La medida Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—No digas sí como si eso resolviera la frase.

—No iba a hacerlo.

Lyra esperó.

Iria respiró.

—¿Quieres contarme cómo fue?

No qué encontraron.

Cómo fue.

Algo en el pecho de Lyra se movió.

—Agotador.

Iria asintió.

—Y aburrido.

Una pequeña sonrisa.

—Eso no me lo esperaba.

—Yo tampoco. La mitad de la ciencia es estar quieta mientras alguien dice que faltan treinta segundos.

—Eso sí me lo esperaba.

—Amara intentó discutir con una máquina.

—¿Ganó?

—No.

—Entonces me habría gustado verlo.

Lyra sonrió.

Después recordó que aquello era fácil.

La facilidad la asustó más que la incomodidad.

Iria debió notarlo.

No preguntó.

Eso también era nuevo.

Lyra la estudió.

—¿Por qué lo hiciste?

Iria perdió cualquier resto de sonrisa.

—Ya te lo dije.

—No.

—Tenía miedo de que hubiera algo clínicamente…

—Eso es por qué miraste.

Iria calló.

Lyra continuó.

—Quiero saber por qué decidiste que preguntar era peor que hacerlo.

Iria miró el suelo.

Esta vez tardó mucho.

—Porque pensé que dirías que no.

La honestidad produjo una irritación limpia.

—Excelente.

—Ya.

—Entonces sí sabías que necesitabas permiso.

Iria levantó la cabeza.

—Sabía que necesitaba tu cooperación.

Lyra frunció el ceño.

Iria respiró.

—No es lo mismo.

No.

No lo era.

—Explícalo.

—Pensé que si te preguntaba y decías que no, seguiría teniendo la misma preocupación y ninguna respuesta.

—Y eso te parecía peor.

—Sí.

—Que hacerlo sin mí.

Iria cerró los ojos.

—Sí.

El enfado volvió.

No tan violento como antes.

Más preciso.

—Eso sigue siendo horrible.

—Lo sé.

—Puedes usar esa frase ahora.

Iria abrió los ojos.

—Lo sé.

Lyra casi se rió.

No lo hizo.

Iria continuó.

—Pensé que saber algo podía justificar la forma de averiguarlo.

Lyra no respondió.

—No exactamente —dijo Iria—. Eso suena demasiado limpio.

—Pues ensúcialo.

Iria se pasó una mano por la nuca.

Un gesto conocido.

Demasiado.

—Pensé que si tenía razón, después entenderías por qué lo había hecho.

Lyra sintió el golpe.

—Ah.

—Sí.

—Eso es peor.

—Mucho.

Silencio.

—¿Y ahora?

Iria miró hacia la ventana oscura.

—Ahora creo que estaba tratando el permiso como un obstáculo técnico.

Lyra la observó.

—Muy Diseñado.

Iria aceptó el golpe.

—Sí.

—Algo que había que obtener para poder hacer lo importante.

—Sí.

—Y si no lo obtenías…

—Pensaba que la pregunta seguía siendo importante.

Lyra se quedó inmóvil.

Iria volvió hacia ella.

—Y quizá lo era. Pero eso no significaba que yo tuviera derecho a responderla.

Lyra miró sus propias manos.

Lyra miró sus propias manos.

—En Argyre me preguntaron treinta veces.

—¿Para cada cosa?

—Casi.

—Debe de haber sido insoportable.

—Muchísimo.

Iria sonrió apenas.

Lyra continuó.

—A veces ya sabían qué iba a decir.

—Sí.

—Yo también sabía qué iba a decir.

—Sí.

—Y preguntaban igual.

Iria quedó quieta.

—Porque podías cambiar de opinión.

—Sí.

—Aunque supieran.

—Sí.

Iria bajó los ojos.

—Entiendo.

Lyra sintió irritación.

—No.

Iria levantó la cabeza.

—¿No?

—No me digas que entiendes como si ya hubieras terminado de aprenderlo.

Iria recibió aquello sin defenderse.

—Bien.

Lyra señaló.

—Esa sí.

—Voy tomando notas.

—No te atrevas.

Iria sonrió.

Esta vez Lyra también.

Otra vez duró poco.

Pero un poco más.

Iria miró el reloj de pared.

—Puedo irme.

Lyra sintió una reacción inmediata.

No quería analizarla.

—No te he dicho que te vayas.

—No.

—Entonces.

Iria asintió.

Permaneció sentada.

Pasaron varios minutos.

No hablaron.

Antes aquel silencio habría terminado con una mano.

Un pie tocando otro.

Iria acercándose.

Lyra tumbándose contra ella.

Ahora había metro y medio entre ambas.

Parecía una distancia política.

Lyra la odiaba.

También la necesitaba.

Se levantó del suelo.

Iria la observó hacerlo.

Nada más.

Lyra se sentó en el borde de la cama.

Más cerca.

No mucho.

—No sé qué somos ahora —dijo.

Iria respiró lentamente.

—Yo tampoco.

Lyra esperaba dolor.

Llegó.

Pero la respuesta era correcta.

—¿Quieres seguir conmigo?

Iria la miró.

—Sí.

Demasiado rápido.

Lyra levantó una ceja.

Iria exhaló.

—Perdón.

—No por eso.

—Entonces sí. Quiero.

Lyra esperó.

—Pero no sé si quererlo es suficiente.

Eso sí dolió.

Porque también era correcto.

—Yo tampoco.

Iria miró sus manos.

—No voy a pedirte que decidas ahora.

Lyra sintió algo pequeño aflojarse.

—Bien.

Iria asintió.

La mano derecha descansaba sobre su rodilla.

Lyra la conocía.

Sabía exactamente cómo se sentirían aquellos dedos entre los suyos.

Se inclinó.

Iria se tensó apenas cuando Lyra tomó su mano.

No retiró la suya.

Tampoco la cerró inmediatamente.

Esperó.

Lyra sintió el gesto.

—Puedes cogerme la mano —dijo.

Iria entrelazó los dedos.

Eso fue todo.

No beso.

No abrazo.

No promesa.

Una mano.

Lyra descubrió que por el momento era muchísimo.

Permanecieron así varios minutos.

Después la terminal de la mesa emitió un sonido.

Lyra cerró los ojos.

—Si es la Comisión voy a declararme legalmente muerta.

Iria soltó una risa.

—Eso probablemente generaría más formularios.

—Entonces no.

Lyra soltó su mano.

La pérdida fue inmediata.

No cambió de decisión.

Se levantó y abrió el mensaje.

Serah.

RESUMEN PRELIMINAR LISTO.

NECESITA TU AUTORIZACIÓN ANTES DE CIRCULAR.

Lyra se quedó quieta.

Iria no se acercó.

—¿Problema?

Lyra leyó otra vez.

—No.

Abrió el documento.

Treinta y seis páginas.

—O quizá sí.

Iria sonrió.

—¿Quieres que me vaya?

Lyra estuvo a punto de decir no.

Después miró el informe.

Los resultados.

Su cuerpo otra vez convertido en texto.

—Sí.

Iria asintió.

Sin herida visible.

O con ella y sin utilizarla.

Se puso de pie.

—Gracias por venir.

Iria llegó a la puerta.

—Gracias por pedírmelo.

Lyra hizo una mueca.

—Eso ha sonado horrible.

—Muchísimo.

—Estamos perdiendo práctica.

—Podemos recuperarla.

Iria no añadió nada.

Lyra tampoco.

—Hasta luego —dijo Iria.