Capítulo 8 #2
Vespera miró el suelo.
La frase habría sido más fácil de rechazar si hubiera venido de cualquier otra persona.
Pero Nira la conocía antes de que Aonia empezara a escucharla.
Antes de que las asambleas se callaran cuando levantaba una mano.
Antes de que la gente empezara a preguntarle qué hacer.
También conocía a la mujer que regresaba a casa después y se quitaba las botas en la entrada porque siempre olvidaba limpiarlas.
No podía descartarla como adversaria política.
—¿Qué propones? —preguntó.
—Hablar con Iria.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Sola?
—No.
—¿Con quién?
—Con nosotras.
—¿Y Lyra?
Nira dudó.
—Primero Iria.
—¿Decidiendo por Lyra?
—Decidiendo cómo verificar una intrusión técnica antes de ponerla delante de alguien que ya ha descubierto esta semana que varias sociedades están discutiendo sobre su cuerpo.
Vespera la estudió.
—Eso suena muy parecido a protegerla sin preguntarle.
Nira cerró los ojos un instante.
—Sí.
Vespera casi sonrió.
—Interesante.
—No disfrutes demasiado.
—Solo estoy apreciando la coherencia.
—La diferencia es que no pienso mantenerla fuera después de saber suficiente para que pueda decidir.
—¿Y si yo sí?
Nira abrió los ojos.
No había humor ahora.
—Entonces tendremos un problema.
La frase fue tranquila.
Vespera la creyó.
Apartó la vista.
En la pared había una placa de mantenimiento torcida.
Llevaba meses queriendo arreglarla.
Nunca lo hacía.
—Hablar primero —dijo.
—Sí.
—No detenerla.
—Sí.
Vespera miró otra vez el nombre.
—Todavía.
Nira no dijo nada.
—Era una broma.
—No.
—Una mala broma.
—Tampoco.
Vespera resopló.
—Eres agotadora.
—Me elegiste tú.
—Ese argumento tiene fallos.
—Muchos.
Nira volvió a sentarse.
Abrió una ventana nueva.
—Voy a enviarle un mensaje.
Vespera se acercó.
—¿Qué vas a poner?
—Que necesitamos hablar.
—Eso es demasiado amable.
—No es un juicio.
—Todavía.
Nira la miró.
Vespera levantó ambas manos.
—Esta sí.
—No.
Nira escribió.
Necesitamos hablar contigo sobre un acceso médico asociado a tu clave. Sala técnica tres. Ven sola.
Vespera leyó.
—«Asociado a tu clave».
—Sí.
—Parece que estás redactando para un tribunal.
—Estoy intentando que dentro de una hora no tengamos que explicar por qué acusamos de un delito a alguien antes de preguntarle.
—No tenemos tribunales.
—Mejor todavía.
Envió el mensaje.
Apareció la confirmación.
ENTREGADO.
Vespera observó la palabra.
Entregado.
No había vuelta atrás.
—¿Cuánto tardará?
Nira consultó la localización.
—Veintidós minutos caminando.
—Puede huir.
—Sí.
—¿Y no vas a bloquear su acceso a transporte?
—No.
—¿Sus credenciales?
—No.
—¿Puertas?
—Vespera.
—Estoy enumerando opciones.
—Estás descubriendo que te gustan.
Nira pareció arrepentirse apenas la dijo.
Vespera no respondió.
Porque algo en ella había reaccionado.
No a la acusación.
A la lista.
Bloquear transporte.
Cancelar credenciales.
Cerrar puertas.
Medidas simples.
Acciones claras.
No conversaciones.
No consenso.
No esperar a que cinco personas discutieran qué significaba exactamente una amenaza.
Una orden.
Y después el mundo cambiaba.
Vespera sintió algo parecido al alivio.
Lo odió inmediatamente.
—No tengo autoridad para hacer ninguna de esas cosas —dijo.
Nira la observó.
—No.
Vespera siguió mirando la pantalla.
—Ahora mismo me gustaría tenerla.
El silencio fue distinto esta vez.
Nira no reaccionó con una frase.
Eso hizo que Vespera quisiera retirarlo.
Podría haberlo convertido en miedo.
En una madre preocupada.
En una exageración.
No lo hizo.
—No porque quiera detener a cualquiera —añadió.
Nira permaneció callada.
—Solo porque…
Vespera buscó las palabras.
Porque negociar llevaba tiempo.
Porque el tiempo era exactamente lo que alguien había utilizado para mover los datos de Lyra por medio Marte.
Porque mientras ella discutía qué podía hacer, otras personas ya lo estaban haciendo.
Porque una orden habría sido más rápida.
—Porque no quiero tener que convencer a toda la gente antes de protegerla.
Nira la miró con una expresión que Vespera no pudo descifrar.
No era miedo.
Tampoco aprobación.
—Eso es precisamente para lo que sirve la autoridad —dijo Nira.
—Lo dices como si fuera algo malo.
—No.
Nira cerró varias ventanas.
Dejó solo el nombre.
IRIA SORN.
—Lo digo como si fuera algo que cambia a quien la tiene.
La terminal emitió un sonido.
Un mensaje.
Nira lo abrió.
IRIA SORN: EN CAMINO.
Vespera sintió que el cuerpo se le tensaba.
Veinte minutos antes quería encontrarla.
Ahora que venía hacia ellas, descubrió que no sabía qué esperaba oír.
Una explicación.
Una confesión.
Algo que permitiera volver simple todo aquello.
Nira se levantó.
—Voy a buscar una sala menos horrible.
—Esta sirve.
—Parece un armario.
—No podrá ponerse cómoda.
Nira se detuvo junto a la puerta.
—Vespera.
—¿Qué?
—Vamos a hacer preguntas.
—Sí.
—No vamos a decidir las respuestas antes de oírlas.
Vespera miró otra vez el nombre.
Después la puerta.
Después a Nira.
—Lo intentaré.
Nira asintió.
No era una promesa.
Pero era más de lo que Vespera habría querido admitir que necesitaba hacer.
Salieron.
Mientras caminaban por el corredor, dos personas se apartaron para dejarlas pasar.
Una tercera saludó a Vespera por su nombre.
Al final del pasillo, una administradora levantó la mano.
—Vespera.
Ella se detuvo.
—¿Sí?
—Tenemos un problema con la delegación de Hellas. Seguridad quiere saber si dejamos entrar el equipo completo de las Custodias o esperamos a que…
La mujer calló.
Miró a Vespera.
Esperando.
No a Nira.
A ella.
Vespera sintió la respuesta formarse inmediatamente.
Podía resolverlo.
Dos frases.
Quizá una.
Entonces recordó la sala técnica.
Bloquear.
Cancelar.
Cerrar.
—Habla con Oda —dijo.
La administradora parpadeó.
—Pero pensé que tú…
—Oda lleva seguridad de accesos.
—Sí. Claro.
Se marchó.
Nira siguió caminando.
Vespera tardó un segundo en alcanzarla.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Mentira.
—Un poco.
Continuaron.
La sala de reuniones estaba a veinte metros.
Iria tardaría todavía diecisiete minutos.
Vespera pensó que deberían haberle parecido pocos.
Le parecieron demasiados.
* * *