Capítulo 9
La mujer que fue Voss
La mujer que había sido Voss vivía en una casa demasiado pequeña.
Eso fue lo primero que pensó Voss al verla otra vez.
No que hubiera envejecido.
No que llevara el cabello más corto.
No que ya no utilizara los tejidos oscuros reservados tradicionalmente para determinadas funciones del Núcleo.
La casa.
Dos habitaciones, una cocina abierta y una terraza estrecha excavada en la pared oriental de la galería residencial.
Nada allí parecía suficiente para alguien que durante diecisiete años había dispuesto de tres despachos, seis asistentes permanentes y acceso prioritario a casi todos los sistemas civiles de Marte terraformado.
—Sigues haciendo eso —dijo la anterior Voss.
La actual Voss volvió la mirada hacia ella.
—¿Qué?
—Entrar en una habitación y calcular cuánto cuesta.
Voss dejó el abrigo sobre una silla.
—No estaba calculando.
—Entonces has empeorado.
La mujer sonrió.
Voss no.
Eso también era antiguo.
—¿Puedo sentarme?
—Ahora eres tú quien gobierna. Supongo que puedes hacer muchas cosas sin preguntar.
Voss la miró.
—¿Puedo sentarme?
La sonrisa se amplió apenas.
—Sí.
Voss ocupó la silla frente a ella.
La anterior Voss se llamaba Mara Veidt.
Casi nadie utilizaba el nombre.
Durante diecisiete años había sido Voss.
Después había dejado de serlo.
En teoría aquello debía haber bastado para convertirla de nuevo en Mara.
No había funcionado.
Ni siquiera en la cabeza de Voss.
—No has venido a verme desde hace ocho meses —dijo Mara.
—Siete.
—Eso mejora mucho la situación.
—Tú tampoco has solicitado verme.
—No quería parecer necesitada.
—Nunca has tenido ese problema.
—Tú sí.
Voss sostuvo la mirada.
Mara se inclinó hacia atrás.
Seguía teniendo aquella manera de observar a las personas como si supiera lo que iban a hacer antes de que ellas mismas decidieran hacerlo.
Voss había aprendido mucho de ella.
Demasiado, según Amara.
—Tienes una línea aquí —dijo Mara.
Señaló su propia frente.
Voss no se movió.
—¿Qué línea?
—La que te sale cuando llevas días durmiendo menos de cuatro horas.
—Duermo.
—No he dicho que no.
—Cinco horas.
—Peor.
Mara se levantó.
Fue hasta la cocina.
—¿Té?
—No.
—Entonces prepararé uno.
—He dicho que no quiero.
—No es para ti.
Voss observó cómo calentaba agua.
La cocina no tenía asistentes automáticos salvo los básicos.
Tampoco un sistema de suministro central de comidas.
Mara cortó una hoja seca con los dedos y la dejó caer en una taza.
—¿Lo haces tú? —preguntó Voss.
—¿El té?
—Sí.
—Normalmente.
—¿Por qué?
Mara la miró por encima del hombro.
—Porque me gusta.
Voss no respondió.
—Deberías probar alguna actividad que no tenga consecuencias planetarias —añadió Mara.
—Tengo varias.
—Amara Kestrel no cuenta.
La mandíbula de Voss se contrajo apenas.
Mara sonrió sin mirarla directamente.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—No empieces.
—No he empezado nada.
Mara volvió con la taza y se sentó.
—Tú has venido a mi casa.
—Por trabajo.
—Eso tampoco ha cambiado.
Voss apoyó una tableta sobre la mesa.
No la activó.
—Necesito hacerte unas preguntas.
Mara sopló sobre la superficie del té.
—Ya me parecía raro que hubieras venido a seducirme.
Voss la miró fijamente.
—Eso ocurrió una vez.
—Tres.
—Una vez de forma continuada.
Mara se rió.
Era un sonido más grave de lo que Voss recordaba.
—Me alegra comprobar que el cargo no te ha hecho más divertida.
—No era una prioridad institucional.
—Nunca lo fue.
