Capítulo 16
Mi cuerpo
Lyra decidió aceptar el examen mientras intentaba escribir todas las razones por las que no debía hacerlo.
La lista ocupaba una página y media.
No confío en Kestrel.
No confío en Voss.
No sé si confío en Serah.
Después había añadido:
Maela me da miedo de una forma bastante educada.
Lo había tachado.
Después lo había vuelto a escribir.
Más abajo:
No quiero convertirme en un problema científico.
No quiero que me miren.
Se quedó observando aquella frase.
La corrigió.
No quiero que me miren sin que yo pueda decidir cómo.
Eso era distinto.
Lyra apoyó la frente contra la mesa.
La habitación seguía demasiado silenciosa.
Habían pasado cuatro días desde que Iria se marchó.
No había vuelto.
No había escrito.
Había hecho exactamente lo que Lyra le había pedido.
Aquello seguía siendo ofensivo.
Sobre la mesa estaba también el contrato de Kestrel.
Cuarenta y dos páginas.
Lo había leído entero.
Dos veces.
La primera enfadada.
La segunda intentando entenderlo.
Había cosas inteligentes.
Ese descubrimiento le había molestado especialmente.
El documento definía quién podía acceder a sus datos, cuánto tiempo, bajo qué condiciones y qué ocurría si Lyra retiraba consentimiento.
También definía propiedad.
Muchísimo.
Casa Kestrel parecía considerar que ninguna relación humana estaba completa hasta que alguien hubiera decidido a quién pertenecía lo que pudiera descubrirse durante ella.
Lyra abrió de nuevo una cláusula.
Toda innovación derivada directamente del estudio de material biológico protegido…
Cerró el documento.
—No.
La habitación no respondió.
Lyra abrió una página nueva.
Escribió:
CONDICIONES.
La palabra pareció excesivamente seria.
La dejó.
Debajo:
Yo decido qué se hace.
Se quedó mirándola.
Demasiado obvio.
Lo borró.
Escribió:
Cada procedimiento necesita consentimiento separado.
Mejor.
Puedo detener cualquier procedimiento en cualquier momento.
Añadió:
Sin tener que explicar por qué.
Aquello le gustó.
Los datos son compartidos. Nadie recibe algo que yo no reciba.
Pensó.
Añadió:
Yo primero.
Sonrió.
Después escribió:
Nadie puede patentar mi cuerpo.
Aquello era poco técnico.
Perfecto.
Continuó.
Los datos médicos privados no se publican automáticamente porque una parte tenga interés científico. Quiero saber quién está mirando.
Se quedó quieta.
Recordó la sala.
Doce personas.
Once sabiendo por qué estaban allí.
Una siendo el porqué.
Añadió:
Siempre.
Leyó la lista.
Seguía teniendo miedo.
Eso no cambiaba.
Pero debajo había otra cosa.
Quería saber.
No para Voss.
No para Serah.
No para Amara.
Ni siquiera para Aonia.
Quería saber qué era suyo.
Qué había heredado.
Qué había ocurrido por azar.
Qué parte de su cuerpo podía explicarse y qué parte no.
Iria había mirado algo que no entendía y había decidido que Lyra no sabía suficiente para elegir.
Lyra podía responder de dos formas.
No volver a dejar que nadie mirara.
O aprender lo bastante como para que la próxima pregunta fuera suya.
Abrió un canal.
Tardó unos segundos en decidir a quién llamar.
No eligió a Amara.
Tampoco a Vespera.
Llamó a Nira.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
—¿Pasa algo?
Lyra frunció el ceño.
—Hola a ti también.
Nira cerró algo fuera de imagen.
—Hola.
—¿Siempre contestas así ahora?
—Últimamente nadie me llama para contarme una historia divertida.
—Yo tengo una.
—Adelante.
—Una Pura, una Diseñada y una Libre entran en un laboratorio.
Nira esperó.
—¿Y?
—Todavía no sé cómo termina.
Nira dejó de sonreír.
—Ah.
—Quiero hacer el examen.
Silencio.
No el silencio de Vespera.
