Capítulo 12
La oferta
Amara Kestrel pidió permiso para sentarse.
Lyra estuvo a punto de reírse. Últimamente la palabra permiso aparecía en lugares extraños.
—Es un banco público —dijo.
Amara miró el banco.
Después a ella.
—Eso no responde.
Lyra dejó de sonreír.
—Sí.
Amara se sentó.
No demasiado cerca.
Tampoco lejos.
Había elegido bien la distancia.
Eso la irritó.
Estaban en una de las terrazas exteriores de Aonia, una plataforma excavada en la ladera y protegida por una cubierta transparente que convertía el paisaje marciano en algo parecido a una imagen detrás de un cristal.
Al otro lado se extendían las líneas de cultivo, los colectores solares y las rutas que conectaban los distintos sectores.
Más lejos, solo piedra.
Lyra había ido allí porque normalmente nadie la buscaba.
Amara la había encontrado en menos de veinte minutos.
—¿Cómo sabías dónde estaba?
—No lo sabía.
—Entonces eres muy afortunada.
—No especialmente.
Amara apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Pregunté dónde podía ir alguien que quisiera estar sola sin abandonar Aonia.
—Eso es bastante parecido a saber dónde estaba.
—Había cuatro opciones.
—¿Probaste las cuatro?
—Esta era la segunda.
Lyra volvió a mirar el paisaje.
—Eso hace que me sienta mucho mejor.
—No era el objetivo.
—¿Cuál era?
—Hablar contigo.
—Toda la gente quiere hablar conmigo.
—Sí.
—Empieza a perder valor como oferta.
Amara sonrió.
—Puedo irme.
Lyra la miró.
Amara no parecía estar utilizando la frase como estrategia.
Eso también era irritante.
—No.
—¿No quieres que me vaya o no quieres que hable?
—Qué Diseñada.
—Eso no responde.
Lyra soltó aire.
—Quédate.
Amara asintió.
Durante un rato ninguna habló.
Lyra agradeció que no intentara llenar el silencio.
Era extraño.
Amara parecía una persona que llenaría espacios por instinto.
No parecía nerviosa; simplemente podía hacerlo.
—¿Sabes lo de Iria? —preguntó Lyra.
La sonrisa desapareció.
—Sé parte.
—¿Qué parte?
—Que su clave aparece en la extracción inicial.
—¿Vespera te lo dijo?
—No.
—Nira.
—Tampoco.
Lyra se volvió completamente hacia ella.
—Entonces ¿quién?
Amara levantó una mano.
—Antes de que te enfades, no tengo acceso secreto a Aonia.
—Eso suena exactamente como algo que diría alguien con acceso secreto a Aonia.
—Justo.
Amara dejó caer la mano.
—Voss informó a Kestrel de que la hipótesis de una operación directa del Núcleo estaba debilitándose. No me dio el nombre.
—Pero lo sabes.
—Lo deduje de cómo te miró Iria ayer cuando salió de la sala técnica.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Hablaste con ella?
—No.
—¿Por qué?
Amara la observó.
—Porque no tenía derecho.
Lyra sintió una punzada.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decir exactamente la cosa correcta.
Amara ladeó la cabeza.
—¿Preferirías que mintiera?
—Ahora mismo no estoy segura.
—Eso parece agotador.
—Lo es.
Amara volvió a mirar el paisaje.
—No sé qué hizo exactamente Iria.
—Sacó mis datos.
—Sí.
—Porque estaba preocupada.
Amara no respondió.
—Puedes decirlo —dijo Lyra.
—¿Qué?
—Que fue estúpido.
—No creo que fuera estúpido.
Lyra giró hacia ella.
—Bien. Ahora sí puedes irte.
Amara no se movió.
—He dicho que no fue estúpido. No que estuviera bien.
—Ah.
—Son preguntas distintas.
Lyra pensó inmediatamente en Nira.
Hacer lo correcto y tener derecho a hacerlo no son exactamente la misma pregunta.
O algo parecido.
Sus madres llevaban años coleccionando frases que resultaban útiles demasiado tarde.
—Explícate —dijo.
Amara se tomó unos segundos.
