Capítulo 5 #2
La responsable médica insistía en que necesitaban conocer la identidad de la paciente para evaluar protocolos.
Nira intentó explicar que modificar permisos antes de capturar un espejo de registros podía destruir información.
Nadie la escuchaba ya.
Vespera se puso en pie.
No habló.
Esperó.
Oda la vio primero.
Luego Suna.
El resto fue apagándose.
Otra vez.
Vespera notó una pequeña punzada de irritación.
No sabía contra quién.
—La persona afectada ha pedido que esto no se haga público todavía —dijo.
Nira levantó la cabeza.
La frase salió limpia.
Sin vacilación.
Suna la observó con atención.
—¿Ha pedido cuarenta y ocho horas?
—Ha pedido privacidad.
—No es la misma cosa.
—No.
—¿Entonces?
Vespera sabía exactamente qué necesitaba aquella sala.
No una orden.
Una razón que permitiera a cada una ceder sin sentir que había renunciado a sus principios.
Las Abiertas no aceptarían secreto por seguridad.
Podían aceptarlo por autonomía individual.
Las Resguardistas no aceptarían inacción por libertad.
Podían aceptarla si Nira necesitaba proteger una investigación.
La solución estaba delante de ella.
Solo tenía que empujar.
—Entonces hacemos ambas cosas —dijo—. Protegemos su decisión durante cuarenta y ocho horas y damos a Nira tiempo para saber si el riesgo afecta a alguien más.
Si descubre otro acceso, se informa inmediatamente.
Si detecta actividad presente, se informa inmediatamente.
Si alguien intenta borrar registros, se informa inmediatamente.
Si en cuarenta y ocho horas no sabemos más, se informa de todos modos.
Oda hizo una mueca.
—Y mientras tanto no cerramos nada.
—Nada que Nira necesite abierto.
Suna cruzó los brazos.
—Ni controles de movimiento.
—No.
—Ni registros extraordinarios.
—No.
—Ni listas de llegadas Diseñadas.
Oda giró la cabeza.
—Eso es absurdo.
—No —dijo Vespera—. Nada de listas.
Oda abrió la boca.
Vespera levantó una mano.
—No vamos a convertir a toda mujer nacida en el Núcleo en sospechosa porque alguien usó un protocolo médico antiguo.
Pensó en Iria.
El pensamiento fue demasiado rápido.
Lo dejó pasar.
Suna miró a Nira.
—¿Cuarenta y ocho horas te bastan?
Nira observó primero a Vespera.
Después respondió:
—No.
Vespera sintió que varias miradas volvían hacia ella.
Nira añadió:
—Pero en cuarenta y ocho horas sabré si necesito más.
Oda resopló.
—Maravilloso.
La administradora de suministros levantó una mano.
—¿Tenemos que votar algo?
Vespera no respondió inmediatamente.
Suna sonrió sin alegría.
—Esa sí que es una buena pregunta.
La responsable médica dijo:
—Yo acepto esperar si hay aviso automático ante un segundo acceso.
—También yo —dijo otra.
Oda negó con la cabeza.
—Quiero revisión de permisos exteriores.
—Dentro de cuarenta y ocho horas —dijo Vespera.
—No te he preguntado.
Vespera miró alrededor.
Una tras otra, las mujeres empezaban a formular variaciones de la misma posición.
Esperar.
Con condiciones.
Sin cierre.
Sin publicación.
Cuarenta y ocho horas.
No hubo votación.
Nadie la convocó.
Nadie declaró acuerdo.
La conversación simplemente dejó de buscar otra salida.
Vespera supo que había terminado.
—Bien —dijo.
Suna la miró inmediatamente.
—No digas «bien» como si acabaras de cerrar una reunión.
Vespera sonrió.
—¿La reunión está cerrada?
—No era una reunión.
—Entonces mucho mejor.
Oda soltó una carcajada a pesar suyo.
La tensión bajó lo suficiente para que empezaran a levantarse.
Suna fue la última.
Al pasar junto a Vespera se detuvo.
—Algún día vas a tener que decidir si realmente crees que no mandas.
Vespera la miró.
—Hoy no.
—Eso también es una decisión.
Se marchó.
* * *
Nira esperó a que la puerta se cerrara.
Vespera recogió dos vasos vacíos que no eran suyos.
—No digas nada.
—Has ganado.
Vespera dejó un vaso dentro del reciclador.
—No era una votación.
—Precisamente.
—No he ganado nada.
—Has propuesto el plazo, las condiciones y el criterio de reapertura. La sala ha terminado haciendo exactamente eso.
—Porque era razonable.
—Eso no cambia lo que ha ocurrido.
Vespera cogió el segundo vaso.
Nira seguía sentada.
—¿Quieres ayudar o vas a quedarte ahí haciendo de conciencia moral?
—Puedo hacer ambas cosas.
Vespera arrojó el vaso al reciclador con más fuerza de la necesaria.
—Lyra no quiere que su nombre circule.
—Eso dijo.
—Pues ya está.
—No.
Vespera se volvió.
Nira cerró la terminal.
—Lyra dijo: «No digáis mi nombre».
—Sí.
—No dijo: «No digáis que ha ocurrido una intrusión».
—Es prácticamente lo mismo.
—No.
—Si anunciamos que alguien ha entrado en un solo expediente médico, tardarán una hora en empezar a preguntar de quién.
—Probablemente.
—Y otra en descubrirlo.
—Quizá.
—Entonces la estoy protegiendo.
Nira la observó.
—Eso también dijiste en casa.
—Porque es verdad.
