Capítulo 14
—¿Él? —chillé.
Drake estaba de pie junto a la profesora Malindra con los brazos cruzados. El uniforme negro le tensaba los hombros y la expresión de fastidio que llevaba escrita en la cara dejaba claro que la idea tampoco le emocionaba precisamente.
—Pues sí, querida —respondió Malindra como si aquello fuera lo más lógico—. Drake es la opción más evidente. Es el alumno más fuerte de la clase y, sorprendentemente, ya han demostrado que trabajan bastante bien juntos.
—¡Me lanzó dagas!
—Pero sacó a relucir su magia, ¿no?
Me dedicó una sonrisa de satisfacción . Mierda. No era en lo que tenía en mente cuando le pedí ayuda. Pensé que Ash sería la elección lógica, ya que era mi compañero. Y él no me odiaba del todo, a diferencia del príncipe de hielo.
—No puedo comprometerme a hacerlo todos los días —dijo Drake—. Pero supongo que podría hacerlo unos días a la semana, una hora como máximo.
La profesora le dedicó una sonrisa y le dio una palmada en el hombro.
—Es perfecto, gracias, joven príncipe. Los dejo para que definan los detalles.
En cuanto se alejó, me desplomé sobre mi pupitre.
—No tienes por qué hacer esto —dije, mirándolo fijamente—. Sé que preferirías matarme antes que ayudarme.
Se encogió de hombros.
—Quizá me haya ablandado en las últimas semanas. Quizá haya decidido que no eres tan mala como pensaba. Para ser humana, al menos.
Arqueé una ceja con escepticismo.
—Triston me contó lo que pasó en luna llena.
¡Sabía que ese lobo gris era él!
—Sobrevivir a los troles, al bosque de los seres feéricos y a una manada de lobos es bastante impresionante para cualquiera —dijo Drake. Ladeó la cabeza, con esos ojos lila escrutándome—. Pero que no se te suban los humos, humana. Sigo pensando que los mestizos no deberían estar en Darkhen.
Aquellas palabras me golpearon de lleno. Me recordaron inmediatamente la voz que había escuchado mi primer día en el pasillo. Fruncí el ceño.
—¿Fuiste tú?
Drake arqueó ligeramente las cejas.
—¿Si fui yo quien hizo qué cosa?
—El primer día aquí alguien me dijo lo mismo. Que no pertenecía a este lugar. Intentaban asustarme cuando iba sola por el pasillo.
Él negó con la cabeza.
—Yo no me escondo en las sombras para asustar a las niñas. Eso no va conmigo. Si tuviera algo que decirte, te lo diría a la cara.
Tenía razón. Drake Wintersbee era, sin duda, un tipo directo.
—Entonces… ¿empezamos o qué?
Abrí el libro de magia defensiva que tenía sobre la mesa y pasé unas cuantas páginas amarillentas.
—¿Por dónde empezamos, oh, gran sabio?
Drake esbozó una sonrisa antes de acercar un escritorio al mío.
Unos segundos más tarde, se puso serio y empezó a hacerme preguntas sobre maniobras defensivas.
Y, aunque intentaba concentrarme, mis ojos seguían desviándose una y otra vez hacia la línea de su mandíbula y el brillo violáceo de aquellos ojos imposibles.
Quizá esto no fuera lo peor que me pudiera pasar.
Zeus sí era lo peor que me había pasado. Después de semanas enteras apareciendo por los establos con elaria en mitad de la noche, la bestia seguía negándose a dejarme montarlo.
Por fin había llegado el día de la gran carrera, y toda la academia se había presentado para presenciar mi humillación. Yo era la única estudiante incapaz de controlar a su unipeg, y ahora me había convertido en la única de primer año que no competiría en el mayor evento del semestre.
—¿Cómo está hoy?
Cinder me dedicó una sonrisa esperanzada mientras se acercaba con paso tranquilo. Iba perfecta, como siempre. El pelo negro recogido en una coleta alta impecable, los pantalones de montar ajustados y las botas brillantes parecían sacados directamente de una revista.
Yo, en cambio, llevaba la camisa del uniforme medio por fuera y unos vaqueros arrugados. ¿Qué importaba mi aspecto si, de todos modos, me iban a castigar?
—No hay progresos —murmuré. Eso no era del todo cierto. Había conseguido ponerle la brida y la silla, lo cual era toda una hazaña.
Me dio una palmadita en el hombro, mirando al semental rebelde.
—Al menos deberías intentarlo.
