La medida Capítulo 18
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Capítulo 18

Después

Lyra durmió catorce horas.

Lo supo porque el reloj se lo dijo.

Su cuerpo opinaba que habían sido tres.

Abrió los ojos y tardó varios segundos en recordar dónde estaba. El techo era demasiado bajo para Aonia y demasiado blanco para su habitación. Una línea de luz atravesaba la pared junto a la puerta. Había una silla. Una mesa. Un vaso de agua que alguien había dejado lleno.

Argyre.

Cerró los ojos otra vez.

Error.

Inmediatamente apareció el escáner.

La plataforma.

Keira diciendo:

—¿Continuamos?

Su propia voz respondiendo que sí.

Después otra sala.

Otra pregunta.

Otra confirmación.

Otra vez su cuerpo convertido en algo que podía describirse con números.

Lyra abrió los ojos.

—Bien —dijo.

La habitación no respondió.

Eso ayudó.

Se incorporó despacio.

Le dolían sitios que no sabía que podían doler por estar quieta.

La parte baja de la espalda.

El cuello.

Una zona debajo de la axila izquierda donde uno de los sensores había estado pegado demasiado tiempo.

Nada importante.

Nada que Keira no le hubiera advertido.

Aun así, hizo una mueca al estirar el brazo.

Sobre la mesa había una nota.

No papel.

Una pantalla mínima con una sola frase.

HE DEJADO COMIDA EN EL MÓDULO TÉRMICO.

Debajo:

¿PUEDO ENTRAR CUANDO DESPIERTES?

VESPERA.

Lyra miró la hora del mensaje.

Nueve horas antes.

Había otro.

Cuatro horas después.

SIGUE SIN SER URGENTE.

Y otro, dos horas más tarde.

NIRA DICE QUE SI ESCRIBO OTRA VEZ ESTOY CONVIRTIENDO «NO URGENTE» EN UNA FORMA DE PRESIÓN.

ASÍ QUE ESTE ES EL ÚLTIMO.

Lyra sonrió.

Le dolió la cara.

No físicamente.

O quizá también.

Respondió:

Estoy despierta.

Tres puntos aparecieron inmediatamente.

Desaparecieron.

Volvieron.

Después:

¿Puedo entrar?

Lyra miró la puerta.

Pensó.

Sí.

Vespera tardó casi un minuto.

Eso significaba que estaba cerca y había decidido no parecer que estaba esperando al otro lado.

Lyra conocía demasiado bien a su madre.

Cuando entró llevaba dos recipientes de comida y una expresión deliberadamente neutra.

—Buenos días.

Lyra miró el reloj.

—Son las 16:30.

—Buenos días para ti.

—Eso no funciona así.

—Has dormido catorce horas. Puedes elegir tu zona horaria.

Vespera dejó la comida sobre la mesa.

No se acercó.

Lyra lo notó.

Odiaba notar todas aquellas cosas.

Antes su madre habría entrado, le habría tocado la frente y preguntado si le dolía algo mientras fingía que no estaba comprobando exactamente cuánto.

Ahora permanecía a dos metros.

Aquello era mejor.

También era triste.

—Puedes sentarte —dijo Lyra.

—Gracias.

—No conviertas todo en algo raro.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Lo estás haciendo fatal.

—También.

Se sentó.

Lyra abrió uno de los recipientes.

Sopa.

—¿Esto lo has elegido tú?

—No.

—Bien.

—Nira dijo exactamente lo mismo.

Lyra probó una cucharada.

Estaba demasiado caliente.

Perfecto.

Durante un rato ninguna habló.

Vespera tampoco preguntó por los resultados.

Eso empezó a irritarla.

—Puedes preguntar.

—¿Quieres hablar de ellos?

Lyra levantó la vista.

Su madre sostuvo la mirada.

Ah.

—Todavía no lo sé.

—Entonces no pregunto.

Lyra volvió a la sopa.

Aquello debería haber sido sencillo.

No lo era.

Nada relacionado con que alguien respetara sus decisiones parecía sencillo últimamente.

—Fue raro —dijo.

Vespera no se movió.

—¿Qué parte?

—Todo.

Pensó.

—Y ninguna.

Su madre esperó.

Lyra dejó la cuchara.

—Lo elegí.

