La mitad de la casa Elena · Invierno
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Elena · Invierno

En diciembre el puerto amanecía gris, y el cuadrante del riego seguía pegado en la nevera.

Nadie regaba ya casi nada, pero Elena no lo había quitado.

Quitarlo habría sido admitir que la discusión había terminado, y ella no pensaba darle a Tomás esa satisfacción.

Así que lo dejó allí, con su columna de las siete de la tarde y la frase de debajo, «Tomates y lavanda.

Siempre.», que en las mañanas de frío parecía escrita por otra persona.

Se levantaba a las seis, como siempre. Encendía la cafetera antes que la luz, llenaba la taza sin azúcar y miraba el reloj de la pared.

Dos meses con el piso de arriba ocupado no habían cambiado nada de eso.

Solo había cambiado el ruido: ahora, a media mañana, se oían pasos sobre el techo de la cocina, un cajón que se cerraba, una herramienta que caía al suelo del taller y un «Vaya» dicho en voz baja.

Elena fingía no oírlo. Le costaba menos que preguntar.

Aquella mañana, desde la ventana del salón, la oyó también a él. El carro tosió tres veces en la calle Las Gaviotas, se calló, y Tomás dijo al volante, con la misma convicción de octubre:

—Ya casi está arreglado.

Elena apartó la cortina. No dijo nada. Tenía que comprar botones.

La mercería de Nina Cardel estaba en la plaza del Faro, entre la biblioteca y el colegio, y olía a lana, a jabón de lavanda y a la estufa de leña del fondo.

Elena entró a media mañana a por un ovillo azul y unos botones para el abrigo, al que se le había descosido la manga.

Nina la vio desde el escaparate, dejó la escoba apoyada en el mostrador y salió con los brazos abiertos, como si llevara semanas sin verla.

—¡Elena Brisal! Te he visto pasar tres veces por el escaparate y no has entrado. Así no se hace.

—He venido a por botones.

—Ya, y yo he venido a por el mar. —Nina le quitó el abrigo de los hombros para mirar la manga—. Esto no se cose, se rehace. ¿Y qué tal el inquilino?

—Trabaja. Arregla lo que encuentra.

—Lo que encuentra. ¿Y lo que no encuentra?

—Lo arregla igual. Sin preguntar.

Nina se rio con toda la garganta, y una señora que miraba hilos en la mesa de la derecha levantó la cabeza. Nina bajó la voz sin bajar el tono.

—Elena, cariño. Dos meses viviendo con un hombre con las manos llenas de grasa y el pelo de punta, y lo tratas como a una factura mal sumada. Eso no es un inquilino. Eso es una señal.

—No es una señal. Es un contrato. Un año, de octubre a octubre.

—Pues en un año se hace mucho. ¡A nuestra edad, el que duda pierde el turno!

—Pues que lo pierda.

Nina soltó una carcajada, abrió el cajón de abajo y sacó una caja de botones de nácar que nadie compraba desde hacía años. La puso sobre el mostrador con un golpe de satisfacción.

—Estos te los regalo. Para que te acuerdes de volver.

Elena cogió la caja. No dio las gracias en voz alta, pero Nina sabía leer el silencio de Elena mejor que nadie en el pueblo, y sonrió como si lo hubiera oído.

Esa tarde, cuando Elena volvía de la gestoría, había una mujer sentada en el escalón de la puerta. Llevaba un abrigo color burdeos, una bufanda que le llegaba al pecho y una caja de cartón atada con cordel sobre las rodillas, como si esperara que alguien le abriera. Se levantó al verla.

—Buenas tardes. Usted debe de ser Elena.

—Sí.

—Soy Marta Solano. Traigo unos libros de Tomás. Estaban en casa de mi madre desde el verano, y no quería dejarlos en el taller con este frío.

Elena se quedó con las llaves en la mano.

Conocía la cara. La había visto en la biblioteca, en los actos del colegio y en el mercado de los sábados, siempre a lo lejos y casi siempre con un libro bajo el brazo.

Pero nunca la había tenido a un metro, ni la había oído decir «Tomás» como se dice el nombre de alguien que todavía sabe dónde está cada cosa de tu casa.

—Tomás no está —dijo Elena—. Está en el taller.

