Capítulo 4 #2
—Compensación.
—Eso suena muchísimo a medición.
—Has cargado más el hombro izquierdo desde que saliste.
—Porque el cierre del soporte se atasca.
—¿Otra vez?
—No empieces.
—Podría arreglarlo.
—Tú arreglas tejido.
—Puedo entender un cierre.
—Eso mismo dicen todas antes de romper algo.
Iria la tocó en la espalda.
Dos dedos, cerca del omóplato.
Lyra notó el contacto incluso a través de la ropa.
Era Iria.
—Aquí.
—No me duele ahí.
—Lo sé.
—Entonces—
—Compensas ahí.
Lyra giró un poco el torso para mirarla.
Iria retiró la mano inmediatamente.
Aquello fue suficiente para que la irritación desapareciera casi por completo.
Había una diferencia entre alguien que tocaba porque creía tener derecho y alguien que sabía cuándo retirar la mano.
Lyra tomó la muñeca de Iria y volvió a colocarle los dedos donde estaban.
—Puedes.
Iria no dijo nada.
Presionó suavemente.
Lyra dejó escapar aire.
—Eso sí.
—¿Ves?
—No arruines el momento.
Iria sonrió.
Siguieron caminando así unos pasos, la mano de Iria en su espalda hasta que la gente del corredor obligó a separarse.
Lyra era consciente de las miradas.
Siempre lo había sido.
No todas eran iguales.
Algunas personas miraban porque medía casi uno noventa.
Otras porque su cuerpo no permitía pasar completamente desapercibida incluso con ropa de trabajo.
Algunas miraban porque la conocían.
O porque conocían a Vespera.
O porque Iria todavía conservaba suficiente aspecto del Núcleo como para despertar curiosidad.
Había miradas que Lyra disfrutaba.
Otras que ignoraba.
Y algunas que devolvía hasta que la otra persona decidía qué quería hacer con ellas.
No le preocupaba demasiado.
Ser visible no era lo mismo que estar expuesta.
Aquello le parecía una distinción bastante sencilla.
* * *
Encontraron a Tera y otras dos compañeras en una mesa del nivel comercial.
—La desertora —dijo Tera al ver a Iria.
—La incompetente —respondió Iria.
Tera sonrió.
—Ya es de las nuestras.
Lyra se dejó caer en un asiento.
La mesa estaba diseñada para seis personas de tamaño razonable, lo que significaba que sus rodillas chocaron inmediatamente con la parte inferior.
—Odio este sitio.
—Tú odias los muebles —dijo Tera.
—Porque están mal diseñados.
Iria la miró.
—Cuidado.
—No he dicho rediseñados genéticamente.
—Todavía.
Una de las mujeres de la mesa miró a Iria.
—¿Es verdad que en el Núcleo te pueden cambiar los ojos en una tarde?
—No.
—¿En dos?
—Depende de qué quieras hacer.
—¿Los tuyos?
Iria se tocó debajo del ojo derecho.
—Ajuste pigmentario. Adolescencia.
—¿Te dolió?
—No mucho.
Lyra siguió comiendo.
Había escuchado versiones de aquella conversación decenas de veces.
Las primeras semanas después de que Iria llegara, parecía que todo Aonia quería saber qué parte de ella había sido decidida por alguien.
Cabello.
Piel.
Huesos.
Ojos.
Fertilidad.
Metabolismo.
A Lyra le había parecido divertido al principio.
Después había empezado a notar que Iria respondía de manera diferente según quién preguntara.
Algunas veces con orgullo.
Otras como si confesara algo.
—¿Y tú cambiarías algo? —preguntó Tera a Lyra.
Lyra levantó la cabeza.
—¿De qué?
—De ti.
—Mi cierre.
Iria soltó una risa.
—Hablo en serio.
Lyra pensó.
—Quizá.
La respuesta produjo más atención de la que esperaba.
Tera apoyó los codos en la mesa.
—¿Qué?
—No sé.
—Eso es decepcionante.
—He dicho quizá.
—Si pudieras entrar en Kestrel mañana y pedir cualquier cosa.
Iria dejó de sonreír.
Lyra lo notó.
—No sé —repitió—. Preguntaría qué pueden hacer.
—Eso es trampa.
—Es investigación.
—Tú no investigas.
—Veo cosas.
—Eso también lo hace una cámara.
Lyra le lanzó una servilleta.
Tera la esquivó.
Iria seguía callada.
Lyra la rozó con la rodilla bajo la mesa.
—¿Qué?
—Nada.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Entonces eres aburrida.
Iria bebió.
—Kestrel puede hacer muchas cosas.
—Ya.
—No todas merecen hacerse.
Lyra la miró.
La frase había salido demasiado seria para una conversación sobre ojos.
—Nunca he dicho que quisiera hacerlas.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarme como si estuviera a punto de venderme por un tratamiento.
Iria apartó la mirada.
