Tomás · Otoño
El carro no arrancó a la primera, ni a la segunda. Tomás lo tomó como una conversación que todavía no había terminado.
—Ya casi está arreglado —le dijo al volante, con la llave girada y el pie apretando el embrague, como si el carro pudiera oírlo y sentirse aludido.
El motor tosió tres veces, se quedó en silencio y luego soltó un ruido parecido al de una bisagra vieja.
Tomás sacó la cabeza por la ventanilla y miró el taller.
El galpón de madera se recortaba contra el muelle, con la puerta trasera abierta y el sol de octubre entrando de lado entre las tablas.
Olía a barniz, a cable quemado y al mar que se colaba por las rendijas.
Tres bancos de trabajo, un torno que chirriaba si se le pedía demasiado, cajas de radios apiladas contra la pared del fondo y, en la puerta trasera, el carro, que había dejado allí el día anterior, arrastrándolo con una cuerda cuando el motor se negó a arrancar y que cada mañana miraba con la paciencia de quien espera a que un enfermo despierte.
Probó otra vez. El carro tosió, se calló y volvió a toser. Tomás apagó el contacto, respiró hondo y salió a empujarlo hasta el galpón, donde lo dejó junto a la puerta, bien alineado, como si el sitio le sentara bien.
—Mañana —dijo—. Mañana funciona.
Dentro, la radio del pescador de la calle del muelle esperaba sobre el banco de la derecha.
Era una radio de tubos con un condensador hinchado y una rejilla llena de arena.
Tomás la había recibido el lunes, con la promesa de tenerla lista para el jueves, y la tenía casi desmontada en un plato de cartón.
Le gustaba ese momento: cuando la radio dejaba de ser un aparato que no funcionaba y se volvía un problema con solución.
Los problemas con solución le resultaban fáciles de querer.
Los otros, los que no tenían tornillo ni pieza de recambio, le costaban más.
Trabajó hasta el mediodía sin mirar el reloj.
Cambió el condensador, limpió la rejilla con un cepillo de dientes que había sido de su hijo, probó la válvula en la que confiaba y dejó la radio sobre el banco, con un papel escrito a lápiz en la base: «Hum en la onda media.
Revisar mañana.» Después se quitó los guantes y se quedó mirando la pared del fondo, donde colgaba un calendario de la asociación de pescadores con las mareas marcadas en rojo.
Era la hora en la que Elena ya habría terminado de regar las macetas.
Lo sabía sin haberlo visto, del mismo modo que sabía que la cafetera de la cocina compartida se encendía a las seis y cuatro minutos.
Dos días llevaba leyendo la hoja de la nevera cada mañana, a las seis y veinte, mientras ella estaba en el patio con la regadera.
No había vuelto a tachar nada desde la nota de la norma cinco.
Tampoco había tenido que hacerlo. Lo que le quedaba de la lista era una frase que la mujer repetía sin decirla: «Se avisa antes. »
Él no regaba con horario. Nunca lo había hecho.
En su casa de Villamontal se regaba cuando la tierra se veía seca, y en Puerto Almendro, en el jardín de atrás de la casa número 45, la tierra se veía seca a mediodía, cuando el sol caía en vertical sobre las dos hileras de tomates y las matas de lavanda y romero empezaban a inclinarse hacia el suelo.
Tenía el juicio claro al respecto. Lo que no tenía claro era que alguien pudiera tener un criterio distinto y que ese alguien fuera su casera.
Se lavó las manos con el jabón de la pila del taller, se puso la chaqueta y salió andando. Cinco minutos por el paseo de piedra, con el mar a la izquierda y el olor a pescado frito que salía de la freiduría del muelle. Casi llegó a la calle Las Gaviotas sin darse cuenta de que estaba silbando.
Eran las doce y media cuando entró por la puerta del patio.
El jardín estaba en sombra solo por un lado.
Las dos hileras de tomates, un poco caídas, y las matas de lavanda, con las hojas grises y dobladas por el calor, pedían agua a gritos, aunque nadie las oyera.
Tomás fue directo al grifo, que estaba junto a la pared, enrolló la manguera, la abrió y dejó que el agua golpeara primero la tierra seca de la fila de atrás.
La tierra se oscureció enseguida. El olor a tierra mojada subió hasta la cara. Era, pensó, la mejor parte del día.
—¿Qué estás haciendo?
Elena estaba en la puerta de la cocina compartida con la bolsa de la gestoría en una mano y las llaves en la otra. Llevaba la misma chaqueta gris de siempre y el pelo recogido con una horquilla que se le estaba soltando. Lo miraba como se mira un documento mal rellenado.
—Regar —dijo él.
—¿A mediodía?
—Está seco.
—Por eso. Con este sol, el agua se evapora antes de entrar. Las plantas se riegan a las seis de la mañana, cuando el agua tiene tiempo de bajar.
—A las seis de la mañana estás tú en la cocina —dijo él, enrollando la manguera un poco más—, y yo estoy dormido, que es lo que se hace a esa hora.
