La medida Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Y líneas fundacionales.

—Algunas.

—Cinco de doce.

—Eso no es toda Hellas.

Serah respiró.

—No.

—Ni toda la población fundadora.

—No.

—Ni demuestra que las intervenciones estén presentes hoy.

—No.

—Entonces no conviertas una conclusión probable en una conclusión terminada solo porque te gusta.

Serah sintió el golpe.

—No me gusta.

—Sí.

Serah se quedó inmóvil.

—¿Perdón?

—No te gusta lo que significa.

Maela señaló la pantalla.

—Pero te gusta encontrarlo.

Serah sintió irritación.

—Eso es injusto.

—Probablemente.

La palabra le recordó a Nira.

A Vespera.

A todas las conversaciones de aquella semana que parecían terminar con alguien admitiendo que algo era injusto y diciendo igualmente lo que quería decir.

—Soy historiadora.

—Ya.

—Encontrar una contradicción de esta magnitud…

—Te excita.

Serah se quedó callada.

Maela sostuvo su mirada.

—Intelectualmente.

—Sé lo que querías decir.

—No estoy segura.

Serah apartó la vista.

Porque Maela tenía razón.

Había horror.

Sí.

Miedo.

Sí.

Pero debajo había algo más.

La sensación que la había llevado a elegir aquella profesión.

Una puerta que nadie sabía que estaba allí.

Una frase antigua que cambiaba de significado.

Una mentira que no había sido una mentira cuando empezó.

Quería seguir.

Quería saber.

Eso era verdad.

—No significa que quiera destruir Hellas.

—Nunca he dicho eso.

—Lo estás pensando.

—No.

Maela respiró.

—Estoy pensando que no sé qué harías si descubrieras algo que pudiera hacerlo.

Serah la miró.

—Eso es distinto.

—¿De qué?

—De decir que quieres proteger una mentira.

—No he dicho que quiera protegerla.

—Quieres frenar.

—Quiero comprobar.

—También yo.

Maela soltó aire.

—No de la misma manera.

Silencio.

Serah volvió a la pantalla.

Adria Vale.

Dos descendientes.

Seleccionó la genealogía.

Había restricciones.

Maela desbloqueó sin que Serah lo pidiera.

El árbol apareció.

Incompleto.

Varias ramas truncadas durante los primeros cincuenta años.

Muertes.

Migraciones.

Registros perdidos.

Después una línea continuaba.

Vale.

Vale.

Otro apellido.

Después de nuevo Vale.

El corazón de Serah se aceleró.

—No.

Maela se acercó.

—¿Qué?

Serah siguió la rama.

Un nodo.

Otro.

Una unión con una familia registrada décadas después en los movimientos hacia el norte.

Después una migración.

Hacia territorios que acabarían fuera de Hellas.

—Esto sale de nuestra población.

—¿Cuándo?

—Año sesenta y ocho.

—Eso es después de la fundación Pura.

—Sí.

La rama continuaba.

Fragmentada.

Una descendiente aparecía en un registro de intercambio médico.

Después nada durante dos generaciones.

Serah buscó coincidencias por apellido.

Demasiadas.

—No podemos seguir por nombres —dijo.

—Ya.

—Necesitamos marcadores.

Maela la miró.

Serah abrió los doce que había recibido.

Comparó.

El sistema tardó varios segundos.

Primer marcador.

Sin correspondencia.

Segundo.

Sin correspondencia.

Tercero.

COINCIDENCIA PARCIAL.

Las manos se le enfriaron.

Abrió.

El marcador aparecía asociado a una de las intervenciones de Adria Vale.

No era idéntico.

Habían pasado siglos.

Recombinación.

Deriva.

Cruces.

Pero estaba allí.

—Maela.

—Lo veo.

Serah añadió otro.

Nada.

Otro.

Coincidencia.

Otro.

Nada.

Después el marcador que pertenecía a su propia línea.

El sistema procesó.

COINCIDENCIA HISTÓRICA PROBABLE.

Serah dejó de respirar.

Maela leyó.

—Tu marcador.

—Sí.

