La medida Capítulo 10
38%

Capítulo 10

Tres maneras de mirar

Nadie sabía dónde sentar a Lyra.

Eso fue lo primero que le pareció interesante.

La sala de reuniones de Aonia no estaba diseñada para situaciones como aquella, aunque Lyra sospechaba que ninguna sala estaba diseñada para situaciones como aquella porque, hasta hacía una semana, nadie había considerado necesario disponer de una habitación preparada para discutir si una mujer era un acontecimiento político.

Habían colocado las mesas formando un círculo irregular.

No exactamente un círculo.

Las mesas de Aonia nunca encajaban bien entre sí porque procedían de talleres distintos, décadas distintas y, en dos casos, probablemente edificios distintos.

Vespera estaba junto a una de ellas hablando con Oda.

Nira ocupaba una terminal lateral.

Amara Kestrel esperaba de pie junto a la pared, vestida como si hubiera sido construida específicamente para demostrar que la ropa podía tener intenciones.

Al otro extremo había dos mujeres de Hellas que Lyra no conocía.

Una llevaba el cabello suelto hasta los hombros y observaba la sala con una atención que no parecía curiosidad.

La otra tenía una insignia plateada sobre el pecho y una forma de quedarse quieta que recordó a Lyra algunas de las personas Diseñadas que había conocido.

Aunque quizá aquello fuera injusto.

Últimamente estaba descubriendo que toda la gente podía quedarse quieta de maneras amenazantes.

—Aquí —dijo Vespera.

Señaló una silla a su lado.

Lyra miró la silla.

Después a su madre.

—¿Por qué?

Vespera parpadeó.

—Porque vamos a empezar.

—Eso explica cuándo.

Amara bajó la mirada.

Lyra tuvo la impresión de que estaba ocultando una sonrisa.

Vespera no.

—Lyra.

—Estoy preguntando por qué tengo que sentarme ahí.

—No tienes que…

Vespera se detuvo.

Lyra esperó.

Su madre cambió la frase.

—Pensé que querrías estar conmigo.

—Estoy contigo.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí.

Lyra miró otra vez las mesas.

Había un asiento junto a Amara.

Dos frente a las mujeres de Hellas.

Uno junto a Nira.

Otro ligeramente apartado porque una pata de la mesa era más corta que las demás y alguien había decidido que el problema podía solucionarse colocando debajo una pieza de aislante.

Lyra eligió ese.

Vespera la observó sentarse.

No dijo nada.

Aquello ya era algo.

—Perfecto —dijo Oda, con el entusiasmo de una persona que acababa de descubrir que la palabra perfecto podía utilizarse para describir cualquier cosa siempre que quisiera que empezara—. Entonces estamos todas.

—No exactamente —dijo Amara.

—¿Quién falta?

—Nadie.

Amara tomó asiento.

—Me refería al círculo.

Lyra siguió su mirada.

Amara tenía razón.

Al sentarse donde había elegido, Lyra había dejado de formar parte de la geometría prevista. Las demás quedaban orientadas unas hacia otras. Ella estaba ligeramente desplazada.

—Puedo moverme —dijo.

—No —dijo Vespera.

Demasiado rápido.

Lyra la miró.

Vespera apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Quiero decir que no hace falta.

Amara ya no ocultaba la sonrisa.

—¿Te divierte algo? —preguntó Vespera.

—Varias cosas.

—Intenta que no.

—Eso sería poco natural.

La mujer de Hellas del cabello suelto miró a Amara.

Después a Vespera.

Después a Lyra.

—Soy Serah Vale —dijo.

Lyra volvió la cabeza.

Vale.

No era un apellido raro.

Tampoco común.

—Lyra Vale.

Serah hizo una inclinación mínima de cabeza.

—Lo sé.

Lyra sintió una presión desagradable bajo las costillas.

No por la frase.

Por la naturalidad.

Lo sé.

Toda la gente sabía.

La mujer de la insignia habló después.

—Maela Orin. Custodia de Continuidad.

—¿Eso es un cargo?

—Sí.

