Capítulo 7
La misión de Hellas
Serah supo que las Custodias habían enviado a Maela antes de verla.
Había tres asientos reservados en el transporte.
El suyo.
El de la delegada administrativa, una mujer llamada Edrin que llevaba desde el embarque revisando dos veces cada documento que ya había revisado en Hellas.
Y un tercero marcado con el sello de las Custodias.
Serah se detuvo en el pasillo.
El transporte vibraba bajo sus pies con ese rumor grave que tenían todos los vehículos de largo recorrido, una vibración que se sentía primero en las plantas y después en los dientes.
Más allá del cristal reforzado, Hellas se extendía en terrazas sucesivas, construcciones bajas hundidas contra el terreno, depósitos de agua y líneas de cultivo protegidas por muros de polvo rojizo.
El asiento estaba vacío.
—¿Algún problema? —preguntó Edrin.
Serah dejó la bolsa en el compartimento superior.
—Ninguno.
Se sentó junto a la ventanilla.
No preguntó quién venía.
Eso habría sido admitir que le importaba.
Dos minutos después, Maela apareció por el extremo del pasillo.
Serah cerró los ojos.
Solo un instante.
Cuando volvió a abrirlos, Maela ya la había visto.
No sonrió.
Llevaba el cabello recogido con la precisión que exigían las Custodias durante actos oficiales, dejando a la vista la curva de las orejas y la línea limpia del cuello. Su ropa era gris oscuro, sin adornos salvo la insignia plateada prendida cerca de la clavícula.
Serah conocía esa insignia.
También conocía la piel que había debajo.
Maela dejó una bolsa pequeña en el compartimento y ocupó el asiento libre.
—Serah.
—Maela.
Edrin levantó los ojos de la pantalla.
Miró a una.
Después a la otra.
Decidió, con sensatez, volver a sus documentos.
El transporte empezó a moverse.
Durante los primeros veinte minutos ninguna de las dos habló.
Serah intentó concentrarse en el paisaje.
Las paredes interiores de Hellas fueron quedando atrás. Las zonas habitadas dieron paso a corredores de mantenimiento, después a extensiones abiertas donde la infraestructura humana era apenas una línea oscura junto al horizonte.
Había hecho aquel trayecto otras veces.
Nunca con Maela sentada a su lado después de haberle mentido.
El problema de mentir a alguien que conocía tu cuerpo era que el cuerpo continuaba hablando.
Serah mantenía las manos juntas.
Demasiado juntas.
Tenía el pie derecho inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Y llevaba siete minutos sin mirar a Maela.
Demasiado tiempo.
—Puedes respirar —dijo Maela.
Serah giró la cabeza.
—Estoy respirando.
—Técnicamente.
Edrin carraspeó.
Maela bajó la voz.
—No voy a interrogarte.
—Qué alivio.
—Todavía.
Serah miró de nuevo por la ventanilla.
—Eso ha sonado exactamente como un interrogatorio.
—Era la intención.
La comisura de los labios de Maela se movió apenas.
Serah conocía aquel gesto también.
Era el que utilizaba cuando quería hacerle saber que seguía enfadada sin concederle todavía el rango de conflicto.
Tenían una clasificación privada para esas cosas.
O la habían tenido.
Serah no estaba segura de cuándo una costumbre compartida dejaba de serlo.
—¿Por qué te envían? —preguntó.
Maela apoyó la cabeza contra el respaldo.
—Buenos días a ti también.
—Nos hemos saludado.
—Has pronunciado mi nombre.
—Es una forma de saludo.
—En archivos del siglo nueve, quizá.
Serah consiguió no sonreír.
Maela sí lo hizo esta vez.
Duró poco.
—Las Custodias quieren representación propia en Aonia.
—Ya hay representación de Hellas.
—No para esto.
Serah dejó de mirar el paisaje.
—¿Para qué?
Maela la observó.
No respondió inmediatamente.
Aquello era deliberado.
Maela no tenía la formación histórica de Serah, pero entendía muy bien el valor de los silencios. Sabía que una respuesta tardía obligaba a la otra persona a revelar cuánto deseaba o temía conocerla.
Serah había utilizado la misma técnica en archivos orales.
Odiaba que funcionara contra ella.
—Para la conversación que vamos a tener —dijo Maela al fin.
—Eso no significa nada.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo las Custodias envían una representante a una reunión sin decirle a la investigadora principal qué va a representar?
—Desde que la investigadora principal considera que puede trabajar durante noches enteras sobre material restringido y después decirme que no ocurre nada.
Edrin dejó de pasar páginas.
Serah la miró.
Edrin sostuvo la vista durante medio segundo y se levantó.
—Voy a buscar agua.
La zona de servicio estaba a tres metros.
Ninguna de las dos señaló el detalle.
Maela esperó hasta que Edrin estuvo fuera de alcance.
—No tienes que contarme nada que no puedas contarme —dijo.
—Eso parece muy distinto de lo que acabas de decir.
—Porque son dos cosas distintas.
—Explícame la diferencia.
—No me molesta que tengas secretos profesionales, Serah. Me molesta que finjas que no existen.
Serah sintió una presión pequeña y precisa debajo del esternón.
—Te dije que estaba trabajando.
—Me dijiste que estabas cansada.
—También era verdad.
—No es lo mismo.
Serah volvió la cara hacia la ventanilla.
El suelo marciano avanzaba debajo de ellas en una sucesión de ocres y sombras. Había zonas en las que todavía podía imaginar Marte sin nadie.
La idea siempre le había producido tranquilidad.
Últimamente empezaba a parecerle otra clase de mentira.