Durante un instante la casa pareció distinta.
No más grande.
Más antigua.
Voss recordó otra habitación.
Un despacho en la planta alta del Núcleo.
Ella tenía veintiséis años y todavía no entendía cuánto podía costar que una persona importante te prestara atención.
Mara llevaba entonces seis años como Voss.
Había señalado un error en un informe de producción de oxígeno y había dicho:
Vuelve mañana cuando hayas aprendido a distinguir una cifra incorrecta de una cifra que te gustaría que fuera correcta.
Voss había vuelto.
Durante once años.
No todos de la misma manera.
—¿Qué ocurre? —preguntó Mara.
Voss activó la tableta.
Apareció la designación.
L-17.
Mara no reaccionó.
Voss lo esperaba.
—¿Te resulta familiar?
—No.
—Mientes peor desde que dejaste el cargo.
—Miento menos.
—No era la pregunta.
—No.
Mara dejó la taza.
—L-17 me resulta familiar.
—¿Por qué?
—Porque todo el Núcleo habla de ello.
—No todo el Núcleo.
—El suficiente.
—Es información restringida.
—Eso nunca ha impedido que exista una conversación.
Voss deslizó la tableta hacia ella.
No mostró los datos.
Solo la designación y una imagen parcial del informe de clasificación.
Mara la contempló.
—Origen indeterminado.
—Sí.
—Coincidencia histórica parcial.
—Sí.
—Parece que vuestro clasificador sigue siendo tan humilde como siempre.
—No he venido para discutir algoritmos.
—Una pena.
Mara levantó los ojos.
—¿Qué quieres saber?
—¿Quién está hablando?
—Toda la gente.
—Nombres.
—Voss.
—Mara.
La palabra produjo algo.
Muy pequeño.
Mara apoyó dos dedos contra la taza.
—Hace años que no me llamas así.
—Hace años que no necesito nada de ti.
—Eso es mentira.
Voss estuvo a punto de responder.
No lo hizo.
Mara la observó.
—Bien —dijo—. Has aprendido algo.
—¿Quién está hablando?
Mara suspiró.
—Casas médicas. Dos laboratorios de biomecánica. Alguien de continuidad poblacional. Tres personas de seguridad que deberían tener mejores cosas que hacer. Kestrel, obviamente.
Voss no mostró reacción.
—¿Qué Kestrel?
Mara la miró.
Un segundo.
Luego sonrió.
—Bonito intento.
—Contesta.
—Amara.
Voss se recostó.
—¿Por qué obviamente?
—Porque si aparece una anomalía biológica que vuestro sistema no puede clasificar, Amara Kestrel se enterará aunque haya que grabárselo en el interior de un reactor.
—No necesariamente.
—Conoces a otra Amara.
—No.
—Entonces.
Mara volvió a beber.
Voss estudió su rostro.
Seguía siendo difícil leerla.
Había aprendido a hacerlo cuando eran amantes.
O había creído aprender.
Mara utilizaba el pulgar izquierdo para acariciar el borde de una taza cuando estaba evitando una respuesta.
Lo hacía ahora.
—¿Qué sabes de L-17? —preguntó Voss.
—Que no es vuestro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si lo fuera no estarías aquí.
—Eso es inferencia.
—Siempre fuiste demasiado desdeñosa con la inferencia.
—Cuando se utiliza como sustituto de datos, sí.
—Y, sin embargo, viniste a verme.
Voss dejó pasar la provocación.
—¿Has visto el expediente?
Mara tardó demasiado.
—No.
Voss lo vio.
—Sí.
—He visto fragmentos.
—¿Cuáles?
—Lo que circula.
—No circula.
Mara inclinó la cabeza.
—Entonces tienes un problema.
—Ya sé que tengo un problema.
—No. Sabes que alguien robó algo. Todavía no sabes cuál es el problema.
Voss apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No juegues conmigo.
Mara sonrió.
—Antes te gustaba.
—Antes tenía veintinueve años.
—Treinta.
—Veintinueve cuando empezó.
—Treinta cuando dejaste de fingir que no.
