviera tiempo de contestar.
El mercado de los sábados ocupaba la explanada del puerto desde las siete.
Los toldos de lona azul se abrían en fila, con las cajas de pescado sobre hielo picado y las flores envueltas en papel de estraza.
En el puesto de radios usadas, al fondo, alguien había colgado un cartel nuevo: «Válvulas, todas».
Elena no entendió para qué quería nadie todas las válvulas del mundo, pero se alegró de que no hubiera ninguna radio a la vista. Pasó de largo.
Compró el pan en el puesto de la esquina, con el panadero que siempre le daba la barra de la derecha, la más dorada.
Compró la cebolla y las acelgas a la mujer del puesto de verduras, que le preguntó por la salud del techo y le dijo que su marido había visto a un albañil en el puerto que cobraba menos.
Elena agradeció la información y no la usó.
En la esquina de la explanada, bajo el toldo rojo de la mercería, Nina Cardel estaba colocando una cesta de ovillos en un expositor de madera.
Llevaba el pelo rubio recogido con un lápiz y una bufanda de lana que se había hecho ella misma, según contaba desde hacía años a todo el que quisiera oírlo.
—¡Elena! —gritó, con la voz que usaba para todo lo importante—. ¡Mira qué mañana! ¡Hay pescado para una boda!
—Hay pescado para una comida normal, Nina.
—Pues ya sabes lo que dicen de las comidas normales: que son las que se convierten en bodas. Ven aquí, que te enseño los botones nuevos.
Elena se acercó al mostrador, porque era imposible no hacerlo cuando Nina tenía algo que enseñar. Los botones eran de un azul oscuro, con un borde de plata, y Elena pensó que eran demasiado bonitos para un abrigo de diario. Nina lo sabía. Por eso los había puesto justo a la altura de la mano.
—Son para el abrigo de Lucía —dijo Nina—. Se le ha caído uno en el colegio. Dice que los de plástico le dan vergüenza.
—Lucía es muy suya para los botones.
—Como su madre. —Nina sonrió y bajó la voz—. Y por cierto. Te he visto hace un momento con el inquilino en el puesto de la pescadera. Hablabais de la sardina. Te digo lo que he visto, nada más.
—¿Qué has visto?
—Que os reíais.
—Hablábamos de si la sardina tiene que estar brillante o mate.
—¿Y qué habéis decidido?
—Que tú no tienes ni idea de sardinas.
Nina soltó una carcajada que se oyó hasta el puesto de flores. Elena no sonrió, pero notó que los labios le iban por su cuenta hacia un lado, y se obligó a volverlos a su sitio.
En ese momento vio a Lucía.
Venía desde la plaza del Faro por el paseo de piedra, con la carpeta de partituras bajo el brazo y el abrigo abierto, como siempre que tenía prisa.
La había visto crecer con ese gesto. Lucía caminaba como si el mundo le debiera una explicación, y casi siempre así era.
Se detuvo a dos metros del puesto de pescado, donde Tomás estaba de pie con una caja de sardinas en una mano, y Elena, delante de la pescadera, señalaba con el dedo el pescado que quería.
Tomás vio a Lucía antes que Elena. Le saludó con un gesto de cabeza.
—Buenos días, Lucía.
—Buenos días —dijo ella, y no le miró a él. Miró a su madre.
Elena sintió el peso de la mirada como si alguien le hubiera dejado la cesta encima. Se volvió hacia la hija.
—Hola, cariño.
—¿Qué haces aquí con él?
—Comprar pescado. Como todos los sábados.
—No, mamá. ¿Qué haces aquí con él ?
La pescadera apartó la vista y se puso a limpiar una tabla que no lo necesitaba. Alrededor, el mercado seguía con su ruido, pero el ruido había bajado un tono, como si todos hubieran decidido escuchar sin que se les notara.
—Va en el carro —dijo Elena—. Nos llevamos las bolsas.
—Mamá, ¿de verdad vas a hacer la compra con el inquilino?
—Lucía.
—Es una pregunta razonable. Papá lleva cuatro años…
—Lo sé.
—Entonces no entiendo que tengas que hacer la compra con el hombre que ha tocado todo en esa casa. Nina me ha contado lo de la radio. La sacó del trastero, la arregló y la puso a sonar en la cocina como si fuera suya. ¿Eso lo sabes? ¿Lo has permitido?
