La Mestiza (Academia Darkblood 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Solo una clase más y habría sobrevivido oficialmente al primer día en Darkhen.

Por suerte, el almuerzo había transcurrido sin contratiempos: no había habido ni peleas, ni insultos, ni voces amenazantes.

Todavía no le había contado eso último a Cinder, y no tenía muy claro si alguna vez lo haría.

Quizá todo había sido producto de mi imaginación descontrolada.

Y con todo el estrés al que había estado sometida, tenía todo el sentido del mundo, ¿no?

Un pequeño ataque de celos me atravesó el pecho y tuve que reprimir el impulso de poner los ojos en blanco conmigo misma.

¿Qué demonios me pasaba? Me dieron ganas de golpearme la cabeza contra la pared.

El hecho de que me hubiera enamorado de su personaje en una serie de televisión no significaba que me gustara el hombre de verdad.

Y, de todos modos, probablemente Ryder coqueteaba con todas las chicas.

Además, estaba totalmente fuera de mi alcance.

Aun así, no pude evitar quedarme boquiabierta ante la escena que presenciaban mis ojos.

—Luna, otra vez te quedaste viéndolo —susurró Cinder.

Aparté la vista de golpe.

—No estaba haciendo eso.

Ella se rio.

—No pasa nada, lo entiendo. Está buenísimo. Pero no te he hablado de la regla número dos de Darkhen: jamás te enamores de un instructor sexy, imposible y completamente prohibido.

—Entendido —dije, aunque, claramente, mis hormonas no estaban colaborando demasiado—. ¿Y quién es ella? Ya sabes, por curiosidad.

—Bueno…

Cinder dudó antes de hablar.

—Esa es la Sra. Mikalson. Es la profesora de «Demonios y Monstruos». Probablemente la tengamos el próximo semestre —aseguró. Al acercarnos, bajó la voz—. Es una súcubo y, aparte de Ryder, es la única habitante del Inframundo que trabaja aquí.

—Espera… ¿qué? ¿No es una súcubo un demonio sexual o algo así?

Sentí cómo las náuseas me subían por la garganta.

—Sí, más o menos. Seduce a los hombres para tener sexo con ellos y les arrebata sus poderes cuando están más vulnerables —dijo Cinder. Sus labios esbozaron una sonrisa irónica—. A mí me parecen geniales.

Genial para ti . Tuve que hacer un enorme esfuerzo por sacar de mi cabeza las imágenes de Ryder con aquella mujer. ¡Qué asco!

Pasamos corriendo junto a ellos, y me sorprendió cuando Cinder siguió caminando más allá del salón donde creía que tendríamos clase.

—¿No era ahí?

—Hoy la clase es afuera. Cambia dependiendo de lo que estemos haciendo.

¿Con este frío? Se me puso la piel de gallina ante la idea de estar al aire libre con unas temperaturas tan bajas.

—Ni siquiera sé por qué estoy en esta clase. No puedo volar ni transformarme. ¿Qué sentido tiene?

Una sonrisa se dibujó en los labios rosados de Cinder.

—Todo el mundo vuela en la Academia Darkblood —dijo, guiñándome un ojo antes de seguir bajando las escaleras—. Ya lo verás.

Caminamos por el campus atravesando nieve hasta casi las rodillas y, después de lo que me pareció una eternidad, apareció un enorme edificio de piedra entre los árboles.

El techo de paja parecía incapaz de soportar el frío brutal de ese lugar.

Me abracé más fuerte a mi viejo abrigo deshilachado.

Genial. Iba a congelarme durante toda la clase.

—¡Vamos, tortuga! —exclamó Cinder mientras me arrastraba. Sus largas piernas devoraban la distancia como si nada.

Draeko, el territorio de los dragones, se encontraba en las montañas más septentrionales de Azar.

Por lo que había oído, la temperatura no era muy diferente a la de la Corte de Invierno, de ahí que ella estuviera tan acostumbrada a la nieve.

