Tomás · Invierno
Daniel llegó al taller un sábado de enero, con el cuello del abrigo subido y dos cafés de la barra del puerto que ya se habían enfriado por el camino. Los dejó sobre el banco del torno sin preguntar si alguien los quería, que era, pensó Tomás, lo único que había heredado de él y no de su madre.
—Te he traído uno con leche —dijo Daniel—. Como te gusta.
—A mí me gusta solo.
—Pues ahora te gusta con leche. Lo he decidido yo.
Tomás sonrió sin querer. Apartó la radio del pescador, que ya tenía de nuevo sus tubos en el sitio, y se limpió las manos en el trapo. Daniel se sentó en el taburete de la esquina, el que nadie usaba desde el verano, y miró alrededor con el gesto de quien revisa una casa que alguna vez fue la suya.
Era técnico de telecomunicaciones. Trabajaba con cables, antenas y centralitas, y sabía arreglar cosas de las que nadie se acordaba hasta que dejaban de funcionar.
Tenía de su madre la forma de hablar, con pausas medidas, y de su padre las manos grandes, siempre un poco sucias.
Pero la terquedad no la había heredado de ninguno de los dos.
La había ido fabricando solo, con los años, como quien construye un muro contra algo que todavía no ha pasado.
—Papá, tengo que decirte una cosa.
—Dila.
—No la digas así. Es importante.
—Dila igual. Yo escucho mejor cuando no me preparan.
Daniel bebió un sorbo de café, hizo una mueca de disgusto con la leche y dejó el vaso sobre el banco.
—Mamá está bien. Trabaja mucho en la biblioteca. Ha pintado la cocina de la casa de la plaza del Faro, la de su madre. Está más guapa que nunca. Y yo pienso que tendríais que hablar. De verdad. Como antes.
—Daniel.
—Antes hacíais la paella los domingos. Mamá hacía el arroz y tú decías que lo quemaba, y ella te respondía con el trapo de cocina en la mano, riéndose. Yo me reía. Era lo mejor de la semana.
—Y lo sigue siendo, en tu cabeza. Eso ya lo sé.
—No es solo en mi cabeza.
—Estamos divorciados. Hace seis meses. Lo firmamos los dos, con un bolígrafo que no funcionaba.
—Divorciados en el papel —dijo Daniel—. Papá, no quiero que te pase lo que te pasó a ti con... —se detuvo, y Tomás vio que el hijo buscaba una palabra que no fuera la que quería decir—. Mamá todavía...
Se calló. Miró el suelo de cemento, las rebabas de estaño que había dejado el soldador, la tabla donde colgaban las herramientas por tamaño. Después se levantó y se puso el abrigo del todo, abotonado hasta arriba.
—Nada. Olvídalo. Mamá está bien, papá. Eso es lo que quería decirte.
—Pues me alegro.
—Ya.
Daniel salió del taller, y el ruido de sus pasos se perdió entre los de la calle del muelle.
Tomás se quedó quieto con el trapo en la mano.
Sabía perfectamente cómo acababa la frase de su hijo, y no le gustaba nada.
Cinco años de dejar a Marta en el mismo rincón de la cabeza, sin mirarla de frente, no se habían borrado en un sábado.
Prefirió no pensar en eso. Cogió el sombrero, cerró la puerta trasera del taller con la cuerda y salió a la calle, donde el carro esperaba junto a la acera, con el capó cubierto de rocío.
—Ya casi está arreglado —le dijo.
El carro no contestó. Tomás supo que era lo mejor. Subió a casa andando, con las manos en los bolsillos y la cabeza llena de paella y de trapos voladores.
La casa número 45 de la calle Las Gaviotas estaba en silencio a esa hora de la tarde.
Elena no había vuelto de la gestoría. En la cocina compartida olía a caldo, y la luz del patio entraba blanda por la ventana del fregadero.
Tomás dejó el sombrero en la percha y se quedó mirando la nevera, con el cuadrante de riego pegado en el centro.
«Riego: 19:00». Debajo, la letra de Elena: «Tomates y lavanda.
Siempre.». Nadie había cambiado una coma desde octubre.
Entonces vio la puerta bajo la escalera.
El trastero era un cuarto estrecho, con una bombilla sin pantalla y un estante de madera donde Elena guardaba cajas de papeles, un barreño y dos sillas plegables.
Tomás no había entrado nunca. La norma seis de la nevera decía, en letra clara, que el trastero no se usaba.