—Si Iria observó algo que le preocupaba y tenía conocimientos para investigar, investigar no era una reacción estúpida.
—Sin preguntarme.
—Eso es lo que estuvo mal.
—Suena muy sencillo cuando lo dices tú.
—Muchas cosas suenan sencillas cuando todavía no tienes que pagar su coste.
Lyra la miró.
Amara no añadió nada.
—¿Has hecho algo así? —preguntó.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Lyra no esperaba eso.
—¿A quién?
—No voy a contarte la intimidad de otras personas para demostrarte que respeto la tuya.
Lyra abrió la boca.
La cerró.
—Eso ha sido molesto.
—Lo sé.
—¿Lo haces a propósito?
—A veces.
Lyra miró sus manos.
Había pasado una noche entera sin dormir.
Después había dormido casi diez horas y se había despertado más cansada.
Iria no había escrito.
Había cumplido.
Eso dolía de una forma particularmente ofensiva.
—¿Por qué querías hablar conmigo?
Amara apoyó la espalda contra el banco.
—Porque ayer dijiste que no.
—Sí.
—Y quiero saber qué parte era no.
Lyra sintió el enfado antes de responder.
—Todas.
—Bien.
—¿Bien?
—Entonces no voy a proponerte el examen otra vez hoy.
Lyra la estudió.
—¿Y mañana?
—Depende.
—¿De qué?
—De si quieres que lo haga.
—Eso parece una forma muy larga de intentar que diga que sí.
—Puede ser.
Amara no apartó la mirada.
—Pero también puede ser una forma de asegurarme de que si vuelvo a preguntar, la pregunta sigue siendo legítima.
Lyra sintió que algo dentro de ella se movía.
No confianza.
Algo más incómodo.
Interés.
—Eres buena en esto.
—¿En qué?
—En parecer menos peligrosa de lo que eres.
Amara sonrió.
—No intento parecer menos peligrosa.
—Eso es probablemente parte del problema.
—Probablemente.
Lyra se fijó en sus manos.
Dedos largos.
Una cicatriz muy fina junto al pulgar izquierdo.
Nunca había visto una cicatriz en una Diseñada.
O quizá nunca se había fijado.
—¿Qué te pasó ahí?
Amara siguió su mirada.
—Una herramienta.
—¿No os reparáis esas cosas?
—Podría.
—¿Y por qué no?
—Me gusta.
Lyra frunció el ceño.
—¿La cicatriz?
—Sí.
—Eso parece muy poco eficiente.
—Soy una decepción cultural.
—Empiezo a sospecharlo.
Amara levantó la mano.
—¿Puedo enseñarte algo?
Lyra tensó los hombros.
—¿Qué?
—Sobre ti.
La respuesta produjo exactamente el efecto que Amara probablemente sabía que produciría.
Curiosidad.
Lyra la odió un poco por eso.
—¿Necesitas tocarme?
—No para lo primero.
—¿Y para lo segundo?
—Sí.
—Qué bien organizado.
—Intento serlo.
Lyra miró hacia el corredor.
No había nadie cerca.
—Lo primero.
Amara se volvió ligeramente hacia ella.
No sacó una tableta.
No abrió ningún archivo.
Solo miró.
Lyra estuvo a punto de cruzarse de brazos.
No lo hizo.
—Tu hombro derecho queda unos milímetros más bajo cuando estás relajada —dijo Amara.
Lyra bajó la vista.
—Eso suena como una postura mala.
—Normalmente lo sería.
—¿Y en mí?
—Compensas al caminar.
—¿Cómo sabes cómo camino?
—Te he visto caminar.
—Eso ha sonado peor de lo que pretendías.
—Sí.
Amara no pareció avergonzada.
—Cuando avanzas, tu pelvis rota ligeramente menos que la media de Aonia, pero la movilidad lumbar es mayor.
Lyra frunció el ceño.
—¿Eso es bueno?
—No es bueno ni malo.
—Esa respuesta siempre significa que lo siguiente será raro.
—Probablemente.
Amara señaló su propio torso.
—Tu cuerpo distribuye carga de una forma que yo esperaría ver en alguien diseñada para una gravedad más alta.
Lyra dejó de sonreír.
