Capítulo 4
Lyra
Lyra estaba boca abajo sobre una pasarela exterior cuando decidió que la grieta no merecía una reunión.
—No es estructural —dijo.
La voz de Tera llegó por el comunicador.
—Eso dijiste de la del corredor nueve.
—Y tenía razón.
—Se desprendieron dos metros de recubrimiento.
—Recubrimiento.
—Dos metros.
—No estructural.
Hubo un silencio.
—Te odio un poco.
Lyra sonrió dentro de la máscara.
—Eso también dijiste en el corredor nueve.
Debajo de ella, a través de la celosía metálica de la pasarela, el terreno de Aonia descendía en terrazas rojizas hasta desaparecer detrás de una hilera de antiguos módulos de terraformación.
A esa distancia, las construcciones parecían más pequeñas de lo que eran: cilindros presurizados, torres de intercambio, depósitos, túneles añadidos unos a otros durante siglos sin que nadie hubiera conseguido imponerles una geometría común.
Más allá empezaba Marte.
No el Marte de las imágenes antiguas, vacío y muerto, sino una extensión oscura de líquenes, suelo tratado, canales de escorrentía y vegetación baja capaz de sobrevivir donde ninguna de las primeras colonas habría imaginado que pudiera crecer nada.
El viento golpeó la estructura.
Lyra sintió la vibración a través del antebrazo.
—Otra vez —dijo.
Tera resopló al otro lado de la línea.
—¿Qué?
—El ventilador seis.
—Eso no ha sido el ventilador.
—Lo sé.
Lyra desplazó el cuerpo unos centímetros.
La gravedad marciana convertía ciertas posturas en algo casi cómodo. En la Tierra, según los archivos, una mujer de su tamaño y masa habría tenido problemas para mantenerse suspendida tanto tiempo sobre un brazo. En Aonia, la parte difícil no era el peso.
Era la inercia.
Si se movía demasiado rápido, el resto de ella seguía moviéndose cuando ya había decidido detenerse.
Había aprendido aquello de niña a base de golpes.
Acercó el sensor a la grieta.
El indicador cambió de azul a amarillo y volvió a azul.
—Fatiga superficial —dijo—. Reparación cuando toque revisar el sellado. No antes.
—¿Segura?
—No.
—Lyra.
—Noventa y ocho por ciento.
—Eso no es estar segura.
—Para Aonia es prácticamente una religión.
Tera volvió a insultarla.
Lyra soltó el sensor del arnés y empezó a incorporarse.
Ese era siempre el momento que requería atención.
No por altura.
Por distribución.
Apoyó una rodilla, adelantó el centro de gravedad y dejó que espalda, hombros y abdomen reorganizaran la carga antes de ponerse en pie. La ropa de trabajo llevaba soporte integrado, pero no podía hacer milagros si ella pretendía levantarse como una persona con la mitad de su masa torácica.
Lo hizo sin pensar demasiado.
Casi siempre funcionaba así.
Las personas que no vivían dentro de su cuerpo parecían dedicarle mucho más interés que ella.
—Voy al anclaje sur —dijo.
—No.
Lyra se detuvo.
—¿No?
—Te toca descanso.
—Me quedan veinte minutos.
—Precisamente.
—Puedo revisar el anclaje en diez.
—Y después encontrarás otra cosa.
—Eso se llama hacer bien mi trabajo.
—Eso se llama conseguir que nadie quiera emparejar turno contigo.
Lyra miró hacia la cámara del casco, aunque Tera no podía verla desde aquel ángulo.
—Tú sigues haciéndolo.
—Porque tengo mal criterio.
—Lo sabía.
—Descanso, Lyra.
La comunicación se cortó.
Lyra negó con la cabeza.
Podía haber seguido.
No lo hizo.
Eso, decidió mientras caminaba hacia la esclusa, demostraba una madurez excepcional.
* * *
El vestuario exterior olía a humedad, metal y desinfectante.
Dos mujeres estaban quitándose trajes ambientales cuando Lyra entró. Una tenía el cabello rapado casi por completo; la otra llevaba una larga trenza pegada a la espalda por el sudor.
—Mira quién ha decidido obedecer una norma —dijo la de la trenza.
Lyra se quitó el casco.
—No exageres. Solo estoy tomando impulso.
—¿Tera te ha expulsado otra vez?
—Me ha ordenado descansar.
—Eso cuenta como expulsión.
Lyra abrió el cierre frontal del traje.
La primera capa se separó con un siseo.
Debajo llevaba una prenda de soporte ceñida al torso y pantalones interiores diseñados para el trabajo físico. Nada especialmente elegante. Nada que necesitara serlo.
La mujer rapada la miró.
—¿Te queda comida?
—Siempre.
—Eso no es una respuesta.
—Es exactamente una respuesta.
—¿Dulce?
Lyra abrió su compartimento.
—No.
La mujer metió la mano.
Lyra se la apartó.
—He dicho que no.
—Tienes tres.
—Tenía tres.
—Ahora tienes dos.
Lyra observó cómo desaparecía una barra de cereal concentrado.
—Algún día voy a dejarte atrapada fuera.
—No lo harás.
—¿Por qué?
La mujer mordió la barra.
—Porque te caigo bien.
—Qué argumento tan peligroso.
Se quitó el resto del traje.
Había aprendido hacía años a realizar aquella operación en un orden concreto. Soltar hombros primero. Después soporte lateral. Luego cintura. Si intentaba quitarlo de una vez, alguna pieza terminaba enganchándose.
La de la trenza la observó luchar con una de las bandas.
—¿Otra vez?
—Cállate.
—Te dije que cambiaras el cierre.
—El cierre está bien.
—Llevas tres semanas diciendo eso.
Lyra consiguió liberarlo.
