La mitad de la casa
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Elena · Otoño
Elena Brisal se levantaba a las seis, como lo había hecho cada día durante los últimos cuatro años, y encendía la cafetera antes que la luz de la cocina.
Lo hacía a oscuras y sin pensarlo: el filtro en la balda de la izquierda, una cucharada colmada, dos dedos de agua, ni una gota de azúcar.
Mientras el café caía, regaba las macetas del patio en el orden de siempre, de la más pequeña a la más grande, porque las pequeñas se secan antes y no había que dejarlas para el final.
Luego se sentó a la mesa con la taza caliente entre las manos y miró el reloj de la pared, que marcaba las seis y cuatro minutos.
Así era su casa. Cada cosa tenía su hora, y cada hora tenía su cosa.
Aquella mañana de octubre había una diferencia. A las nueve llegaba el inquilino.
Lo había decidido en primavera, cuando el techo nuevo costó más de lo que el banco le había dejado respirar y la gestoría del puerto ya no daba para todo.
Alquilar el piso de arriba parecía la única salida sensata.
Elena lo había escrito en la libreta con tres columnas: lo que entraba, lo que salía y lo que quedaba para el techo.
La columna del medio era la más corta. La de los problemas, la más larga, y estaba vacía.
Ella misma había firmado la página. No le hacía falta que nadie se lo recordara.
El anuncio lo había puesto en la vidriera de la gestoría, entre un aviso de la asociación de pescadores y una oferta de clases de canto.
Solo lo llamaron tres personas. El primero quería una cocina propia, el segundo preguntó si el piso tenía un balcón con vistas, la tercera llamada fue la de un hombre que dijo, con una voz tranquila y un poco seca, que él no necesitaba nada más que un techo, una mesa y un sitio donde guardar las herramientas.
Elena le preguntó cuántas herramientas. Él contestó: «Las justas».
Ella no supo si era una broma, y eso la incomodó más que cualquier respuesta.
Tomás Arenal llegó puntual, a las nueve en punto, con un motor que tosió al apagarse frente a la casa número 45 de la calle Las Gaviotas.
Traía una caja de herramientas de color naranja, dos cajas de cartón con las esquinas aplastadas y una radio antigua de madera, suya, bajo el brazo, envuelta en una manta de cuadros.
Elena lo vio bajar desde la ventana del salón.
Tenía cincuenta y seis años, según el contrato, y acababa de divorciarse, algo que él había dejado caer por teléfono sin que ella preguntara.
Se movía como un hombre que llevaba toda la vida subiendo escaleras con cosas pesadas.
Llevaba el pelo gris muy corto y una camisa de cuadros parecida a la manta.
—Buenos días —dijo él desde la puerta, sin entrar—. ¿Puedo pasar, o hay alguna norma?
—Hay normas —contestó Elena—. Esta tarde las pongo en la nevera.
Él miró hacia la cocina, hacia la nevera, y luego otra vez a ella. No sonrió del todo. Pero algo en la comisura de la boca se movió.
—Pues las leo luego —dijo—. Ahora, si me dejas, subo esto.
La firma del contrato se había hecho en la mesa de la cocina compartida, antes de que él subiera nada.
Elena había preparado dos copias. Cada página llevaba el nombre completo de cada uno: Elena Brisal, propietaria de la vivienda de la calle Las Gaviotas número 45, y Tomás Arenal, inquilino del piso de arriba.
El contrato era de un año, de octubre a octubre, con la renta de cada mes y la fianza en una cuenta del banco del pueblo.
Ella lo leyó entero, línea por línea, con el bolígrafo azul que siempre dejaba en el mismo sitio.
Tomás lo leyó también, pero más deprisa, y de vez en cuando se detenía en una frase y arrugaba el ceño, como si le hubiera sorprendido algo que ya sabía.
—Un año —dijo, cuando llegó a la última página.
—Un año. Después, lo que diga el contrato.
—¿Y si lo dice bien?
—Lo dirá, si cumple lo que firma.
Tomás asintió despacio, como si ella hubiera contestado a otra pregunta. Firmó con una letra grande e inclinada y dejó el bolígrafo justo donde ella lo tenía. Elena lo advirtió y no dijo nada.
Después vino lo de la puerta.
Entre la cocina compartida y la escalera había una puerta de madera de roble, pesada, que se cerraba con un chasquido seco que a Elena le había gustado durante treinta años.
Desde el piso de arriba, según Tomás, hacía demasiado ruido, y al pasar por el rellano se oía cómo se golpeaba contra el marco.
Elena no lo había notado nunca. Julián siempre había dicho que la puerta se cerraba bien, y no hacía falta más.