—Sí.

—Nadie hizo nada que yo no autorizara.

—Lo sé.

—Paré dos pruebas.

—Nira me lo contó.

Lyra frunció el ceño.

Vespera levantó una mano.

—Solo que las paraste. Nada más.

—Bien.

Silencio.

—Y aun así —dijo Lyra.

No terminó.

No necesitaba.

Vespera bajó la mirada.

—¿Te sientes…?

Se detuvo.

Lyra esperó.

—¿Qué?

—No sé qué palabra usar.

—Eso sí que es nuevo.

Su madre ignoró el comentario.

—Expuesta.

Lyra pensó.

—Sí.

La palabra se acomodó mejor de lo que esperaba.

—Pero no como antes.

Vespera levantó la mirada.

—¿Cuál es la diferencia?

Lyra apoyó la espalda contra la pared.

El movimiento tiró de un músculo.

—Antes alguien decidió que podían mirar.

—Sí.

—Ayer decidí yo.

—Sí.

—Pero seguían mirando.

Vespera permaneció inmóvil.

Lyra soltó aire.

—Supongo que pensaba que si lo elegía no iba a sentirme vulnerable.

—Eso sería cómodo.

—Muchísimo.

—No suele funcionar así.

—Gracias por tu experiencia como persona examinada por tres civilizaciones.

Vespera sonrió.

Muy poco.

—Tengo experiencia haciendo cosas que he elegido y odiando cómo me hacen sentir.

Lyra la miró.

Había demasiadas posibles respuestas.

El cargo.

La Comisión.

Iria.

Ella.

No eligió ninguna.

—¿Te arrepientes? —preguntó Vespera.

Lyra respondió demasiado rápido.

—No.

La certeza la sorprendió.

Se quedó pensando.

Después repitió:

—No.

Vespera asintió.

—Bien.

Nada más.

Lyra sintió algo aflojarse.

Muy poco.

Suficiente.

Su madre se quedó otros veinte minutos.

Hablaron de comida.

De que Amara había intentado empezar a trabajar después de dormir dos horas y Keira la había expulsado del laboratorio.

De que Serah y Maela llevaban toda la mañana corrigiendo la misma página del informe.

De que Nira había descubierto una cafetería en Argyre que preparaba algo que llamaban café únicamente porque la legislación sobre fraude alimentario no llegaba hasta allí.

No hablaron del cargo de Vespera.

Ni de Iria.

Ni de quién había distribuido los datos.

Cuando Vespera se levantó, se detuvo junto a la puerta.

—Volvemos a Aonia mañana.

—Lo sé.

—Puedes quedarte más.

—No quiero.

—Bien.

Lyra la observó.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Estás mejorando.

—No te acostumbres.

Salió.

La puerta se cerró.

Lyra terminó la sopa.

Después se duchó.

Eso fue peor.

No había nada distinto en su cuerpo.

El agua recorrió zonas que el día anterior habían sido señaladas, fotografiadas desde dentro, medidas, comparadas.

Cadera.

Abdomen.

Pecho.

Espalda.

Muslos.

Una pequeña marca rojiza permanecía donde habían tomado sangre.

Otra en el costado por un adhesivo.

Nada más.

Se tocó la cadera.

Recordó la mano de Amara.

No el contacto exactamente.

La pregunta anterior.

¿Puedo?

Lyra había dicho sí.

Después Amara había tocado.

Tan simple.

Tan difícil.

Apoyó ambas manos contra la pared de la ducha.

El agua seguía cayendo.

Había pensado mucho en el no durante las últimas semanas.

En quién podía decirlo.

Quién lo escuchaba.

Quién intentaba convertirlo en otra cosa.

No había pensado tanto en el sí.

El sí también dejaba cosas detrás.

No era una protección mágica.

No convertía una experiencia en agradable.

Ni sencilla.

Ni poco íntima.

Solo la hacía elegida.

Lyra cerró el agua.

Quizá solo.

No.

Quitó la palabra.

La hacía elegida.

Eso era suficiente.

Cuando volvió a la habitación había cuarenta y siete mensajes esperando.

No los abrió.

Tres solicitudes de entrevista.

No.

Dos peticiones de acceso académico preliminar.

No.

Una comunicación oficial de la Comisión de Continuidad Humana.