—No podía hablarte de ello.
—Podías haber dicho eso.
Serah no contestó.
Maela esperó.
Luego apoyó el brazo entre ambos asientos.
No llegó a tocarla.
La distancia entre su mano y la de Serah era de apenas unos centímetros.
Antes aquella distancia no habría sobrevivido ni un minuto.
—¿Sigues sin poder? —preguntó.
—Sí.
Era una respuesta técnicamente correcta.
Serah empezaba a odiar las respuestas técnicamente correctas.
Maela asintió.
Retiró la mano.
El gesto dolió más de lo que Serah esperaba.
Edrin regresó con un vaso de agua que ninguna de las dos había pedido.
Se sentó.
Durante otra hora hablaron de cosas que no importaban.
De los protocolos de entrada de Aonia.
De la composición de la delegación.
De una modificación reciente en los horarios de transporte.
Del alojamiento asignado.
Serah respondió cuando correspondía y escuchó cuando era necesario.
Maela hizo lo mismo.
Era casi peor que discutir.
Cuando dejaron atrás la última estación de enlace de Hellas, Edrin se puso auriculares y cerró los ojos.
Maela estaba leyendo un informe.
Serah reconoció el formato.
No el contenido.
Intentó no mirar.
Fracasó.
—¿Qué es?
Maela deslizó un dedo y oscureció la pantalla.
—Información de las Custodias.
—Eso ya lo había deducido.
—Entonces tu curiosidad ha quedado satisfecha.
—Nunca funciona así.
—Lo sé.
Maela siguió leyendo.
Serah esperó.
Un minuto.
Dos.
—Estás disfrutando de esto.
—Muchísimo.
—Cruel.
—Historiadora.
Serah la miró.
Maela mantuvo una expresión perfectamente neutra durante tres segundos.
Después cedió.
—Es la evaluación preliminar para la reunión.
—¿Qué evaluación?
—La nuestra.
—¿Sobre Aonia?
—En parte.
—¿Sobre las Diseñadas?
—En parte.
La tensión regresó a sus hombros.
—Maela.
—¿Qué?
—Sabes que odio cuando haces esto.
—Y tú sabes que normalmente me cuentas las cosas antes de que tenga que hacerlo.
Aquello cerró la conversación.
Serah se obligó a mirar otra vez el paisaje.
No llegaron a Aonia aquel día.
El transporte de Hellas enlazaba con una estación de tránsito donde las delegaciones pasaban la noche antes de continuar hacia los asentamientos del Margen.
No era territorio de ninguna de las tres grandes estructuras políticas, aunque todas mantenían una dotación allí y cada una insistía en que eso no constituía presencia política.
La habitación asignada tenía dos camas.
Serah miró la segunda.
Luego a Maela.
—Puedo solicitar otra.
—¿Quieres?
La pregunta era sencilla.
Serah dejó la bolsa sobre una silla.
—No.
Maela hizo lo mismo.
—Entonces no la solicites.
Durante un rato organizaron sus cosas en silencio.
Habían compartido habitaciones cientos de veces.
Eso producía una intimidad distinta a la del deseo.
Maela sabía que Serah dejaba siempre la ropa del día siguiente preparada en el respaldo de una silla.
Serah sabía que Maela comprobaría dos veces el cierre de la puerta aunque el indicador ya estuviera verde.
Maela sabía que Serah necesitaba leer antes de dormir.
Serah sabía que Maela acabaría quitándose la cinta del cabello porque le producía dolor detrás de las orejas y nunca lo admitía hasta que era demasiado tarde.
Serah esperó.
Pasaron siete minutos.
Maela se llevó una mano a la nuca.
Serah abrió el cajón junto a la cama y sacó una pequeña tira térmica.
—Ven.
Maela la miró.
—Puedo hacerlo.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué has dicho «ven»?
—Porque eres insoportable cuando te duele la cabeza.
Maela permaneció inmóvil.
Después se sentó de espaldas a ella en el borde de la cama.
Serah retiró el cierre del cabello.
Lo hizo despacio.
El pelo de Maela cayó sobre sus hombros.
Serah separó algunos mechones y colocó la tira térmica en la base del cráneo.
Sus dedos rozaron la piel.
Maela respiró más hondo.
Solo una vez.
Serah también lo notó.
Por supuesto que lo notó.
El cuerpo hablaba.
Siempre.
—Mejor —preguntó Serah.
—Sí.
No retiró las manos inmediatamente.
Maela tampoco se movió.
Durante unos segundos existió el hábito anterior a L-17.
El anterior a la mentira.
Serah deslizó los dedos por el cabello de Maela para ordenarlo.
Era un gesto inútil.
Lo había hecho cientos de veces.
Maela inclinó apenas la cabeza hacia atrás.
Serah retiró las manos.
—Listo.
Maela se volvió.
Estaban demasiado cerca.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme eso.
—Últimamente no sé qué cosas tengo que agradecerte y cuáles no.
Serah sintió la frase antes de entenderla.
—¿Qué significa eso?
Maela sostuvo su mirada.
—Nada.
Serah casi se rió.
No lo hizo.
—Eso ha sido cruel.
—Sí.
—Y deliberado.
—También.
Maela se levantó.
Fue hasta su bolsa.
Sacó la tableta.
—De acuerdo.
Serah frunció el ceño.
—¿De acuerdo qué?
—No podemos seguir dos días así.
Activó la pantalla.
Serah vio el sello de las Custodias.
Debajo había un encabezado que no esperaba.
L-17.
Durante un segundo creyó haberlo leído mal.
No reaccionó.
O eso intentó.