—¿Para que toda la escuela sea testigo de mi humillación? Gracias, pero no —dije. Me desplomé sobre el baúl frente al establo de Zeus—.Estoy destinada a pasar mis cortos días en Darkhen sin magia y sin poder volar.
—No te des por vencida todavía.
La voz profunda de Raf apareció detrás de nosotras. Levanté la vista y me encontré con el nefilim acercándose tranquilamente, con varios mechones oscuros cayéndole sobre la frente. Raf nunca hablaba demasiado, pero al menos no parecía disfrutar viéndome sufrir como el resto de Los Siete.
Los ojos dorados de Cinder brillaron de emoción.
—¿Vas a ayudarla?
—No sé hasta qué punto podré ayudar, pero puedo dispararle al viejo cabrón un poco de luz angelical relajante, a ver si eso lo calma un poco.
Por encima de su hombro vi a Drake observándonos desde el otro extremo del establo. Su expresión tensa era indescifrable, como de costumbre. ¿Había enviado a Raf o estaba cabreado porque me estaba ayudando?
Los susurros tranquilos de Raf hicieron que Zeus asomara la cabeza por encima de la puerta del establo.
—Eso es. Tranquilo, grandullón…
Extendió la mano para que el caprichoso unipeg la oliera. El animal resopló y Raf le acarició el hocico con los dedos. Una tenue luz dorada emanaba de su palma, y el calor bañaba el espacio con una energía relajante.
Vaya. Yo también necesitaba una dosis de aquello.
Raf retrocedió y sonrió.
—Buena suerte—dijo. Antes de darse la vuelta, le lanzó a Cinder una sonrisa encantadora.
—Gracias —le grité a sus espaldas. Le di un codazo a mi compañera de habitación en el brazo—. ¿Has visto esa mirada?
Se le encendieron las mejillas.
—¿Qué mirada?
—Raf acaba de sonreírte como si estuviera en una película romántica. Creía que habías dicho que Los Siete nunca hablan con nadie, que se creen demasiado buenos para todos nosotros, bla-bla-bla…
Sacudió la cabeza mientras se reía.
—Eso es cosa tuya. Aparte de Ash, ninguno de ellos me había dirigido la palabra antes de que aparecieras. Por si no te has dado cuenta, has despertado cierto interés entre los chicos de ese grupito exclusivo.
Estaba a punto de refutar cuando apareció la señora Thornberry, y desvió mi atención de nuestra conversación.
—¿Están listas, chicas?
—Sí, señora —respondió Cinder, con demasiado entusiasmo para mi gusto. Apreté los labios e incliné la cabeza.
—Vamos, entonces. Todos están esperando.
Un ejército entero de mariposas empezó a revolotearme en el estómago mientras sacaba a Zeus de la cuadra.
Caminé detrás de Cinder y Bella intentando no pensar demasiado.
Su precioso unipeg blanco y ella parecían sacados directamente de un cartel publicitario de Darkhen.
Si Cinder no fuera tan increíblemente buena persona, probablemente la odiaría un poco.
Lo tenía todo: una familia que la adoraba, poder, belleza… Y además era simpática.
Yo había tenido muchísima suerte de que me acogiera sin importarle el desastre social que suponía ser amiga de la humana rara de la academia. Supongo que parte de eso se lo debía a mi media hermana Kimmie-Jayne y a su marido.
El rugido de la multitud me sacó de mis cavilaciones tan pronto como pisamos el campo.
Al levantar la cabeza, descubrí el origen del alboroto.
Se había erigido un gigantesco estadio flotante por debajo de la línea de nubes.
Literalmente flotaba. Y había miles de personas sentadas en las gradas, muchas más de las que asistían a la escuela.
¿Habían venido seres feéricos locales a ver el espectáculo?
Matadme. Ahora.
Ya tenía suficiente con ser el hazmerreír de la academia, ¿pero de toda la Corte de Invierno?
Apenas terminé de pensar aquello cuando alguien apareció caminando directamente hacia mí con una seguridad insultante.
El rey feérico, Elrian Wintersbee, y uno de los solteros más atractivos de Hitched, se acercaron con una actitud sobrada hacia mí.
Llevaba un traje azul hielo de cuello alto que parecía hecho a medida para remarcar cada línea de su cuerpo.
La tela se ajustaba a sus hombros y a su cintura estrecha con una elegancia casi irritante.
Su pelo rubio platino estaba perfectamente recogido hacia atrás y todo en él desprendía poder. Realeza de verdad.