Él la había leído cada mañana, como había prometido, y había pensado que era una norma más de las que no entendía.
Abrió la puerta sin pensar, porque la puerta tenía el pestillo roto y se cerraba con un empujón.
Dentro, sobre el estante más alto, envuelta en una toalla vieja de rayas, había una radio.
Tomás la bajó con cuidado. Era de madera oscura, con la tapa frontal de rejilla gastada y un dial de vidrio amarillento que se había agrietado en una esquina.
Pesaba más de lo que parecía. Al quitarle la toalla, el olor a polvo y a madera encerrada le llenó la nariz.
Miró el cable, que estaba pelado en un tramo, y la antena, que colgaba doblada hacia dentro como un brazo sin fuerza.
La toalla estaba doblada en cuatro, con las esquinas juntas, y alguien la había plegado con mucho cuidado.
Lo pensó un momento. Después pensó en la radio del pescador, que había funcionado, y en la de su propio taller, que siempre funcionaba. Y pensó, con la sencillez de quien ve una pieza rota: esto está muerto. Nadie la ha encendido en años.
Se la llevó arriba, al taller de su piso, y la dejó sobre la mesa entre las cajas de radios. Esa noche, después de cenar, la abrió.
Tardó tres tardes. Limpió los contactos de la sintonía con un líquido de limpieza que olía a metal.
Cambió el condensador de la fuente, que estaba hinchado como un higo, y soldó el cable pelado con una gota de estaño que brilló un instante sobre el cobre.
Sustituyó la antena por un hilo nuevo y le dio un barniz fino a la madera, para que el dial no se viera tan gris.
El cristal agrietado lo dejó como estaba.
Hay cosas que se ven mejor con la grieta.
La tercera noche, la radio sonó. Primero un zumbido bajo, después una voz de locutor cansado que hablaba de la marea y de un barco que había vuelto con la red llena.
Tomás se quedó quieto con el destornillador en la mano.
Luego soltó una carcajada corta, de satisfacción, y dijo en voz alta, a la radio y a nadie:
—Eso se arregla en cinco minutos… o en tres tardes.
Bajó la radio a la cocina compartida. La puso sobre el estante de la ventana, junto a la maceta de romero, y la dejó sonando bajito, mientras limpiaba la cafetera y fregaba los cuencos de la cena.
Quería que Elena la oyera al entrar a la mañana siguiente.
Pensó que le daría una alegría. Algo que no tuviera que pedirle, porque las cosas buenas no se piden.
Se acostó con la sensación de haber hecho algo bien.
Antes de dormirse, por costumbre, miró la escalera y el interruptor de la luz, y se acordó de la noche de la sopa, de la forma en que ella se había quedado mirando el rellano como quien mira una puerta que no piensa cruzar.
No se le ocurrió que la radio no fuera suya para regalarla.
A las seis y cuatro minutos, Elena salió de su dormitorio, en la planta baja, con la bata puesta y el pelo recogido, como cada mañana.
Tomás la oyó desde el dormitorio y no bajó.
Pensó que la sorpresa tenía más gracia si la veía desde lejos.
Pero el silencio que siguió fue distinto de los otros silencios de Elena. Duró demasiado.
Bajó. Ella estaba de pie en el umbral de la cocina compartida, con una mano en el marco y la otra apretada contra el pecho, como si acabara de recibir una noticia. La radio sonaba bajito. Una canción vieja de orquesta, de las que se oyen en las verbenas de los pueblos.
—Buenos días —dijo él, con una sonrisa que se le deshizo sola al ver la cara de ella.
—Apágala.
—Creía que te gustaría. La he arreglado. Estaba en el trastero, y...
—¿Has entrado en el trastero?
—Estaba abierto. El pestillo está roto.
—Lo has visto todo. Y lo has sacado.
—Elena, estaba muerta. Tenía el condensador hinchado, el cable pelado, la antena...
—Nadie te ha pedido que la arregles.
Tomás calló. Había dicho esas frases muchas veces, en el taller, en su casa, en el mercado. Siempre con la misma convicción: ayudar era arreglar. Y ahora, en la cocina de otra persona, la frase le sonó como una puerta que se cierra demasiado fuerte.
—Lo siento —dijo—. Pensé que...