—No he dicho que no lo sea.
Aquello irritó más a Vespera que una contradicción.
—¿Qué quieres?
—Que sepas qué has hecho.
—He conseguido cuarenta y ocho horas para que investigues.
—Utilizando a Lyra para conseguirlas.
—No digas estupideces.
—Has dicho que la persona afectada había pedido que esto no se hiciera público todavía.
—Ha pedido privacidad.
—Has utilizado una versión más amplia de lo que pidió porque sabías que Suna no podía discutir contra autonomía individual.
Vespera abrió la boca.
La cerró.
Nira se levantó.
No parecía enfadada.
—¿Crees que debería haber dicho su nombre?
—No.
—¿Que debería haber publicado la brecha?
—No sé.
—Entonces hemos hecho lo correcto.
—Puede ser.
—¿Puede ser?
—Hacer lo correcto y tener derecho a hacerlo no son exactamente la misma pregunta.
Vespera soltó aire.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
—Perfecto.
—Tú sí.
Vespera la miró.
Nira recogió la terminal.
—Necesito volver al sistema.
—¿Has encontrado algo?
—Todavía no.
—¿Necesitas ayuda?
La pregunta hizo que Nira sonriera apenas.
—No.
—Podría traerte comida.
—Eso sí.
Vespera dio un paso hacia ella.
Nira no se apartó.
Vespera apoyó una mano en su cintura.
Aquello era fácil.
Más fácil que la reunión.
Más fácil que Lyra.
El cuerpo de Nira era territorio conocido, pero no por eso automático. Vespera conocía los pequeños cambios de tensión, la forma en que respiraba cuando estaba cansada, el punto exacto en que un contacto dejaba de tranquilizarla y empezaba a pedir conversación.
Nira colocó una mano sobre la suya.
No la retiró.
—No estoy enfadada contigo.
—Podrías parecerlo menos.
—Estoy preocupada.
—Eso es peor.
—Sí.
Vespera bajó la frente hasta rozar la suya.
—Cuarenta y ocho horas.
—Cuarenta y ocho.
—Después se lo contamos a todas.
—Después Lyra decide qué contamos de Lyra.
Vespera sintió la corrección.
—Vale.
Nira le dio un beso breve.
Después se apartó.
—Y deja de utilizarme como argumento técnico cuando todavía estoy diciendo «podría».
—Te he citado con precisión.
—Has convertido «me ayudaría» en una política pública.
—Eso es casi un talento.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Nira salió.
Vespera se quedó sola en la sala demasiado caliente.
Miró la mesa.
Diez sillas.
Ningún cargo.
Ninguna votación.
Ninguna orden.
Y, sin embargo, durante las próximas cuarenta y ocho horas Aonia haría exactamente lo que ella había propuesto.
La idea no le produjo satisfacción.
Después empezó a recoger las sillas.
* * *
No llegó a terminar.
La pantalla mural emitió el tono reservado para comunicaciones exteriores verificadas.
Vespera levantó la cabeza.
El mensaje no estaba dirigido a ella.
Estaba dirigido a:
COORDINACIÓN COMUNITARIA DE AONIA
Aquello siempre le había resultado gracioso, porque no existía ninguna coordinación comunitaria permanente. Las solicitudes externas llegaban a un buzón compartido y alguien terminaba ocupándose de ellas.
Con demasiada frecuencia, pensó, esa alguien era ella.
Abrió el encabezado.
ORIGEN: NÚCLEO UTOPIA–ELYSIUM
Vespera dejó de sonreír.
Autenticación ejecutiva.
Prioridad diplomática.
Solicitud de entrada para una delegación reducida.
El texto era cuidadosamente neutro.
El Núcleo Utopia–Elysium solicita autorización para el desplazamiento de una misión técnica y diplomática a Aonia con el propósito de tratar un asunto de interés biológico común y posible relevancia intersocial.
Vespera leyó la frase dos veces.
Después una tercera.
Interés biológico común.
No mencionaba un expediente.
No mencionaba a Lyra.
No mencionaba L-17.
No necesitaba hacerlo.
Vespera llamó a Nira.
Respondió casi inmediatamente.
—¿Qué?
—Vuelve.
—Acabo de salir.
—Lo sé.
—¿Qué ha pasado?
Vespera miró el sello ejecutivo del Núcleo.
Treinta y siete días.
Ellas habían pasado la mañana discutiendo si debían contar a Aonia que alguien había entrado en un expediente.
Mientras tanto, al otro lado de Marte, alguien ya sabía suficiente como para enviar una misión diplomática.
—Las Diseñadas vienen.
Hubo un silencio.
—¿Por qué?
Vespera siguió mirando las palabras.
interés biológico común
—Creo que ya sabes por qué.
La comunicación quedó en silencio unos segundos más.
Después Nira dijo:
—No abras ningún archivo adjunto.
—No soy idiota.
—Has preguntado si podías ayudarme con trazabilidad hace diez minutos.
—Eso no demuestra nada.
Vespera oyó cómo Nira empezaba a caminar al otro lado de la línea.
—Estoy volviendo.
La comunicación terminó.
Vespera permaneció sola frente a la pantalla.
Cuarenta y ocho horas.
Había conseguido cuarenta y ocho horas de silencio dentro de Aonia.
Y acababa de descubrir que el silencio quizá solo existía allí.
Volvió a leer la solicitud.
Por primera vez desde que todo había empezado, no pensó en quién había entrado en el expediente de Lyra.
Pensó en quién más lo había visto.
Y comprendió que probablemente llevaba haciendo la pregunta equivocada desde el principio.