Capítulo 1 #2
Nira señaló su torso.
—El soporte. Estás inclinando el hombro.
—No me importa.
—A mí sí. Me distrae.
—Nira.
—Puedes escuchar mientras te lo quitas.
Vespera soltó una maldición.
Abrió la prenda superior y liberó las bandas de soporte. El alivio en la espalda fue casi inmediato. Nira la observó durante un segundo, se acercó y corrigió con dos dedos una de las tiras que había quedado doblada.
El gesto era tan antiguo entre ellas que Vespera tardó en comprender que Nira estaba retrasando la conversación.
Le cogió la muñeca.
—Habla.
Nira bajó la mirada hacia su mano.
Vespera la soltó.
—He encontrado un acceso irregular en el sistema médico.
—¿Qué sistema?
—Archivo profundo.
Eso reducía bastante las posibilidades.
Aonia no tenía un archivo único. Precisamente para evitar situaciones como aquella, pensó Vespera, aunque todavía no sabía qué era aquella.
—¿De quién?
Nira la miró.
Vespera entendió antes de escuchar el nombre.
—Lyra.
No fue una pregunta.
Nira asintió.
Durante unos segundos Vespera no vio la habitación.
Vio a Lyra a los tres años intentando seguirla por una escalera de mantenimiento que no podía subir.
A los siete con dos dientes rotos después de saltar desde una pasarela demasiado alta.
A los catorce gritándole que dejara de tratarla como a una niña y, diez minutos después, quedándose dormida contra ella durante una tormenta de polvo.
Después vio a la mujer de veintidós años en que se había convertido.
Alta.
Insoportablemente segura cuando quería.
Capaz de discutir durante una hora sobre cualquier cosa de la que supiera menos que la persona con quien discutía.
Su hija.
—¿Qué han visto?
—No lo sé todavía.
—¿Quién?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué sabes?
La pregunta salió más agresiva de lo que pretendía.
Nira no reaccionó.
—Sé que alguien accedió con permisos válidos a una capa a la que casi nadie accede. Sé que no fue una consulta clínica normal. Sé que copiaron información.
—¿Qué información?
—Todavía estoy reconstruyendo la transferencia.
Vespera caminó hasta la mesa.
Apoyó ambas manos.
La imagen de la asamblea regresó sin motivo.
No decides tú.
Se apartó inmediatamente.
—¿Genética?
—Probablemente.
—¿Reproductiva?
—Puede ser.
—Imágenes.
—Vespera.
—¿Imágenes?
Nira tardó demasiado.
—El expediente contiene imágenes clínicas.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—No sé qué parte copiaron.
Vespera se pasó ambas manos por la cara.
—Voy a buscarla.
Nira se interpuso antes de que llegara a la puerta.
No físicamente.
Simplemente se colocó allí.
—No.
Vespera la miró.
—Muévete.
—¿Qué vas a decirle?
—Que alguien ha entrado en su expediente.
—¿Quién?
Silencio.
—No lo sabemos.
—¿Qué han robado?
Otro silencio.
—No lo sabemos.
—¿Desde dónde?
Vespera apretó la mandíbula.
—No lo sabemos.
Nira asintió.
—Entonces de momento lo único que puedes darle es miedo.
—Es su expediente.
—Lo sé.
—Tiene derecho a saberlo.
—Sí.
—Entonces quítate de la puerta.
Nira no se movió.
Aquello sí llamó la atención de Vespera.
—¿Qué estás pensando?
—Que necesito unas horas.
—¿Para qué?
—Para saber si estamos hablando de una consulta ilegal, una extracción o algo mucho peor.
—¿Cuánto?
—Hasta mañana.
—No.
—Vespera.
—Una hora.
Nira soltó una risa sin humor.
—Claro. Porque los sistemas informáticos responden mejor cuando los amenazas.
—Dos.
—Seis.
—Tres.
—Cinco.
Vespera la miró.
—Cuatro.
Nira suspiró.
—Cuatro.
Vespera caminó hacia la cocina, abrió un recipiente, lo cerró sin recordar qué había dentro.
—¿Quién sabe esto?
—Yo.
—¿Nadie más?
—La anomalía la detectó un proceso automático que administro. No ha emitido alerta general.
—Bien.
Nira no respondió.
Vespera la miró.
—¿Qué?
—Has dicho «bien» demasiado rápido.
—Porque es bueno.
—Es conveniente.
—Ahora mismo me parecen sinónimos.
—No lo son.
Vespera apoyó la cadera contra la mesa.
—¿Quieres convocar una asamblea para anunciar que alguien podría haber robado datos médicos de Lyra sin saber quién, qué o por qué?
—No.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Estamos de acuerdo en esperar cuatro horas.
—Exactamente.
—No en ocultarlo.
Vespera dejó pasar la precisión.
Nira fue hacia la terminal de pared.
—Hay otra cosa.
—Por supuesto.
—El permiso usado no pertenece a una persona.
—¿A qué pertenece?
—A una categoría médica antigua. Transferencias de emergencia entre sistemas.
—¿Antigua cuánto?
—Mucho.
—Esa no es una unidad de tiempo.
Nira sonrió apenas.
Un fragmento de la mujer que Vespera conocía.