—Y durante tres semanas he tenido razón.
—Te ha llevado veinte segundos.
—Dieciocho.
La mujer rapada señaló con la barra.
—Eso ha sonado a Iria.
Lyra la miró.
—No vuelvas a decir algo así.
Las dos se rieron.
Lyra también.
Fue hasta la ducha.
El agua era tibia y breve, programada para cortar antes de que nadie pudiera olvidar que Marte seguía siendo un planeta donde desperdiciar agua tenía consecuencias.
Lyra se quedó bajo el chorro hasta el último segundo, dejó que el calor recorriera la espalda y después salió antes de que el sistema tuviera que recordárselo.
No pensó en su cuerpo mientras se secaba.
Pensó en comida.
Después en Iria.
Después otra vez en comida.
El orden le pareció razonable.
* * *
Trabajaba desde hacía casi tres años en inspección de corredores exteriores y estructuras antiguas.
Le gustaba.
Aonia estaba llena de cosas construidas por gente muerta hacía siglos y reparadas después por personas que habían asumido que alguien del futuro entendería lo que habían hecho.
Esa alguien era, con demasiada frecuencia, Lyra.
Le gustaba abrir una placa y encontrar tres generaciones de soluciones incompatibles.
Le gustaba caminar por zonas de la ciudad que la mayoría solo veía desde el interior.
Le gustaba saber qué conducto llevaba agua, cuál aire y cuál no debía tocar bajo ninguna circunstancia aunque la etiqueta asegurara que estaba vacío.
Su madre decía que había heredado eso de ella.
Lyra decía que era una amenaza genética muy poco convincente.
Al salir del vestuario encontró a Iria esperándola junto al corredor de tránsito.
La reconoció antes de verla completamente.
Por la postura.
Las Diseñadas tenían una manera de quedarse quietas que parecía ensayada.
Incluso después de tres años en Aonia, Iria todavía colocaba el peso sobre ambas piernas con una simetría que nadie allí habría aprendido de forma natural.
Cabello negro hasta debajo de los hombros.
Ropa sencilla, pero demasiado bien ajustada para ser verdaderamente sencilla.
Ojos verdes que Lyra sabía que no habían nacido exactamente de ese color.
Iria levantó una mano.
—Llegas tarde.
Lyra siguió caminando hacia ella.
—He salido antes.
—Eso no contradice lo que he dicho.
Lyra la besó.
Breve.
Lo suficiente para interrumpirla.
Cuando se apartó, Iria seguía mirándola con expresión crítica.
—Eso es manipulación.
—Funciona.
—Con frecuencia.
—Entonces no veo el problema.
Iria le entregó una bolsa.
Lyra la abrió.
Comida.
La miró con amor inmediato.
—Te quiero.
—Lo sé.
—No a ti.
Iria intentó quitarle la bolsa.
Lyra la elevó por encima de su cabeza.
—Eso es abuso de altura.
—Selección natural.
Iria se quedó quieta.
Lyra bajó lentamente la bolsa.
—Vale. Mala elección de palabras.
—En Hellas podrían detenerte por eso.
—En Hellas podrían detenerme por muchas cosas.
—No tantas como crees.
—¿Has estado?
—Una vez.
—Eso no cuenta.
—¿Por qué?
—Tenías dieciséis años y estabas en una delegación de Casa.
—Sigue siendo estar.
Lyra abrió el recipiente mientras caminaban.
La comida todavía estaba caliente.
—¿Qué es?
—No preguntes.
Lyra probó.
—Eso suele significar que debería preguntar.
—Proteína cultivada.
—Eso no es comida. Es una categoría.
—La he cocinado.
—Entonces es una categoría caliente.
Iria sonrió.
Caminaron hacia el nivel central.
Aonia estaba entrando en su periodo más concurrido.
Equipos de exterior regresaban. Talleres cambiaban turno.
Una mujer avanzaba por el corredor con una niña dormida sobre la espalda.
Dos técnicas discutían sobre filtros. Una anciana vendía fruta en un puesto portátil mientras una mujer embarazada intentaba convencerla de que el precio había subido dos veces en el mismo mes.
Lyra conocía a demasiada gente.
Eso decía Iria.
Lyra sostenía que Iria conocía demasiado poca.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Iria.
—La grieta del oeste no es estructural.
—¿Qué grieta?
—La que revisábamos.
Iria la miró.
Lyra siguió comiendo.
—No sabía que había una grieta.
—Ahora sí.
—¿Y si hubiera sido estructural?
—No lo era.
—No es lo que he preguntado.
Lyra suspiró.
—Entonces habría cerrado el corredor y llamado a un equipo.
—¿Tú?
—No, una versión más responsable de mí.
Iria sonrió apenas.
—Te duele la espalda.
Lyra dejó de masticar.
—No.
—Sí.
—¿Ahora también diagnosticas mientras camino?
—No estoy diagnosticando.
—Has mirado tres veces.
—Dos.
Lyra la señaló con el utensilio.
—Eso no mejora tu caso.
Iria apartó la vista.
Demasiado tarde.
Lyra conocía aquella mirada.
La había visto la primera vez que se conocieron, cuando Iria llevaba todavía apenas unos meses en Aonia y trataba a toda la gente como si una lectura clínica pudiera evitarle cometer un error social.
Había mejorado mucho.
A veces.
—Estás midiéndome.
Iria tardó un segundo en contestar.
—Estoy intentando dejar de hacerlo.
Lyra sonrió.
—Llevas tres años intentándolo.
—Algunas educaciones son persistentes.
—Esa es una forma elegante de decir que eres insoportable.
—He aprendido de ti.
Lyra le dio otro bocado a la comida.
—¿Qué estabas midiendo?
Iria dudó.