—Tú no tienes que estar despierto a las seis. Tienes que no regar a mediodía.
—Pues ya lo he regado.
Elena dejó la bolsa sobre la mesa del patio, con cuidado, como si la bolsa fuera a protestar.
Después bajó los tres escalones y se acercó al grifo.
Tomás vio cómo se le tensaba la espalda y pensó que, si decía algo sobre la manguera, la discusión iba a acabar en el gallinero del vecino.
Ella agarró el cubo verde que había junto al grifo, lo llenó hasta el borde, lo levantó con las dos manos y lo vació en la fila de tomates que él acababa de mojar.
—Hay que dar de beber a la tierra de una vez —dijo—. No a trozos.
—Eso no es regar. Es un naufragio.
—Pues entonces ya sabes lo que se siente.
Tomás cogió el cubo azul que había dejado en la esquina.
No sabía dónde lo había comprado. Lo llenó en el grifo, lo cargó y lo vació en la lavanda, que se empapó de golpe y se levantó un poco, como si se sintiera ofendida.
Elena dio un paso atrás con un chillido corto, más de sorpresa que de otra cosa, y se le escapó una gota del pelo.
—Estás regando la lavanda con el cubo.
—Y tú la estás ahogando con el tuyo.
Volvieron al grifo los dos a la vez. Se pisaron el borde del camino de piedra, se apartaron con torpeza, y el segundo cubo de Elena se le fue hacia un lado y mojó la camisa de Tomás de la cintura para abajo.
Él se quedó quieto, con el agua escurriéndole por las mangas, mirando el cubo verde, que aún goteaba.
Elena se quedó quieta también. Entonces, desde el otro lado del muro, la voz del vecino del 47 dijo con toda tranquilidad:
—Buenas tardes. Hermoso día para regar.
Ni Elena ni Tomás contestaron. Ella se pasó el dorso de la mano por la frente y se le escapó un sonido que quería ser un suspiro y acabó siendo casi una risa.
Tomás no la oyó bien. Lo que sí oyó fue la frase que vino después, dicha en voz baja, casi para sí misma, mientras miraba la fila de tomates encharcada:
—La rutina es lo único que me queda desde que Julián murió. No me la quites con una manguera.
Tomás no dijo nada. Vio que la mano le temblaba un poco al soltar el cubo y que ella no se daba cuenta, o fingía no darse cuenta.
Alargó la mano hacia el grifo y cerró el agua.
El silencio del patio fue inmediato. Solo se oía gotear la manguera en la tierra y, más lejos, el graznido de una gaviota sobre el puerto.
Preguntar habría sido lo fácil. Él lo sabía.
Preguntar era lo que hacía la gente que quería arreglar algo con palabras, y él no sabía hacerlo bien.
Así que dejó el cubo azul boca abajo junto al muro y se quedó allí, con la camisa empapada, como un hombre que espera a que le den permiso para salir de un sitio que no es suyo del todo.
Elena se pasó otra vez la mano por la frente. Cuando habló, su voz era la de siempre, un poco más seca.
—Necesito lavanda nueva. La que has regado no sobrevivirá. Y los tomates de la fila de atrás tampoco.
—Hay un vivero al otro lado del pueblo, a pie de carretera. Vende de todo.
—Lo sé. Iba a ir hoy, después de la gestoría. Y no tengo coche.
—Tengo carro.
Ella lo miró con una ceja levantada. Él entendió por qué. Lo entendió también mientras se oía a sí mismo decir la frase con la misma seguridad que había usado para el condensador de la radio del pescador.
—Ya casi está arreglado.
—Llevas diciéndolo desde que llegaste.
—Y no me equivoco. Lo que pasa es que cada día falta algo distinto.
Elena resopló. Fue un sonido corto, de los que se escapan sin permiso, y Tomás lo tomó como una victoria pequeña y en absoluto definitiva. Ella se sacudió el agua del pantalón, recogió la bolsa de la gestoría de la mesa del patio y dijo:
—Dame cinco minutos para cambiarme. Y cuando arranque a la primera, no quiero oír nada.
—No te voy a dar las gracias. Te lo voy a enseñar.
El carro, por supuesto, no arrancó a la primera.
Tardó cuatro intentos en la calle Las Gaviotas y tres en la cuesta del puerto, mientras Elena, sentada en el asiento del copiloto con una libreta en las rodillas, anotaba algo que no le dejó ver.
A la quinta vuelta de llave el motor se puso en marcha con un ronroneo tembloroso que sonó casi como una promesa.
Tomás la miró de reojo, con la mano en la palanca de cambios, y ella no dijo nada, aunque tenía la boca fruncida de un modo que él conocía ya.
Llegaron hasta la curva del camino de la costa, donde el paseo empieza a subir hacia los campos, antes de que el carro hiciera su primera protesta.
Se paró. No con un estertor, sino de golpe, como un animal que decide que ya ha caminado bastante.
