Capítulo 1
La gente mira
La gente miraba a Vespera cuando no sabía qué hacer.
Aquella tarde no fue diferente.
Treinta y dos mujeres ocupaban el antiguo depósito de agua del sector oeste, transformado hacía décadas en sala de reuniones porque alguien había descubierto que una avería en el aislamiento le daba una acústica excelente.
Habían retirado los tanques, instalado bancos desiguales y dejado las tuberías originales recorriendo las paredes como raíces metálicas.
Una de ellas todavía vibraba cuando la estación de bombeo cambiaba de ciclo.
Vespera llevaba cuarenta minutos sentada en la tercera fila.
No en la primera.
Nunca en la primera.
Delante, Oda y Meret discutían sobre una derivación de potencia como si alguna de las dos hubiera descubierto personalmente la electricidad.
—Si cerramos dos horas el circuito norte, perdemos temperatura en los cultivos —dijo Meret.
—Si no lo cerramos, el condensador cuatro llega a otro ciclo con la membrana dañada —respondió Oda—. Y entonces no perdemos temperatura. Perdemos el condensador.
—Puede repararse.
—¿Con qué pieza?
Meret abrió la boca.
No respondió.
Vespera se pasó una mano por la base del cuello.
El soporte bajo la ropa había empezado a molestarle hacía un rato.
Había trabajado media jornada revisando una conducción elevada y después se había dejado convencer para acudir a la reunión.
En algún momento entre ambas cosas debería haber cambiado la tensión de las bandas del torso.
No lo había hecho.
Ahora pagaba la pereza.
—Hay una pieza en el almacén sur —dijo alguien.
Oda ni siquiera se volvió.
—Hay una carcasa compatible. No una membrana.
—La podemos adaptar.
—Tú no.
Varias mujeres rieron.
La aludida levantó dos dedos en un gesto obsceno y la sala se relajó durante tres segundos.
Después empezó otra vez.
Vespera miró hacia la puerta.
Nira aún no había llegado.
Eso era raro.
Nira evitaba las asambleas con bastante habilidad.
Pero le había dicho que pasaría al terminar una revisión en el centro médico.
Había añadido, con esa expresión suya que hacía imposible saber si hablaba en serio, que alguien necesitaba asegurarse de que Vespera no fundara un gobierno mientras ella no miraba.
Vespera le había contestado que necesitaba más de una tarde para fundar un gobierno.
Nira había dicho que ese exceso de confianza era precisamente lo preocupante.
—Podemos aislar el condensador y alimentar los cultivos desde la línea doce —dijo una mujer mayor.
—La doce alimenta maternidad.
—Solo el sistema secundario.
—¿Y si entra una emergencia?
—¿Y si se rompe el cuatro?
La conversación volvió a dividirse.
Vespera dejó escapar aire por la nariz.
Una niña de unos seis años estaba dormida sobre las piernas de su madre al otro lado del depósito.
Más atrás, una mujer con el abdomen avanzado de gestación cambiaba de postura cada pocos minutos mientras su compañera le masajeaba la espalda sin dejar de discutir con otra sobre los turnos de mantenimiento.
Dos técnicas todavía llevaban monos de trabajo abiertos hasta el esternón por el calor del sector industrial. Nadie les prestaba especial atención.
Eso le gustaba de Aonia.
La gente podía discutir durante una hora sobre un condensador sin que nadie necesitara fingir que la discusión trataba sobre algo más noble.
También podía discutir durante una hora sobre un condensador.
—Vespera.
Cerró los ojos un instante.
Ahí estaba.
La mujer que había pronunciado su nombre era Oda.
—No.
—Todavía no te he preguntado nada.
—Precisamente.
Algunas se rieron otra vez.
Oda apoyó las manos en las caderas.
—Llevas cuarenta minutos escuchando.
—Cuarenta y tres.
—Entonces tendrás una opinión.
—Tengo muchas. Es uno de mis peores defectos.
Meret se volvió hacia ella.
El cambio no fue de golpe. Nunca lo era.
Primero Oda dejó de mirar a Meret. Después dos mujeres de la primera fila giraron la cabeza. Luego otra. El movimiento se extendió por la sala con la facilidad irritante de algo que nadie había acordado.
Vespera vio cómo la discusión cambiaba de forma antes incluso de levantarse.
Se puso en pie.
Su cuerpo siempre tardaba un segundo en reorganizarse después de estar demasiado tiempo sentada.
Cambió el peso, ajustó el hombro derecho y esperó a que la tensión de la espalda se distribuyera donde debía.
Había vivido suficientes años con su anatomía para que aquello no fuera un pensamiento consciente, apenas una secuencia física aprendida.
—No podéis quitar potencia a maternidad —dijo—. Ni siquiera a la secundaria. Si pasa algo, alguien tendrá que explicar por qué una discusión sobre lechugas era más importante que una incubadora.
—No son lechugas —protestó Meret.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que cultiva lechugas.
Más risas.
Meret sonrió a pesar de sí misma.
Bien.
Vespera señaló a Oda.
—¿Cuánto aguanta el cuatro sin reparación?
—Cinco días si reducimos carga. Tres si seguimos igual.
—¿La carcasa del sur sirve?
—Si alguien consigue fabricar una membrana.
—¿Quién puede?
Tres mujeres respondieron casi simultáneamente.
Vespera señaló a la más cercana.