Voss sintió una irritación demasiado familiar.
—L-17.
—Sí.
—¿Qué viste?
La expresión de Mara cambió.
No mucho.
La ligereza desapareció.
—Marcadores.
—¿Cuáles?
—No recuerdo las secuencias.
—Tú recuerdas matrículas de transporte de hace veinte años.
—Las matrículas tienen ritmo.
—Mara.
La anterior Voss apoyó los codos sobre la mesa.
—Vi referencias. No el expediente completo.
—¿Quién te las enseñó?
—Gente.
—Nombres.
—No.
Voss se quedó quieta.
—No estás en posición de negarte.
Mara la miró.
Aquello fue un error.
Voss lo supo antes de que respondiera.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La voz.
—¿Qué voz?
—La mía.
Voss sintió frío.
Mara continuó.
—Tardaste menos de lo que esperaba.
—No hables como si esto fuera una lección.
—¿Por qué no? Casi todo lo demás lo convertiste en una.
—Alguien ha distribuido información médica robada.
—Sí.
—Entre sociedades que no comparten sistemas ni jurisdicción.
—Sí.
—Y tú sabes más de lo que deberías.
Mara no apartó la mirada.
—También.
—Dame los nombres.
—No.
Voss tocó la tableta.
—Puedo solicitar una orden de seguridad.
—Puedes.
—Puedo auditar tus comunicaciones.
—Puedes intentarlo.
Aquello la detuvo.
Mara sonrió apenas.
—¿Qué significa eso?
—Significa que eres Voss. Haz lo que creas necesario.
Voss sintió una incomodidad nueva.
No miedo.
Algo cercano.
—¿Conservas canales privados?
—Toda la gente conserva canales privados.
—No toda la gente fue Voss.
—Precisamente.
Voss se levantó.
Mara no lo hizo.
—¿Cuántas credenciales antiguas siguen activas?
—No lo sé.
—Mientes.
—Esta vez no.
—Tú diseñaste parte del sistema de transición.
—Supervisé.
—¿Cuántas?
—Miles, probablemente.
Voss permaneció de pie.
—Eso es imposible.
—No.
Mara tomó la taza.
—Es incómodo.
—Los permisos de un cargo se cancelan cuando termina.
—Los permisos directos.
—Todos.
—No.
Voss la miró.
Mara habló con paciencia.
Demasiada paciencia.
—Un sistema grande no funciona solo con autorizaciones formales. Funciona con excepciones. Claves heredadas. Protocolos que nadie quiere tocar porque siguen manteniendo algo respirando. Personas que conocen a personas.
—Eso debería haberse eliminado.
—Sí.
—¿Por qué no se hizo?
—Porque en ese momento había dieciséis crisis más importantes.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única respuesta que existe en un sistema real.
Voss volvió a sentarse lentamente.
—¿Tú conservas alguno?
Mara sonrió.
—Ahí está la pregunta correcta.
—Contesta.
—Sí.
Voss sintió el impulso de levantarse otra vez.
No lo hizo.
—¿Cuántos?
—No muchos.
—Número.
—No lo sé.
—Mara.
—Doce. Tal vez quince.
—¿Qué permiten?
—Depende.
—¿De qué?
—De si alguien ha cerrado correctamente el otro extremo.
Voss no dijo nada.
Mara tomó otro sorbo.
—Estás enfadada.
—Esto es una vulnerabilidad de seguridad.
—Sí.
—Y lo dices como si describieras el clima.
—Porque lleva años siendo una vulnerabilidad.
—¿Por qué nunca informaste?
Mara soltó una risa corta.
—Informé.
—Nunca vi ningún informe.
—Tú no eras Voss.
—Estaba en el Consejo.
—Y el Consejo decidió que rehacer toda la infraestructura de credenciales durante la transición agrícola era una mala idea.
Voss recordó vagamente una discusión.
No el contenido.
Solo Mara hablando durante cuarenta minutos y dos Casas amenazando con retirar técnicas.
—¿Sigue existiendo el informe?
—Seguro.
—Lo quiero.