La medida Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—El material que recibieron las Custodias no coincide completamente con los doce marcadores de nuestro registro oficial.

Serah sintió un escalofrío.

—¿Cuántos coinciden?

—No puedo…

—Maela.

—Cinco.

Serah pensó.

Cinco.

No doce.

—Entonces no os enviaron lo mismo.

—Evidentemente.

—No.

Serah negó con la cabeza.

—No entiendes.

Fue hasta la tableta, abrió una pantalla vacía y dibujó tres columnas.

Hellas.

Custodias.

Se detuvo.

Añadió:

Núcleo.

Maela se acercó.

—¿Qué haces?

—Si alguien hubiera robado un expediente y quisiera difundirlo, enviaría el expediente.

—No necesariamente.

—Si quisiera venderlo, quizá lo fragmentaría. Si quisiera ocultar su origen, también.

—O si no pudiera extraerlo entero.

Serah negó con la cabeza.

—Pero los fragmentos tendrían una lógica técnica.

Señaló la primera columna.

—Yo recibí marcadores que sirven para buscar historia.

Después la segunda.

—Vosotras recibisteis marcadores suficientes para alarmar a las Custodias, pero no una identidad.

—Correcto.

Serah tocó la tercera columna.

—Y las Diseñadas han enviado a Amara Kestrel a Aonia.

Maela frunció el ceño.

—Eso no demuestra que hayan recibido nada.

—No.

—Entonces no lo pongas como hecho.

Serah borró el encabezado.

Lo escribió de nuevo.

¿Núcleo?

—Mejor.

—Gracias.

—Sigo enfadada contigo.

—Lo sé.

—Bien.

Serah volvió a contemplar las columnas.

Algo seguía molestándola.

No era la fragmentación.

Era la selección.

Si una misma fuente había enviado cosas distintas…

—No está distribuyendo información —dijo.

—¿Qué?

—Está distribuyendo preguntas.

Maela no respondió.

Serah señaló la primera columna.

—A mí me pregunta de dónde viene.

La segunda.

—A las Custodias les pregunta si amenaza nuestra continuidad.

Tocó la tercera con el dedo.

—Y si las Diseñadas han recibido datos fisiológicos…

Dejó la frase sin terminar.

Maela la terminó por ella.

—Les pregunta si pueden reproducirlo.

Serah sintió que las palabras se asentaban entre ambas.

Una selección.

Tres destinatarias.

Tres formas distintas de mirar el mismo objeto.

No.

La misma persona, pensó.

Aunque todavía no supiera quién era.

—Alguien conoce nuestras obsesiones —dijo Maela.

Serah miró la pantalla.

—Sí.

—Y está utilizándolas.

Maela tenía razón.

Serah había seguido los marcadores porque no había podido evitarlo.

No porque una autoridad se lo ordenara.

No porque hubiera existido una amenaza.

Porque alguien había puesto una anomalía histórica delante de ella y había sabido exactamente qué ocurriría después.

—Tenemos que informar a Hellas —dijo Maela.

Serah reaccionó antes de pensarlo.

—Todavía no.

Maela la miró.

Serah oyó su propia respuesta.

Demasiado rápida.

Demasiado automática.

—Claro —dijo Maela.

—Necesitamos saber qué recibieron las otras sociedades.

—Claro.

—Si informamos ahora…

—Serah.

—¿Qué?

—Escúchate.

Serah calló.

Maela recogió la tableta.

—Llevas días decidiendo qué puede saber cada persona para proteger una investigación sobre alguien cuya información está siendo distribuida sin control.

—No es lo mismo.

Maela se limitó a mirarla.

Serah sintió la defensa morir antes de llegar a los labios.

No era lo mismo.

Pero se parecía.

Y de repente no estaba segura de cuánto.

La interfaz de pared emitió un tono.

SALIDA A AONIA: 06:40.

PRESENTACIÓN DE DELEGACIONES: 09:10.

Maela apagó la pantalla.

—Dormimos cuatro horas.

—No voy a poder dormir.

—Eso también lo sabía.

Maela se tumbó en una de las camas.

Serah permaneció de pie.

—Maela.

—¿Sí?

—Lo siento.

Maela tardó en responder.

—Sé que lo sientes.

No era perdón.

Serah lo agradeció.

Apagó la luz principal.

La habitación quedó iluminada por la línea tenue de la puerta y por el resplandor azul de la interfaz todavía activa.

Se acostó en la otra cama.

Había menos de un metro entre ambas.

Parecía mucho más.

—¿Serah?

—Sí.

—Cuando lleguemos a Aonia, no vuelvas a decirme que no pasa nada.

Serah miró el techo.

—No.

Un silencio.

—¿No qué?

—No volveré a decirlo.

Maela giró hacia ella.

Serah podía distinguir apenas la forma de su rostro en la oscuridad.

—Bien.

Pasaron varios minutos.

Serah pensó que Maela se había dormido.

Entonces oyó su voz.

—Cinco de nuestros marcadores tampoco están entre los doce que acabas de describir.

Serah se incorporó.

—¿Qué?

Maela no se movió.

—Has dicho suficiente para que pueda saberlo.

Serah sintió cómo desaparecía de golpe cualquier posibilidad de sueño.

—Entonces no son dos copias incompletas del mismo fragmento.

—No.

—Son dos selecciones distintas.

—Sí.

Serah buscó la tableta a tientas.

La encendió.

Tres columnas aparecieron otra vez sobre la pantalla.

Hellas.

Custodias.

¿Núcleo?

Dos versiones diferentes.

Probablemente tres.

No alguien repartiendo lo que había conseguido sacar.

Alguien escogiendo qué debía ver cada una.

Serah contempló las palabras durante mucho tiempo.

Después añadió una cuarta línea.

Aonia.

Maela se incorporó en la cama.

—¿Qué has hecho?

—Una pregunta.

—¿Cuál?

Serah miró la pantalla.

Hasta ese momento había pensado que viajaban a Aonia para descubrir qué era L-17.

Ahora comprendía que aquella quizá nunca había sido la pregunta importante.

—Quiero saber qué le enviaron a ellas.

* * *