La medida Capítulo 11
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Capítulo 11

Lo que hizo Iria

Iria estaba sentada en el suelo delante de la puerta de Lyra.

Eso consiguió enfadarla más. Sabía exactamente dónde sentarse para que Lyra pudiera pasar si quería.

No bloqueaba la entrada.

No esperaba de pie.

No había llevado nada.

Ni comida.

Ni una disculpa envuelta en un objeto.

Solo estaba sentada con la espalda contra la pared y las manos apoyadas sobre las rodillas.

Esperando.

Lyra se detuvo a seis metros.

Iria levantó la cabeza.

Ninguna habló.

El corredor residencial estaba casi vacío a aquella hora. Desde algún lugar llegaba el sonido de una herramienta neumática y, más lejos, alguien discutía sobre un sistema de riego.

Vida normal.

Lyra llevaba todo el camino desde la reunión intentando recordar cómo se hacía eso.

Vida normal.

—Nira me dijo que sabías —dijo Iria.

Lyra siguió quieta.

—¿Qué parte?

Iria bajó la mirada.

—La clave.

—Entonces no me lo ha contado todo.

Iria tardó demasiado en responder.

Aquello fue suficiente.

Lyra caminó hasta la puerta.

Iria se levantó.

No intentó tocarla.

También consiguió enfadarla.

Porque lo estaba haciendo todo bien ahora.

Demasiado tarde.

Lyra abrió.

Entró.

Dejó la puerta abierta.

Iria permaneció fuera.

Lyra se volvió.

—¿Vas a quedarte ahí?

—No sabía si querías que entrara.

—Yo tampoco.

Iria esperó.

Lyra quiso gritar.

—Entra.

Iria entró.

Cerró la puerta.

—No con llave.

Iria retiró inmediatamente la mano del control.

—Vale.

Lyra dejó la chaqueta sobre una silla.

Falló.

Cayó al suelo.

No la recogió.

Iria miró la chaqueta.

Después a Lyra.

Tampoco la recogió.

Aquel detalle casi fue peor que todo lo demás.

—¿Quieres sentarte? —preguntó Iria.

Lyra soltó una risa seca.

—Es mi casa.

Iria bajó los ojos.

—Sí.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Hablar como si cualquier frase pudiera romper algo.

Iria la miró.

—Creo que puede.

Por primera vez desde que la había visto en el corredor, Lyra no tuvo una respuesta inmediata.

Fue hasta la cocina.

Abrió un armario.

No quería nada.

Lo cerró.

Abrió otro.

Tampoco.

—¿Cuándo?

Iria no pidió aclaración.

—Hace cuatro meses.

Lyra se quedó de espaldas a ella.

Cuatro meses.

Intentó colocar la cifra en su memoria.

Cuatro meses antes habían ido juntas al borde occidental para ver una tormenta que nunca llegó.

Cuatro meses antes Iria todavía dormía a veces con un brazo sobre su cintura como si el resto del mundo pudiera desaparecer y ella siguiera sabiendo dónde estaba.

Cuatro meses antes Lyra no era L-17.

Aunque, al parecer, ya podía convertirse en eso.

—¿Qué hiciste?

—Consulté tus datos.

Lyra giró.

—Eso ya lo sé.

Iria asintió.

—Utilicé un canal clínico del Núcleo.

—¿Por qué?

Iria tardó.

—Porque estaba preocupada.

—Eso tampoco es una respuesta.

—Lo sé.

Lyra apoyó las manos en la encimera.

—Inténtalo otra vez.

Iria respiró.

—Había cosas que no entendía.

Lyra sintió la primera punzada de algo distinto al enfado.

—¿Qué cosas?

—Tu fisiología.

—Qué concreto.

—Ibas a odiar cualquier forma de decirlo.

—Sí.

—No estoy intentando evitar eso.

Lyra cruzó los brazos.

—Entonces di la verdad.

Iria la miró directamente.

—Me daba miedo que hubiera algo que aquí no estuvieran viendo.

Silencio.

Lyra notó que su cuerpo reaccionaba antes que ella.

Una rigidez en el cuello.

—¿Algo malo?

—Sí.

—¿Como qué?

Iria negó con la cabeza.

—No lo sabía.

—Entonces consultaste mis datos para buscar una enfermedad que no sabías si tenía.

—No exactamente.

—Ayúdame.

