Capítulo 14 #2
No lo hizo.
La consejera de Salud siguió.
—¿Podría la Comisión declarar que su biología constituye un riesgo poblacional?
—Con evidencia.
—¿Qué evidencia?
—Eso es exactamente lo que tendría que determinar.
—Entonces la institución puede conseguir competencia alegando que necesita investigar si tiene competencia.
Voss no respondió inmediatamente.
Era una buena objeción.
Las buenas objeciones eran irritantes porque no podían descartarse.
—Añadiremos un umbral previo.
Eline, sentada dos puestos detrás, levantó la vista.
—Ya lo tenemos.
La pantalla mostró el artículo.
La apertura de investigación requerirá indicios verificables de posible impacto hereditario, epidemiológico o reproductivo más allá de una persona.
La consejera leyó.
—«Posible».
—Sí.
—Todo es posible.
—No.
—Legalmente acabas de escribir que sí.
Voss miró a Eline.
Eline no la ayudó.
—«Plausible y verificable» —dijo Voss.
Eline modificó.
…indicios verificables de impacto hereditario, epidemiológico o reproductivo plausiblemente extensible más allá de una persona.
Orpheon soltó aire.
—Eso es peor.
—Es más restrictivo.
—Es más largo.
—No son sinónimos.
—En legislación suelen serlo.
Otra pequeña risa.
Voss dejó que ocurriera.
Después habló.
—Tenemos una población cerrada.
La sala se aquietó.
—Todas las personas vivas en Marte descienden de un número limitado de líneas fundadoras.
Tenemos tecnologías capaces de modificar herencia, fertilidad, longevidad, desarrollo y respuesta inmunitaria.
Algunas pertenecen a instituciones privadas.
Otras están distribuidas. Otras ni siquiera sabemos que existen hasta que aparecen.
Nadie interrumpió.
—Durante generaciones hemos supuesto que la descentralización bastaba para impedir que una sola decisión pudiera afectar al conjunto.
Miró a Orpheon.
—Puede que fuera verdad.
Después a la consejera de Salud.
—Puede que ya no lo sea.
La representante de una Casa menor habló desde una pantalla lateral.
—Eso sigue sin justificar una Comisión permanente.
—No he dicho permanente.
Varias cabezas se volvieron.
Eline también.
Voss no había incluido aquello antes.
—Mandato de cuatro años —dijo.
—El estatuto no dice eso.
—Lo dirá.
—¿Renovable?
Voss pensó.
—Una vez.
—Entonces ocho años.
—Como máximo.
—Eso es prácticamente una generación administrativa.
—No biológica.
Nadie sonrió.
Era una mala broma.
Voss continuó.
—Después se disuelve salvo renovación explícita del Consejo por mayoría cualificada.
—¿Qué mayoría?
—Dos tercios.
La representante de Orpheon la observó.
—Eso sí es un límite.
—Sí.
—¿Por qué no estaba en el texto?
Voss miró las doce páginas.
—Porque lo acabo de pensar.
La respuesta produjo varias expresiones distintas.
Algunas de alarma.
Una de aprobación.
Eline escribió.
Voss sintió algo extraño.
Había pasado la mañana intentando diseñar una institución perfecta.
Aquello era absurdo.
No existían.
Solo podían diseñarse instituciones suficientemente incómodas para quienes quisieran abusar de ellas.
Mara había hecho lo contrario demasiadas veces.
O quizá eso era injusto.
El problema era que Voss ya no sabía cuánto de lo que había heredado de ella eran soluciones y cuánto eran hábitos disfrazados de experiencia.
La puerta lateral se abrió.
Una agente de Seguridad esperó.
No debería haber interrumpido una sesión de Consejo.
Voss la vio.
—Cinco minutos.
La protesta llegó inmediatamente.
—Estamos en sesión.
—Lo sé.
—Entonces…
—Cinco minutos.
No hubo votación sobre eso.
Voss salió.
La directora de Seguridad la esperaba en el corredor.
Llevaba una tableta sin identificación exterior.
—La auditoría preliminar está cerrada.
La Comisión desapareció de su cabeza durante un segundo.
—¿Mara?
—Más grande.
Eso no era una respuesta tranquilizadora.
—Habla.
La directora abrió el informe.
—El número inicial de cuatro mil ochocientos doce permisos heredados era correcto como estimación de autorizaciones formalmente vigentes.
—Ya lo sé.
—No incluía dependencias.
—¿Cuántas?
—Todavía las estamos contando.
Voss la miró.
—Dame una cifra.
—Más de once mil rutas de confianza o dependencia derivada.
Voss no dijo nada.
—Eso no significa once mil credenciales activas —añadió la directora—. Algunas son procesos automáticos. Otras son certificados que autentican sistemas, no personas. Algunas llevan décadas sin utilizarse.
—¿Y cuántas pertenecen a personas retiradas?
—Las trescientas diecisiete que identificamos inicialmente tienen algún acceso indirecto.
—¿Usadas?
—Cuarenta y seis durante el último año.
Voss sintió el pulso en la garganta.
—¿Mara?
La directora hizo una pausa.
Demasiada.
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—Eso es más difícil.
—No debería.
—Lo es.
Voss se quedó inmóvil.
—Explícate.
—Sus credenciales directas prácticamente no aparecen.
—«Prácticamente».
—Dos usos administrativos menores. Uno para archivo personal. Otro para una consulta histórica autorizada.
—Entonces.
—Pero existen cadenas de confianza iniciadas durante su administración que todavía reconocen sistemas que ella ayudó a establecer.
Voss sintió frío.
—¿Puede utilizarlas?
—Algunas.
—¿Cuántas?