Durante un segundo, sus ojos lila se cruzaron con los míos y sentí un vuelco extraño en el pecho. Eran exactamente iguales a los de Drake. Después su mirada pasó por encima de mi hombro y una sonrisa apareció en sus labios.
Siguiendo la dirección de su mirada, vi a Drake sentado sobre su elegante unipeg moteado. El animal parecía una extensión de sus extremidades, como si hubiera nacido encima de él. Como si fuera parte de él. Zeus, en cambio, seguía peleándose con el bocado como si quisiera arrancárselo de la boca.
Drake se detuvo junto a su hermano y, para mi absoluta sorpresa, sonrió de verdad. Bajó del unipeg y abrazó a Elrian brevemente. Yo aproveché para intentar escabullirme con la cabeza agachada antes de que Zeus decidiera humillarme públicamente delante de medio reino.
—Ven aquí, humana.
La voz de Drake me hizo detenerme en seco.
—Alguien quiere conocerte.
Me giré lentamente, todavía convencida de que me estaba tomando el pelo. ¿El rey de los seres feéricos quería conocerme a mí?
Elrian dio un paso al frente y me ofreció la mano.
—Señorita Hallows, es un placer —dijo. Su mirada me recorrió de arriba abajo, con un gesto de diversión en los labios—. El parecido es bastante notable.
Intenté hacer una reverencia torpe, pero estuve a punto de caerme de culo delante del rey de la Corte de Invierno.
—El placer es todo mío, alteza.
Al menos había aprendido algo viendo a Kimmie-Jayne interactuar con la realeza en la tele. Elrian ladeó la cabeza hacia su hermano.
—Tienes razón. Tiene carácter, igual que su hermana —susurró Elrian.
Drake palideció, y sentí una punzada de alegría que estalló en mi pecho. ¿Drake había estado hablando con su hermano sobre mí?
—Estoy deseando verte ahí arriba —añadió, mirando al cielo.
El príncipe de hielo esbozó una sonrisa burlona.
—No lo creo. Todavía no ha sido capaz de montar al bueno de Zeus.
—Ah, ¿no?
El rey se acercó al unipeg y yo casi tiré de las riendas por puro instinto. Como Zeus decidiera atacar al rey de la Corte de Invierno, mi vida se habría acabado oficialmente. Si pasaba algo parecido, entonces sí que estaría jodida.
Pero, para mi absoluta sorpresa, el semental negro inclinó la cabeza hacia él y soltó un relincho suave. Abrí los ojos de golpe.
—¿Cómo lo has hecho?
Elrian se rio entre dientes, acariciando el hocico del animal con la mano.
—Zeus era mío cuando tenía más o menos tu edad. Lo donamos a la academia hace unos años —dijo. Ladeó la cabeza hacia Drake—. A mi hermano tampoco le caía bien.
Drake frunció el ceño y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Es una bestia testaruda.
—Vamos, señorita Hallows. La ayudaré a subir.
Elrian agarró las riendas de Zeus mientras yo miraba atónita al rey.
—Venga, Luna. No tenemos todo el día —murmuró Drake, mientras saltaba sobre su unipeg.
Mi sangre volvió a bombear y empujé mis piernas hacia delante. Era el momento: ahora o nunca. El rey me ayudó a subir y, un instante después, ya estaba montada. ¡Después de dos meses luchando con ese animal obstinado, por fin lo había conseguido!
—Gracias —murmuré sin aliento. El corazón me latía con fuerza en el pecho y temía que se me saliera en cualquier momento.
—Buena suerte a los dos.
Después se alejó hacia los carruajes tirados por unipegs que transportaban a los invitados hasta las gradas flotantes.
Eché un vistazo a mi alrededor, buscando a Cinder con la mirada, pero ni ella ni Bella estaban por ninguna parte.
Probablemente ya habían subido las gradas.
Tragué saliva mientras miraba hacia arriba, a la multitud que no dejaba de multiplicarse.
Menos mal que no podía distinguir muchos detalles desde esa distancia, porque los seres feéricos me parecían un grupo bastante intimidante.
A mi lado, Drake hizo avanzar a su unipeg. Las enormes alas del animal se desplegaron de golpe, mostrando aquel increíble abanico de colores bajo las plumas. Drake giró apenas la cabeza por encima del hombro.
—Sabes cómo volar estas cosas, ¿verdad?
—¡Claro! —grité detrás de él.
Mentira . Conocía la teoría, pero aún no la había puesto en práctica.
¡ Allá vamos !