La medida Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Pídelo a tus archivos.

—Te lo estoy pidiendo a ti.

—Ya no trabajo para ti.

Voss se quedó inmóvil.

Mara sonrió.

—Eso todavía te molesta.

—No.

—Claro.

La casa quedó en silencio.

Por la ventana se veía una pequeña franja del corredor exterior. Dos personas pasaron hablando. Ninguna miró hacia dentro.

Voss observó las manos de Mara.

No temblaban.

Nunca habían temblado.

Ni aquella noche durante la crisis de los reactores del norte.

Ni cuando una Casa amenazó con retirarse del sistema común.

Ni cuando Voss había dicho por primera vez que la amaba y Mara había permanecido callada exactamente seis segundos antes de responder:

Eso complica las cosas.

—¿Por qué dejaste el cargo? —preguntó Voss.

Mara levantó una ceja.

—Esa no era la investigación.

—Contesta.

—Porque tocaba.

—Eso tampoco es una respuesta.

—Lo era entonces.

—No para mí.

Mara la estudió.

—Porque llevaba demasiado tiempo acostumbrada a que mi criterio tuviera consecuencias.

Voss no esperaba aquello.

—¿Y?

—Y empecé a confundir que me escucharan con tener razón.

Voss sintió algo incómodo en el pecho.

—No pareció preocuparte mucho mientras gobernabas.

—Las cosas importantes suelen preocupar demasiado tarde.

—Qué conveniente.

—Muchísimo.

Voss se inclinó hacia delante.

—¿Estás intentando decirme algo?

—Siempre.

—Sobre L-17.

Mara guardó silencio.

Voss volvió a mirar la tableta.

—Es una mujer.

La frase salió antes de que decidiera decirla.

Mara bajó la vista a la pantalla.

—Lo suponía.

—¿Por qué?

—Porque estás enfadada de una manera específica.

—No sabes cómo estoy.

—Sé exactamente cómo estás.

—Ya no.

Mara levantó los ojos.

Algo cambió entre ambas.

—Tienes razón —dijo.

Voss no esperaba que cediera.

—Han pasado años.

—Sí.

—No me conoces como antes.

—No.

Mara apoyó una mano sobre la mesa.

—Pero todavía haces una cosa.

Voss no preguntó.

—Cuando un problema te importa institucionalmente, hablas más despacio.

Silencio.

—Cuando te importa personalmente, haces preguntas más cortas.

Voss miró la tableta.

L-17.

Mara sonrió con tristeza.

—Y llevas diez minutos preguntando con dos palabras.

Voss cerró la pantalla.

—No es personal.

—Claro.

—Su existencia puede tener consecuencias poblacionales.

—Eso suena mucho mejor.

—Es verdad.

—Las dos cosas pueden serlo.

Voss sintió el recuerdo de Amara mirando los escáneres.

Esto no lo hemos hecho nosotras.

Después:

Y quiero saber quién lo hizo.

—No sabemos quién la hizo —dijo Voss.

Mara perdió la sonrisa.

—Esa frase es peligrosa.

—¿Por qué?

—Porque presupone que alguien la hizo.

—Su fisiología no encaja en ninguna línea conocida.

—Eso no demuestra diseño.

—Lo sé.

—¿Seguro?

—No necesito una lección de metodología.

—No. Necesitas una sobre lenguaje.

—¿Desde cuándo te preocupa?

—Desde que goberné a gente que convertía palabras en permisos.

Voss se quedó callada.

Mara señaló la tableta cerrada.

—Estás convirtiendo una mujer en una cuestión de Estado.

—Ya es una cuestión de Estado.

—Porque tú decidiste que lo fuera.

—Sus características pueden afectar…

—A Marte.

—Sí.

—Continuidad.

—Sí.

—Variabilidad poblacional.

—Sí.

—Riesgos hereditarios.

—Sí.

Mara apoyó la espalda contra la silla.

—Qué fácil.

—¿Qué cosa?

—Encontrar una palabra suficientemente grande para que una persona parezca pequeña.