No era de extrañar que fuera saltando como una gacela por el campo nevado mientras yo iba detrás, siguiéndola como un elefante torpe. Nunca nevaba así en Nueva York.

Cuando por fin llegamos al edificio, Cinder abrió de un tirón las gruesas puertas de madera y una ráfaga de aire cálido me golpeó de lleno. Casi gemí de alivio. Apenas recuperé la sensibilidad en la nariz, otro olor me invadió de inmediato.

Estaba tan emocionada por el calor que ni siquiera me había dado cuenta de que estábamos en medio de un granero. Al fondo, un grupo de estudiantes se había reunido alrededor de una mujer de mediana edad. Cuando nos vio, nos hizo señas para que nos acercáramos. Sonreía dulcemente.

—Cinder, y tú debes de ser Luna —dijo, mirando su tableta.

—Así es.

—Bienvenidas a Vuelo y Transformación 101. Soy la señora Thornberry y estaré a cargo este semestre.

Aunque no parecía tener más de cuarenta y tantos años, una larga melena plateada le caía por la espalda, casi hasta el trasero.

Busqué alas en su espalda, pero ningún apéndice sobrenatural sobresalía de sus omóplatos. Debía de ser una cambiaformas de algún tipo.

Entonces sentí una mirada sobre mí. Levanté la vista y me encontré otra vez con los ojos violetas de Drake, detrás de la profesora.

Maldita sea, ¿por qué estaba Drake en todas mis clases?

En el momento en que nuestras miradas se cruzaron, aparté la mía para rebuscar en mi mochila.

No, no lo estaba evitando; necesitaba encontrar mi tableta.

—Como les decía, hoy se les asignará su unipeg . ⁠ 1

Se escuchó una oleada de murmullos emocionados entre los alumnos.

—¿Nuestro qué? —le susurré a Cinder.

Ella señaló hacia los establos que nos rodeaban. Apenas alcancé a distinguir la parte trasera de un enorme caballo blanco escondido detrás de un muro de piedra. Parecía demasiado ocupado comiendo como para prestarnos atención.

—¿Te refieres a los caballos? —pregunté.

—No son caballos. Son unipegs —susurró—. Espera y ya verás.

—Chicas, silencio —dijo la señora Thornberry mientras nos entregaba a cada una un folio.

Eché un vistazo al nombre Zeus y al número ocho escrito con letra ondulada—.

Cuando encuentren al unipeg que les fue asignado, podrán acercarse a presentarse.

Intenten llevarse bien con ellos. Pasarán los próximos años juntos en Darkhen.

Son criaturas inteligentes, leales… y muy temperamentales. Necesitan una mano firme.

Cinder me tiró del brazo, empujándome hacia los establos.

—¿Qué número te ha tocado?

Ah, así que para eso era ese número.

—Ocho. ¿Y a ti?

—Yo soy la once. Mi unipeg se llama Bella. Espero que sea mansa.

—El mío se llama Zeus.

Cinder abrió los ojos un segundo antes de recuperar la compostura.

—¿Qué? —dije, asombrada— ¿Has oído hablar de él o algo?

—Eh… no. Solo me ha gustado el nombre, eso es todo.

Cinder aceleró el paso hacia el final de la fila. Al detenerse frente al puesto número once, se apoyó contra la puerta y llamó suavemente con la lengua.

Asomó un cuerno gris oscuro, seguido del resto de la cabeza blanca perlada de la criatura. Se me salieron los ojos de las órbitas mientras miraba fijamente el cuerno que sobresalía de la frente del caballo.

—¡Es un unicornio de verdad!

Ella se rio, acariciando a la criatura en la nariz.

—No, tonta. Es un unipeg.

Como si hubiera entendido perfectamente la conversación, la criatura desplegó unas enormes alas a ambos lados de su cuerpo. Las plumas brillaron con tonos iridiscentes bajo la luz del establo. Me quedé completamente boquiabierta.

—¡Unicornios voladores!

