La medida Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Maela la estaba mirando.

—¿Qué? —preguntó Serah.

La pregunta salió demasiado rápido.

Maela bajó la pantalla.

—Ah.

Serah sintió frío.

—¿Qué significa «ah»?

—Significa que sabes qué es.

—Acabas de enseñármelo.

—No te he enseñado nada. Has leído un código.

Serah se puso de pie.

—¿Qué tienen las Custodias sobre L-17?

Maela no respondió.

—Maela.

—Ahora sí estás haciendo preguntas muy concretas.

—Contéstame.

—Doce minutos atrás no podías hablarme de tu trabajo.

—Esto es diferente.

—¿Por qué?

Serah abrió la boca.

La cerró.

Porque L-17 estaba en sus archivos.

Porque llevaba días siguiendo doce marcadores.

Porque uno de ellos pertenecía a su propia historia familiar.

Porque tres noches antes había encontrado una referencia del año once del Silencio y desde entonces dormía como si algo pudiera cambiar mientras cerraba los ojos.

No dijo nada de eso.

Maela la observó y perdió parte de la dureza de la expresión.

—Nos llegó hace seis días.

Serah tardó un instante en procesarlo.

—¿Qué os llegó?

—Un conjunto de marcadores.

El mundo pareció contraerse hasta la habitación.

—¿Cuántos?

—No puedo decírtelo.

—¿Doce?

Maela se quedó inmóvil.

Eso bastó.

Serah sintió un vuelco.

—Doce —repitió.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Se acercó.

—¿Qué más?

—Serah.

—¿Genoma completo?

—No.

—¿Escáneres?

—No sé de qué estás hablando.

Aquello la detuvo.

Serah estudió su rostro.

Maela no estaba fingiendo.

Nunca había sido especialmente buena fingiendo ignorancia con ella. Podía mentir a una asamblea completa sin alterar la respiración, pero a Serah le aparecía una tensión mínima en la mandíbula.

No estaba allí.

—¿No tenéis el expediente? —preguntó.

—¿Qué expediente?

Serah dio un paso atrás.

Empezó a pensar.

No en Maela.

En los datos.

Doce marcadores.

Eso había recibido ella.

Una selección minúscula.

Suficiente para reconocer genealogías.

Suficiente para llevarla hacia archivos fundacionales.

Pero no para analizar una fisiología.

No para identificar una persona.

No para hacer las preguntas que, al parecer, estaban haciendo las Diseñadas.

Maela la observó comprenderlo.

—¿Qué tienes tú?

Serah no respondió.

—Serah.

—¿Quién os lo envió?

—No lo sabemos.

—¿El mismo canal?

—No sé qué canal usaste tú.

—¿Cómo estaba etiquetado?

—L-17.

—Eso no es una descripción. Es una designación.

—Es la que recibimos.

Serah se apartó.

Necesitaba espacio.

La habitación era demasiado pequeña.

Abrió la interfaz de pared y solicitó sus archivos de trabajo. No los privados. No podía abrir aquellos con Maela delante.

Buscó la ficha de recepción.

Fecha.

Hora.

Ruta.

Metadatos.

Muy pocos.

Siempre le había molestado aquello.

Ahora parecía deliberado.

—Seis días —dijo.

—Sí.

Serah calculó.

—Yo lo recibí antes.

Maela la miró fijamente.

Ya estaba dicho.

No podía retirarlo.

—¿Cuánto antes?

Serah ignoró la pregunta.

—¿Las Custodias saben de quién se trata?

—No.

—¿Están seguras?

—No hay identidad en el material.

Serah sintió que una estructura encajaba con otra.

Ella había recibido historia.

Las Custodias habían recibido historia.

Pero quizá no exactamente la misma.

Las Diseñadas…

Recordó la convocatoria.

Aonia.

El interés repentino.

La presencia de Amara Kestrel.

—¿Qué sabes de las Diseñadas? —preguntó.

—Lo que sabe toda Hellas.

—No. Sobre L-17.

—Nada.

Serah empezó a caminar.

Tres pasos hasta la pared.

Tres de vuelta.

Maela la siguió con la mirada.

—Deja de hacer eso.

—Estoy pensando.

—Piensa sentada.

Serah no le hizo caso.

—No es una filtración.

—¿Qué?

—O no es solo una filtración.

Maela dejó la tableta sobre la cama.

—Explícate.

Serah se detuvo.

Ahora llegaba la parte difícil.

Podía continuar guardando silencio.

Tenía razones.

Protocolos.

Competencias.

La investigación todavía no estaba verificada.

Había materiales que no podía enseñar a una Custodia solo porque compartieran una cama.

Precisamente porque compartían una cama.

Pero Maela ya estaba dentro del problema.

No por Serah.

Por otra persona.

Y eso cambiaba las reglas.

—Yo recibí doce marcadores —dijo.

Maela no reaccionó.

Solo la miró.

—Hace más de seis días.

Silencio.

—Uno pertenece a mi linaje.

La expresión de Maela cambió.

Muy poco.

Para cualquier otra persona habría sido nada.

Para Serah fue como verla retroceder.

—¿A tu linaje?

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Y no me dijiste nada?

Serah cerró los ojos un instante.

—No podía.

—No querías.

—No es lo mismo.

—Empiezo a pensar que esa frase depende mucho de quién la diga.

Serah abrió los ojos.

—Encontré otros dos que podía reconocer. Después uno en registros muy anteriores a la fundación de las Puras.

Maela olvidó durante un segundo que estaba enfadada.

—¿Cuánto anteriores?

—Año once.

—Eso no puede…

Se detuvo.

—¿No puede qué?

Maela miró hacia otro lado.

Ahora fue Serah quien reconoció la maniobra.

—¿Qué sabes tú?

—No estamos hablando de mí.

—Ahora sí.

—Serah.

—Maela.

Permanecieron frente a frente.

Había algo absurdo en discutir así después de tantos años. Ambas conocían demasiado bien las herramientas de la otra.

Maela acabó suspirando.