Pero cuando Tomás, con las cajas todavía en la entrada, empezó a sacar un cepillo de carpintero de la caja naranja, ella se dio cuenta de que él no le estaba pidiendo permiso. Solo la estaba mirando.
—Un momento —dijo ella—. ¿Qué vas a hacer?
—Nada grave. Ajustar la bisagra de arriba. Eso se arregla en cinco minutos… o en una tarde, según la bisagra. Está floja, y por eso roza.
—¿Y no has pensado que podrías preguntar antes?
—Lo he pensado —admitió él, sin soltar el cepillo—. Pero entonces tendría que esperar a que me dieras permiso, y tardarías media hora en decidir.
—Tardaría lo que tarda una decisión bien tomada.
—Eso dicen todos los que tardan mucho.
Elena cerró la boca. No era la respuesta que había preparado.
Y, para su disgusto, él ya estaba arrodillado junto a la bisagra, con el destornillador entre los dientes, y el sonido de la madera al cepillarse llenaba el pasillo con un olor a pino fresco que le hizo fruncir la nariz.
Esperó de pie, con los brazos cruzados, durante cinco minutos largos.
Luego él se levantó, abrió la puerta despacio y la dejó ir.
La puerta se cerró sola, sin golpe, con un susurro que casi no se oía.
—¿Ves? —dijo él, limpiándose las manos en el pantalón—. Ya no roza.
—Lo has hecho sin preguntar.
—Lo he hecho sin molestarte. Es distinto.
—No es distinto para quien tiene la puerta.
Tomás la miró un segundo más de lo necesario.
No parecía enfadado. Parecía estar encontrando algo que no esperaba.
Después recogió el cepillo y lo guardó en la caja naranja, con un cuidado que ella no había visto en ningún hombre de su generación al tratar con herramientas ajenas.
Luego se fue escaleras arriba con una caja en cada brazo, silbando una melodía que Elena reconoció a medias, sin saber de qué.
Esa tarde, Elena escribió la lista.
Lo hizo en la libreta de tapas verdes, con su letra redonda y clara, y después la pasó a una hoja de cuadrícula que pegó en la puerta de la nevera con el imán de la gestoría del puerto. La cocina compartida era una sola, y la usaban los dos, así que las normas debían ser claras. Escribió:
Normas de la casa número 45.
Uno. La cocina compartida se usa de forma ordenada. Lo que se usa, se lava y se guarda.
Dos. Elena usa la cocina a las seis de la mañana. Por favor, no antes.
Tres. Después de las nueve de la noche, silencio en la casa.
Cuatro. La puerta de la escalera se cierra despacio.
Cinco. Lo que haya que arreglar en la casa se avisa antes de arreglarlo.
Seis. El trastero, bajo la escalera, no se usa.
Cuando terminó, leyó la lista dos veces y la encontró bien.
Era breve, clara y justa. Nadie podía discutirla sin quedar mal.
Se fue al salón, encendió la lámpara de la mesa y se dispuso a pasar la tarde con los papeles de la gestoría, que a aquellas horas ya empezaban a amontonarse con el fin de temporada.
Pero no consiguió concentrarse. Miraba de reojo hacia la puerta de la cocina, como si alguien fuera a entrar para leer la lista en voz alta.
Al día siguiente, al bajar a las seis y cuatro minutos, Elena encontró la hoja de la nevera con una nota escrita a lápiz en el margen de abajo. La letra era la misma que la del contrato: grande, inclinada, sin florituras. La nota decía:
«Cinco: propongo "lo que haya que arreglar, se avisa antes o después, según la gravedad". Y el seis: si se usa el trastero es para algo, así que habría que saber para qué. T.A.»
Elena se quedó mirando la nota un buen rato, con la taza del café en la mano y el agua de las macetas todavía sin regar.
Después sacó el bolígrafo azul del cajón, tachó la frase del margen con una línea recta, y escribió debajo, con letra pequeña: «No.
Se avisa antes.» Luego regó las macetas, en orden.
Cuando volvió a la cocina, Tomás ya estaba allí.
Llevaba la misma camisa de cuadros, el pelo mojado de la ducha y una taza grande de color azul que había traído de su casa, o eso parecía.
Se la llevó a los labios y se detuvo al verla.
Leyó la hoja de la nevera en voz alta, despacio, como quien lee un anuncio del tablón del puerto:
—«Cinco: lo que haya que arreglar en la casa se avisa antes de arreglarlo». Muy claro. Y has tachado la mía.
—La has tachado tú primero. En la cabeza.
—No he tachado nada en la cabeza. Lo he pensado.