—¿Cuánto?
—Dos días. Uno si me ayudan.
—Entonces uno y medio, porque las personas que dicen uno siempre quieren decir uno y medio.
—Puedo tenerla mañana por la noche.
—Perfecto. Reducís el cuatro al sesenta por ciento.
Los cultivos pierden temperatura durante los ciclos valle, no durante los picos.
Meret se coordina con ambiental para compensar humedad.
Oda presta dos técnicas a la membrana hasta que esté lista.
Si mañana por la noche no está, volvéis aquí y os insultáis otras dos horas.
Oda frunció el ceño.
—Eso nos deja sin margen.
—No. Os deja con menos margen del que os gusta.
—¿Y si falla antes?
Vespera se encogió de hombros.
—Entonces estabas condenada desde antes de entrar en esta sala.
Hubo un silencio.
No largo.
El suficiente.
Meret miró a Oda.
—Puedo bajar carga durante dos ciclos.
Oda masculló algo.
—¿Eso significa que sí?
—Significa que si se rompe pienso recordar públicamente que fue idea tuya.
Vespera sonrió.
—Eso es lo más parecido a un acuerdo que vais a conseguir hoy.
Las voces regresaron. Algunas protestas. Dos preguntas técnicas. Una modificación menor sobre los turnos. Pero la discusión ya había terminado. Vespera lo supo antes de que nadie lo declarara.
Y entonces vio a Nira.
Estaba junto a la entrada.
No había oído abrirse la puerta.
Nira llevaba el cabello negro recogido de cualquier manera, una manga remangada hasta el codo y la bolsa plana de herramientas médicas cruzada sobre el pecho. Nada de aquello era raro.
Lo raro era que no estaba sonriendo.
Vespera dejó de escuchar a Oda.
Nira no levantó una mano.
No hizo ningún gesto urgente.
Simplemente se quedó mirándola.
Quieta.
Vespera conocía esa quietud.
La había visto después de accidentes, durante fallos de presión, una vez cuando una niña había llegado al centro médico con una hemorragia interna que nadie había detectado a tiempo.
—Seguid sin mí —dijo.
Oda parpadeó.
—¿Qué?
—Ya está decidido.
—No está decidido. Estamos—
—Entonces decididlo.
La sala quedó momentáneamente desconcertada.
Una mujer de la última fila soltó:
—No ocupas ningún cargo, Vespera.
Vespera ya había dado dos pasos hacia la salida.
Se detuvo.
Miró atrás.
—Lo sé.
—Pues dejas una solución y te marchas como si—
—Como si nada. Exactamente.
La mujer abrió las manos.
—Todas van a hacer lo que has dicho.
Vespera miró alrededor.
Demasiadas caras volvieron a mirarla.
Otra vez.
Sintió una irritación difícil de colocar.
—No decido yo.
—No parece haber mucha diferencia.
Aquello le rozó algún lugar incómodo.
Vespera sonrió, porque a veces una sonrisa servía para terminar una conversación mejor que cualquier argumento.
—Por eso estoy hablando y no dando órdenes.
No esperó respuesta.
Nira ya estaba en el corredor.
* * *
Aonia nunca había sido diseñada para tener una forma.
Esa era probablemente la única característica que todos sus sectores compartían.
Había crecido alrededor de instalaciones de terraformación abandonadas, hábitats ensamblados, almacenes presurizados y módulos construidos para durar diez años que llevaban funcionando cuatro siglos.
Los túneles más antiguos eran estrechos y curvos; los nuevos podían abrirse de repente en plazas de tres niveles atravesadas por tuberías de agua, cables, raíces de cultivos ornamentales y pasarelas suspendidas.
Vespera tuvo que acelerar para alcanzar a Nira.
—¿Lyra?
Nira negó con la cabeza.
—Está bien.
El aire volvió a entrarle en los pulmones.
No se había dado cuenta de que había dejado de respirar correctamente.
—No vuelvas a recibirme así.
—¿Cómo?
—Con cara de que mi hija está muerta.
Nira la miró por primera vez desde que habían salido.
—No tengo una cara específica para eso.
—La tienes.
—Tú tienes una cara específica para todo. No proyectes.
Normalmente Vespera habría respondido.
No lo hizo.
Nira caminaba demasiado rápido.
—¿Qué ha pasado?
—En casa.
—Nira.
—En casa.
Vespera estuvo a punto de agarrarla del brazo. No lo hizo. Siguió caminando.
Pasaron junto a un mercado de alimentos donde una mujer discutía el precio de unas frutas cultivadas en Elysium como si negociara la devolución de un territorio ocupado.
Una técnica salía de un baño comunitario con una toalla alrededor del cuello y el cabello todavía mojado.
Dos jóvenes estaban sentadas sobre una conducción caliente compartiendo algo de comer, una con la cabeza apoyada sobre el hombro de la otra.
Todo seguía funcionando.
Aquello molestó a Vespera.
Cuando algo grave ocurría, le parecía indecente que el resto del mundo continuara con normalidad.
Llegaron al módulo que compartían desde hacía nueve años, aunque Vespera todavía conservaba formalmente otro espacio tres sectores al norte y Nira se negaba a admitir que aquello significara algo.
La puerta se cerró.
Nira activó el aislamiento acústico.
Vespera no dijo nada.
Eso consiguió por fin que Nira se volviera.
—Quítate eso.
—¿Qué?