La medida Capítulo 5
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Capítulo 5

La primera mentira pública

Lyra no gritó.

Vespera habría preferido que lo hiciera.

Habría sabido qué hacer con eso.

Un grito podía recibirse, soportarse, contestarse.

Incluso una discusión habría sido más sencilla.

Lyra había heredado de ella suficiente temperamento como para convertir una cocina en territorio hostil cuando quería, y durante los primeros minutos Vespera esperó casi con alivio el momento en que empezaran los reproches.

No llegó.

Lyra permaneció junto a la mesa, con los brazos cruzados y la chaqueta de trabajo todavía mal colocada sobre una silla. Iria seguía a su lado. Vespera había pensado en pedirle que se marchara.

Lyra se había adelantado.

—Se queda.

Vespera no había discutido.

Nira llegó siete minutos después con la terminal y contó lo que sabían.

Acceso treinta y siete días atrás.

Permiso válido.

Sistema médico profundo.

Extracción confirmada.

Contenido exacto aún desconocido.

Responsable desconocida.

Destino desconocido.

Lyra escuchó todo sin interrumpir.

Solo hizo una pregunta cuando Nira terminó.

—¿Qué parte de mí tienen?

Nira apoyó la terminal sobre la mesa.

—Todavía no puedo saberlo.

—Pero podrían tenerlo todo.

Vespera abrió la boca.

Nira respondió antes.

—Sí.

Lyra asintió una vez.

Iria no se había movido.

Vespera la había mirado varias veces durante la explicación. Demasiadas, probablemente. No porque sospechara de ella. Porque Iria conocía sistemas médicos del Núcleo, y Vespera tenía la desagradable costumbre de recordar el origen de la gente precisamente cuando algo iba mal.

Lyra lo había notado.

—No la mires así.

—No la estoy mirando de ninguna manera.

—Mamá.

Vespera apartó los ojos.

—Vale.

Nira siguió explicando qué podía hacer durante las próximas horas.

Rastrear la autorización.

Reconstruir el volumen.

Comprobar si el expediente había salido de la red o solo había sido consultado.

Lyra escuchó.

Al final preguntó:

—¿Quién más lo sabe?

—Nadie —dijo Vespera.

—Nadie más —corrigió Vespera—. Nosotras.

Lyra señaló a Iria.

—Y ella.

—Sí.

—No digáis mi nombre.

La respuesta de Vespera llegó inmediatamente.

—No pensaba hacerlo.

Lyra la observó.

—No he dicho que lo escondáis.

Vespera sintió algo pequeño y molesto asentarse detrás del esternón.

—No.

—He dicho que no quiero que mañana todo Aonia sepa que alguien tiene mis escáneres.

—Lo he entendido.

—Bien.

Nira no dijo nada.

Eso había ocurrido por la mañana.

Ahora, seis horas después, Vespera estaba frente a nueve mujeres en una sala de mantenimiento del sector central intentando decidir exactamente qué significaba haberlo entendido.

* * *

No era una asamblea.

Esa distinción parecía importar mucho a todas.

La sala normalmente se utilizaba para coordinar reparaciones de los sistemas de circulación.

Habían apartado dos carros de herramientas, desplegado una mesa rectangular y traído sillas de tres modelos diferentes.

Una tubería de agua caliente atravesaba una pared y convertía el espacio en algo demasiado cálido para diez personas.

Oda estaba allí.

También dos responsables de sistemas médicos, una coordinadora de corredores exteriores, una administradora de suministros y tres mujeres que no tenían ninguna responsabilidad formal pero a las que nadie habría considerado sensato excluir.

Aquello era Aonia.

Cuanto más insistía una reunión en no ser gobierno, más difícil resultaba explicar por qué estaban exactamente aquellas personas y no otras.

Nira permanecía sentada junto a la pared con la terminal sobre las piernas.

Vespera había escogido una silla al extremo de la mesa.

No la cabecera.

La mesa no tenía cabecera.

Al menos, técnicamente.

—Repítelo —dijo Oda.

Nira levantó los ojos.

—¿Qué parte?

—La del permiso.

—No fue una intrusión convencional. Quien accedió utilizó una credencial válida de transferencia médica de emergencia. El protocolo es antiguo, pero sigue reconocido por algunos sistemas porque nadie ha conseguido retirar todas las dependencias sin romper compatibilidad con archivos históricos.

—Entonces alguien de aquí.

—No he dicho eso.

—Pero podría.

—Sí.

—¿De fuera?

—También.

Oda dejó escapar aire.

—Me encanta cuando las respuestas técnicas reducen posibilidades.

Nira no reaccionó.

Una de las responsables médicas se inclinó hacia delante.

—¿Qué expediente?

Vespera había sabido que llegaría.

Aun así, necesitó un instante.

—Individual.

—Eso lo hemos entendido.

—Entonces no hace falta repetirlo.

La mujer frunció el ceño.

—Si tengo que valorar el riesgo para nuestros sistemas, necesito saber de qué tipo de expediente estamos hablando.

—Médico profundo —dijo Nira.

—¿De quién?

Vespera notó cómo cambiaba la habitación.

Era lo que mejor sabía hacer.

No decidir.

Leer.

Oda estaba enfadada, pero no asustada. La administradora de suministros aún no había comprendido por qué la habían llamado y quería volver a trabajar.

Una de las técnicas médicas empezaba a preocuparse por responsabilidad profesional.

La mujer sentada frente a Vespera, que llevaba toda la reunión sin hablar, observaba demasiado a Nira.

Todas querían datos distintos.