—¿Con Vale?

—No directamente.

Abrió la rama.

Otra persona.

Otra fundadora modificada.

Una intervención distinta.

No era una historia única.

Eso fue lo que la hizo comprender.

Serah se sentó.

—No es Lyra.

—¿Qué?

—La pregunta estaba mal.

Señaló la fotografía de Adria.

—No estamos buscando una antepasada de Lyra.

—Entonces ¿qué?

Serah abrió las coincidencias.

Una vinculada a Vale.

Otra a una línea que siglos después aparecería dentro de su propia genealogía.

Otra relacionada con registros que las Diseñadas consideraban variantes propias.

Las fronteras no coincidían con las fechas.

—Estamos buscando una población —dijo.

Maela permaneció en silencio.

Serah sintió que las piezas se movían demasiado rápido.

—Antes de las Puras.

Otro archivo.

—Antes de las Casas.

Otro.

—Antes de que Aonia existiera como algo más que asentamientos.

Maela la observó.

—La población fundadora.

—Sí.

Serah abrió el censo del año once.

Treinta y ocho intervenciones hereditarias.

Personas viviendo juntas.

Teniendo hijas.

Sobreviviendo.

No categorías.

No todavía.

—Todas vienen de ahí —dijo.

—Eso ya lo sabíamos.

—No de esta manera.

Serah miró la pantalla.

—No había Puras que pudieran estar sin modificar porque todavía no existían Puras.

Maela se tensó.

—Cuidado.

—No.

Serah se volvió hacia ella.

—Eso sí podemos decirlo.

Maela no respondió.

—Las intervenciones hereditarias preceden a Hellas. Algunas personas que después se convirtieron en fundadoras de nuestras líneas ya las tenían.

—Sí.

La palabra salió difícil.

—La pureza absoluta…

Serah se detuvo.

Maela la miró.

Serah terminó:

—…no existió.

El silencio duró mucho.

Maela se sentó.

Esta vez no discutió.

Serah esperaba sentirse victoriosa.

No ocurrió.

Pensó en su madre.

En su abuela.

En las historias que le habían contado.

Ninguna le había dicho:

Somos superiores.

No de forma tan simple.

Le habían dicho:

Alguien tiene que recordar dónde empezamos.

Alguien tiene que impedir que el miedo de una generación diseñe el cuerpo de la siguiente.

No todo lo que puede hacerse debe hacerse.

Serah seguía creyendo algunas de esas cosas.

Eso era lo peor.

El descubrimiento no convertía todo en mentira.

Solo eliminaba la comodidad de creer que la historia siempre había estado de su lado.

—Tenemos que copiarlo —dijo.

Maela levantó la cabeza.

—No.

—¿Qué?

—Todavía no.

—El acceso se cierra en menos de dos horas.

—Y el material está en Hellas.

—Restringido.

—No destruido.

—Puede reclasificarse.

Maela frunció el ceño.

—¿Por quién?

—Las Custodias.

Maela la miró como si la hubiera golpeado.

Serah supo inmediatamente lo que había hecho.

—No quería decir…

—Sí querías.

—No así.

—Pero lo has dicho.

Serah se levantó.

—Maela, si informamos de esto antes de tener una copia independiente…

—¿Independiente dónde?

—Aquí.

—En Aonia.

—Sí.

—Sacando archivos históricos restringidos de Hellas sin autorización.

—Tú tienes autorización de acceso.

—De acceso.

—Podrías autorizar una copia de trabajo.

—No para almacenamiento externo.

Serah apretó la mandíbula.

—Entonces solicítalo.

—¿A quién?

—A tus superiores.

Maela soltó una risa breve.

—Mis superiores son exactamente las personas que acabas de insinuar que podrían ocultarlo.

—He dicho que podrían reclasificarlo.

—Qué diferencia tranquilizadora.

Serah se pasó una mano por el cabello.

—No podemos dejar esto dependiendo de una sola institución.

Maela se quedó quieta.

—Eso sí lo entiendo.

—Entonces.