Voss sintió irritación.

—No sabes lo que contiene el expediente.

—No necesito saberlo para reconocer el mecanismo.

—No hay mecanismo.

—Siempre hay uno.

—Ella no es solo una persona privada si su biología…

Mara levantó una mano.

Voss se detuvo.

—Escúchate.

La frase le recordó algo.

No supo qué.

—¿Qué?

—«No es solo una persona privada.»

—No he dicho eso.

—Has dicho exactamente eso con más palabras.

Voss apartó la mirada.

Mara se inclinó hacia delante.

—Ten cuidado.

—¿Con qué?

—Con lo útil que puede resultar una persona cuando decides que representa algo.

Voss sostuvo la mirada.

—¿Eso viene de experiencia?

Mara no respondió.

Un segundo.

Dos.

Voss sintió algo.

No una respuesta.

Una ausencia.

—Mara.

—¿Qué?

—¿Has utilizado personas?

Mara sonrió.

No era una sonrisa agradable.

—Has gobernado tres años y todavía haces preguntas que solo admiten una definición conveniente.

—Responde.

—Sí.

Voss no esperaba honestidad.

—¿A quién?

—A muchas.

—¿A mí?

Mara no parpadeó.

El silencio se alargó.

El pulso le golpeó la garganta.

—No —dijo Mara.

Demasiado rápido.

Voss lo oyó.

Mara también.

—Eso ha sonado convincente —dijo Voss.

—No he terminado.

Voss esperó.

Mara miró la taza.

—No de la manera que estás preguntando.

—No sabes de qué manera estoy preguntando.

—Sí.

—Entonces dime.

Mara no lo hizo.

Voss sintió regresar algo antiguo.

No exactamente dolor.

Una versión más adulta y menos limpia.

—No importa.

—Voss.

—No.

—No he dicho…

—No importa.

Se levantó.

Esta vez Mara también.

—No has terminado tu interrogatorio.

—Sí.

—No.

—Sé que conservas permisos antiguos. Sé que personas del Núcleo siguen hablándote. Sé que has visto fragmentos de L-17 que no deberían haber salido de sistemas restringidos.

—Eso ya lo sabías antes de venir.

—No.

—Lo sospechabas.

Voss recogió el abrigo.

—Ahora lo sé.

Mara la observó.

—¿Qué vas a hacer?

—Auditar todos los permisos heredados de administraciones anteriores.

—Buena suerte.

—No necesito suerte.

—Eso también lo aprendiste de mí.

Voss se puso el abrigo.

Llegó a la puerta.

—Voss.

Se detuvo.

No se volvió.

—¿Amara sigue en Aonia?

El mundo quedó inmóvil.

Solo durante un segundo.

Voss giró lentamente.

Mara estaba junto a la mesa.

La taza entre las manos.

La expresión tranquila.

Demasiado tranquila.

—¿Qué has dicho?

Mara no respondió.

—Yo no te he dicho que Amara estuviera en Aonia.

Silencio.

Mara miró la taza.

El pulgar izquierdo recorrió el borde.

Una vez.

—No —dijo.

Voss regresó dos pasos hacia ella.

—¿Quién te lo dijo?

—La gente habla.

—¿Quién?

—Personas.

—Nombres.

—No.

—¿Cómo sabes que está allí?

Mara levantó la vista.

No parecía asustada.

Aquello era casi una provocación.

—Porque la gente no deja de hablar contigo cuando pierdes un título.

Voss sintió algo encajar.

No una respuesta.

Una forma.

Contactos.

Credenciales.

Favores.

Personas.

Todo lo que un organigrama no podía mostrar.

—¿Quién te mantiene informada?

Mara sonrió.

—Tú llamas «mantener informada» a lo que otras personas llaman tener amigas.

—Tú no tienes amigas.

—Eso es hiriente.

—Es una evaluación técnica.

Mara soltó una risa.

Voss no.

—¿Tienes acceso a comunicaciones diplomáticas?

