La medida Capítulo 8
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Capítulo 8

La firma de Iria

Nira llevaba nueve minutos sin moverse.

Vespera lo sabía porque había contado los primeros cuatro y después había intentado no seguir contando.

No había funcionado.

Estaban en la sala técnica inferior de Aonia, un espacio demasiado pequeño para haber sido diseñado como lugar de trabajo y demasiado lleno de cables para haber sido diseñado como cualquier otra cosa.

Una mesa, tres terminales, dos sillas y una unidad de refrigeración que producía un zumbido irregular cada veinte segundos.

Nira estaba sentada frente a la terminal central.

Vespera permanecía detrás.

—¿Qué? —preguntó al fin.

Nira no respondió.

—Nira.

—Lo estoy comprobando.

—Llevas comprobándolo nueve minutos.

Nira giró apenas la cabeza.

—¿Los has contado?

—No.

Nira la miró.

Vespera cruzó los brazos.

—Sí.

—Entonces dame otros dos.

Volvió a la pantalla.

Vespera empezó a caminar.

Tres pasos hasta la pared.

Dos hasta el armario técnico.

Cuatro de vuelta.

—Eso no ayuda —dijo Nira.

—A mí sí.

—A mí no.

Vespera se detuvo.

—¿Qué has encontrado?

Nira amplió una línea de datos.

—Todavía no sé exactamente qué he encontrado.

—Pero algo.

—Sí.

—¿Qué?

Nira exhaló.

—Una firma.

Vespera se acercó.

La pantalla mostraba una sucesión de claves, fechas y rutas que para ella parecían escritas con la intención deliberada de que ninguna persona quisiera leerlas.

Nira señaló una cadena.

—Aquí.

—No veo nada.

—Ya.

—Gracias.

—De nada.

Nira abrió otra ventana.

La cadena se resolvió en una identificación.

IRIA SORN.

Vespera dejó de respirar.

No mucho.

Lo suficiente.

Nira lo notó.

Por supuesto que lo notó.

—No —dijo Vespera.

Nira no respondió.

—No.

—Es su clave.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Completamente?

—Lo suficiente para no querer equivocarme antes de decírtelo.

Vespera volvió a mirar el nombre.

Iria Sorn.

Durante un segundo no vio letras.

Vio a una mujer demasiado recta al sentarse.

Una forma demasiado silenciosa de observar habitaciones.

La costumbre irritante de responder preguntas con una precisión que parecía diseñada para hacer sentir imprecisas a las demás.

Y a Lyra riéndose con ella.

Eso apareció después.

Fue peor.

—Localízala.

Nira giró la silla.

—Vespera.

—Ahora.

—Puedo localizarla.

—Hazlo.

—He dicho que puedo.

—Entonces no entiendo por qué sigues mirándome.

Nira mantuvo las manos apartadas del teclado.

—Porque localizarla no significa detenerla.

La respuesta llegó antes de que Vespera pudiera medirla.

—Todavía.

Silencio.

La unidad de refrigeración zumbó.

Se detuvo.

Nira no apartó los ojos de ella.

Vespera sintió la palabra suspendida entre ambas.

Todavía.

Podría haber dicho otra cosa.

Podría haber corregido.

No lo hizo.

—Eso ha sido rápido —dijo Nira.

—¿Qué?

—Llegar hasta ahí.

Vespera se apartó de la mesa.

—Su clave está en el robo de los datos de nuestra hija.

—Su clave está en la extracción.

—Eso acabo de decir.

—No.

—Nira.

—No es lo mismo.

Vespera soltó una risa breve, sin humor.

—Me encanta cuando decides que la semántica es más importante que una intrusión médica.

—Y a mí me encanta cuando decides que una diferencia técnica deja de existir porque estás enfadada.

—No estoy enfadada.

—Estoy intentando pensar.

—Muy fuerte.

Vespera volvió a caminar.

La sala parecía más pequeña que antes.

—Explícamelo.

Nira giró de nuevo hacia la terminal.

Abrió el registro completo.

—Hace meses alguien utilizó una clave Diseñada para solicitar acceso a determinados datos médicos de Lyra.

—Iria.