—¿Qué custodia?

Maela no pareció ofendida.

—Principalmente archivos, protocolos genealógicos y cumplimiento de las restricciones hereditarias de Hellas.

—Entonces custodia muchas cosas.

—Demasiadas algunos días.

Lyra asintió.

Le gustó un poco más.

Oda empezó las presentaciones restantes.

Dos representantes de sectores de Aonia.

Una médica.

Una administradora de infraestructura que parecía no entender por qué estaba allí.

Lyra dejó de escuchar nombres.

Había doce personas en la sala.

Once sabían por qué estaban allí.

Una era el porqué.

No le gustó la aritmética.

Nira cerró una de las pantallas.

—Voy a resumir lo que sabemos.

Vespera la miró.

—Sin datos clínicos innecesarios.

Nira no reaccionó.

—Sí.

Lyra vio el gesto.

Pequeño.

Casi nada.

Conocía a sus madres lo suficiente para saber que aquella conversación ya había ocurrido antes de que ella entrara.

Probablemente más de una vez.

Nira activó la pantalla principal.

No apareció ninguna imagen de Lyra.

Lo agradeció.

Solo fechas.

Rutas.

Bloques de información.

—Hace treinta y siete días se produjo un acceso no autorizado a parte del expediente médico de Lyra. Ya hemos identificado el mecanismo inicial de extracción.

Lyra miró a Nira.

Aquello era nuevo.

—¿Quién?

La sala se quedó quieta.

Nira miró a Vespera.

Ese fue el error. Lyra vio que ambas sabían la respuesta.

—¿Quién? —repitió.

—Todavía estamos verificándolo —dijo Vespera.

—No te he preguntado si estáis verificándolo.

—Lyra…

—He preguntado quién.

Nira apartó las manos de la terminal.

—Hay una clave asociada a Iria.

El nombre cayó en la sala.

Lyra sintió primero incredulidad.

Después nada.

Un vacío limpio.

—¿Asociada cómo?

—Se utilizó para abrir una ruta de consulta externa —dijo Nira—. No sabemos todavía todo lo que ocurrió después.

—Pero era suya.

—Sí.

Lyra miró a Vespera.

Su madre tenía la mandíbula tensa.

Demasiado.

—¿Cuándo lo supisteis?

Nira respondió.

—Esta mañana.

—¿Y habéis hablado con ella?

Otra pausa.

—Sí —dijo Vespera.

El vacío se llenó.

No de dolor.

Todavía no.

De enfado.

—¿Antes que conmigo?

—Necesitábamos saber…

—¿Antes que conmigo?

Vespera sostuvo su mirada.

—Sí.

Lyra sintió que doce personas se convertían en trece.

Iria estaba allí sin estar.

—Esto no forma parte de la reunión —dijo Vespera.

Lyra soltó una risa breve.

—Parece bastante relacionado.

—Lo hablaremos después.

—¿Quién ha decidido eso?

Vespera no respondió.

Nira sí.

—Nosotras.

Al menos aquello era una respuesta.

Lyra se recostó en la silla.

La pata corta hizo oscilar ligeramente la mesa.

Una vez.

Dos.

—Seguid.

Vespera pareció querer decir algo.

No lo hizo.

Nira cambió la pantalla.

—Lo importante para esta reunión es que la extracción inicial y la distribución posterior parecen ser acontecimientos distintos.

Serah inclinó el cuerpo hacia delante.

—Eso coincide con lo que hemos encontrado.

—¿Hasta qué punto?

—Hellas recibió una selección de marcadores.

—¿Hellas? —preguntó Maela.

Serah cerró los ojos medio segundo.

Lyra la observó.

Interesante.

—Yo recibí una selección —corrigió Serah.

Maela apoyó los brazos sobre la mesa.

—Una distinción que habría agradecido conocer antes del viaje.

—La conoces ahora.

—Eso no suele mejorar el pasado.

Amara intervino.

—¿Cuántos marcadores?

—Doce.

Amara dejó de moverse.

Lyra lo notó porque hasta ese momento había estado haciendo girar lentamente un anillo alrededor de uno de sus dedos.