Elena no respondió de inmediato. Tenía en la cabeza la radio envuelta en la toalla de rayas, en el estante más alto del trastero, donde seguía, con las esquinas juntas y el dobladillo al mismo nivel.
Había tenido la oportunidad de decirle a su hija que la radio solo había sonado una vez desde que Julián murió, aquella mañana de enero en que ella misma la desenchufó, y que no pensaba volver a sacarla.
No lo dijo. Era algo que no tenía por qué compartir con el mercado.
—Lo sé —dijo—. Y no lo he permitido. Lo hizo sin preguntar. Lo intenté con él.
—¿Lo intentaste?
—Lo intenté.
—Pues qué bien.
Lucía miró a Tomás por primera vez. Él tenía la expresión de quien sabe que no le corresponde intervenir y que, si interviene, empeorará las cosas.
—Y usted, ¿qué le ha dicho? —le preguntó Lucía.
—Que tiene razón —dijo Tomás—. Que no tenía que haberla tocado.
—Eso ya lo sabe todo el pueblo.
—Entonces no hace falta que lo repita —dijo él, sin dureza.
Lucía se quedó quieta. Por un momento, Elena vio en su hija el mismo gesto que tenía su padre cuando alguien le llevaba la contraria en la mesa, y eso la desarmó más que cualquier reproche.
—Mamá —dijo Lucía, ya en voz baja—. Papá no está aquí para decir nada. Eso es lo que me duele. Que tú le hagas la compra a otro como si nada, y yo tenga que enterarme por Nina en la plaza.
—No es como si nada.
—Pues lo parece.
Elena quiso decir algo sobre la memoria de Julián y sobre lo mucho que le costaba mirar la radio. No lo hizo. Tenía las manos llenas de bolsas y de palabras que no sabía colocar.
—Te llamo esta tarde —dijo al fin.
—No hace falta. Ya me has contestado.
Lucía dio media vuelta y se alejó hacia la plaza, con la carpeta apretada contra el pecho.
Elena la vio cruzar la explanada sin volverse, y se acordó de la noche en que había dicho a su marido que no quería tener hijos rebeldes porque ella había sido una niña perfecta, y de cómo Julián se había reído hasta que le dolieron las costillas.
Tomás no dijo nada. Pagó la caja de sardinas que había cogido para ella, sin preguntar si la quería, y se la puso en la bolsa.
—Gracias —dijo ella, en voz baja.
—No hay de qué. Las sardinas no tenían la culpa.
Nina, desde su toldo, observaba con la barbilla apoyada en la mano y una expresión de felicidad absoluta.
Elena supo, con esa certeza que solo se tiene en un pueblo pequeño, que antes de la hora de comer el chisme habría recorrido la explanada, la plaza, el café de Las Dos Mareas y la biblioteca.
No le importó tanto como esperaba. Eso le preocupó más que el chisme.
Cuando salieron del mercado ya llovía, una lluvia fina y horizontal que se metía por el cuello. El carro estaba aparcado al borde de la explanada, con el capó cubierto de gotas y una hoja de periódico metida en el limpiaparabrisas.
—Lo he dejado en punto muerto —dijo Tomás mientras abría la puerta del copiloto—. Ya casi arranca.
—No quiero saber cómo has llegado a esa conclusión.
—Por la cuarta vuelta de llave.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que a la quinta arranca.
—Tomás, si no arranca a la primera, no es que casi esté arreglado. Es que no está arreglado.
—Tiene una memoria mala, pero buena persona —contestó él, y dio la vuelta por delante para girar la manivela.
El motor tosió tres veces, con un ruido de cafetera vieja, y luego se quedó callado.
Tomás volvió a intentarlo. A la cuarta, un traqueteo sordo, la aguja del cuentarrevoluciones dio un salto, y el carro arrancó con un estertor de satisfacción.
Tomás se metió dentro, se quitó la gorra y levantó el pulgar desde el asiento del conductor, con los ojos brillantes de orgullo.
—Ya casi está arreglado —dijo.
—Dijiste que no lo ibas a decir.
—No lo digo igual. Lo digo con matices.