—La clave de Iria.

—Nira.

—Sí. Probablemente Iria.

—¿Probablemente?

—Las claves pueden copiarse.

—¿Esta fue copiada?

—No tengo indicios.

—Entonces fue ella.

—Eso es razonable.

—Gracias.

—No he terminado.

Vespera apretó la mandíbula.

Nira señaló otra línea.

—La solicitud no extrae el expediente completo.

—¿Cuánto?

—No lo sé todavía. Hay varios pasos. Pero esto…

Movió el dedo.

—…abre el primer acceso.

—Y de ahí sale todo.

—No.

—¿Otra vez?

—Sí. Otra vez.

Nira amplió una ruta.

—La clave permite sacar información del sistema clínico de Aonia. Después esos datos pasan por un canal externo.

—Diseñado.

—Sí.

—De Iria.

—Asociado a Iria.

Vespera la miró.

Nira sostuvo la mirada.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Ese lenguaje.

—Es el lenguaje correcto.

—Es el lenguaje de alguien que intenta no decir lo evidente.

Nira se apoyó contra el respaldo.

—Lo evidente es que Iria accedió a información médica de Lyra sin que nosotras lo supiéramos.

—Bien.

—Lo que no es evidente es que Iria enviara después fragmentos a Hellas, al Núcleo o a las Custodias.

—¿Cómo sabes que llegó a las Custodias?

Nira tardó medio segundo.

Demasiado.

Vespera lo vio.

—¿Qué no me has contado?

—Serah ha pedido acceso comparativo a ciertos metadatos.

—¿Serah está en Aonia?

—Llegará esta mañana.

—Eso no responde.

—No.

—Nira.

—No tengo el cuadro completo.

—Pero sabes algo.

—Sé que Hellas ha recibido información relacionada con el expediente.

Vespera sintió cómo otra pieza se colocaba en un lugar que no le gustaba.

—¿Y las Custodias?

—Eso parece.

—¿Qué significa «parece»?

—Que Serah está haciendo preguntas que solo tienen sentido si alguien más recibió material distinto.

Vespera miró otra vez el nombre de Iria.

—Pues ya está.

—¿Qué está?

—Sacó los datos y los distribuyó.

Nira negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué sigues insistiendo?

—Porque la secuencia no encaja.

—Explícamelo como si fuera estúpida.

—Nunca haces eso.

—Hoy puedo hacer una excepción.

Nira señaló la pantalla.

—La extracción inicial tiene la firma de Iria. Pero la distribución posterior utiliza rutas distintas. Viejas. Diplomáticas. Algunas ni siquiera deberían seguir activas.

—Eso no la excluye.

—No.

—Entonces.

—Tampoco la incrimina en esa parte.

Vespera empezó a decir algo.

Nira levantó una mano.

—Y hay otra cosa.

Vespera esperó.

—Los datos que salen de Aonia no parecen haberse enviado directamente a tres destinatarias.

—¿Qué parecen?

—Haber pasado por otro sitio.

—¿Dónde?

—Todavía no lo sé.

—¿Núcleo?

—No lo sé.

—¿Casa Kestrel?

—No lo sé.

—¿Una red privada Diseñada?

—Vespera.

—Estoy preguntando.

—Estás eligiendo respuestas.

Vespera dio un paso atrás.

—Porque tenemos una firma Diseñada.

—Tenemos la firma de Iria.

—Exactamente.

—No de toda una sociedad.

—No he dicho eso.

Nira la miró.

Vespera apartó la vista.

En la pantalla seguía apareciendo el nombre.

Iria Sorn.

Era casi un alivio.

Un nombre convertía la ansiedad en dirección.

Podías enfadarte con un nombre.

Podías vigilarlo.

Podías cerrarle una puerta.

Podías decirle a alguien que lo localizara.

Era mucho más sencillo que tener miedo de una red invisible.

—¿Dónde está? —preguntó.

Nira no respondió.

—La has localizado.

—Sí.

—¿Y?

—En Aonia.

Vespera giró la cabeza.

—¿Dónde?

—Sector oeste.

—¿Con Lyra?

—No lo sé.

—Compruébalo.

