La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Epílogo
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Epílogo

Phoebe estaba sentada sobre una manta, con una mano apoyada en el vientre, ya redondo.

Delante de ella, Adrian corría detrás de los mellizos.

James tenía el cabello rubio de su padre y esa expresión de concentración que ponía cuando quería ganar, aunque solo estuviera persiguiendo a una mariposa. Sophie, en cambio, reía con la boca abierta y los rizos pelirrojos sueltos, tropezando cada tres pasos y levantándose sin rendirse.

Phoebe los observó y sonrió.

Antes de viajar en el tiempo por primera vez, ella se habría reído en la cara de quien le hubiese dicho que iba a casarse y a tener hijos. Ni por un momento habría creído que podía sentir aquella alegría que le llenaba el pecho al ver a su marido jugar con los pequeños que ambos habían creado.

Y, sin embargo, allí estaba.

No se había convertido en la abogada más joven de uno de los mejores bufetes de Londres, pero había hecho algo distinto. Algo más pequeño, pero mucho más valioso: ayudaba a mujeres en una época en la que nadie lo hacía.

No había juzgados a los que acudir ni un papel que deshiciera un matrimonio de la noche a la mañana. En 1818, una esposa pertenecía, en la práctica, al marido.

Recibía a jóvenes que iban a casarse y hablaba con sus padres para que el acuerdo prenupcial no las dejara sin un chelín propio.

Presionaba para que hubiera una renta reservada, un ingreso que no dependiera del humor del esposo.

Cuando el daño ya estaba hecho, usaba otra arma: la sociedad.

Una visita, una carta o el nombre de Whitmore.

Y, si hacía falta, la amenaza de que ciertas deudas o ciertas visitas nocturnas dejaran de ser un secreto si no se portaba adecuadamente con su esposa.

A veces necesitaba que interviniese el abogado de Adrian. Otras, bastaba con que el conde de Whitmore pronunciara un par de palabras en el club adecuado. Donde a él seguía sin gustarle ir, pero iba cuando ella se lo pedía.

Porque él no podía negarle nada.

Phoebe sabía que lo que estaba haciendo era solo un grano de arena en el desierto, pero cada vez que una mujer salía de su salón con los hombros un poco menos encogidos, ella pensaba que aquel grano valía la pena.

—¡Mamá! —le gritó Sophie, corriendo hacia ella.

James la imitó un segundo después.

Adrian los alcanzó al fin. Los levantó a los dos, uno en cada brazo, con esa facilidad que todavía le sorprendía, y cruzó el césped hasta la manta.

Se dejó caer a su lado con un resoplido teatral.

Los mellizos se le escaparon enseguida y se lanzaron contra Phoebe, que los recibió entre risas, apartándolos con cuidado de su vientre.

—Habéis dejado a vuestro padre sin aliento —dijo ella.

—Mentira —negó Adrian, a pesar de que todavía estaba agitado—. Podría haberme pasado la tarde tras ellos.

Phoebe sonrió. Era tan orgulloso como ella.

—Por supuesto.

James se subió a su rodilla, mientras que Sophie se acurrucó contra su costado.

—Hoy has estado pensativa —observó Adrian, mirándola.

—He estado contenta —le corrigió ella—. Que no es lo mismo, pero se parece.

Él le rozó los dedos y luego el vientre.

—¿Lady Merton?

—Su prometido ha accedido a reservar una parte de la dote para ella.

Una esquina de la boca de Adrian se curvó.

—Justo después de que tú descubrieras que tiene un hijo ilegítimo. Qué coincidencia.

—Sí. El universo está lleno de ellas —respondió ella, también sonriendo.

Se quedaron en silencio un momento.

Uno de esos silencios que compartían a menudo. Uno que no era incómodo, todo lo contrario. Un silencio que les recordaba todo el amor que sentían el uno por el otro.

James se entretenía con el dobladillo de la manta, mientras que Sophie canturreaba algo que no era ninguna canción.

—Nunca pensé que podría ser tan feliz —confesó Adrian.

—Yo tampoco —respondió ella, tomándole la mano—. Quién me iba a decir que iba a encontrar el verdadero amor en otra época.

Adrian le sonrió y ella le devolvió la sonrisa. Esa noche, cuando los mellizos durmiesen en la habitación infantil, se demostrarían de nuevo todo lo que se amaban.

Phoebe apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, pero sin miedo a dormirse. Porque, cuando se despertase, él seguiría allí, a su lado.