Iria apretó las manos.

Era uno de sus gestos más raros.

Normalmente no necesitaba contenerlas.

—Tu estructura ósea. La distribución muscular. Algunas respuestas endocrinas. Tu recuperación después del esfuerzo. Cosas pequeñas.

—Me recupero bien.

—Sí.

—Entonces.

—Demasiado bien en algunos parámetros.

Lyra se quedó mirándola.

—Eso es probablemente la cosa más Diseñada que me has dicho nunca.

Iria aceptó el golpe.

—Sí.

—¿Demasiado bien?

—Para ciertos modelos.

—¿Qué modelos?

—Los que conozco.

—Del Núcleo.

—Sí.

—Que no son los de Aonia.

—Sí.

—Ni necesariamente los míos.

Iria cerró la boca.

Lyra sintió una especie de cansancio.

—Pero tú viste una medida que no encajaba en tus modelos y decidiste que había un problema.

—Decidí que podía haberlo.

—Y en vez de preguntarme…

Iria bajó los ojos.

—Sí.

—¿Por qué?

La pregunta salió más baja.

Más peligrosa.

—¿Por qué no me preguntaste?

Iria tardó tanto que Lyra empezó a entender antes de que respondiera.

—Porque pensé que dirías que no.

El aire pareció salir de la habitación.

Lyra se quedó completamente quieta.

—Ah.

Iria levantó la cabeza.

—Lyra…

—No.

Iria calló.

—Eso es importante.

—Lo sé.

—No. Ahora lo sabes.

Iria tragó saliva.

—Sí.

Lyra se separó de la encimera.

Empezó a caminar.

No sabía adónde.

Dos pasos.

Giro.

Otros tres.

La habitación era demasiado pequeña para enfadarse correctamente.

—Pensaste que diría que no.

—Sí.

—Y lo hiciste igualmente.

—Sí.

—Porque tenías miedo.

—Sí.

—Por mí.

—Sí.

Lyra se volvió.

—¿Esperas que eso lo arregle?

—No.

—Porque toda la gente últimamente hace cosas por mí que curiosamente requieren que yo no participe.

Iria recibió la frase sin defenderse.

—Lo sé.

—Vespera quiere protegerme.

—Sí.

—Nira quiere protegerme.

—Sí.

—Amara probablemente quiere proteger una versión de mí que pueda estudiar.

Iria tensó la mandíbula.

Lyra lo vio.

—No empieces.

—No iba a decir nada.

—Lo acabas de decir con la cara.

Iria casi sonrió.

No llegó.

—Y tú —continuó Lyra— querías protegerme de algo que ni siquiera sabías que existía.

—Sí.

—Qué suerte tengo.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque no es suerte.

Lyra la miró.

Iria respiró hondo.

—Fue miedo.

—Eso ya lo has dicho.

—No como excusa.

—Entonces ¿como qué?

—Como explicación.

Lyra se quedó callada.

Aquello era peor porque era razonable.

Las explicaciones razonables eran el combustible favorito de todo lo que estaba saliendo mal.

—Cuéntamelo entero.

Iria asintió.

No pareció aliviada.

Eso era correcto.

—Consulté primero dos parámetros aislados.

—¿Qué significa «consulté»?

—Los pasé por una herramienta comparativa.

—Fuera de Aonia.

—Sí.

—Sin permiso.

—Sí.

—¿Mío o del sistema?

Iria tardó.

—De los dos.

Lyra sintió algo parecido a una náusea.

No física.

—Sigue.

—El resultado fue inconcluso. Necesitaba contexto.

—Necesitabas.

—Sí.

—Pedí más datos.

—Mis datos.

—Sí.

—¿Cuántos?

—No el expediente completo.

—Eso no es un número.

—Más de lo que debía.

—Tampoco.

—Suficientes para que el canal pudiera reconstruir relaciones entre varias mediciones.

Lyra sintió un escalofrío.

—¿Incluía imágenes?

—No cuando yo lo envié.

—¿Cuándo tú lo enviaste?

—Sí.

—Entonces las imágenes salieron después.

—No lo sé.

—Pero alguien las consiguió.

—Sí.

Lyra se llevó una mano a la frente.

La reunión regresó.

La voz de Amara.

Algunas imágenes clínicas.

No había preguntado cuáles.

Seguía sin querer hacerlo.