Las criaturas míticas que habían aparecido en Hitched me vinieron de golpe a la cabeza. Kimmie-Jayne se había quedado tan impresionada como yo cuando los solteros llegaron a la mansión montados en ellos.

Me miró con los ojos en blanco.

—Es un unipeg. Mitad unicornio, mitad Pegaso. Por eso vuelan.

—Es increíble —dije, ilusionada como una niña. Extendí la mano y acaricié lentamente el suave hocico del animal. Él, a cambio, frotó su hocico contra mi palma y relinchó—. Parece simpático.

—Sí, menos mal. Ash me contó algunas historias horribles sobre...

Se calló de golpe, tapándose la boca con la mano.

—¿Sobre qué?

—Nada. Algunos son un poco más difíciles de manejar que otros—esbozó una sonrisa forzada, pero noté que ocultaba algo—. Vamos, busquemos a Zeus.

Seguimos el sonido de golpes y resoplidos hasta llegar al establo número ocho. Lo primero que vi fue una enorme masa negra pegada contra la reja y una cola agitándose de un lado a otro.

—Hola, Zeus.

Intenté que mi tono sonara tranquilizador, aunque el corazón me iba a mil por hora. Yo era una chica de ciudad; no crecí rodeada de animales de granja, y mucho menos de una bestia sobrenatural tan enorme como esta.

El unipeg giró la cabeza de golpe y soltó un resoplido enorme. Cinder alcanzó a agacharse justo a tiempo. Yo no. Algo viscoso y verde me aterrizó directo en el pecho. Me quedé congelada mirando la baba sobrenatural que ahora goteaba lentamente sobre mi suéter color crema.

Por supuesto, Drake y su amigo decidieron pasar por allí justo en ese momento. Él frunció los labios con asco, mientras que el chico de pelo oscuro de antes reprimió una risa al ver el desastre.

—Mala suerte, humana —dijo Drake—. Zeus es un demonio arisco. Espero que puedas controlarlo.

Cinder lanzó una mirada fulminante al príncipe de hielo.

—No le hagas caso, Luna. Estoy segura de que todo irá bien. Solo tiene que conocerte.

El chico de pelo oscuro dio un paso adelante. Tenía unos ojos azules brillantes y una sonrisa mucho menos intimidante que la de Drake. Chasqueó suavemente la lengua hacia el unipeg y este ladeó la cabeza.

—Tranquilo, grandulón. Ven a conocer a tu nueva amiga.

—No pierdas el tiempo, Raf —espetó Drake—. Jamás dejará que un humano lo monte.

Raf soltó una risa baja.

—No todos tienen tan mala suerte como tú con los animales, príncipe.

Me tapé la boca con la mano para ocultar la enorme sonrisa que se dibujaba en mi rostro. Creo que Raf era mi nuevo miembro favorito de Los Siete.

Para mi total sorpresa, la bestia huraña se acercó poco a poco.

Raf siguió hablándole en voz baja mientras la enorme criatura asomaba la cabeza por encima de la reja.

Sus enormes ojos negros iban de uno a otro, desconfiados.

Raf levantó la mano despacio hasta tocarle el hocico.

Zeus lo olfateó un momento y, poco a poco, empezó a relajarse.

—Buen chico —murmuró Rafael mientras le acariciaba el hocico a Zeus. Una luz cálida brilló en su mano y el unipeg soltó un relincho suave antes de frotar la nariz contra su palma. Drake cruzó los brazos sobre el pecho.

—Oye, eso no es justo —dijo—. No puedes usar tu poder angelical para tranquilizarlo. Obviamente así cualquiera le cae bien.

—Tranquilo, Drake. Solo intento calmarlo para que Luna pueda montarlo.

El príncipe feérico soltó un gruñido y se alejó claramente fastidiado. No pude evitar sonreír. Me volví hacia el susurrador de unipegs.

—Gracias. Raf, ¿verdad?

Él asintió y soltó a Zeus.

