La medida Capítulo 6
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Capítulo 6

Amara

Lyra descubrió que la política tenía opiniones sobre sus hombros.

—Demasiado abierto —dijo Vespera.

Lyra miró su propia ropa.

Después a su madre.

—Tengo hombros todos los días.

—Hoy vienen Diseñadas.

—¿Y normalmente no saben que existen?

Nira dejó escapar una risa desde la mesa.

Vespera la señaló.

—No ayudes.

—No estaba ayudando.

—Eso es peor.

Lyra volvió a observarse en la superficie reflectante de la pared.

Llevaba pantalones oscuros, botas y una prenda de soporte azul que dejaba brazos, clavículas y parte de la espalda descubiertos. Era más cuidada que la ropa de trabajo y bastante menos formal que cualquier cosa que Iria consideraría apropiada para recibir a una delegación del Núcleo.

Precisamente por eso la había elegido.

—¿Qué quieres que me ponga?

—No lo sé.

—Excelente. Me alegra que hayamos identificado el problema.

Vespera se pasó una mano por la nuca.

Desde la solicitud diplomática de la noche anterior había dormido poco y disimulado peor. Se había cambiado de ropa dos veces. Lyra no recordaba haberla visto hacer eso jamás.

Aquello resultaba más inquietante que la llegada de las Diseñadas.

—No quiero que parezca que—

Vespera se detuvo.

Lyra esperó.

—¿Que qué?

—Nada.

—Mamá.

—Que estamos haciendo una demostración.

Lyra bajó la vista hacia sí misma.

—¿De qué?

Vespera abrió las manos.

Eso tampoco ayudó.

Nira intervino sin levantar la vista de la terminal.

—Vespera está intentando decir que cualquier cosa que te pongas va a interpretarse.

—Gracias.

—No era una defensa.

Lyra suspiró.

—Entonces me pongo esto.

—Eso también se interpretará —dijo Vespera.

—Perfecto. Así no tenemos que seguir hablando.

Cogió la chaqueta.

Vespera la miró.

—¿Vas a ponértela?

—Si hace frío.

—Lyra.

—No pienso vestirme para que una desconocida saque la conclusión política correcta sobre mis brazos.

Nira levantó una mano.

—Técnicamente está hablando de hombros.

Lyra sonrió.

Vespera la fulminó con la mirada.

—Las dos sois insoportables.

—Eso también puede interpretarse políticamente —dijo Nira.

Lyra abrió la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—¿Iria viene?

El silencio fue pequeño.

Pero estuvo ahí.

Vespera fue la primera en responder.

—No está en la delegación de recepción.

—No he preguntado eso.

—Entonces pregúntale a Iria.

Lyra sostuvo la mirada de su madre.

Desde que le habían explicado la intrusión, Vespera no había acusado a Iria de nada.

Tampoco había vuelto a pronunciar su nombre si podía evitarlo.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—Dijo que no sabía si debía.

Vespera hizo un gesto casi imperceptible.

Lyra lo vio.

—Va a venir.

—No puedes decidir eso tú sola.

Ambas se quedaron quietas.

Nira levantó lentamente los ojos de la terminal.

Lyra esperó.

Vespera cerró los ojos durante un instante.

—Vale —dijo—. Esa me la he ganado.

—Sí.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La mía.

Lyra sonrió.

—Eso sí sería preocupante.

* * *

La delegación llegó por el corredor oriental a las 11:17.

Lyra supo que eran ellas antes de que nadie lo anunciara.

No porque las Diseñadas fueran físicamente uniformes. No lo eran.

Porque caminaban como si hubieran sabido exactamente dónde estaría cada una cuando se abrieran las puertas.

Cinco mujeres.

Dos técnicas.

Una representante diplomática.

Una especialista de seguridad.

Y Amara Kestrel.

Lyra la reconoció inmediatamente.

Toda la gente conocía la cara de Amara.

Incluso en Aonia.

Casa Kestrel aparecía en demasiados sistemas, medicamentos y materiales como para fingir que el nombre no importaba.

Iria había trabajado con tecnologías suyas.

Nira las criticaba con frecuencia. Vespera decía que cualquier sociedad donde una familia pudiera controlar una solución médica durante cien años tenía un problema que no se arreglaba llamándolo propiedad intelectual.

Lyra había esperado encontrar una mujer impresionante.

No había esperado encontrarla tan difícil de mirar solo una vez.

Amara llevaba el cabello casi blanco completamente suelto.

La ropa era clara, ajustada sin parecer tensa, sencilla hasta que se miraba lo suficiente para comprender que nada en ella lo era.

Su cuerpo mostraba Diseño sin pedir disculpas: cintura extrema, proporciones calculadas, una abundancia corporal sostenida con una facilidad que Lyra reconoció inmediatamente como técnicamente imposible sin intervención.

Eso fue lo primero que vio.

Lo segundo fue la cara.

Amara estaba mirando exactamente hacia ella.

No hacia Vespera.

No hacia la mujer encargada del corredor.

Hacia Lyra.

Y no apartó los ojos cuando Lyra la descubrió.

Bien.

Lyra tampoco.

La distancia entre ambas se redujo mientras la delegación avanzaba.

Iria estaba unos metros detrás de Lyra.

No hacía falta mirarla para saber que se había dado cuenta.

—Amara Kestrel —dijo la mujer del corredor cuando llegaron—. Bienvenida a Aonia.

Amara sonrió.

—Gracias.

Su voz era más cálida de lo que Lyra esperaba.

Vespera dio un paso adelante.

No llevaba ningún distintivo de cargo, porque no tenía ninguno.

Aun así, todas miraron hacia ella.

Amara también.

—Vespera.

—Amara.

No se dieron la mano.