—Ya. Siempre está en el taller. —Marta sonrió, pero la sonrisa le duró poco—. No hace falta que suba. Solo quería que los tuviera. Son casi todos de cocina, y un atlas de la costa que a él le gustaba mucho.

—Puede dejarlos en el escalón. Yo los subo.

—Prefiero no subir —dijo Marta, con tanta calma que Elena se sintió un poco ridícula—. No es mi sitio.

Le tendió la caja. Elena la cogió por inercia y notó que pesaba más de lo que parecía. Cuando levantó la vista, Marta ya bajaba la calle hacia la plaza, con la bufanda al viento, sin volverse.

Elena entró y dejó la caja sobre la mesa de la cocina compartida.

Tenía el pulso acelerado sin un motivo que pudiera señalar.

Era una caja de libros. Una mujer había traído libros de un hombre divorciado, y no había nada en eso que le incumbiera.

Y, sin embargo, la forma en que Marta había dicho «Tomás», la forma en que había sabido que el atlas le gustaba, le sentó como una piedra en el zapato.

Pensó: esta mujer ha estado en esta casa, o en otra igual.

Pensó: esta mujer todavía sabe qué le gusta.

No abrió la caja. Se quedó sentada frente a ella hasta que la luz del patio se apagó. Después la subió hasta el rellano de arriba y la dejó junto a la puerta del piso de Tomás, en el suelo, con cuidado, como quien deja algo que no es suyo y no quiere que nadie se lo atribuya.

Esa noche, a las nueve y cuarto, alguien llamó con los nudillos a la puerta de la cocina. Elena dejó el libro de cuentas sobre la mesa y se quedó quieta. Tomás no llamaba nunca: entraba, o no entraba. Llamó otra vez.

—¿Sí?

—Soy yo. —Hubo una pausa larga. Después, con la voz más baja—: He hecho sopa. Mucha. Cuando cocino para uno, siempre sale para cuatro. ¿Te apetece?

—He cenado.

—Ya. Yo también había cenado, hace dos horas. Pero la sopa no entiende de horas.

Elena abrió la puerta un palmo. Tomás estaba en el rellano con una bandeja en las manos: dos cuencos humeantes, dos cucharas, una barra de pan partida a mano y, en un extremo, la taza azul grande que siempre dejaba en el fregadero.

Llevaba un jersey gris con un agujero en el codo que ella no le había visto antes.

—No hace falta que te sientes conmigo —dijo él—. Puedes quedarte ahí dentro y la sopa sube sola, si quieres.

Elena se rio, aunque no quería. Miró la escalera, el interruptor junto a la puerta y la oscuridad del rellano.

Luego salió, se sentó en el escalón de abajo con la espalda contra la pared y las rodillas juntas.

Tomás se sentó en el de arriba, con la bandeja entre los dos.

Nadie encendió la luz. Entraba la luz de la cocina por la puerta entornada, y eso bastaba para ver el pan y las manos.

Comieron en silencio un rato. La sopa era de verduras y de algo que Tomás llamó «el caldo de la casa».

Tenía demasiada sal, o no, según quién la probara.

Elena no lo dijo, y Tomás no preguntó. Cuando terminaron, él sacó de la bandeja una cafetera pequeña de aluminio y sirvió dos tazas.

A la de Elena no le puso nada. A la suya le añadió una cucharada, después otra, y las removió despacio, con la seriedad de quien hace un ritual.

—¿Dos? —preguntó ella.

—Dos.

—Eso no es café. Es un postre que se ha perdido.

—Es una decisión.

—Una decisión tomada a la hora de la sopa.

—La tomé a las siete de la mañana, cuando me levanto —dijo él, y le acercó la taza, la que no era la azul—. Hay que decidir temprano. Si no, se pierde el día.

—Pues yo decidí el mío hace mucho, y no lo pienso cambiar.

—Ya lo sé. Se nota desde el otro lado de la escalera.

Elena bebió el café sin azúcar. Estaba caliente y amargo, como debía, y se dio cuenta de que él lo había servido primero y había esperado a que ella diera el primer sorbo antes de tocar su propia taza. Fue un detalle pequeño. No supo qué hacer con él.

Al pasarle el segundo cuenco, sus dedos rozaron los de él en el borde de la bandeja.

Fue un roce de nada. Ninguno lo retiró de inmediato, y ninguno dijo nada.

