Capítulo 3 #2
La forma en que mantenía los hombros indicaba que estaba decidiendo si insistir.
Serah habría preferido que no lo hiciera.
Eso fue lo que terminó de preocuparla.
—No es nada que pueda demostrar todavía —dijo.
Maela permaneció en silencio.
—¿Está relacionado con la solicitud de esta mañana?
—Sí.
—¿Las Custodias te han pedido reserva?
—No.
—¿Entonces?
Serah se apoyó en la encimera.
Podría contárselo.
No había ninguna prohibición.
Maela tenía acceso a información mucho más sensible cada semana. Conocía el funcionamiento de los archivos. Entendería perfectamente que tres coincidencias no significaban una conclusión.
Precisamente por eso Serah sabía también qué ocurriría después.
Maela preguntaría quién había enviado la muestra.
Serah diría que no lo sabía.
Maela consultaría la solicitud.
Vería el nivel de clasificación asociado al octavo marcador.
Y entonces la investigación dejaría de ser únicamente suya.
El pensamiento apareció con tanta claridad que Serah se avergonzó.
Suya.
Como si una secuencia genética pudiera pertenecerle.
Como si la información hubiera esperado cinco siglos para que ella tuviera derecho exclusivo a interpretarla.
—Necesito revisar unas cosas antes —dijo.
Maela la observó varios segundos.
Después asintió.
—Bien.
Volvió a coger el cuchillo.
La facilidad de la retirada fue peor que una discusión.
Serah se acercó otra vez.
Esta vez Maela no dejó de cortar.
—¿Estás enfadada?
—No.
Serah esperó.
Maela la miró de reojo.
—Eso ha sido deliberado.
—Un poco.
—Bien.
—Ahora sí estoy irritada.
Serah sonrió.
—Eso prefiero.
Maela negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Llevas cuatro años recopilando pruebas.
—Tengo suficiente para publicar.
Serah se apoyó contra ella otra vez.
Esta vez Maela permitió que el contacto permaneciera.
No hablaron del archivo durante la cena.
* * *
Más tarde, Maela se soltó el cabello.
Serah estaba sentada en la cama con un documento abierto sobre las rodillas, aunque llevaba varios minutos leyendo la misma página.
Maela dejó la banda sobre la mesa.
El cabello le cayó hasta los hombros.
Serah levantó los ojos.
Maela lo vio.
—Ahora sí estás prestando atención.
—Siempre presto atención.
—A mí, no.
Serah cerró el documento.
—Eso es difamación.
Maela se acercó.
Serah tomó uno de los mechones entre los dedos.
Había aprendido hacía años que Maela no disfrutaba especialmente que le tocaran el cabello en público. No porque tuviera ningún significado ritual. Simplemente le molestaba.
En privado era distinto.
Pequeñas cosas.
Serah pensaba a menudo que una relación larga consistía en acumular conocimiento irrelevante hasta que la irrelevancia se volvía íntima.
Cómo dormía alguien.
Qué alimento evitaba.
Dónde tenía una cicatriz.
Cuánto silencio necesitaba después de discutir.
Qué parte del cuerpo prefería que tocaran cuando aún estaba demasiado cansada para hablar.
Maela le tomó la mano.
—Sigues pensando.
—Es un problema crónico.
—En el marcador.
Serah no respondió.
Maela se sentó a su lado.
No había acusación en su voz.
Eso hacía más difícil mentir.
—¿Es peligroso?
—No lo sé.
—¿Para alguien?
Serah pensó en la secuencia Vale.
En el año once.
En los registros restringidos.
—No lo sé.
Maela apoyó la cabeza en su hombro.
Serah cerró los ojos.
Durante unos segundos consideró contárselo todo.
Los doce marcadores.
Las tres coincidencias.
La rama Vale.
El archivo anterior al Pacto.
Podía incluso mostrarle la pantalla.
Maela leería.
Preguntaría.
Quizá se reiría de la forma en que Serah estaba exagerando una coincidencia estadística.
Quizá tendría razón.
Sería un alivio.
—Cuando sepas algo —dijo Maela—, me lo contarás.
No era una pregunta.
Serah abrió los ojos.
—Sí.
Esa fue la segunda mentira.
Mucho peor que la primera.
Maela besó su hombro y se levantó para apagar la luz.
Serah permaneció despierta bastante tiempo después de que ella se durmiera.
No porque temiera que Maela descubriera lo que estaba investigando.
Porque, por primera vez desde que habían empezado a vivir juntas, había encontrado algo importante y su primer instinto había sido protegerlo de ella.
* * *
A la mañana siguiente, Serah llegó al archivo antes de que se iniciara el ciclo principal.
La iluminación todavía estaba baja.
Se sentó.
Abrió los doce marcadores.
Después hizo algo que debería haber hecho el día anterior.
Ignoró las bases de datos modernas.
Ordenó al sistema buscar únicamente registros anteriores al año 103.
Pacto de Continuidad.
La consulta tardó.
Los archivos más antiguos estaban mal indexados, llenos de duplicados, denominaciones desaparecidas y huecos que ninguna reconstrucción posterior había conseguido llenar.
Serah bebió té.