—¿La Tierra?
—No necesariamente.
—Pero podría.
—Podría.
El paisaje detrás del cristal pareció cambiar.
No físicamente.
Lyra miró sus manos otra vez.
—¿Eso estaba en las imágenes?
—Parte.
—¿Y lo demás?
—Lo veo.
—Solo mirándome.
—Sí.
—Eso sigue siendo inquietante.
—También me lo han dicho antes.
—Seguro que muchas veces.
—No tantas como debería.
Lyra se tocó el hombro derecho.
—¿Qué más?
Amara la observó.
—¿Quieres saberlo?
La pregunta la detuvo.
Era pequeña.
Ridículamente pequeña.
Pero después de Iria, parecía enorme.
—Sí.
Amara continuó.
—Tus clavículas son ligeramente más largas de lo esperable para tu altura.
—Tengo muchas cosas inesperadas para mi altura.
—Sí.
—Eso ha sonado casi admirativo.
—Lo era.
Lyra sintió calor en la cara.
Lo ignoró.
Amara también.
O fingió hacerlo.
—La inserción muscular del cuello y los hombros es distinta —continuó—. No extrema. Solo… eficiente.
—Has vuelto a esa palabra.
—Me gusta.
—Ya lo había notado.
—Y tienes una caja torácica más profunda que la media.
Lyra miró hacia abajo.
—Eso sí puedes verlo.
—Sí.
—Sin tecnología.
—Sí.
—Entonces las Diseñadas también miráis a la gente como el resto.
—Constantemente.
—Qué decepción.
Amara sonrió.
—¿Quieres que pare?
Lyra tardó.
—No.
La sonrisa desapareció.
Amara asintió.
—Hay algo más que no puedo mostrarte sin tocarte.
Lyra sintió otra vez el calor.
Esta vez no pudo fingir que era solo irritación.
—¿Dónde?
Amara señaló su propio hombro.
—Aquí.
Lyra miró.
—¿Qué harías?
—Pondría dos dedos junto a la articulación mientras levantas el brazo.
—Eso es todo.
—Sí.
—¿Y qué vas a descubrir sobre el futuro de Marte con mis hombros?
Amara soltó una risa.
—Probablemente nada.
—Eso sí es nuevo.
—No todo tiene que servir.
La frase sorprendió a Lyra.
Amara extendió la mano.
No hacia ella.
La dejó a medio camino.
Esperando.
Lyra miró los dedos.
Después su rostro.
—Sí.
Amara se acercó un poco.
Solo lo necesario.
Apoyó dos dedos en la parte anterior de su hombro.
El contacto fue ligero.
Clínico.
Eso duró aproximadamente medio segundo.
Después Lyra se dio cuenta de que clínico no era lo mismo que neutral.
Amara tenía la mano caliente.
—Levanta el brazo —dijo.
Lyra obedeció.
Amara siguió el movimiento con los dedos.
No apretó.
—Otra vez.
Lyra bajó.
Subió.
La mirada de Amara estaba en la articulación.
No en su cara.
Lyra deseó que la mirara a la cara.
Después deseó no haberlo deseado.
—¿Y?
Amara retiró la mano inmediatamente.
—La cabeza humeral se desplaza menos de lo esperado.
—No sé qué significa.
—Estabilidad.
—Otra palabra que suena buena.
—Aquí sí.
—¿Natural?
—No sé qué significa esa palabra en este contexto.
Lyra sintió que el momento cambiaba.
—Sabes exactamente lo que significa.
—Sé qué quieres preguntarme.
—¿Y?
Amara se apoyó otra vez en el banco.
—No puedo decirte si alguien diseñó esa característica.
—Pero crees que sí.
—Creo que tu cuerpo contiene soluciones que una Casa estaría orgullosa de haber producido.
Lyra sintió algo desagradable.
—Qué romántico.
—No pretendía que lo fuera.
—Bien.
Amara la observó un instante.
—Pero también creo que eso no demuestra que alguien te haya producido.
Lyra volvió a mirar Marte.
—A veces habláis como si las personas fueran resultados.
—A veces lo hacemos.
—Tú también.
—Sí.
—¿Te molesta?
Amara pensó.