La risa desapareció.

—No.

—¿A rutas de delegación?

—No directamente.

—¿A sistemas de Aonia?

—No.

—¿A Kestrel?

Mara ladeó la cabeza.

—Siempre tuviste celos de esa mujer.

—No cambies de tema.

—No lo he cambiado. Has sido tú quien ha dicho su nombre.

Voss dio otro paso.

—Si descubro que has utilizado credenciales antiguas para acceder a información restringida…

—¿Qué harás?

La pregunta no era desafiante.

Voss no respondió.

Mara la observó unos segundos.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—La línea.

Se señaló la frente.

Voss sintió ganas de marcharse.

—Duerme.

—No eres mi médica.

—No. Nunca me gustó que otras personas pudieran ordenarte cosas.

Voss la miró.

—No puedes ordenarme nada.

—Ya lo sé.

Mara sonrió.

—Por eso ahora resulta interesante.

Voss abrió la puerta.

—Voy a revisar tus credenciales.

—Hazlo.

—Y tus comunicaciones si es necesario.

—Hazlo.

—No estás preocupada.

—Claro que sí.

—No lo parece.

Mara se apoyó en el marco.

Durante un instante volvió a ser la mujer que había ocupado el despacho más alto del Núcleo.

No por la ropa.

No por la postura.

Por la facilidad con la que parecía poseer el espacio sin pedirlo.

—Ese fue siempre tu error conmigo —dijo.

—¿Cuál?

—Pensar que cuando no podías ver mi miedo significaba que no existía.

Voss la sostuvo con la mirada.

Mara añadió:

—Y el mío fue pensar que, como podía ver el tuyo, tenía derecho a decidir qué hacer con él.

Voss no respondió.

Salió.

La puerta se cerró detrás de ella.

El corredor estaba casi vacío.

Caminó doce metros antes de sacar la tableta.

Abrió un canal de seguridad.

Escribió:

AUDITORÍA PRIORITARIA.

Se detuvo.

Borró.

Volvió a escribir.

Solicito inventario completo de permisos heredados, credenciales administrativas históricas y rutas diplomáticas aún activas vinculadas a administraciones anteriores. Prioridad máxima. Sin revocaciones hasta evaluación.

Leyó la última frase.

Sin revocaciones hasta evaluación.

Pensó en Mara.

En cómo había sabido lo de Amara.

En los fragmentos.

En las personas que seguían hablándole porque una vez había sido Voss.

Envió la orden.

Después abrió el expediente de L-17.

No las imágenes.

No el genoma.

Solo la ficha.

Edad.

Procedencia.

Aonia.

Nombre.

Lyra Vale.

Había tardado demasiado en empezar a utilizarlo.

Mara tenía razón en una cosa.

L-17 era una designación útil.

Más útil de lo que debería.

Cerró el expediente.

Durante el camino de regreso al Núcleo recibió la primera respuesta de Seguridad.

Inventario preliminar estimado: 4812 permisos heredados con algún grado de vigencia.

Voss se detuvo en mitad del corredor.

Leyó el número dos veces.

Cuatro mil ochocientos doce.

Mara había dicho miles.

No estaba exagerando.

Llegó una segunda línea.

Se identifican 317 credenciales asociadas a personas retiradas con acceso indirecto a infraestructura diplomática, logística o de archivo.

Voss sintió frío.

No porque aquello demostrara nada.

Precisamente porque no lo hacía.

Tres centenares de personas podían todavía tocar partes del sistema que oficialmente habían dejado atrás.

Mara era solo una de ellas.

O eso quería creer.

Voss cerró el mensaje.

Siguió andando.

Después de unos pasos volvió a abrirlo.

Añadió una instrucción.

Identificar usos de credenciales vinculadas a Mara Veidt durante los últimos doce meses. No contactar a la titular.

Su dedo quedó sobre la confirmación.

Un segundo.

Envió.

Esta vez no sintió culpa.

Eso la preocupó más que si la hubiera sentido.

* * *