Capítulo 15 #2
Nira se quedó quieta.
Un segundo.
Vespera sintió el error.
No era suyo decidir.
Oda también.
Suna también.
Todas.
—¿Alguien se opone? —preguntó Vespera.
Era ridículo.
Nira miró la pantalla.
—Vespera.
—¿Cuánto?
—Treinta segundos.
La sala parecía contener el aire.
Vespera miró a Oda.
—¿Riesgo físico?
—No inmediato.
A Suna.
—¿Objeción a bloquear una credencial concreta durante una investigación activa?
Suna apretó la mandíbula.
—No.
—Nira. Hazlo.
Esta vez nadie discutió.
Nira ejecutó.
La pantalla cambió.
CREDENCIAL SUSPENDIDA.
—Espejo activo —dijo.
—¿Ruta?
—Sigue intentando.
—¿Puede saltar a otra credencial?
—No lo sé.
—Oda, prepara aislamiento del sector, pero no lo ejecutes.
—Ya.
—Suna, necesito a dos personas de las Abiertas en la sala técnica como observadoras.
—¿Por qué?
—Porque si dentro de una hora alguien dice que hemos usado la alerta para registrar sistemas que no correspondían, quiero que puedan decir exactamente qué hicimos.
Suna tardó medio segundo.
—Bien.
—Suministros.
La administradora levantó la cabeza.
—¿Sí?
—Comprueba qué servicios médicos dependen de esa red por si hay que aislarla.
—Voy.
—Oda, nadie retiene a nadie en el sector.
—Vespera…
—¿Hay motivo?
—No.
—Entonces no.
—De acuerdo.
—Nira.
—Estoy.
—¿Qué necesitas?
—Que dejes de hablarme treinta segundos.
Vespera cerró la boca.
Algunas personas soltaron aire.
Nira trabajó.
Vespera esperó.
No miró a la asamblea.
No quería.
Veinte segundos.
Treinta.
Cuarenta.
Nira levantó la cabeza.
—Está fuera.
—¿Qué significa fuera?
—La conexión se ha retirado después del bloqueo.
—¿Tenemos origen?
—Todavía no.
—¿Se llevó algo?
Nira comprobó.
—No.
Los hombros de Vespera se relajaron.
No mucho.
—Bien.
Suna habló desde unos metros.
—Vespera.
Ella se volvió.
Suna tenía una expresión extraña.
No acusatoria.
Eso habría sido más fácil.
—¿Qué?
—Acabas de repartir seis tareas.
Vespera miró alrededor.
Oda estaba ya coordinando con seguridad.
La administradora de suministros hablaba con el sector médico.
Dos personas de las Abiertas acompañaban a una técnica hacia la sala inferior.
Nira seguía trabajando.
Nadie había preguntado quién tenía derecho a hacer qué.
Lo habían hecho.
Porque ella lo había dicho.
—Había una alerta.
—Sí.
—Teníamos segundos.
—Sí.
—¿Cuál es tu argumento?
Suna la observó.
—No tengo ninguno.
Vespera se volvió hacia la asamblea.
Cuatrocientas personas.
Más pantallas.
Más rostros.
Todas la estaban mirando.
No literalmente todas.
Las suficientes.
La sensación fue física.
No era nueva.
Eso fue lo importante.
No había aparecido con la alerta.
No había aparecido aquel día.
Ya estaba allí cuando resolvía conflictos de agua.
Cuando mediaba entre sectores.
Cuando proponía cuarenta y ocho horas y una sala entera terminaba aceptándolas.
Cuando una administradora la detenía en un corredor para preguntarle qué hacer aunque no tuviera ningún cargo.
Vespera siempre había dicho que aquello no era poder porque nadie estaba obligada a obedecerla.
De repente la distinción le pareció menos limpia.
—No —dijo.
Oda frunció el ceño.
—¿No qué?
Vespera no sabía.
Quizá se lo había dicho a sí misma.
La mujer del sector agrícola seguía de pie.
—Coordinadora temporal —dijo.
No fue una pregunta esta vez.