Tomás pisó el embrague, giró la llave, volvió a girarla y miró el salpicadero como si el salpicadero tuviera la culpa.
—Está a medias —dijo Elena.
—Está a mitad de camino. Es distinto.
—¿Y eso en qué cambia?
—En que a mitad de camino ya hemos llegado a la mitad.
Ella se rio. No fue una risa larga ni ruidosa. Fue corta, como de quien no quiere dar el gusto y se lo da de todos modos, y se llevó la mano a la boca para contenerla. Tomás tardó un segundo en darse cuenta de que la había provocado él. Y de que le gustaba.
Bajaron del carro y siguieron andando por el borde del camino.
Tomás empujó el vehículo hasta el arcén, lo dejó con el freno puesto y lo cerró con la manivela.
Elena llevaba la bolsa de la gestoría en un hombro y la libreta en la mano, y caminaba con la espalda recta, como siempre.
Al final del tramo, donde el sendero se abría hacia los invernaderos bajos del vivero, ella se detuvo y le tendió la libreta sin mirarlo.
—Hay una lista. Tú vas a cargar las macetas grandes.
Tomás la miró. Era la primera vez que ella le daba una tarea sin pedirle permiso antes, y no supo si era una señal buena o una advertencia.
Abrió la libreta. En la primera página, en letra redonda y clara, estaba escrito: «Lavanda, dos.
Romero, uno. Tomates, seis, a ser posible de la fila del sur.
» Y debajo, con letra más pequeña y apretada, una línea que no entendió del todo: «Lo del riego, después. »
—¿Qué es lo del riego?
—Lo acordamos en el camino.
—No hemos acordado nada.
—Pues ahora sí. Siete de la tarde. Y no lo hablamos más.
Tomás iba a protestar, pero ella ya había echado a andar hacia los invernaderos con la bolsa al hombro, y la conversación se quedó allí, colgando, como una cuerda sin atar.
Cargó las macetas grandes. Eligió la lavanda más firme, la de hojas más verdes.
Al pagar, el vendedor le preguntó si era para el jardín de la casa número 45, y Elena contestó antes que él:
—Sí. Para el jardín de la casa número 45.
No dijo nada más. Pero Tomás vio cómo se le relajaban los hombros al decirlo, como si la frase le hubiera quitado un peso.
Volvieron andando, con las macetas en los brazos y el carro abandonado en el arcén, que, según Tomás, estaba casi arreglado.
A medio camino, el sol bajaba ya sobre el mar y las barcas de la bahía volvían a puerto con las luces encendidas.
Elena caminaba un paso por delante. De vez en cuando, sin volverse, le decía algo corto: que la lavanda pesaba más de lo que parecía, que el vecino del 47 había mojado su calle con la manguera, que esa tarde el café de Las Dos Mareas tenía el reloj otra vez diez minutos atrasado.
Tomás contestaba con monosílabos y se daba cuenta de que lo estaba disfrutando.
Al llegar a la casa número 45, Elena dejó las macetas en el patio, junto al grifo, y entró en la cocina compartida.
Tomás la siguió con la última maceta en las manos.
Ella estaba frente a la nevera, con la libreta de tapas verdes abierta y el bolígrafo azul en la mano.
Había sacado la hoja de cuadrícula de las normas y, al lado, pegado con el imán de la gestoría del puerto, un cuadrante nuevo, dibujado a regla, con los días de la semana y una columna que decía: «Riego: 19:00. »
—¿Qué es eso? —preguntó él.
—Un calendario de riego.
—Ya lo veo. ¿Y por qué no pones ninguna explicación?
Elena se quedó mirando el cuadrante un momento, con el bolígrafo suspendido sobre el papel. Después escribió, con letra pequeña y firme, debajo de la columna: «Tomates y lavanda. Siempre.» Cerró la libreta.
—Para que no haya discusión —dijo.
Tomás tomó aire para decir algo y lo soltó despacio.
Miró la hoja, luego la nevera, luego a ella.
No dijo que el riego de la tarde era tan malo como el del mediodía, ni que las plantas se mojaban igual a una hora que a otra, ni que él había regado con un cubo azul sin querer.
Había cosas que se resolvían con una manguera y otras que no. Esta era de las segundas.
—Vale —dijo.
Elena lo miró, sorprendida. No esperaba que cediera tan rápido, y él tampoco lo esperaba de sí mismo.
Esa noche, a las nueve y diez, Tomás subió por la escalera con la camisa todavía húmeda y se paró un momento en el rellano, junto a la puerta de la cocina compartida, que quedaba abierta un palmo.
Desde el pasillo vio la nevera iluminada por la luz del techo.
El calendario estaba allí, limpio, con la columna de las siete de la tarde.
Sacó el bolígrafo del bolsillo de la chaqueta, lo tuvo en la mano un segundo, y no escribió nada.
Subió sin hacer ruido. La puerta de la escalera se cerró despacio, sin golpe, con el chasquido seco que a Elena le había gustado durante treinta años.