Si Vespera permitía que la conversación continuara por aquel camino, en diez minutos estarían intentando deducir una identidad.

—La persona afectada no quiere que su nombre circule —dijo.

Nira levantó la vista de la terminal.

Vespera no la miró.

La responsable médica asintió lentamente.

—Eso sí lo entiendo.

—Yo no —dijo Oda—. Si han entrado en un expediente, podrían haber entrado en cien.

—No tenemos evidencia de eso.

—Tampoco la tenéis de que no.

—Por eso estamos aquí.

—¿Aquí haciendo qué?

Buena pregunta.

Vespera apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Averiguando si hay que avisar a diez personas o a cuarenta mil.

—Cuarenta mil no —dijo la administradora—. Aonia no tiene cuarenta mil residentes permanentes.

Varias la miraron.

—Era una forma de hablar —dijo Vespera.

—Las cifras no mejoran cuando son formas de hablar.

Nira bajó la cabeza.

Vespera sabía que estaba intentando no sonreír.

—Gracias —dijo—. Me tranquiliza saber que en una crisis seguiremos corrigiendo metáforas.

—Todavía no sabemos si es una crisis.

La frase llegó desde el otro lado de la mesa.

Era Suna, una de las voces más reconocibles entre las Abiertas. No porque ocupara ningún puesto. Precisamente porque llevaba años evitando que los puestos temporales adquirieran costumbres permanentes.

Vespera la conocía suficientemente bien para saber que la siguiente frase sería peor.

—Y ya estamos reuniendo a diez personas a puerta cerrada para decidir qué pueden saber las demás.

Oda se volvió hacia ella.

—Porque si anunciamos una brecha antes de saber cómo ocurrió, la responsable puede borrar rastros.

—O porque el miedo siempre encuentra una razón técnica para empezar a cerrar puertas.

—Han robado información médica.

—De una persona.

—Eso sabemos.

—Exactamente. Eso sabemos.

Vespera observó cómo la sala empezaba a dividirse.

No necesitaban ponerse etiquetas. Las etiquetas habían llegado después, como casi siempre. Abiertas. Resguardistas. Pragmáticas. Palabras útiles para fingir que una discusión de cuarenta años era nueva cada vez.

Suna quería publicar inmediatamente una alerta.

Oda quería congelar todos los permisos históricos y revisar las entradas recientes desde el Núcleo.

La responsable médica quería bloquear el archivo profundo.

Nira quería que nadie tocara nada hasta que terminara de reconstruir la trazabilidad.

Todas tenían razón suficiente para impedir que las demás actuaran.

El impulso familiar regresó.

Encontrar la necesidad común.

Mover la sala.

—Nira —dijo—. Si hacemos público ahora que has detectado el acceso, ¿eso afecta tu investigación?

Nira tardó demasiado en responder.

—Podría.

—¿Cómo?

—Si quien lo hizo conserva acceso a la red y entiende cómo detecté la anomalía, podría intentar limpiar registros secundarios.

—¿Podría o lo haría?

—No puedo saberlo.

—¿Te ayudaría disponer de tiempo antes de una alerta general?

Nira la miró directamente.

Vespera sostuvo la mirada.

—Sí —dijo Nira—. Me ayudaría.

No había dicho cuánto.

Vespera continuó.

—Cuarenta y ocho horas.

Suna soltó una risa.

—¿Perdón?

—Dos días. Nira investiga sin cambios visibles en la red. Sistemas médicos preparan un cierre por si descubre más accesos. Nadie bloquea rutas, nadie registra viviendas, nadie toca comunicaciones privadas. En cuarenta y ocho horas volvemos aquí con datos.

—O con otra reunión secreta —dijo Suna.

—Si quieres la hacemos en el mercado.

—No bromees.

Vespera dejó de hacerlo.

—No estoy proponiendo ocultarlo indefinidamente.

—No tienes por qué proponer nada.

Aquello silenció la mesa más eficazmente que un golpe.

Suna se inclinó hacia delante.

—No ocupas ningún cargo, Vespera.

Oda movió los ojos hacia ella.

Nira no.

Un calor que no procedía de la tubería le recorrió la espalda.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué estás decidiendo cuánto tiempo puede saber Aonia que alguien ha entrado en nuestros archivos médicos?

—No lo estoy decidiendo.

—Acabas de decir cuarenta y ocho horas.

—Estoy proponiéndolas.

—Y todas sabemos qué ocurre cuando tú propones algo.

La frase se parecía demasiado a la del depósito de agua.

Todas van a hacer lo que has dicho.

Vespera se echó hacia atrás.

—Entonces di que no.

Suna la miró.

—No se trata de mí.

—Claro que sí. Si crees que la alerta tiene que salir ahora, dilo. Si suficientes personas están de acuerdo, sale ahora.

—¿Suficientes cuántas?

Nadie respondió.

Vespera tuvo que contener el impulso de cerrar los ojos.

Ahí estaba siempre el problema.

Las Libres podían discutir durante horas sobre quién no debía mandar.

Resultaba mucho más difícil acordar quién podía terminar una discusión.

Oda golpeó suavemente un dedo contra la mesa.

—Yo quiero cerrar accesos exteriores hoy.

—Eso no va a ocurrir —dijo Suna.

—No te he pedido permiso.

—Ese es precisamente el problema.

Las voces empezaron a superponerse.

Vespera escuchó treinta segundos.

Una quería alerta inmediata.

Otra quería cierre parcial.

Otra preguntaba si los datos podían haberse copiado a un nodo externo.