—No lo sabemos.
—¿Por qué?
—Porque cerrar una credencial no elimina todas las relaciones que esa credencial creó.
Voss pensó en la casa pequeña.
En la taza.
Personas que conocen a personas.
—¿Diplomacia?
—Sí.
—¿Archivos?
—Sí.
—¿Logística?
—Sí.
—¿Sistemas médicos?
La directora tardó.
—Indirectamente, algunos.
Voss sintió la respuesta como una presión detrás de los ojos.
—¿Hay evidencia de que los utilizara para L-17?
—No.
—¿De que no?
—Tampoco.
Voss respiró.
—Revocadlos.
—No podemos.
Voss la miró.
—¿Perdón?
—No todos de golpe.
—¿Por qué?
—Porque algunos autentican infraestructura esencial.
—Una credencial personal no debería autenticar infraestructura.
—Ya no.
—Pero lo hace.
—Algunas rutas sí.
Voss cerró los ojos un instante.
No necesitaba imaginar la expresión de Mara.
Podía oírla.
Es incómodo.
—¿Qué se rompe?
—No lo sabemos completamente.
—Eso es inaceptable.
—Sí.
—No es una respuesta.
—También.
Voss abrió los ojos.
La directora no parecía disfrutarlo.
Eso ayudó un poco.
—Quiero mapa completo.
—Estamos haciéndolo.
—No. Estabais auditando permisos. Quiero dependencias, relaciones de confianza, certificados antiguos, autorizaciones diplomáticas, canales de emergencia y cualquier sistema que pueda reconocer una identidad retirada como autoridad.
—Eso puede incluir media infraestructura administrativa.
—Entonces auditad media infraestructura administrativa.
—Necesitaré más gente.
—Lo tienes.
—Y cooperación de las Casas.
Voss miró hacia la puerta del Consejo.
Detrás, varias de aquellas Casas estaban intentando impedirle crear la institución que podría obligarlas a cooperar.
—Solicítala.
La directora comprendió.
—Todavía no existe la Comisión.
—Seguridad ya tiene competencias.
—No suficientes para archivos propietarios.
—Entonces solicita consentimiento voluntario.
La directora arqueó una ceja.
—¿Y si dicen que no?
Voss miró la puerta.
—Dentro de una hora quizá tengamos otra respuesta.
La directora cerró la tableta.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—No creo que esto sea solo un problema de la administración anterior.
Voss la observó.
—¿Por qué?
—Porque algunas de las dependencias son más antiguas que Mara Veidt.
—¿Cuánto?
—Cincuenta años. Algunas más.
Voss sintió que algo se desplazaba.
Hasta ese momento había pensado en una mujer.
Otra vez.
Mara.
Una responsable posible.
Una red posible.
Pero el problema podía ser anterior.
Más grande.
Un sistema construido durante generaciones sobre la premisa de que nadie apagaría algo mientras siguiera funcionando.
—Entonces no estamos auditando a Mara.
—No.
—Estamos auditando el Núcleo.
—Sí.
Voss miró el informe.
—Hazlo.
—Será desagradable.
—Eso no es un criterio.
—Para las Casas sí.
—Que presenten una objeción.
La directora guardó la tableta.
Antes de marcharse, dijo:
—La anterior Voss tenía razón en una cosa.
Voss sintió irritación instantánea.
—No necesito saber cuál.
—Los sistemas reales están llenos de excepciones.
—Ya puedes irte.
La directora sonrió.
—Sí, Voss.
Se marchó.
Voss permaneció unos segundos en el corredor.
Después volvió a entrar.
La discusión había empeorado durante su ausencia.
La representante de Orpheon estaba hablando de apropiación tecnológica.
La consejera de Salud discutía sobre privacidad.
Dos integrantes del Consejo habían añadido siete enmiendas.
Una Casa había amenazado con recurrir cualquier estatuto que mencionara «datos hereditarios propietarios».
Voss ocupó su sitio.
—¿Hemos terminado?
Todas hablaron a la vez.
Voss esperó.
—Era una pregunta retórica.
El ruido bajó.
Abrió el estatuto.
—Acepto límite temporal.
Varias miradas se fijaron en ella.
—Cuatro años. Una renovación máxima. Después, extinción salvo mayoría de dos tercios.
Eline añadió el artículo.
—Acepto revisión independiente obligatoria para cualquier acceso a datos biológicos individuales identificables o inferencialmente identificables sin consentimiento.
La consejera de Salud asintió.
—Acepto publicación anual de todas las investigaciones abiertas, salvo datos personales.
Otra modificación.
—Acepto que la Comisión no pueda ordenar intervención física sobre ninguna persona por motivos exclusivamente poblacionales.
Orpheon la estudió.
—¿Y qué no aceptas?
Voss levantó los ojos.
—Que las Casas tengan derecho de veto sobre una investigación porque afecta a tecnología propietaria.
Silencio.
—Entonces no habrá acuerdo.
—Puede.
—Kestrel tampoco aceptará eso.
Voss pensó en Amara.
En el contrato que probablemente ya había ofrecido a Lyra.
En su manera de decir que un cuerpo podía ser hermoso, interesante y científicamente valioso sin fingir que esas categorías estaban separadas.
—Kestrel puede votar como todas.
Orpheon sonrió.
—Eso te lo recordaré.
—Hazlo.
La consejera de Salud volvió al punto principal.
—Quiero una respuesta antes de votar.
—Pregunta.
—Si mañana Lyra Vale comunica que no quiere ninguna relación con el Núcleo, ¿qué hará la Comisión?
Voss miró el estatuto.
Todo estaba allí.
Las palabras.
Los límites.