Tera percibió el cambio y empezó inmediatamente a hablar de otra cosa.
Lyra se lo agradeció.
No tenía ganas de discutir.
Tampoco de admitir que la pregunta le resultaba más interesante de lo que había fingido.
Había pensado en el Núcleo.
Más de una vez.
No en mudarse.
Ni en convertirse en Diseñada.
Solo en entrar en una de aquellas clínicas que Iria describía y preguntar:
¿Qué veis cuando me miráis?
La idea le avergonzaba un poco.
No sabía por qué.
Quizá porque Vespera se habría reído.
O quizá porque no se habría reído.
* * *
Iria volvió con ella hasta casa.
El módulo estaba vacío.
Vespera había enviado un mensaje diciendo que tenía una reunión y llegaría tarde. Nira tampoco estaba.
Lyra dejó la bolsa sobre la mesa.
—¿Te quedas?
Iria apoyó una mano en el marco de la puerta.
—¿Quieres que me quede?
—No te habría preguntado si no.
—A veces preguntas cosas para comprobar qué respondo.
—Eso lo haces tú.
—Estoy intentando dejar de hacerlo.
Lyra sonrió.
—Esa frase te sirve para demasiadas cosas.
Iria entró.
La puerta se cerró.
Lyra se quitó la chaqueta de trabajo y la dejó caer sobre una silla.
—No ahí —dijo Iria.
Lyra la miró.
—¿Perdón?
—Vespera va a quejarse.
—Vespera se queja aunque esté colgada.
—Entonces ahórrale una.
Lyra recogió la chaqueta.
—Te estás integrando demasiado.
Iria abrió el pequeño compartimento donde Lyra guardaba las herramientas personales y encontró el cierre de repuesto.
—Dámelo.
—No.
—Lyra.
—No quiero que—
Iria levantó ambas manos.
—Bien.
Se apartó.
Lyra la observó.
La facilidad con la que había retrocedido hizo que se sintiera ridícula.
—Vale.
Iria no se movió.
—Puedes arreglarlo.
—¿Seguro?
—Sí.
—No tienes que—
—Si sigues preguntando, voy a cambiar de opinión.
—Eso sería información nueva.
Lyra le lanzó el cierre.
Iria lo atrapó.
Mientras trabajaba, Lyra se sentó en el borde de la mesa y la observó.
Había algo profundamente atractivo en ver a Iria concentrarse.
No la precisión en sí.
La forma en que desaparecía el esfuerzo por parecer Libre.
Las manos se volvían exactas.
La postura se ordenaba.
La mirada perdía casi todo su humor.
La mujer de Aonia y la mujer del Núcleo dejaban de competir durante unos minutos.
—¿Qué? —preguntó Iria sin levantar la vista.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Sí.
—¿Midiéndome?
Lyra sonrió.
—No.
Iria levantó los ojos.
—Eso ha sonado sospechosamente rápido.
Lyra se inclinó hacia ella.
—Hay otras razones para mirar.
Iria dejó el cierre sobre la mesa.
—Lo sé.
Lyra la besó.
Esta vez no para interrumpirla.
Iria apoyó una mano en su cintura. La otra permaneció quieta hasta que Lyra la tomó y la llevó hacia ella.
El beso cambió.
No demasiado rápido.
No necesitaba hacerlo.
Lyra disfrutaba especialmente de aquel momento en que Iria dejaba de anticipar y simplemente respondía.
Después alguien llamó a la puerta.
Lyra no se apartó.
—Ignóralo.
Volvieron a llamar.
Tres golpes.
Iria abrió los ojos.
—Puede ser Vespera.
—Precisamente.
Tres golpes otra vez.
Lyra apoyó la frente contra la de Iria.
—Tiene una llave.
—Entonces quizá no sea ella.
Lyra suspiró.
—Eso sí es un argumento.
Se apartó.
—Abre.
La puerta reconoció su voz.
Vespera estaba al otro lado.
Lyra supo inmediatamente que algo iba mal.
No porque su madre pareciera asustada.
Vespera casi nunca parecía asustada.
Era otra cosa.
Había dejado el cabello mal recogido, llevaba la misma ropa que aquella mañana y no hizo ningún comentario al encontrar a Iria allí.
Eso sí era grave.
—Hola —dijo Lyra.
Vespera entró.
Miró a Iria.
Después a ella.
—¿Dónde está Nira?
—No lo sé.
Vespera asintió como si ya supiera la respuesta.
Lyra bajó de la mesa.
—¿Qué ha pasado?
—Nada contigo.
—Esa es una frase terrible para empezar.
Vespera cerró la puerta.
Iria se había quedado completamente quieta.
Lyra miró de una a otra.
—Mamá.
Vespera levantó los ojos.
Durante un momento Lyra vio algo que no esperaba encontrar allí.
Culpa.
Eso le produjo más miedo que cualquier otra cosa.
—Tenemos que hablar —dijo Vespera.