Capítulo 36
La puerta de la despensa se abrió sola.
Adrian entró de inmediato, demostrando que no se había movido de donde ella lo había dejado. La luz del pasillo le golpeó el rostro y Phoebe parpadeó, todavía inestable.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Le rodeó la cintura con un brazo y la ayudó a salir.
En cuanto estuvieron en el pasillo, la atrajo contra su pecho y la abrazó con una fuerza que le sacó el aire.
Phoebe se aferró a él y notó el temblor contenido en sus hombros.
El ritmo irregular de su respiración y lo asustado que había estado, aunque intentara disimularlo.
Al cabo de un rato, él se separó lo justo para mirarla.
—Estabas aterrado de que no volviera —dijo ella.
—Sí. Pero no porque no quisieses hacerlo, sino porque temía que no pudieras, que no te dejasen.
Phoebe bajó la vista un instante.
—Dudé —confesó, pues ella le debía la misma honestidad que Adrian siempre había tenido con ella—. Por unos instantes dudé. Pensé que no lo haría, que estaría segura, pero no fue así.
Adrian no apartó la mano de su cintura.
—Es normal que dudases, y es algo bueno.
—¿Bueno?
—Sí, porque, a pesar de las dudas, has regresado a mí.
Le tomó la mano. Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella, firmes, cálidos, como si todavía necesitara comprobar que no era un truco de la luz.
Phoebe lo miró.
—Estoy embarazada. O encinta, como decís en esta época.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿No es pronto para saberlo? —preguntó.
—Lo sé —respondió ella—. Y yo pensaba que era imposible que me quedase embarazada. Pero Phoebe Pembroke me felicitó por el embarazo y, aunque al principio no estaba segura de creerle, ahora lo sé. Lo estoy.
Ella se tocó la tripa, aún plana.
Él la observó en silencio. Phoebe apretó un poco su mano.
—Creo que serán un niño y una niña. Los he visto en el jardín, contigo corriendo detrás de ellos y yo mirándoos. —Ella esperó a que él dijera algo, pero cuando no lo hizo, se mordió el labio inferior—. ¿Estás disgustado?
Adrian no contestó enseguida. El silencio se alargó lo suficiente para que a ella se le encogiera el estómago. Luego negó, despacio, y una sonrisa le iluminó el rostro de una manera que ella rara vez había visto.
—Estoy más que feliz.
La besó. Un beso breve al principio, como una confirmación, y después más hondo, más seguro. Cuando se separaron, apoyó la frente contra la de ella.
—¿Un niño y una niña?
—Eso creo.
—Entonces tendremos que empezar a elegir sus nombres —murmuró él—. Charlotte querrá opinar. Y mi tía también.
—Sobre mi cadáver.
Adrian soltó una risa baja.
—Tendré que protegerte de las dos.
Phoebe sonrió, pero la sonrisa le tembló un poco.
—Tenía miedo de que esto te asustara. De que pensaras que era demasiado pronto. O que no querías hijos. Lo dijiste al principio.
—Lo dije —reconoció él— porque creía que cualquier hijo mío heredaría lo peor de mi familia paterna.
La miró con una seriedad nueva, sin dureza.
—Pero ahora sé que no será así. ¿Y tú estás feliz? Tampoco querías tener hijos.
—Supongo que sí quiero tener hijos contigo. —Su mano seguía en su vientre—. Y aún ni han nacido, pero ya los quiero a ellos.
Adrian colocó una de sus manos encima de la de ella.
—Yo también los quiero.
Desde el jardín llegó el sonido de las voces de los invitados y Adrian giró la cabeza hacia el pasillo.
—Van a empezar pronto.
—¿He estado mucho tiempo fuera?
—Dos horas —dijo él.
—Y no te has movido del pasillo.
—Jamás. Siempre estaré a tu lado.
Ella le rodeó el cuello con las manos.
—Y yo al tuyo.
Lo besó. Un beso breve, pero con el que se demostraban todo el amor que tenían el uno por el otro.
Cuando se separaron, Adrian le ofreció el brazo y juntos se alejaron de la despensa, hacia el jardín, hacia la boda, hacia la vida que acababan de empezar.
Una vida donde pronto serían padres, donde tendrían dos seres que dependerían de ellos. Y no podían estar más felices. Porque ya no habría maldiciones, ni viajes en el tiempo, ni dos personas de épocas diferentes.
Solo dos almas gemelas que se habían encontrado.