—Anterior al modelo de privacidad actual de Aonia.
—¿Podría ser alguien de aquí?
—Sí.
—¿De fuera?
—Sí.
—Muy tranquilizador.
Nira abrió varias capas de datos.
Vespera observó columnas que para ella significaban poco más que números organizados con arrogancia.
—¿Puedes seguirlo?
—Quizá.
—Eso significa sí cuando tú lo dices.
—Significa quizá.
—Llevamos doce años juntas. Sé traducirte.
—Once años y nueve meses.
—Eso es exactamente el tipo de cosa que hace imposible discutir contigo.
Nira dejó de mirar la pantalla.
Vespera sintió la mano de ella sobre su costado.
Un contacto breve. La tensión bajó un grado.
—Lyra está bien —dijo Nira.
Vespera asintió.
—Lo sé.
—No lo parece.
—No me gusta que entren en cosas que son suyas.
—A mí tampoco.
—Quiero saber quién.
—Lo sabremos.
—Y después—
Nira retiró la mano.
—Después decidimos.
Vespera la miró.
—Eso iba a decir.
—No.
—¿No?
—Ibas a decir «y después vemos qué hacemos con ella».
—No sabes eso.
Nira levantó una ceja.
Vespera la conocía lo suficiente para saber cuándo una discusión estaba perdida.
—Vale. Después decidimos.
—Juntas.
—Sí.
—Con Lyra.
La palabra cayó en medio de ambas.
Vespera apartó la mirada.
—Cuando sepamos qué ha ocurrido.
—Cuatro horas.
—Cuatro horas.
Nira volvió a la terminal.
Vespera se sentó.
Intentó no pensar en las imágenes.
No funcionó.
Había visto suficientes informes médicos a lo largo de su vida como para saber qué podía contener un expediente profundo.
Genética. Desarrollo. Historial hormonal.
Escáneres internos. Parámetros reproductivos.
Tratamientos. Episodios fisiológicos. Información que Lyra podía comentar riéndose durante una cena y que, dentro de una base de datos, adquiría una intimidad completamente diferente.
A Vespera nunca le había resultado difícil separar desnudez de privacidad.
Una persona podía mostrar el cuerpo entero y seguir sin haber entregado absolutamente nada.
Había cosas mucho más íntimas que la piel.
—¿Por qué ella? —preguntó.
Nira no respondió inmediatamente.
—Puede que no sea «ella».
—Su expediente no se abrió solo.
—Puede ser una auditoría mal dirigida. Un sistema automático. Alguien buscando otra cosa.
—No te lo crees.
—No tengo que creer nada todavía.
Vespera observó su espalda.
Nira hacía aquello cuando tenía miedo: reducía el mundo a aquello que podía demostrar.
Normalmente Vespera lo encontraba irritante.
Aquella noche lo necesitaba.
Pasó casi una hora.
Nira abrió y cerró ventanas, recuperó copias parciales, maldijo dos veces en voz baja y una en voz suficientemente alta para que Vespera preguntara si necesitaba ayuda.
—No.
—Puedo mirar.
—Eso es exactamente lo que haces.
Vespera fue a preparar comida.
Comió de pie.
Después volvió a sentarse.
La noche artificial de Aonia empezó a bajar la iluminación del módulo. En algún lugar del corredor alguien puso música demasiado fuerte y otra persona golpeó una pared.
Normalidad.
Otra vez.
Vespera pensó en llamar a Lyra.
No lo hizo.
A las cuatro horas exactas se puso en pie.
—Tiempo.
Nira no respondió.
—Nira.
—Espera.
—Hemos acordado—
—Vespera.
Había algo en su voz.
Se acercó.
Nira amplió una línea de registro.
—Ya sé cuándo ocurrió.
—¿Hoy?
Nira negó con la cabeza.
—Ayer.
Otra negación.
El estómago de Vespera se tensó.
—¿Cuándo?
Nira giró la pantalla.
Una fecha.
Vespera tardó un instante en hacer la cuenta.
Luego otro porque estaba segura de haberla hecho mal.
—No.
—Sí.
—Eso es imposible.
—No.
Vespera volvió a mirar.
—Treinta y siete días.
Nira asintió.
Durante treinta y siete días Lyra había trabajado, dormido, reído, discutido con ella, vuelto tarde a casa, besado a Iria en la puerta pensando que nadie la veía, quejado de un dolor en la espalda y pedido prestada una chaqueta que todavía no había devuelto.
Durante treinta y siete días alguien podía haber tenido una copia de su cuerpo convertida en datos.
—¿Por qué no saltó ninguna alerta?
—Porque utilizaron un permiso válido.
Vespera sintió frío.
No por la temperatura.
—¿Y qué hicieron después?
Nira miró de nuevo la pantalla.
Por primera vez desde que la conocía, Vespera deseó que dijera que no podía averiguarlo.
Nira respondió:
—Eso es lo que todavía no sé.
Treinta y siete días.
Vespera miró hacia la puerta cerrada del módulo.
Cuatro horas antes había pensado que esperar significaba proteger a Lyra.
Ahora comprendía que quienquiera que hubiese entrado en aquel expediente ya había tenido más de un mes de ventaja.
Y treinta y siete días eran tiempo suficiente para cruzar Marte.