Lyra no sabía si aquello era protocolo o una forma muy educada de hostilidad.

—Esperaba una recepción más pequeña —dijo Amara.

Vespera miró alrededor.

Había quizá veinte personas.

—Esto es pequeña.

—Comprendo.

—No creo.

Amara sonrió otra vez.

Lyra empezó a entender por qué Voss la encontraba irritante. Iria nunca había dicho que Voss la encontrara irritante, pero debía de ser imposible no hacerlo.

Amara volvió los ojos hacia ella.

—Lyra.

No era una pregunta.

Lyra sintió algo desagradable.

Pequeño.

Frío.

—Sí.

—Gracias por venir.

Lyra casi se rió.

—Vivo aquí.

Un par de mujeres de la delegación bajaron la mirada.

Amara no.

—Eso simplifica bastante la logística.

—¿Sabes mi nombre desde cuándo?

La pregunta cortó la cortesía.

Vespera giró la cabeza hacia ella.

Lyra no la miró.

Amara tardó apenas un segundo.

—Desde hace aproximadamente catorce horas.

—Eso es bastante específico.

—Me gustan las cifras útiles.

Iria se movió detrás de ella.

Lyra notó el gesto.

—¿Y antes?

Amara sostuvo la mirada.

—Antes sabía que existía una persona.

—L-17.

Esta vez Amara no respondió inmediatamente.

La confirmación llegó precisamente por eso.

El corredor pareció estrecharse.

Había sabido racionalmente que aquella gente tenía sus datos.

Otra cosa era escuchar el nombre que le habían puesto.

—No me llames así.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Vespera intervino.

—Podemos continuar esto en otro sitio.

Amara miró a Lyra un instante más.

—Por supuesto.

* * *

Habían preparado una sala comunitaria cerca del corredor de entrada.

Alguien había decidido retirar la mitad del mobiliario para que pareciera más formal.

El resultado parecía una sala comunitaria a la que le faltaban muebles.

Lyra se sentó al lado de Iria.

Vespera permaneció de pie.

Nira ocupó una esquina con su terminal.

Amara eligió una silla frente a Lyra.

La diplomática del Núcleo empezó a hablar.

Nombre.

Mandato.

Cooperación.

Interés compartido.

Confidencialidad.

Lyra dejó de escuchar a la tercera frase.

Observó a Amara.

No podía evitarlo.

No era solo belleza.

Aonia estaba llena de mujeres hermosas. También de cuerpos extraños, extraordinarios, heredados, accidentales, duales, no duales, modificados y remendados.

Amara tenía otra cosa.

Parecía una decisión.

Lyra no había conocido nunca a nadie cuyo cuerpo comunicara con tanta claridad que alguien había elegido cada elemento y luego había vuelto a elegirlo.

Iria también era Diseñada.

Pero en ella el Diseño se había vuelto discreto con los años.

Amara no quería discreción.

Amara se volvió hacia ella sin mover la cabeza.

—Puedes preguntar.

Lyra parpadeó.

La diplomática siguió hablando.

—¿Qué?

—Lo que estás calculando.

Iria hizo un ruido mínimo.

Lyra sonrió.

—No estaba calculando.

—Entonces estaba equivocada.

—¿Eso pasa mucho?

—Lo suficiente para mantenerme interesada.

Vespera las miró.

La diplomática dejó de hablar.

Amara hizo un gesto.

—Perdón.

No parecía sentirlo.

La mujer retomó la explicación.

Lyra se inclinó hacia Iria.

—Me cae bien.

—Naturalmente —murmuró Iria.

—Eso ha sonado celoso.

—Eso ha sonado irresponsable.

Lyra sonrió aún más.

Iria no.

La reunión llegó por fin a algo concreto.

Amara tomó la palabra.

—El expediente recibido por el Núcleo contiene información que no hemos podido clasificar mediante los modelos habituales.

Vespera cruzó los brazos.

—¿Recibido de quién?

—No lo sabemos.

—Conveniente.

—También para mí sería más conveniente saberlo.

—¿Qué datos tenéis?

—Eso deberíamos discutirlo con Lyra.

Vespera respondió antes que ella.

—Lo discutís aquí.

Amara levantó ligeramente una ceja.

—No me refería al lugar.

El silencio cambió.

Lyra miró a su madre.

Vespera no pareció darse cuenta todavía.

Amara continuó.

—Hay información médica individual que no considero apropiado enumerar delante de veinte personas sin preguntar primero a la interesada.

Una satisfacción pequeña y bastante injusta apareció.

Vespera sí lo notó esta vez.

—Estamos aquí porque su información ya ha sido robada.

—Precisamente.

—No vamos a fragmentar esto en conversaciones privadas.

—No he pedido fragmentar nada.

—Has pedido hablar con ella.

—Sí.

—No.

Lyra dejó de sonreír.

Amara no miró a Vespera.

La miró a ella.

Eso empeoró las cosas.

—¿Tú quieres hablar conmigo? —preguntó.

Lyra iba a responder.

Vespera se adelantó.

—No a solas.

La sala quedó en silencio.

No era un silencio diplomático.

Era el silencio de Aonia.

El que aparecía cuando alguien acababa de hacer algo que toda la gente había escuchado, pero todavía nadie había decidido cómo nombrar.

Lyra giró lentamente la cabeza.

—No decides tú con quién hablo.

Vespera la miró.

—No he dicho eso.

—Acabas de decir «no».

—He dicho que no vas a tener una conversación privada con la persona que representa a una Casa que ha recibido datos robados de tu cuerpo.

—Eso suena muchísimo a decidir con quién hablo.

—Lyra.

—Vespera.

Usar su nombre en lugar de mamá cambió algo.

Nira bajó la vista a la terminal.

Iria se quedó inmóvil.

Amara no intervino.