Definitivamente no.

Un mensaje de Serah.

Cuando quieras, necesito enseñarte el resumen histórico antes de que salga de Argyre.

Lyra marcó aquel.

Otro de Amara.

No he patentado nada mientras dormías.

Lyra respondió:

Me tranquiliza que haya que felicitarte.

La respuesta llegó:

Yo también estoy creciendo como persona.

Lyra sonrió.

Después dejó de hacerlo.

No había ningún mensaje de Iria.

Claro que no.

Le había pedido que no escribiera.

Iria no había escrito.

Durante cuatro días.

Ni una vez.

Lyra había comprobado.

Aquello era absurdo.

También era exactamente lo que había pedido.

Abrió su canal.

El nombre seguía arriba.

IRIA SORN.

No había mensajes nuevos.

Lyra escribió:

Estoy en Argyre.

Lo borró.

Iria sabía dónde estaba.

Escribió:

Ya hemos terminado.

También lo borró.

Demasiado parecido a un informe.

Al final escribió:

Puedes venir.

Se quedó mirando las dos palabras.

No añadió nada.

Las envió.

La respuesta tardó seis minutos.

Lyra los contó.

No quería.

Los contó igual.

¿Hoy?

Lyra apoyó la cabeza contra la pared.

Sí.

Otra pausa.

¿A la habitación?

Lyra cerró los ojos.

Iria.

Aparecieron tres puntos.

Desaparecieron.

Después:

Perdón.

¿Dónde quieres verme?

Lyra soltó una risa breve.

Escribió:

Aquí está bien.

Esta vez la respuesta fue inmediata.

Voy.

Iria tardó cuarenta y dos minutos.

Lyra no los contó todos.

Solo los últimos nueve.

Cuando llamaron a la puerta estaba sentada en el suelo.

No sabía por qué.

Quizá porque la última vez que Iria había estado frente a una puerta había sido ella quien estaba sentada fuera.

—Entra.

La puerta se abrió.

Iria llevaba la misma chaqueta gris que Lyra había visto cien veces.

Aquello fue lo primero que dolió.

No su cara.

No la distancia.

La chaqueta.

Una cosa normal.

Iria se detuvo dentro.

—Hola.

—Hola.

La puerta se cerró detrás de ella.

No avanzó.

Lyra esperó.

Iria miró la única silla.

Después a Lyra.

—¿Puedo sentarme?

Lyra la observó.

—Si haces eso con todo voy a tirarte algo.

Iria cerró los ojos.

—Bien.

—No he dicho que no.

—Ya.

—Siéntate.

Iria lo hizo.

Lyra siguió en el suelo.

Ahora la diferencia de altura era ridícula.

Iria empezó a levantarse.

—No.

Se detuvo a mitad.

—¿No qué?

—No conviertas esto en una prueba.

Iria volvió a sentarse despacio.

—Estoy intentando no asumir.

—Ya veo.

—No sé hacerlo bien todavía.

La frase le quitó parte del enfado antes de que Lyra pudiera conservarlo.

Molesto.

—No quiero que me preguntes si puedes respirar.

—Eso sería difícil.

—Ni si puedes sentarte en una silla.

—Acabas de enfadarte porque lo he preguntado.

—Sí.

Iria casi sonrió.

No lo hizo.

—Entonces necesito un manual.

—No hay manual.

—Eso me preocupa.

—Lo sé.

Ambas se quedaron quietas.

Iria bajó la mirada.

—Perdón.

Lyra apoyó la cabeza contra la cama.

—También puedes dejar de disculparte cada vez que dices algo que decías antes.

—No sé cuáles están permitidas.

—Ninguna palabra está prohibida.

—Vale.

Lyra la miró.

Iria hizo una mueca.

—Esa tampoco.

—No.

Por primera vez sonrieron las dos.

Duró poco.

Pero ocurrió.

Iria miró sus manos.

—¿Cómo estás?

Lyra había respondido aquella pregunta diecisiete veces desde que despertó.

Bien.

Cansada.

No sé.

Todas ciertas.

Ninguna servía.

—Me miraron durante dos días.

Iria levantó la vista.

No preguntó qué habían visto.

Lyra lo notó.

—Yo les dejé.

—Sí.