Nira no se movió.

—Nira.

—¿Por qué?

Vespera tardó demasiado.

—Porque si ha accedido a sus datos…

—No.

—¿No qué?

—Termina la frase.

—Porque si ha accedido a sus datos quiero saber si está con ella.

—Eso no era lo que ibas a decir.

Vespera sintió irritación.

—¿Ahora también sabes lo que voy a decir?

—Normalmente.

—Qué suerte la tuya.

—Estás asustada.

—Estoy intentando proteger a Lyra.

Nira apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Lo sé.

La suavidad de la respuesta irritó más a Vespera que cualquier discusión.

—No me hables así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras esperando que yo diga algo equivocado.

—No estoy esperando.

Vespera la miró.

—Ya lo has dicho.

La unidad de refrigeración volvió a arrancar.

Vespera sintió calor a pesar del aire frío de la sala.

—No quiero a Iria cerca de Lyra hasta que sepamos qué hizo.

—Bien.

La respuesta la sorprendió.

—¿Bien?

—Sí.

—Pensaba que ibas a discutir.

—No sobre eso.

—Entonces ¿sobre qué estamos discutiendo?

Nira se levantó.

La sala se volvió todavía más pequeña.

—Sobre por qué quieres mantenerla lejos.

Vespera se quedó inmóvil.

—Acabas de decir que estás de acuerdo.

—Estoy de acuerdo con que Lyra sepa que Iria aparece en el acceso a su expediente antes de decidir si quiere verla.

—Eso es mantenerla lejos.

—No.

—El resultado es el mismo.

—No.

Vespera soltó aire.

—Otra diferencia semántica.

—No. Una diferencia de autoridad.

Vespera sintió algo cerrarse.

—Si Iria ha puesto en riesgo a Lyra, no voy a dejar que Lyra tenga que decidirlo todo sola.

—No he dicho eso.

—Lo estás diciendo.

—Estoy diciendo que podemos darle información, seguridad y opciones.

—¿Y si elige verla?

Nira no contestó inmediatamente.

—Entonces tendremos que decidir qué medidas son razonables.

—Yo ya sé cuáles son.

—Ese es exactamente el problema.

Vespera se apartó.

No quería discutir delante del nombre de Iria.

Le parecía que concedía demasiado espacio a alguien que ni siquiera estaba allí.

—Nunca te gustó —dijo Nira.

Vespera se volvió.

—¿Perdón?

—Iria.

—Eso es irrelevante.

—Puede ser.

—Lo es.

—Entonces responde.

—¿A qué?

Nira la miró directamente.

—¿Quieres mantenerla lejos de Lyra porque tenemos pruebas o porque nunca te gustó que fuera Diseñada?

Vespera sintió el golpe.

No por inesperado.

Por preciso.

—Eso es injusto.

—Probablemente.

—Sabes perfectamente que no me importa de dónde venga.

—No he dicho de dónde venga. He dicho que sea Diseñada.

—Es lo mismo.

—Para ti, quizá.

Vespera abrió la boca.

No encontró una respuesta que no sonara preparada.

Nira esperó.

Eso era una de las cosas que peor hacía.

Esperar.

No rellenaba silencios.

No ayudaba.

Dejaba que una frase se pudriera sola hasta que su autora tuviera que olerla.

—No confío en ella —dijo Vespera.

—Lo sé.

—Desde antes de esto.

—También lo sé.

—Mide a Lyra.

—Sí.

—La observa como si estuviera resolviendo un problema.

—A veces.

—Tiene acceso a sistemas que aquí nadie entiende.

—Tú tampoco entiendes los míos y duermes conmigo.

Vespera le lanzó una mirada.

Nira no sonrió.

—No es gracioso.

—No pretendía serlo.

—Iria pertenece a una cultura que considera normal diseñar personas.

—Ahí está.

Vespera se calló.

Nira bajó la voz.

—Eso es lo que te preocupa.

—¿Debería no preocuparme?

—No he dicho eso.

—Entonces deja de tratarme como si hubiera confesado algo monstruoso.

—No es monstruoso desconfiar. Es peligroso confundir desconfianza con prueba.