—Pero tampoco podemos decidir nosotras dos que siglos de archivos de continuidad dejan de estar sujetos a reglas porque hemos encontrado algo importante.

—Las reglas se escribieron alrededor de una historia falsa.

—No lo sabemos todavía.

—Maela.

—Sabemos que parte de la población fundadora tenía modificaciones hereditarias. Sabemos que algunas líneas que después se consideraron Puras descienden de ellas.

—Eso basta.

—¿Para qué?

Serah abrió la boca.

No respondió.

Maela se levantó.

—Esa es la pregunta.

—Para investigar.

—Ya estamos investigando.

—Sin depender de que alguien nos cierre la puerta.

—Entonces pide autorización.

—Y si dicen que no.

Maela la miró.

—Ah.

Serah sintió otra vez aquella presión bajo el esternón.

—¿Qué?

—Ahí estás tú.

—No empieces.

—¿Y si dicen que no?

Serah no respondió.

Maela esperó.

—Seguiría investigando.

—Sí.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad.

—Esa es la verdad.

Maela caminó hasta la terminal.

—¿Desde cuándo?

Serah sintió cansancio.

—Otra vez no.

—Sí.

—Ya te he dicho que encontré la fotografía antes de venir.

—No te he preguntado por la fotografía.

Maela abrió el historial de consultas.

Serah reaccionó.

—No.

Demasiado tarde.

La terminal mostraba accesos.

Su identificación.

Fechas.

Búsquedas.

Marcadores.

Registros médicos antiguos.

Consultas genealógicas.

Maela leyó.

Una.

Otra.

Otra.

Su expresión fue cambiando.

No mucho.

Lo suficiente.

—Diecinueve días —dijo.

Serah no habló.

Maela volvió hacia ella.

—Llevas diecinueve días investigando esto.

—No continuamente.

Maela soltó aire por la nariz.

—Eso es lo que tienes.

—Maela…

—En el transporte te pregunté desde cuándo.

—No podía contártelo.

—Podías decir diecinueve días.

—No sin explicar por qué.

—Podías decir «llevo más tiempo del que puedo explicar».

—Eso habría sido…

—Verdad.

Serah cerró los ojos.

—Sí.

—Y elegiste no hacerlo.

—Sí.

La palabra costó.

Maela volvió a mirar el historial.

—¿Cuándo encontraste tu propio marcador?

Serah no respondió.

—¿Primer día?

Silencio.

—¿Segundo?

Serah apartó la vista.

Maela comprendió.

—Primer día.

Serah sintió vergüenza.

No por haber investigado.

Por la forma.

—Necesitaba comprobarlo.

—Durante diecinueve días.

—No sabía qué significaba.

—Y ahora sí.

—Ahora sé más.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Maela se rió.

Sin humor.

—Estamos aprendiendo mucho sobre diferencias esta semana.

Serah la miró.

—No quería ponerte en una posición imposible.

—Así que decidiste por mí.

La frase fue tranquila.

Serah pensó en Lyra.

En la sala.

Si vais a hablar de mi cuerpo, lo haréis cuando yo esté delante.

Pensó en Iria, aunque apenas la conocía.

En todo lo que había oído.

—No es lo mismo.

Maela cerró los ojos.

Serah sintió horror inmediato.

—No.

—¿Qué?

—No digas eso.

Serah se quedó callada.

Maela abrió los ojos.

—No me hagas escuchar esa frase de ti.

—Tienes razón.

—No sé si la tengo.

—La tienes.

—Eso tampoco lo arregla.

Serah asintió.

No había nada que decir.

Durante unos segundos solo se oyó la ventilación.

La pantalla seguía abierta.

Adria Vale.

Treinta y ocho personas modificadas.

Cinco líneas fundacionales.

Diecinueve días.

Maela miró la hora.

17:11.

Después la terminal.

Después a Serah.

—¿Qué vas a hacer?

Serah respondió con honestidad porque ya no podía permitirse otra cosa.

—Copiarlo.

Maela se quedó inmóvil.

—Aunque te diga que no.

Serah tardó.

—Sí.

La respuesta pareció terminar algo.