Capítulo 11 #2
Lyra se dio cuenta de que había defendido a Iria.
La idea le produjo más enfado.
—No la defiendas ahora.
—No la estaba…
—Ya sé.
Lyra se frotó los ojos.
Estaba cansada.
Muchísimo más de lo que había estado después de la reunión.
—¿Por qué no me preguntaste?
Iria respondió como si llevara toda la conversación esperando la oportunidad de hacerlo mejor.
—Porque pensé que tú no tenías los conocimientos para evaluar el riesgo.
Lyra dejó caer las manos.
—Eso ha sonado…
—No.
—Lyra.
—No lo arregles.
Iria permaneció quieta.
—Déjalo exactamente así.
Silencio.
—Pensaste que yo no sabía suficiente sobre mi propio cuerpo para decidir si quería que alguien lo estudiara.
Iria respiró lentamente.
—Sí.
—Y tú sí.
—Pensé que sí.
—¿Todavía lo piensas?
Iria tardó.
—Sé cosas que tú no sabes.
Lyra sintió el golpe.
Iria continuó antes de que pudiera responder.
—Y tú sabes cosas que yo no sé.
Lyra calló.
—Ese fue el error —dijo Iria.
—Hubo varios.
—Sí.
Por primera vez pareció perder algo de control.
Se inclinó hacia delante.
—Pero ese fue el primero. Pensé que como entendía mejor una parte técnica, podía decidir qué riesgo merecía la pena correr.
Lyra la observó.
—Eso es exactamente lo que hacen las Diseñadas.
Iria palideció apenas.
—Sí.
La respuesta desarmó parte del golpe.
Lyra no quería que lo hiciera.
—¿Y qué hago con eso?
—No lo sé.
—Siempre sabes cosas.
—No esta.
—Conveniente.
—No.
Iria levantó la vista.
Había lágrimas en sus ojos.
Eso fue intolerable.
Lyra apartó la mirada.
No quería verlas.
Porque todavía conocía el impulso de acercarse cuando Iria lloraba.
Porque el amor seguía haciendo cosas estúpidas aunque la confianza estuviera rota.
—No llores.
—No puedo decidirlo.
Lyra soltó una risa amarga.
—Mira.
Iria se cubrió la boca.
La risa que se le escapó fue casi un sollozo.
Lyra sintió que algo dentro se partía de manera mucho menos elegante de lo que habría esperado.
Durante unos segundos ninguna habló.
Después Iria dijo:
—Lo siento.
Lyra miró el suelo.
—Ya.
—No sé qué otra cosa decir.
—No hay una frase.
—Lo sé.
—No puedes explicarlo hasta que deje de doler.
—Lo sé.
—Deja de saberlo todo.
Iria respiró.
—Estoy intentando.
Lyra levantó la cabeza.
Se miraron.
Había dormido con aquella mujer.
Había aprendido qué temperatura prefería por la noche.
Sabía que Iria dejaba las tazas en lugares imposibles cuando estaba concentrada.
Sabía qué parte de la espalda se le tensaba primero después de horas frente a una terminal.
Sabía que odiaba el cilantro cultivado en Aonia porque insistía en que sabía distinto al del Núcleo.
Sabía cómo respiraba cuando estaba a punto de besarla.
Y, al parecer, no sabía qué haría cuando tuviera miedo.
Eso era lo que más dolía.
—El problema no es que me vieras —dijo Lyra.
Iria frunció el ceño.
—Entonces ¿qué?
Lyra sintió que por fin encontraba el centro.
—Que decidiste quién más podía verme.
Iria se quedó inmóvil.
Lyra continuó.
—No sé quién interceptó los datos.
—Yo tampoco.
—No sabías que iba a pasar.
—No.
—Te creo.
Iria pareció respirar por primera vez en varios segundos.
Lyra odió tener que continuar.
—Pero tú abriste la puerta.
La respiración se detuvo.
—Sí.
—No porque quisieras hacerme daño.
—No.
—No porque quisieras venderme.
—No.
—Ni porque quisieras convertir esto en política.
—No.
Lyra miró sus manos.
—Lo hiciste porque estabas segura de que sabías qué era mejor.
Silencio.
Iria no pudo negar aquello.
—Sí.
La palabra casi no se oyó.
Lyra asintió.
Ahora sabía.
No ayudaba.
Se levantó.
Iria también.
—Necesito que te vayas.
Iria cerró los ojos.
Una vez.
—Vale.
Esta vez Lyra no se enfadó con la palabra.
Iria caminó hacia la puerta.
Se detuvo antes de abrir.
—¿Quieres que deje de escribirte?
El pecho de Lyra se apretó.
—Sí.
Iria asintió.
—¿Quieres que no venga?
—Sí.
Otra pausa.
—¿Quieres que…?
—No me hagas decidir todo ahora.
Iria bajó la mirada.
—Tienes razón.
Lyra tuvo ganas de decirle que no utilizara esa frase tampoco.
No tenía energía.
Iria abrió la puerta.
—Te quiero.
Lyra cerró los ojos.
Aquello sí fue cruel.
Era verdad.
—Vete.
La puerta se cerró.
Lyra permaneció de pie.
Esperó.
No sabía qué.
Que Iria volviera.
Que no lo hiciera.
Que alguien llamara.
Que el mundo necesitara algo más de ella.
Nada ocurrió.
Se sentó en el suelo.
La chaqueta seguía donde había caído al entrar.
La miró durante un rato.
Después la recogió.
La dobló.
La dejó sobre la silla.
No lloró inmediatamente.
Primero fue a la puerta y comprobó que estaba cerrada.
Después volvió a la cocina.
Bebió agua.
Apagó la terminal.
Respondió con un no al mensaje de Vespera preguntando si podía verla.
Respondió lo mismo al de Nira.
Se quitó las botas.
Una.
Después la otra.
Hizo todas las cosas pequeñas que una persona podía hacer cuando algo grande había ocurrido y ninguna de ellas servía para cambiarlo.
Al final se tumbó en la cama.
El lado de Iria estaba vacío.
Lyra se giró hacia la pared.
Entonces sí lloró.
No mucho.
No de una manera bonita.
Y cuando terminó, la habitación seguía igual.
Iria seguía fuera.
Lyra seguía dentro.
Por primera vez desde que había empezado todo, nadie la estaba mirando.
Descubrió que tampoco sabía qué hacer con eso.
* * *