—Me llamo Rafael, pero me dicen Raf. No dejes que el príncipe te afecte. Está acostumbrado a ser el centro de atención de Darkblood… Ahora mismo solo está molesto porque llegó alguien nuevo.

—Estoy segura de que se le pasará en cuanto sepan que no tengo poderes.

—Yo no estaría tan seguro —dijo Raf. Me dedicó una sonrisa forzada antes de irse detrás de Drake.

Cuando ya estuvo lo bastante lejos, miré a Cinder.

—No parece tan malo.

Ella se encogió de hombros.

—No, no lo es. Pero también es medio ángel, así que supongo que no puede comportarse como un idiota las veinticuatro horas del día, ¿no?

Las dos soltamos una carcajada. Y, por supuesto, en ese preciso momento tropecé hacia atrás y choqué contra la puerta del establo de Zeus. El unipeg soltó un relincho agudo y lanzó la cabeza hacia adelante. Abrí los ojos de golpe al ver aquel enorme cuerno apuntándome directo a la cara.

—¡ Tempor parem !

Un grito salió de mi garganta al mismo tiempo que las palabras extrañas resonaron al otro lado del establo, y cerré los ojos de golpe.

El aire se volvió pesado a mi alrededor y el olor dulce de la magia llenó el establo.

Lentamente, entreabrí los párpados. ¡ Madre mía !

Estaba viva. El cuerno negro de Zeus se había detenido a centímetros de mi nariz.

Me quedé completamente inmóvil y, al mirar alrededor, vi a Cinder junto a mí con expresión de horror. Los demás estudiantes seguían repartidos por todo el establo… congelados. Nadie se movía ni un centímetro.

Drake apareció detrás del establo vecino y, por primera vez desde que lo conocía, parecía agotado. Sus ojos brillaban con un resplandor plateado y unas gotas de sudor le cubrían la frente.

—Tal vez quieras apartarte —dijo con la voz tensa—. No sé cuánto más podré mantener el hechizo.

Mi cerebro tardó un segundo en procesar lo que había pasado. Todos estaban paralizados, excepto el príncipe y yo. De alguna manera, él me había salvado.

—¡Agáchate, rápido, Luna!

Sus palabras, pronunciadas con voz aguda, me sacaron de mi aturdimiento, y me tiré al suelo justo cuando todo volvía a ponerse en marcha.

Los estudiantes comenzaron a mirar alrededor confundidos mientras Zeus golpeaba el suelo con las pezuñas.

—Estoy bien —le susurré a Cinder desde el suelo.

Ella se quedó boquiabierta, frunciendo sus cejas oscuras mientras me examinaba.

—¿Cómo has terminado ahí abajo?

Me levanté y busqué a Drake en el establo vecino. Ya no estaba.

Me sacudí la tierra de los vaqueros y solté un suspiro.

—Creo que ya he tenido suficiente por hoy.

Zeus volvió a patear la reja con fuerza.

—Ya hablaremos después, diablillo —dije. Tomé mi mochila del suelo y me la colgué al hombro—. Nos vemos en la residencia, Cinder. Dile a la señora Thornberry que no me encontraba bien o lo que tú creas mejor.

—¡Pero Luna!

Prácticamente salí corriendo del establo, ignorando los gritos de Cinder.

Unas correas de hierro invisibles me oprimían el pecho y, si no respiraba un poco de aire fresco, estaba bastante segura de que explotaría.

Un viento gélido me azotó las mejillas en cuanto puse un pie fuera.

Era como un pinchazo en la piel tras otro.

Dolía, pero, de alguna forma, también me sentaba bien.

Mientras atravesaba la nieve rumbo a los dormitorios, poco a poco logré volver a respirar con normalidad. Mi primer día había sido un desastre total. ¿Cómo iba a sobrevivir a todo un semestre? ¿O a todo un año?

1   Unipeg : juego de palabras en inglés formado por unicorn (unicornio) y Pegasus (Pegaso), el famoso caballo blanco alado de la mitología griega, hijo de Poseidón y Medusa. N de la T.