La Mestiza (Academia Darkblood 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

¡Por favor, qué solteros más atractivos!

¿Cómo era posible que hubiera tantos hombres tan bellos bajo un mismo techo?

Me quedé boquiabierta al ver que Ryder Strong abrazaba a mi media hermana.

Era él, de verdad que era él… el chico demonio tan peligroso a quien Kimmie-Jayne había conseguido tener comiendo de su mano en Hitched .

La vista se me fue directamente a los tatuajes que asomaban bajo las mangas de su ajustada camiseta negra.

Llevaba el pelo más corto que en el programa, peinado hacia arriba con gel en las puntas, lo que le daba un aire todavía más problemático.

Mi mirada bajó por su amplio pecho hasta los ajustados vaqueros azul oscuro que descansaban bajos sobre las caderas.

¡Demonios! Ryder era exactamente tan peligroso y atractivo como había imaginado.

Estaba tan absorta mirándolo que no me di cuenta de que había empezado a hablarme.

—Oye, se te ha caído un poco de baba por aquí —Ryder señaló su barbilla, con una sonrisa burlona que le marcaba un pequeño hoyuelo.

Un calor abrasador me subió por el cuello, extendiéndose por mis mejillas y orejas. Me eché el pelo hacia atrás con la esperanza de esconderme tras la cortina rubia mientras la vergüenza me arrollaba.

—No seas idiota, Ryder —gruñó Cillian.

Casi había olvidado que el ángel estaba allí.

Ryder se acercó con aquella sonrisa descarada todavía en la cara.

—Tranquilo, solo le estaba tomando el pelo. Después de conocerte, pensé que necesitaría un poco de humor para relajarse.

Kimmie-Jayne se colocó a su lado y le dio un codazo.

—Ryder, te presento a Luna Hallows, mi media hermana.

Sus ojos de color ámbar me recorrieron de arriba abajo, dejando una huella de calor abrasador en cada centímetro de mi cuerpo. Tras los segundos más largos de mi vida, extendió una mano y envolvió mis dedos con los suyos, tan cálidos.

—Siempre es un placer conocer a otra de las hermosas descendientes de Garrix —miró a mi hermana y luego me miró a mí—. Hay que reconocerle una cosa a tu padre: sin duda sabe cómo elegirlas. Tu hermana está buenísima…

—¡Ni se te ocurra, Ryder! —gritaron Kimmie-Jayne y Cillian al unísono.

Por favor, que me trague la tierra ahora mismo . Me crucé de brazos, intentando no morir de vergüenza.

—¿Qué? Estaba bromeando… —Ryder me guiñó un ojo y mi corazón dio un vuelco— ¿Cuántos años tienes, pequeña?

Me forcé a sostenerle la mirada mientras intentaba recordar cómo hablar como una persona normal.

—Dieciocho.

Ryder arqueó sus cejas oscuras y esbozó una sonrisa.

—Solo es unos años más joven que tú, fierecilla.

Kimmie-Jayne le dio un golpe en el hombro.

—Quítale las manos de encima, Ryder. Lo digo en serio. Ella está aquí para estudiar y aprender, no para involucrarse con alguien como tú.

—¡Ay!

Hizo un gesto como si le apuñalaran en el pecho.

—Eso da igual —intervino Cillian con tono firme—. Las relaciones entre profesores y alumnos están estrictamente prohibidas. Y mi querido sobrino conoce perfectamente las normas.

¿Profesor? ¿Ryder es profesor aquí? Mi corazón se aceleró al pensar que lo vería todos los días.

Mi nuevo profesor levantó las manos, sonriendo.

—Tranquilos todos. ¡Vaya, aquí no puedo divertirme con nada!

Cillian negó con la cabeza y resopló.

—Bueno, ya que estás aquí, quizá puedas ser útil por fin —miró su escritorio, con las pilas de papeles apiladas como la torre de Pisa, y se estremeció—. Iba a hacerles un recorrido completo, pero como parece que no tienes nada mejor que hacer, puedes encargarte tú.

Ryder miró su reloj.

—Bien, pero mañana me debes una pausa extralarga para almorzar.

¿Solo era la hora de comer? Me froté los ojos, con los párpados de repente pesados. Me sentía casi como si ya fuera la hora de acostarse.

—Aquí en Azar hay cinco horas de diferencia horaria —explicó K.J., como si me hubiera leído la mente—. Al principio tendrás jet lag, pero se pasa rápido.

—Claro.

Cillian le entregó a Ryder una hoja de papel, y vi que mi nombre aparecía estampado en la parte superior.

—Aquí tienes el recorrido de la academia y la habitación que le ha tocado.

—Sí, señor.