—¿Cómo lo anonimizaste?

Iria dio un paso hacia la mesa.

No hacia Lyra.

—Eliminé nombre, identificación civil, procedencia concreta, referencias familiares directas.

—Pero no era anónimo.

—Creí que sí.

—¿Qué significa eso exactamente?

Iria buscó las palabras.

—Que pensé en identidad como una etiqueta.

Lyra esperó.

—Y no en que el cuerpo también puede ser una identidad.

Aquello dolió de una forma muy precisa.

Lyra bajó lentamente la mano.

—Explícalo.

—Tus datos son raros.

—Gracias.

—No quería decir…

—Ya sé qué querías decir.

Iria continuó.

—La combinación es suficientemente poco común como para que, aunque eliminara tu nombre, alguien con acceso a determinados registros pudiera volver a encontrarte.

—Entonces no me anonimizaste.

—No.

Iria sostuvo su mirada.

—Creí que lo había hecho.

Los ojos de Lyra se llenaron de lágrimas.

Eso la enfureció.

No quería llorar.

El enfado era más limpio.

—¿Cuándo te diste cuenta?

—Cuando Nira me mostró esta mañana cómo se había reconstruido la ruta.

—Esta mañana.

—Sí.

—Llevas cuatro meses sin decirme nada.

—Sí.

—¿Y si nadie hubiera descubierto el acceso?

Iria quedó inmóvil.

Lyra supo la respuesta.

—No ibas a decírmelo.

—No lo sé.

—Eso significa no.

—Probablemente.

Lyra apartó la mirada.

Ahí estaba.

No el robo.

No la filtración.

No las sociedades.

Algo más pequeño.

Una mentira que habría sobrevivido perfectamente si el mundo no la hubiera encontrado.

—¿Qué salió en la consulta?

Iria parpadeó.

—¿Qué?

—Querías saber si estaba enferma.

—Sí.

—¿Lo estoy?

—No encontré nada que indicara eso.

Lyra soltó una risa.

Una sola.

—Fantástico.

—Lo sé.

—No. Es fantástico de verdad.

Lyra empezó a caminar otra vez.

—No estoy enferma.

—No.

—Solo hacía falta que mi intimidad médica cruzara medio Marte para confirmarlo.

—Lyra.

—¿Qué?

—No voy a defenderlo.

—Sigues aquí.

Iria se quedó inmóvil.

El silencio que siguió fue cruel.

Lyra lo supo.

No retiró la frase.

Iria miró hacia la puerta.

—Puedo irme.

Lyra sintió pánico.

Instantáneo.

Absurdo.

No quería que se fuera.

Quería que no hubiera ocurrido.

Eran cosas distintas y su cuerpo no parecía entenderlo.

—No.

Iria no se movió.

Lyra apretó los dientes.

—No sé.

—Vale.

—Deja de decir «vale».

—Vale.

Lyra la miró.

—Perdón.

Contra toda lógica, Lyra soltó una risa.

Muy pequeña.

Duró apenas un segundo.

Las dos la oyeron.

Allí estaba todavía.

La facilidad.

La costumbre.

Algo que no había desaparecido solo porque debería.

Iria sonrió también.

Y la sonrisa murió inmediatamente.

Lyra se sentó.

Por primera vez.

Iria permaneció de pie.

—Siéntate.

Iria eligió la silla más lejana.

Eso irritó a Lyra.

No lo dijo.

—¿Fuiste tú quien distribuyó los datos?

—No.

La respuesta llegó limpia.

—¿Lo sabes o lo crees?

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque el canal que utilicé solo devolvió un informe comparativo. No envié nada a Hellas. Ni a Kestrel. Ni a las Custodias.

—Pero sacaste mis datos.

—Sí.

—Y alguien los encontró allí.

—Eso parece.

—Entonces si tú no lo hubieras hecho…

—No habrían salido de esa manera.

Lyra esperaba una defensa.

No llegó.

—¿Te dijo Nira quién los interceptó?

—No lo sabe.

—¿Vespera?

—Tampoco.

—¿Te creen?

Iria miró la mesa.

—Nira cree que la parte técnica coincide con lo que digo.

—No he preguntado por Nira.

Iria tardó.

—Vespera no.

Lyra soltó aire.

—Claro que no.

—No puedo culparla.

—Yo sí.

Iria levantó la mirada.