Eso Lyra lo agradeció.
Nira respiró.
—Bien.
—¿Eso es todo?
—No.
—Parecía.
—Estoy intentando decidir qué pregunta puedo hacer sin convertirla en una sugerencia.
Lyra se quedó quieta.
—Eso es muy irritante.
—Sí.
—Pregunta.
Nira pensó.
—¿Por qué?
Lyra miró la lista.
—Porque quiero saber.
Nira esperó.
Lyra continuó.
—Y porque estoy cansada de que toda la gente tenga versiones de mí que yo no tengo.
Nira bajó los ojos.
—Eso es justo.
—No necesito que sea justo.
—Lo sé.
—Y deja de decir eso.
Nira sonrió apenas.
—Perdón.
Lyra giró la pantalla para mostrarle la lista.
—Necesito ayuda con esto.
Nira empezó a leer.
No dijo nada durante demasiado tiempo.
—¿Qué?
—Nada.
—Nira.
—La número cuatro necesita trabajo.
Lyra leyó.
Nadie puede patentar mi cuerpo.
—Me parece bastante clara.
—Moralmente.
—Qué asco de palabra has elegido para continuar esa frase.
—Jurídicamente no significa casi nada.
—Entonces haced que signifique.
Nira soltó aire por la nariz.
—Eso también lo diría Vespera.
—No se lo digas.
—Probablemente lo sabrá.
Lyra se recostó.
—¿Cómo tendría que decirlo?
—Depende de lo que quieras impedir.
—Que alguien encuentre algo raro en mí y después decida que le pertenece.
—Eso son varias cosas.
—Claro que lo son.
Nira empezó a contar con los dedos.
—Secuencias genéticas. Modelos derivados. Métodos de diagnóstico. Técnicas creadas durante el estudio. Aplicaciones médicas. Compuestos que se diseñen a partir de lo aprendido.
—No.
—¿No qué?
—No quiero que mi secuencia genética pueda patentarse.
—Eso es defendible.
—Ni ninguna característica de mi cuerpo.
—También.
—Ni una combinación de características.
Nira asintió.
—Bien.
—Pero si Amara inventa una máquina nueva para medir mis hombros, puede patentar la máquina.
—No sé si «medir mis hombros» debería ser una categoría jurídica.
—Pues hoy lo será.
Nira sonrió.
—Entonces lo que quieres es separar el conocimiento sobre tu biología de las herramientas creadas para estudiarla.
—Sí.
—Y garantizar que cualquier dato biológico derivado del examen quede fuera de propiedad exclusiva.
—Sí.
—Eso hará muy feliz a Kestrel.
—Excelente.
Nira modificó la frase.
Ninguna secuencia, variante, rasgo anatómico, combinación fisiológica ni modelo biológico derivado directamente de Lyra podrá constituir propiedad exclusiva o patente individual.
Las herramientas o procedimientos desarrollados de manera independiente podrán conservar régimen propio sin limitar el acceso al conocimiento biológico generado.
Lyra la leyó.
—Eso es horrible.
—Pero significa algo.
—Puedes dejar debajo mi versión.
—¿«Nadie puede patentar mi cuerpo»?
—Sí.
Nira la añadió entre paréntesis.
Lyra sonrió.
—Mucho mejor.
Siguieron.
La cláusula de datos se convirtió en tres.
Acceso simultáneo.
Registro de copias.
Derecho de Lyra a tener una copia íntegra de todo resultado generado.
La privacidad médica se volvió más complicada.
—Si encuentran algo clínicamente relevante —dijo Nira—, alguien tendrá que registrarlo en tu expediente.
—Eso está bien.
—Pero entonces existirán datos médicos nuevos.
—Sí.
—Y por defecto no deberían entrar en el conjunto científico.
Lyra pensó.
—Exacto.
—Puede haber solapamiento.
—Entonces me preguntan.
—Cada vez.
—Cada vez.
Nira escribió.
Lyra leyó.
—Pon algo sobre imágenes.
Nira levantó la vista.
—¿Qué?
—Que no quiero imágenes íntimas circulando porque alguien considere que una proporción corporal es científicamente interesante.