—Nosotras no recibimos doce marcadores —dijo.

Nira levantó la vista.

—¿Qué recibisteis?

—Mucho más.

Vespera habló inmediatamente.

—¿Cuánto más?

Amara no contestó a ella.

Miró a Lyra.

—¿Quieres que responda?

Lyra tardó un segundo.

No esperaba la pregunta.

—Sí.

Amara volvió hacia Vespera.

—Genoma parcial. Escáneres estructurales. Parte de la biomecánica. Datos endocrinos incompletos. Información reproductiva parcial. Algunas imágenes clínicas.

Lyra sintió que su cuerpo dejaba de estar sentado en la silla.

Seguía allí.

Pero también estaba sobre la mesa.

Distribuido en categorías.

Genoma.

Escáneres.

Biomecánica.

Endocrino.

Reproductivo.

Imágenes.

Vespera se puso rígida.

—¿Imágenes de qué?

—Vespera —dijo Lyra.

Su madre no la oyó.

—¿Qué imágenes?

—No voy a describirlas sin permiso.

Vespera abrió la boca.

—Bien —dijo Lyra.

Todas la miraron.

Otra vez.

—Eso —añadió—. Eso ha estado bien.

Amara inclinó la cabeza.

—Gracias.

Lyra no sabía si quería golpearla o agradecerle que fuera la primera persona de la sala que acababa de demostrar que había entendido una regla muy sencilla.

Decidió posponer ambas cosas.

Serah estaba mirando a Amara.

—Entonces recibisteis material clínico.

—Sí.

—Nosotras no.

Maela corrigió:

—Tú no.

Serah la ignoró.

—Las Custodias recibieron otra selección.

Nira frunció el ceño.

—¿Distinta de la tuya?

Maela miró a Serah.

Serah respondió.

—Sí.

Amara apoyó una mano en la mesa.

—Entonces son tres paquetes.

—Al menos —dijo Nira.

—Cuatro —dijo Lyra.

Nadie habló.

Lyra señaló a su alrededor.

—Aonia.

Nira la observó.

—Aonia tenía el expediente original.

—No es lo mismo que lo que recibisteis vosotras.

Miró a Serah.

—A ti te enviaron una cosa.

Después a Maela.

—A vosotras otra.

A Amara.

—A vosotras otra.

Se señaló el pecho.

—Y aquí estaba yo.

Silencio.

—Parece una cuarta versión bastante completa.

Nira bajó los ojos.

La frase era cierta y había herido a Nira.

Vespera reaccionó.

—Nosotras no hicimos esto.

—No he dicho que lo hicierais.

—Ha sonado así.

—Entonces ha sonado distinto de como lo dije.

Amara se reclinó.

—Eso ocurre mucho hoy.

Vespera la fulminó con la mirada.

—No ayudas.

—No era mi objetivo.

—¿Cuál es tu objetivo?

—Entender qué está ocurriendo.

—Con mi hija.

Amara miró a Lyra.

—Con Lyra.

El cambio fue pequeño.

Importó.

Vespera lo notó.

También Lyra.

Serah intervino antes de que la conversación se partiera.

—Creo que la distribución fue curada.

El término hizo que varios rostros cambiaran.

Lyra no estaba segura de qué significaba exactamente.

—¿Curada?

—Seleccionada deliberadamente.

—Sé qué significa la palabra.

Serah pareció desconcertada.

—Entonces…

—Quiero saber qué significa aquí.

—Que no parece que alguien simplemente copiara tu expediente y lo repartiera.

Lyra asintió.

—Eso sí.

Serah continuó.

—Los datos que recibí están orientados a genealogía e historia. Los que recibieron las Custodias parecen orientados a continuidad hereditaria. Los de Kestrel…

—Diseño y función —dijo Amara.

—Sí.

Lyra miró las tres.

Historia.

Continuidad.

Diseño.

Era casi demasiado limpio.

—Alguien sabía qué queríais mirar.

Serah sostuvo su mirada.

—Eso creemos.