Capítulo 13 #3
No de forma dramática.
No hubo grito.
Maela simplemente dejó de mirarla como antes.
Serah lo sintió.
—Bien —dijo Maela.
Se acercó a la terminal.
Introdujo su credencial.
Serah frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Maela abrió las opciones de exportación.
—Copiarlo.
Serah dio un paso.
—Has dicho…
—Sé lo que he dicho.
—No entiendo.
—No confío en las Custodias lo suficiente como para dejar una sola copia.
Serah no habló.
Maela seleccionó los documentos.
Censos.
Anexos médicos.
Genealogías.
Versiones sucesivas de los textos fundacionales.
Todo.
—Maela.
—¿Qué?
—No tienes que hacerlo.
Maela la miró.
Había dolor.
Y algo más duro.
—Ese es exactamente el problema contigo.
Serah sintió el golpe.
Maela continuó seleccionando.
—Siempre piensas que la decisión peligrosa tiene que ser tuya.
—No.
—Sí.
—No quería que…
—Ya sé lo que querías.
Maela conectó una unidad de almacenamiento Custodial.
La terminal mostró:
EXPORTACIÓN NO AUTORIZADA FUERA DE HELLAS
REQUERIDA JUSTIFICACIÓN DE EMERGENCIA
Maela escribió:
RIESGO DE PÉRDIDA O RECLASIFICACIÓN DE EVIDENCIA HISTÓRICA RELEVANTE PARA CONTINUIDAD.
Serah la observó.
—Eso queda firmado con tu nombre.
—Sí.
—Pueden retirarte el cargo.
—Sí.
—Maela.
—No me protejas ahora.
Serah cerró la boca.
Maela autorizó.
La copia comenzó.
3 %.
7 %.
11 %.
Serah no sabía qué sentir.
Alivio.
Miedo.
Amor.
Vergüenza.
Todas parecían posibles.
—Gracias —dijo.
Maela no la miró.
—No lo hago por ti.
Serah sintió la frase.
—Lo sé.
—Tampoco contra las Custodias.
—Lo sé.
—Lo hago porque los documentos son reales y deben seguir existiendo mientras averiguamos qué significan.
—Sí.
Maela la miró entonces.
—Y porque tenías razón en una cosa.
Serah esperó.
—Una sola institución no debería poder hacer desaparecer esto.
Serah sintió algo aflojarse.
Muy poco.
—Entonces…
—No.
Maela negó con la cabeza.
—No confundas que haya llegado a la misma decisión con que haya llegado por el mismo camino.
Serah bajó los ojos.
—No.
La copia continuó.
46 %.
—¿Dónde la guardarás?
—Tres copias.
—¿Tres?
—Una Custodial.
—Eso no es independiente.
—No he terminado.
Serah casi sonrió.
No se atrevió.
—Una en el archivo técnico de Aonia, cifrada.
—Nira.
—Sí.
—¿Y la tercera?
Maela dudó.
—Fuera de ambas.
—¿Dónde?
—Todavía no lo sé.
Serah la observó.
Maela vio la expresión.
—No.
—¿Qué?
—No vas a decidirlo.
Serah cerró la boca.
—Bien.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
—Y deja de decir que lo sabes.
Serah soltó una risa.
No pudo evitarlo.
Maela la miró.
Durante un segundo estuvo a punto de sonreír también.
No lo hizo.
Eso dolió más de lo esperado.
73 %.
Serah apoyó una mano sobre la mesa.
Muy cerca de la de Maela.
No la tocó.
Antes lo habría hecho sin pensar.
Ahora la distancia parecía una pregunta.
Maela miró las manos.
Después a Serah.
No se apartó.
Tampoco cerró el espacio.
—¿Me vas a dejar explicarte por qué no te lo dije? —preguntó Serah.
Maela pensó.
—No hoy.
Serah sintió la respuesta.
—Bien.
—Y no significa que no quiera saberlo.
—Bien.
—Significa que ahora mismo probablemente convertirías la explicación en una defensa.
Serah abrió la boca.
La cerró.
—Probablemente.
—Eso.
La copia llegó al 100 %.
EXPORTACIÓN COMPLETA.
Maela retiró la unidad.
La sostuvo en la mano.
Era pequeña.
Ridículamente pequeña para contener algo capaz de partir una sociedad.
Serah miró la pantalla.
Adria Vale seguía allí.
Una mujer muerta hacía siglos.
Una modificación hereditaria.
Dos descendientes.
Una historia que había sobrevivido de forma suficiente para convertirse, con el tiempo, en otra cosa.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Serah.
Maela guardó la unidad.
—Comprobarlo.
—¿Y después?
—Comprobarlo otra vez.
—Maela.
—Y después decidiremos qué puede afirmarse.
Serah escuchó el plural.
Decidiremos.
No supo si era una promesa.
Quizá solo un procedimiento.
—¿Juntas?
Maela permaneció callada.
Serah se arrepintió de preguntar.
Al final Maela dijo:
—En la investigación, sí.
El añadido quedó flotando.
Serah asintió.
—Entiendo.
Maela recogió sus cosas.
Se dirigió hacia la puerta.
—Maela.
Se detuvo.
Serah quería decir demasiadas cosas.
Lo siento.
Tenía miedo.
Pensé que protegerte del conflicto era distinto de decidir por ti.
No quería que fueras Custodia cuando necesitaba que fueras tú.
Ninguna parecía suficiente.
—No era que no confiara en ti.
Maela cerró los ojos.
Solo un instante.
—Eso es lo peor.
Serah sintió frío.
Maela se volvió.
—No me ocultaste esto porque creyeras que iba a traicionarte.
—No.
—Lo hiciste porque decidiste qué verdad podía soportar yo.
Serah no pudo responder.
Maela abrió la puerta.
Después se detuvo otra vez.
No miró atrás.
—Ahora tampoco confío completamente en ti.
Salió.
La puerta se cerró.
Serah permaneció sola.
Durante mucho tiempo no miró los archivos.
Después volvió a abrir la fotografía.
Año once del Silencio.
Adria Vale.
La mujer sonreía hacia alguien que estaba fuera del encuadre.
El lado izquierdo primero.
Serah había pensado que aquel gesto podía ser la pista más importante que había encontrado.
Ahora sabía que no.
La semejanza con Lyra podía ser casual.
La genealogía podía romperse.
Los marcadores podían recombinarse hasta volverse irreconocibles.
Todo eso necesitaba pruebas.
Pero había otra cosa que ya no podía desver.
Antes de que existieran las Puras, había personas modificadas.
Antes de que existieran las Diseñadas, había personas diseñando.
Antes de que las Libres convirtieran la elección en principio, otras generaciones habían tomado decisiones que seguían viviendo en cuerpos que nunca conocerían.
Las tres historias habían empezado antes de que ninguna tuviera nombre.
Serah cerró la imagen.
Por primera vez desde que había recibido los doce marcadores, no sintió ganas de descubrir algo más.
Sintió miedo de tener razón.
* * *