—Sé lo que pensaste. Siempre lo sé. —Elena se acercó a la radio. No la tocó. Se quedó mirándola con los brazos cruzados y la mandíbula apretada—. Era de Julián. La guardé envuelta en su toalla porque no quería verla, ni oírla, ni tenerla en el salón. Y no quería que nadie la encendiera.
Tomás miró la radio, el dial de vidrio, la grieta en la esquina, y de pronto la pieza entera le pesó en las manos como si no fuera suya.
—No lo sabía —dijo.
—Ya lo sé. Por eso no te he dicho nada.
Elena dio un paso, alargó la mano, dudó y, en lugar de apagar la radio, la desenchufó de la pared con un tirón seco. El silencio que quedó en la cocina fue tan grande que se oyó el goteo del grifo.
—Vuelve a ponerla en el trastero —dijo ella—. Envuelta como estaba. Con la toalla doblada igual.
—Puedo explicarte cómo está ahora. Funciona. Suena bien. Podrías...
—No quiero oírlo. No quiero saber cómo suena.
Se dio la vuelta y salió de la cocina sin mirar atrás. Tomás escuchó sus pasos alejarse por el pasillo, uno a uno, hasta que la puerta de su salón se cerró con cuidado, sin golpe, como siempre. Eso fue lo peor. Un portazo lo habría resuelto en diez minutos.
Se quedó de pie junto a la radio desenchufada. Después la cogió, la envolvió en la toalla de rayas, la dobló en cuatro con las esquinas juntas y la llevó al trastero. La dejó en el estante más alto, donde estaba. Cerró la puerta despacio.
Elena no le habló en tres días.
No fue un silencio cruel. Fue un silencio ordenado, de los que Elena sabía sostener con la misma precisión con que cuidaba las macetas.
Dejó las tazas limpias en el escurridor, pero no le puso la suya al lado.
Escribió en un papel: «Pan en la despensa.
No lo gastes.», y lo pegó en la puerta de la nevera, debajo del cuadrante de riego, sin dirigirse a nadie.
Cuando él bajó a la cocina, ella ya se había ido a la gestoría.
Cuando volvía, ella ya se había encerrado en su salón.
Tomás lo entendió con la misma claridad con que había entendido la radio. Ella no le guardaba rencor. Le estaba diciendo, en el único idioma que Elena dominaba del todo, que la casa tenía sus cosas, y que él había entrado en una de ellas sin llamar.
El tercer día, por la tarde, se sentó en el taller con las manos sobre el banco y miró el cuadro de herramientas. Todo estaba en su sitio, por tamaños. Él lo había ordenado así, como siempre. Pensó en Marta.
Marta no le había gritado nunca. Era demasiado educada para eso.
En la cocina de su antigua casa, la última vez que hablaron de verdad, le había dicho una frase que no había querido oír: «Tú decides, Tomás, y yo me entero.
Siempre has sido muy bueno arreglando cosas.
Cuando llego a casa ya están arregladas, y yo no he estado en ninguna de las decisiones.
» Él le contestó que lo hacía por ella, por la casa, por lo que fuera más rápido.
Y Marta se quedó callada, y se fue a dormir a otra habitación, y así durante cinco años.
Ninguno de los dos fue infiel. Ninguno de los dos fue cruel.
Solo había un hombre que arreglaba sin preguntar, y una mujer que se sentía acompañante de su propia casa.
Tomás apretó los labios. Eso era lo que le había pasado con la radio.
Lo mismo, con otro objeto. Había visto algo roto y había decidido por otro que estaba roto, sin preguntar si alguien quería que lo arreglara, si alguien lo tenía envuelto en una toalla por una razón.
Había creído que el cariño era arreglar.
Y lo que había hecho era quitar a Elena una cosa que no era suya para quitar, con una sonrisa de satisfacción.
Miró el carro, que estaba aparcado junto a la puerta trasera, con el capó sin cerrar.
—No, ya no digo que esté casi arreglado —murmuró—. Esta vez no.
Esa noche, antes de cenar, sacó un papel del cajón del taller y escribió con lápiz, despacio, la primera frase que le vino a la cabeza:
«¿Puedo tocar algo en esta casa? Pregunto. T.A.»
Lo leyó dos veces. Le pareció demasiado poco y demasiado mucho a la vez.
Lo dobló en cuatro, con las esquinas juntas, y se lo guardó en el bolsillo de la camisa.
No lo pegó en la nevera. Todavía no. Subió la escalera despacio, y al pasar junto al interruptor de la luz, que alguien había dejado encendido, no lo apagó.