Esperó.
Primer marcador:
año 76.
Segundo:
año 34.
Tercero:
año 89.
Serah se quedó quieta.
El marcador Vale existía catorce años antes del Pacto.
Eso tampoco era imposible.
Las familias que después fundaron Hellas ya existían.
Continuó.
Cuarto:
sin coincidencia.
Quinto:
año 42.
Sexto:
año 18.
Séptimo:
ninguno.
Octavo:
clasificado.
Noveno:
ninguno.
Décimo:
año 67.
Undécimo:
ninguno.
Duodécimo:
año 11.
Serah miró el conjunto.
Seis de los doce aparecían antes de que las Puras existieran como sociedad.
Tres antes incluso de que las doctrinas de continuidad empezaran a formularse.
Abrió el registro del año once.
Había intentado hacerlo demasiado deprisa el día anterior.
Esta vez leyó todo lo disponible.
Código de asentamiento.
Supervivencia reproductiva.
Intervención prenatal.
Seguimiento hereditario.
Una palabra le hizo detenerse.
integración germinal
Serah volvió atrás.
Leyó otra vez.
No significaba necesariamente modificación.
Podía describir muchas cosas.
Terapia.
Corrección de una mutación perjudicial.
Tratamiento para garantizar viabilidad.
La frontera histórica era difícil.
Lo sabía mejor que nadie.
Siguió leyendo.
La ficha terminaba con un identificador de proyecto que no reconocía.
Copió el código.
Lo introdujo en el índice histórico.
Nada.
Probó sin los dos últimos dígitos.
Tres resultados.
El más antiguo pertenecía al año nueve.
Abrió.
La mitad del documento estaba perdida.
La otra mitad contenía una lista de procedimientos médicos realizados sobre embriones de una población del corredor sur.
Serah leyó despacio.
Correcciones cardiopulmonares.
Aumento de densidad mineral.
Modulación de fertilidad.
Adaptación metabólica.
Intervenciones destinadas a producir descendencia capaz de transmitir parcialmente las modificaciones.
Serah dejó de leer.
El archivo permaneció abierto frente a ella.
El problema no era descubrir que las primeras marcianas habían utilizado ingeniería hereditaria.
Eso era historia.
La Generación del Hambre había hecho cosas que siglos después ninguna sociedad habría considerado aceptables.
El problema era la línea de continuidad.
El código del año once.
El marcador del expediente.
Vale.
Serah abrió su propia genealogía.
Madre.
Abuela.
Bisabuela.
Retrocedió.
Generación tras generación.
Cuando llegó al segundo siglo, los registros empezaron a fragmentarse.
Siguió.
La línea Vale oriental aparecía vinculada a tres familias fundadoras.
Una de ellas tenía origen documentado en el corredor sur.
El pulso le golpeó la garganta.
Abrió el expediente fundacional.
Nombre.
Nacimiento.
Año 27 del Silencio.
Madre gestante identificada.
Progenitora fecundadora registrada mediante material preservado.
Tratamientos neonatales.
Nada más.
Buscó la generación anterior.
Archivo incompleto.
Año cuatro.
Serah se quedó mirando aquel vacío.
No era una prueba.
Ni siquiera cerca.
Era simplemente una posibilidad.
Un conjunto de secuencias que podían tener explicaciones mucho más ordinarias.
Una reconstrucción histórica imperfecta.
Podía cerrar el archivo.
Volver a empezar utilizando un método más conservador.
Consultar primero a las Custodias.
Esperar más datos.
Cualquier genealogista sensata haría alguna de esas cosas.
Serah apoyó las manos sobre la mesa.
Durante un instante pensó en Maela dormida a su lado unas horas antes.
Cuando sepas algo, me lo contarás.
Todavía no sabía nada.
Esa frase podía protegerla durante días.
Quizá semanas.
Volvió al registro del año once.
Había un enlace secundario casi invisible en la parte inferior.
DOCUMENTACIÓN ASOCIADA — ARCHIVO DE EMERGENCIA
Serah pulsó.
ACCESO RESTRINGIDO
No se sorprendió.
Solicitó autorización académica.
Denegada.
Solicitó revisión genealógica.
Denegada.
Finalmente abrió los metadatos.
El documento había sido consultado por última vez hacía diecinueve años.
La identidad de la usuaria estaba protegida.
Pero la institución aparecía.
CUSTODIAS DE CONTINUIDAD
Serah se recostó.
No sintió miedo.
Todavía no.
Sintió algo más incómodo.
La impresión de que no estaba descubriendo una puerta cerrada.
Estaba descubriendo una puerta que alguien había cerrado deliberadamente.
Miró otra vez los doce marcadores.
Uno pertenecía a su propia familia.
Uno existía desde el año once.
Y alguien había decidido enviarle ambos sin decirle de dónde procedían.
Serah levantó el vaso de té, descubrió que estaba frío y lo bebió de todos modos.
Después abrió un documento nuevo.
En la primera línea escribió:
Hipótesis de trabajo: los marcadores no identifican una población contemporánea. Identifican una historia compartida.
Lo leyó dos veces.
No le gustó.
Empezaba a parecer posible.