Ryder saludó al director, y yo contuve la risita que estaba a punto de salirme.

Después de ver a la pareja interactuando en el programa de televisión, me sorprendió muchísimo verlos trabajando juntos.

Ryder no era un viejo demonio cualquiera; era el hijo de Lucifer —sí, así es, el diablo y el primer ángel caído—.

Cillian y Lucifer eran hermanos, así que eso significaba que Ryder era su sobrino.

Mi nuevo instructor y yo teníamos al menos una cosa en común: los dos éramos hijos de seres sobrenaturales con debilidad por las humanas.

Aunque probablemente Ryder tendría muchos más medio hermanos desperdigados por ahí que yo.

—Bien, pongámonos en marcha —se giró hacia las puertas dobles, y K.J. y yo lo seguimos.

—Si necesitas algo, solo tienes que pedirlo, Luna —gritó Cillian mientras cruzábamos el umbral.

—Gracias —respondí por encima del hombro.

En cuanto doblamos la esquina al salir de la oficina del director, aparecieron Fenix y Darby. El dragón cambiaformas tenía la mirada apagada. El brillo dorado de sus ojos parecía mucho más tenue de lo normal. Y algo me decía que no era solo por el demonio que estaba a mi lado.

—Lo siento, pero vamos a tener que acortar esta visita —me miró a mí y luego a su esposa—. Ha surgido algo que requiere mi atención inmediata en Draeko.

—Pero si aún no hemos recorrido la academia —refunfuñó Kimmie-Jayne—. No quiero dejar a Luna antes de que se instale.

El brazo de Ryder se deslizó sobre mis hombros, y fue como si un cable con corriente chisporroteara y crepitara sobre mi piel. Resistí el impulso de estremecerme bajo su tacto. Su aroma almizclado a sándalo se arremolinó a mi alrededor, envolviéndome en su abrazo especiado.

—No te preocupes, fierecilla, yo me encargaré de la niña.

Ella puso los ojos en blanco y se acercó.

—Eso es lo que me da miedo.

Me aparté de su brazo, aunque mi cuerpo me gritaba que no lo hiciera.

—Estaré bien, Kimmie-Jayne. No soy una niña, pero te agradezco que hayas venido conmigo hasta aquí.

Le lancé a Ryder una mirada sarcástica, por si acaso. No era una niña. Tenía dieciocho años y prácticamente me había criado sola desde que la señora Hallows falleció cuando yo tenía trece.

—Lo siento mucho, Luna —añadió Fenix—. Quería presentarte a tu nueva compañera de piso, mi hermana pequeña, Cinder.

Recordé levemente a una chica de pelo azabache y ojos dorados. Habíamos conocido a la familia de Fenix en Hitched cuando Kimmie-Jayne fue a visitar a cada uno de ellos a sus casas. Parecía encantadora.

—Te va a encantar Cinder, fierecilla júnior. No se parece en nada a su hermano —Ryder le guiñó un ojo a Fenix, quien le devolvió un buen gruñido.

—Aléjate de mi hermana, demonio.

Las pupilas del dragón se alargaron y el resplandor dorado que rodeaba sus oscuras pupilas, en forma de rendijas, se intensificó.

—Vamos, vas a darle a Luna una idea totalmente equivocada sobre mí.

Kimmie-Jayne se inclinó y abrazó a Ryder. Le susurró algo al oído y su sonrisa burlona desapareció.

—Siempre —murmuró él a su vez.

K.J. se acercó a mí, y me sorprendió la inesperada emoción que me oprimió la garganta cuando sus brazos me rodearon.

—Cuídate, Luna. Te prometo que vendré a verte en cuanto pueda. Si necesitas algo, ve a ver a Cillian o a Ryder. Te va a ir genial aquí; sé que así será.

—Gracias… Gracias por todo.

Me refugié en su abrazo y mi cuerpo tenso se relajó. Solo llevaba dos días conociendo a mi hermanastra, pero, de alguna manera, parecía mucho más tiempo.

Fenix me dio una palmadita en el hombro con una sonrisa paternal.

—Cinder te enseñará cómo funciona todo. Estás en buenas manos, Luna.

—Gracias, Fenix.

Los vi alejarse por el pasillo en penumbra hasta desaparecer de vista.

—¿Lista para el recorrido, fierecilla júnior?

Fruncí el ceño. Aquel apodo no me hacía ninguna gracia, sobre todo porque venía del de K.J.

—Llámame Luna, ¿te parece?

—Lo que tú digas, pequeña.

Abrió la puerta con el letrero «Vestíbulo de Darkhen» y entré. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. Lo sentía en lo más profundo de mi ser. Todo estaba a punto de cambiar y ya no había vuelta atrás.