La medida Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Aquello consiguió que la tensión cediera apenas.

No desapareció.

Solo respiró.

Serah levantó una mano.

No demasiado.

Como si estuviera pidiendo permiso en una clase.

Lyra la miró.

—¿Sí?

—¿Puedo hacerte una pregunta?

La formulación la sorprendió.

—Depende de la pregunta.

—Justo.

Serah bajó la mano.

—¿Sabías algo de tus antecedentes familiares antes de todo esto?

Lyra sintió que Vespera se tensaba.

—¿Por qué?

—Porque algunos de los marcadores que recibí parecen conectar con líneas muy antiguas de Hellas.

—Serah —dijo Maela.

—No estoy dando información restringida.

—Estás dando una interpretación.

—Me ha preguntado por qué.

Lyra miró entre ambas.

—¿Mi apellido?

Serah negó con la cabeza.

—No.

—¿Vale no es de Hellas?

—También.

—Entonces eso no ayuda.

Serah casi sonrió.

—No.

Lyra pensó.

—Sé lo mismo que sabe casi toda la gente de Aonia. Mis abuelas, algunas líneas anteriores, registros de migración. Nada especialmente heroico.

—No buscaba heroísmo.

—Bien. Creo que mi familia tampoco lo encontró.

Vespera exhaló.

—Lyra.

—Era una broma.

Serah sí sonrió esta vez.

Algo en su rostro cambió.

Lyra tuvo la extraña impresión de que la mujer acababa de verla por primera vez.

No como expediente.

No como problema.

Como algo que no esperaba.

—¿Qué? —preguntó Lyra.

Serah dejó de sonreír.

—Nada.

—Eso nunca significa nada.

Maela miró a Serah.

También había notado el cambio.

—Serah.

—He dicho que nada.

Lyra cruzó los brazos.

—Acabo de hacer un discurso bastante largo sobre hablar delante de mí.

Serah la miró directamente.

Durante unos segundos pareció debatirse consigo misma.

—Tu cara me ha recordado a alguien.

Vespera se puso rígida.

Amara se inclinó apenas hacia delante.

Lyra sintió cansancio.

—¿A quién?

Serah negó lentamente.

—No lo sé todavía.

—Eso contradice bastante lo que acabas de decir.

—No.

Serah la observó con una intensidad nueva.

—Sé que reconozco algo.

Lyra no supo qué hacer con eso.

—¿Qué cosa?

Serah no respondió inmediatamente.

Se levantó.

No se acercó.

Lyra agradeció que no lo hiciera.

—Cuando sonríes —dijo—, el lado izquierdo de tu boca sube antes que el derecho.

Lyra parpadeó.

—Eso suena muy específico.

—Lo es.

—Muchas personas son asimétricas.

—Sí.

Serah frunció ligeramente el ceño.

No parecía convencida por su propia explicación.

—Y tienes una pequeña depresión aquí.

Se señaló el extremo exterior de la ceja derecha.

Lyra se tocó la suya.

—¿Esto?

—Sí.

—Nira también la tiene.

Serah miró a Nira.

Nira negó con la cabeza.

—No en el mismo sitio.

—Gracias por la traición genética.

—Cuando quieras.

Serah seguía observándola.

Ya no parecía intrigada.

Parecía inquieta.

—¿A quién me parezco? —preguntó Lyra.

—No estoy segura.

—¿A alguien viva?

La pregunta produjo un cambio mínimo.

Serah tardó en contestar.

—No.

Ahora sí había silencio.

Lyra bajó la mano de su ceja.

—Eso es mucho menos tranquilizador de lo que imaginas.

—Lo sé.

Maela miró a Serah.

—¿Un archivo?

Serah asintió muy despacio.

Amara habló.

—¿De cuándo?

Serah no respondió.

Lyra vio algo pasar entre ella y Maela.

Una información que todavía no estaba en la mesa.

Otro secreto.

Perfecto.

Parecía que Marte estaba lleno de ellos.

Vespera se levantó.

—Creo que basta por hoy.

Lyra la miró.

Esta vez no discutió.

Estaba cansada.

No del cuerpo.

De tenerlo.

Recogió la chaqueta que había dejado sobre el respaldo.

Cuando pasó junto a Amara, esta habló en voz baja.

—Has manejado la sala mejor que todas nosotras.

Lyra se detuvo.

—Eso suena a cumplido político.

—Era uno.

—Entonces no lo quiero.

Amara inclinó la cabeza.

—Entendido.

Lyra avanzó dos pasos.

Se volvió.

—Pero gracias por preguntar antes de contar lo de las imágenes.

Amara no sonrió.

—Era lo mínimo.

—Sí.

Lyra la miró un segundo más.

—Ese es un estándar bastante deprimente.

—También.

Lyra siguió hacia la puerta.

Nira la alcanzó.

—Voy contigo.

—No.

Nira se detuvo.

Lyra vio el golpe.

—Necesito estar sola un rato.

Nira asintió.

—Vale.

Sin discutir.

Lyra estuvo a punto de abrazarla.

No lo hizo.

Todavía.

Abrió la puerta.

Antes de salir miró atrás.

Vespera estaba hablando con Nira.

Amara observaba la pantalla apagada.

Maela se había acercado a Serah.

Y Serah seguía mirándola.

No como Amara.

No como Vespera.

No como las demás.

Era otra cosa.

Reconocimiento.

Lyra salió.

Dentro, Maela esperó hasta que la puerta se cerró.

—¿Quién? —preguntó.

Serah no respondió.

Tenía en la cabeza una imagen que no había visto en años.

Una fotografía restaurada tantas veces que los bordes de los rostros parecían pintados.

Once personas frente a una instalación excavada durante la Generación del Hambre.

Año once del Silencio.

Había estudiado aquella imagen por uno de los marcadores.

No por los rostros.

Ahora recordó uno.

Una mujer en la segunda fila.

Demasiado alta para la generación a la que pertenecía.

Cabello oscuro.

Una pequeña hendidura en la ceja derecha.

Y una sonrisa que comenzaba por el lado izquierdo.

Serah sintió frío.

—No puede ser —dijo.

Maela bajó la voz.

—¿Qué?

Serah miró la puerta por la que había salido Lyra.

—Todavía no lo sé.

* * *