Vespera la miró.
—He dicho que no.
—Antes de hacer exactamente el trabajo.
La sala produjo un murmullo.
—Una alerta no es una estructura política.
—No.
La mujer señaló alrededor.
—Esto sí.
Vespera sintió irritación.
—No me señales una asamblea como prueba de que necesitamos dejar de ser una.
—Nadie está proponiendo eso.
—Estáis proponiendo que una persona pueda decidir.
Oda habló.
—En situaciones definidas.
—Las situaciones siempre empiezan definidas.
—Y por eso escribimos límites.
Vespera miró a Suna.
Esperaba apoyo.
Suna no se lo dio.
—¿Qué? —preguntó Vespera.
Suna cruzó los brazos.
—Creo que es una mala idea.
Vespera sintió alivio.
—Gracias.
—Y creo que ya lo estás haciendo.
El alivio desapareció.
—No es lo mismo.
—No.
Suna se acercó unos pasos.
—Ahora mismo es peor.
La sala quedó en silencio.
Vespera frunció el ceño.
—Explícate.
—Si aceptas un cargo, podemos escribir qué puedes hacer.
—Y si no.
—Seguiremos mirándote cuando ocurra algo.
Suna señaló a Nira.
—Como hace dos minutos.
—Nadie tenía que obedecer.
—Lo hicieron.
—Podían no hacerlo.
—No lo hicieron.
Vespera abrió la boca.
Suna continuó.
—El poder informal es maravilloso cuando te gusta la persona que lo tiene. No deja registros. No necesita reglas. No se puede revocar porque oficialmente no existe.
La frase entró despacio.
Vespera sintió a Nira mirándola.
No se volvió.
—¿Estás diciendo que debería aceptar?
—Estoy diciendo que no vuelvas a decirme que no tienes poder.
Silencio.
No era una acusación nueva.
Pero era la primera vez que Vespera no encontró una respuesta.
La mujer del sector agrícola habló.
—Podemos hacer que exista durante siete días.
Oda giró.
—Eso no basta.
—Entonces renovable.
Suna negó.
—No automáticamente.
—De acuerdo.
Las propuestas empezaron.
Esta vez Vespera no las dirigió.
Se obligó a no hacerlo.
Siete días.
Competencias limitadas a coordinación de seguridad e interlocución externa.
Nada de acceso a comunicaciones privadas sin autorización específica.
Nada de detenciones.
Nada de registros personales.
Cierre temporal de zonas solo ante amenaza concreta, con revisión posterior.
Toda orden por escrito.
Toda orden pública en un registro accesible.
Revocación en cualquier momento por mayoría simple de una asamblea extraordinaria.
Renovación únicamente mediante nueva votación.
Prohibición de asumir simultáneamente control de sistemas médicos.
Nira añadió esa.
Vespera la miró.
—¿Por qué me miras? —preguntó Nira.
—Nada.
—Bien.
La lista creció.
Con cada límite, el cargo parecía menos peligroso.
Con cada límite, parecía más real.
Vespera sintió una trampa.
No sabía si estaba en la institución o en ella.
—No quiero seguridad bajo mi control directo —dijo.
Oda frunció el ceño.
—Entonces no sirve.
—Quiero capacidad para ordenar medidas concretas. Oda conserva mando operativo.
—No tengo mando.
—Sabes lo que quiero decir.
Oda casi sonrió.
—Interesante.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
Suna levantó la voz.
—¿Aceptas entonces?
La pregunta atravesó la sala.
Vespera miró a Nira.
Fue un error.
Nira no hizo gesto alguno.
No iba a decidir por ella.
Vespera pensó en Lyra.
En el no del examen.
En Iria.
En Voss creando una Comisión.
En la facilidad con la que toda la gente encontraba una razón para decir que aquella vez era diferente.
Después pensó en la alerta.
Treinta segundos.
Nadie sabía qué hacer.
Y ella sí.
La idea le produjo satisfacción.
Eso debería haber bastado para rechazarlo.
No lo hizo.
—Siete días —dijo.
La sala se quedó inmóvil.