—Pues lo has pensado muy alto.
Él se rio. Fue una risa corta, sorprendida, que le salió de dentro y que a Elena le pareció más sincera que todo lo que él había dicho hasta entonces. Se bebió el café de un trago y dejó la taza en el fregadero, junto a la suya.
—Lavada —dijo él—. Para que conste.
—Ya consta —contestó Elena, y no supo por qué se le encogió un poco el estómago.
Tomás salió de la cocina sin decir nada más.
Ella oyó sus pasos subir por la escalera, despacio, y el chasquido suave de la puerta al cerrarse.
No hubo golpe. Elena se quedó quieta, con la mano en el borde de la mesa, escuchando el silencio que dejaba la casa después de que alguien se marchara.
Era un silencio nuevo. No le molestó tanto como esperaba.
En el café Las Dos Mareas, esa misma mañana, Rosario Vidal le sirvió el desayuno en la mesa de la ventana, la de siempre.
Elena pidió el pan con aceite y una taza de café sin azúcar, y miró por el cristal hacia el puerto, donde las barcas pequeñas se mecían con el agua tranquila.
El reloj de la pared, como siempre, iba diez minutos atrasado.
Ella lo sabía. Por eso siempre llegaba diez minutos antes de lo que marcaba.
Aquella mañana le pareció que el reloj tenía razón, y que era ella la que se había adelantado a algo.
Rosario, al retirar la taza, le dijo sin preguntar:
—Ha llegado el inquilino.
—Ha llegado.
—¿Y qué tal?
Elena pensó en la puerta, en la nota, en la risa. Pensó en la taza azul en el fregadero, lavada.
—Tiene mucho que arreglar —contestó—. Y mucho que decir.
—Mejor eso que nada.
—Eso dicen.
Salió del café con el abrigo puesto y caminó cinco minutos hasta la gestoría, por la calle del puerto.
Tenía trabajo: un expediente de una embarcación pequeña que necesitaba renovar la licencia, dos pescadores que querían saber cuánto les iba a costar el seguro del invierno y una carpeta de facturas que ella misma había dejado sin cerrar.
A media mañana recibió una llamada de Lucía, su hija, que vivía en la plaza del Faro, a cinco minutos de casa.
Lucía preguntó cómo estaba y si el inquilino era un hombre decente.
Elena contestó que sí, que era puntual y que no pedía nada raro.
No le dijo que había tocado la puerta sin preguntar. Tampoco que se había reído.
—¿Y lo conoces de algo? —preguntó Lucía.
—Ya te lo he dicho. Vino por el anuncio.
—Ya. Bueno, mamá. Ten cuidado, ¿vale?
—Siempre tengo cuidado.
—Ya lo sé —dijo Lucía, con esa voz suya que sabía mucho más de lo que decía.
Cuando colgó, Elena se quedó un rato con el teléfono en la mano, mirando la pared de la gestoría, donde colgaba un calendario de la asociación con las mareas marcadas en rojo.
Julián lo había puesto allí hacía años. Ella no lo había quitado.
Desde entonces, cada año, ella compraba el calendario nuevo en la mercería y lo colgaba en el mismo clavo.
Nadie le había preguntado por qué. Tampoco nadie le había preguntado cómo estaba, desde hacía cuatro años, sin que ella se lo hubiera dicho antes.
Esa noche, a las nueve y diez, Elena apagó la luz del salón y fue a su habitación, al fondo del pasillo de la planta baja.
Pasó junto a la puerta del rellano. Desde arriba le llegaba el ruido de los pasos de Tomás, de una caja que se arrastraba y, después, una melodía silbada, la misma de la mañana.
Se paró un momento con la mano en el pasamanos.
No sabía si era el silbido lo que le hacía dudar o el hecho de que no hubiera sido ella quien había cerrado la puerta.
Al día siguiente, la nevera tenía dos cosas nuevas. Una era la hoja con las normas, con la línea recta de la tachadura y el «se avisa antes». La otra era un papel más pequeño, pegado con cinta de carrocero en el borde de la hoja, escrito a lápiz con letra grande e inclinada:
«Gracias por la lista. La leo cada mañana. T.A.»
Elena lo leyó dos veces. Luego sacó el bolígrafo azul, pero no escribió nada.
Cerró la puerta de la nevera con cuidado, sin golpe, y encendió la cafetera.
Era todavía de noche. Desde la ventana, la calle Las Gaviotas estaba vacía y el puerto se oía al fondo, con el rumor de las olas contra el muelle.
Elena se sentó a la mesa con la taza caliente, se quedó callada y, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hora era exactamente.