Ella notó el calor de la cerámica y el de la mano, y después la apartó y la apoyó sobre la rodilla, como si el gesto hubiera sido de otra persona.

—¿Ha venido Marta? —preguntó él, mirando el fondo de su cuenco.

—Ha dejado una caja. Dice que son libros de cocina.

—Son míos. Los dejé en su casa cuando nos separamos, y nunca supe qué hacer con ellos.

—Ha sido muy considerada.

—Marta siempre lo ha sido.

Elena lo miró de lado. Tomás tenía los codos apoyados en las rodillas y la vista fija en la barra de pan, como si el pan tuviera algo que decirle.

—Ya —dijo ella.

—Ya —repitió él. Y añadió, sin levantar la cabeza—: No es nada que tengas que preguntar.

—No pregunto nada.

—Ya lo veo. —Hubo en su voz algo que no era burla, y Elena prefirió no averiguar qué era—. Lo que sí puedes preguntar es si mañana el cubo verde vuelve a su sitio.

—El cubo verde no tiene sitio. Tiene el sitio que le corresponde.

—Pues el cubo verde vuelve a la pila. Lleva toda la noche junto al muro, mirando al jardín como si lo hubieran castigado.

Elena resopló. Fue un sonido corto, de los que se escapan sin permiso, y Tomás sonrió en la penumbra con una satisfacción que ella no le dio el gusto de notar del todo. Recogió los cuencos sin decir nada más y los dejó en la bandeja, uno encima del otro, con una precisión que sabía a orgullo.

Tomás se puso de pie. Subió un escalón, se detuvo, y miró hacia el interruptor de la luz, junto a la puerta.

—¿La enciendo? Esta escalera está traicionera.

Elena no contestó enseguida. Pensó en los cuatro años de noches en que ella misma apagaba aquel interruptor después de que todo el mundo se hubiera acostado, sin pensarlo, como se cierra un grifo. Pensó en la mano apoyada en la pared del rellano, en el sitio donde había estado la de Julián.

—Enciéndela —dijo—. Para que no te caigas. Es una escalera vieja.

Tomás la encendió. La luz cayó sobre los peldaños, sobre la bandeja y sobre la mano de Elena, que seguía apoyada en la rodilla. Él se quedó un segundo mirándola desde arriba, como si quisiera decir algo, y luego subió sin decirlo. La puerta del piso de arriba se cerró despacio, sin golpe.

Elena recogió su taza, entró en la cocina, apagó el hornillo y el farol del techo, y se quedó con la mano en el marco de la puerta. Desde allí veía el rellano iluminado y el primer peldaño de la escalera. Tenía que apagarla. Era lo que hacía siempre.

No la apagó.

Lo pensó en la cama, a oscuras, mirando la silla vacía donde solía colgar el abrigo que Nina se había llevado. Lo pensó al día siguiente, con el café de las seis y cuatro minutos. Y no lo pensó más allá de eso.

A la mañana siguiente, Nina llegó a la casa a media tarde con una bolsa de tela y la cara de quien ha decidido visitar a alguien aunque no le hayan llamado. Traía el abrigo de Elena, reparado a mano, con la manga cosida en un hilo más oscuro que el original y los botones de nácar en fila.

—Ya está. Ha quedado mejor que antes, ¿eh? Y tú, que no me lo agradeces.

—Gracias, Nina.

—Eso no es una respuesta, cariño. Eso es educación.

Nina se quedó de pie en la cocina, con las manos en la bolsa, y miró hacia la escalera. La luz del rellano seguía encendida. Nadie la había apagado en todo el día.

—Vaya —dijo Nina, bajando la voz sin bajar el tono—. Esa luz. Julián la encendía cada noche, ¿te acuerdas? Para que volvieras bien. Me lo contó él mismo en el café, medio avergonzado, como si fuera un crimen. Decía que tú nunca lo sabrías.

Elena dobló el abrigo sobre la mesa, con las mangas juntas, como lo hacía siempre, y alisó el cuello con la palma. No dijo nada. Nina esperó. Elena siguió doblando.

Cuando Nina se fue, cerrando la puerta con cuidado porque sabía que Elena odiaba los portazos, Elena se quedó sola en la cocina con el abrigo en las manos. Miró la escalera. Seguía encendida.

Elena no la apagó.