—¿Eso es un sí? —preguntó la mujer.
Vespera sintió la palabra antes de pronunciarla.
—Sí.
Hubo ruido.
No aplausos.
Aonia no aplaudía cosas así.
Gracias a todas las diosas que no existían.
Voces.
Objeciones.
Preguntas.
Alguien quería especificar si los siete días eran ciclos completos o hasta determinada hora.
La administradora de suministros intervino para explicar que técnicamente no tenían «diosas oficiales».
Vespera no supo cómo habían llegado allí.
Suna levantó la mano.
—Una cosa más.
La sala volvió a escuchar.
—No la llamemos Coordinadora de Aonia.
Oda soltó aire.
—¿Otra vez el nombre?
—Sí.
Suna miró a Vespera.
—Coordinadora de Contingencia.
Vespera casi protestó.
Después entendió.
No Aonia.
La contingencia.
Una función atada a una circunstancia.
—Bien —dijo.
Suna la señaló.
—Y no cierres tú la reunión.
Vespera sonrió.
—No pensaba hacerlo.
—Mentira.
—Un poco.
La mujer que había moderado formalmente durante las últimas horas se levantó.
—¿Hay objeción a aprobar provisionalmente el mandato tal como está redactado, con revisión textual durante las próximas dos horas y entrada en vigor inmediata?
Varias manos.
—Eso son objeciones —dijo.
—Son correcciones —respondió alguien.
—Entonces dejad de levantarlas como objeciones.
Vespera se sentó.
Por primera vez en horas, nadie la miraba.
Eso debería haber sido un alivio.
Lo fue.
También sintió otra cosa.
Pérdida.
Pequeña.
Ridícula.
La ignoró.
Tres horas después, Vespera descubrió que tener autoridad consistía principalmente en que la gente encontraba formas más rápidas de llegar hasta ti.
Había diecisiete mensajes prioritarios.
Cuatro solicitudes de reunión.
Dos disputas sobre el alcance de su mandato.
Una petición para bloquear una ruta exterior.
Una para no bloquearla.
Y una pregunta de una mujer del sector norte que decía simplemente:
¿Esto significa que ahora tenemos gobierno?
Vespera llevaba treinta segundos mirando aquella frase cuando Nira entró.
Estaban en casa.
O al menos aquello seguía siendo casa aunque hubiera tres terminales abiertas sobre la mesa y Vespera hubiera dejado la comida intacta.
Nira se quitó las botas.
—No.
Vespera levantó la mirada.
—¿Qué?
—La respuesta.
—No sabes qué estaba leyendo.
—«¿Esto significa que ahora tenemos gobierno?»
Vespera miró la terminal.
—¿Cómo?
—Me lo han preguntado cinco veces.
—¿Qué has respondido?
Nira dejó la chaqueta.
—Que se lo pregunten a la Coordinadora.
Vespera le lanzó una mirada.
Nira sonrió.
—Era una broma.
—No.
—Una mala.
—Tampoco.
Nira fue a la cocina.
Vespera cerró el mensaje.
—No tenemos gobierno.
—Bien.
—Tenemos una estructura temporal para resolver problemas concretos.
—Bien.
—Con competencias limitadas.
—Bien.
—Revocable.
—Vespera.
Ella la miró.
Nira había abierto un recipiente de comida.
—¿Qué?
—No estoy discutiendo contigo.
—Parecía.
—Estabas discutiendo contigo.
Vespera se recostó.
—Toda la gente está siendo muy filosófica hoy.
—Es una reacción habitual cuando alguien consigue poder.
—No he conseguido poder.
Nira dejó de mover la cuchara.
Vespera cerró los ojos.
—Sí. Vale.
—Progreso.
—No disfrutes.
—No lo hago.
Nira llevó dos platos a la mesa.
Se sentó.
Durante un rato comieron.
O fingieron.
Vespera tenía la cabeza llena de listas.
Entrada oriental.
Credenciales.
Comisión.
Hellas.
Lyra.
El examen.
Iria.
La nueva autenticación.
Siete días.