—Podemos separar datos visuales identificables.
—No solo la cara identifica a una persona.
Nira se quedó quieta.
Iria.
El cuerpo también puede ser una identidad.
—Sí —dijo.
No añadió nada más.
Escribió.
Al final la lista tenía catorce puntos.
Lyra la miró con horror.
—Esto se está convirtiendo en el contrato de Amara.
—Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—Este lo has escrito tú.
Lyra se quedó callada.
—Ah.
Nira guardó el documento.
—¿Quieres que se lo envíe a las demás?
—No.
Nira esperó.
—Quiero decírselo yo.
—Bien.
Lyra dudó.
—A Vespera primero.
Nira no reaccionó.
Eso fue sospechoso.
—¿Qué?
—Nada.
—Tienes una cara.
—No.
—La misma que yo tengo cuando alguien me dice algo estúpido.
—Eso es genético.
—No eres mi madre biológica.
—Entonces es contagioso.
Lyra sonrió.
Duró poco.
—¿Se va a enfadar?
Nira tardó.
—Sí.
—Qué útil eres.
—Me has preguntado.
—¿Crees que intentará impedírmelo?
Otra pausa.
—Creo que intentará convencerte.
Lyra sintió algo duro.
—Eso no era la pregunta.
Nira la miró directamente.
—No sé dónde termina para ella una cosa y empieza la otra ahora mismo.
Lyra dejó de moverse.
Nira tampoco apartó la vista.
—Eso es una respuesta horrible.
—Sí.
Lyra cerró la lista.
—Bien.
—¿Quieres que esté?
—Sí.
La palabra salió inmediatamente.
—Pero no hables por mí.
—No lo haré.
Lyra pensó en el capítulo entero de su vida reciente.
—Nira.
—Sí.
—Si empiezo a hacerlo mal, tampoco hables por mí.
Nira asintió.
—Eso será más difícil.
—Ya.
—Pero sí.
Vespera llegó veintiséis minutos tarde.
No porque quisiera.
Eso era evidente por la velocidad a la que entró.
Llevaba la chaqueta todavía abierta y una terminal en la mano.
—Perdón.
Lyra estaba sentada en la cocina.
Nira, frente a ella.
—¿Qué ha pasado?
—Nada importante.
Vespera dejó la terminal sobre la mesa.
—Eso ha sido una mentira.
—Una de las salas restringidas necesitaba ampliar el acceso a una técnica que no estaba en la lista.
Lyra miró la terminal.
Después a su madre.
—¿Y?
—Lo he autorizado.
Lyra no dijo nada.
Vespera se sentó.
—¿Qué ocurre?
Nira miró a Lyra.
Bien.
Lyra respiró.
—Voy a hacer el examen.
Vespera respondió antes de que terminara de inhalar.
—No.
Lyra la miró.
Nira tardó un segundo.
Vespera lo vio.
—Quiero decir…
—No —repitió Lyra.
Esta vez imitando exactamente su tono.
Vespera apretó los labios.
—Déjame hablar.
—Qué idea.
—Lyra.
—Sigue.
Vespera apoyó las manos sobre la mesa.
—No creo que sea seguro.
—Bien.
—No creo que tengamos suficiente información sobre quién organizó la filtración.
—De acuerdo.
—La Comisión del Núcleo acaba de entrar en funcionamiento.
—Lo sé.
—Eso cambia las cosas.
—¿Cómo?
—Cualquier dato nuevo puede darles más argumentos para reclamar competencia.
—Entonces no se los damos.
—No es tan sencillo.
—Por eso tengo catorce condiciones.
Vespera parpadeó.
—¿Catorce?
Nira miró la pared.
Lyra abrió el documento.
—Quince si contamos «nadie puede patentar mi cuerpo» y su traducción jurídica como dos.
—Nira.
—No me mires.
—La has ayudado.
—Sí.
—¿Sin hablar conmigo?
Lyra dejó la terminal sobre la mesa.
—No.
Vespera volvió hacia ella.
—¿No qué?
—No vamos a empezar por ahí.