Capítulo 35
Los jardines de Whitmore Hall se estaban preparando para una boda.
Desde primera hora, el servicio cruzaba el césped con cestas de flores, cintas y jarras de cristal.
Habían tendido un toldo claro junto al seto del sur y, bajo él, alineaban sillas como si el día entero dependiera de que cada una quedara en su sitio.
El aire olía a rosas recién cortadas y a hierba húmeda.
En alguna parte, alguien reía. En otra, Helen y la tía de Charlotte daban las últimas órdenes, asegurándose de que todo estuviera perfecto, mientras la novia y el novio se preparaban en sus alcobas.
Phoebe se encontraba en la habitación de la condesa, de pie junto a la ventana, con el anillo con el que había viajado en el dedo, ya que seguía sin poder quitárselo, y el anillo de Thomas en la palma de la mano.
Adrian había cumplido su palabra. Había investigado, presionado, reunido pruebas, conseguido que Percy ingresara en prisión y recuperado el anillo. Lady Isabella, la vizcondesa de Granville, había quedado libre de aquel monstruo. También sus hijos. Todo había salido bien.
O casi.
Porque Percy no llegó a pudrirse en una celda.
Apenas una semana después, lo encontraron colgado en ella, incapaz de afrontar la condena que le esperaba.
Phoebe no sintió lástima por él, pues no podía sentirla por un monstruo como él, pero tampoco triunfó.
Solo quedó un silencio extraño, como el que queda cuando una amenaza desaparece de golpe y uno no sabe si alegrarse o desconfiar de la calma.
Ahora faltaba lo demás.
El vestido que llevaba era de seda, con el escote recatado y las mangas cortas que Hannah había insistido en dejar impecables.
Iba peinada para la ceremonia. Era una invitada.
La hermana del novio, la cuñada de la novia.
La condesa de Whitmore. Y, al mismo tiempo, una mujer a punto de intentar atravesar el tiempo con dos anillos y el corazón encogido.
La puerta que comunicaba con los aposentos del conde se abrió.
Adrian apareció en el umbral, vestido ya para el enlace. Frac oscuro, chaleco claro, y la corbata anudada con esa precisión que nunca lo abandonaba; ni siquiera en los días difíciles. Se detuvo al verla. Su mirada bajó a los anillos y luego volvió a su rostro.
—Estás pálida —murmuró.
Phoebe cerró los dedos sobre las dos alhajas.
—Estoy nerviosa.
Él cerró la puerta a sus espaldas y cruzó la habitación hasta ella.
—No tienes que estarlo. Todo saldrá bien.
—¿No tienes miedo de que no regrese?
Adrian alzó la mano y le acarició la mejilla.
—Regresarás.
Parecía convencido, como si tuviese la férrea convicción de que lo haría.
—¿Y si la duquesa está equivocada y no puedo volver?
—Esperaré hasta que encuentres la manera de hacerlo.
—¿Y si no la encuentro nunca?
—Entonces moriré esperándote. Pero feliz de haber encontrado el amor.
—Te amo.
—Eres mi vida —respondió él—. Rompiste la maldición. Me has enseñado que hay esperanza para mí.
Ella se inclinó hacia su palma y cerró los ojos un instante. Quería guardar aquel tacto. El calor de su mano, y la certeza de su voz. Por si el universo, esta vez, decidía no ser benevolente.
—Si tardo —murmuró—, no dejes que Charlotte se preocupe. No permitas que atrasen la boda.
Una sonrisa breve le cruzó el rostro.
—No se lo permitiré.
—Y, si no regreso, sigue con tu vida —añadió Phoebe—. De verdad. No te encierres en el despacho, no te conviertas en el hombre solitario y malhumorado que eras antes.
—Phoebe.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
—Prométemelo.
—No tengo que prometer nada porque vas a regresar.
—Aun así, prométemelo.
—No volveré a convertirme en ese hombre, porque ya no soy él. Tú has provocado ese cambio.
Antes de que ella pudiese decir nada, la besó. No con la urgencia que exigiría ese momento, sino con esa lentitud que duele más, la de quien sabe que el reloj sigue andando aunque uno pretenda detenerlo. Cuando se separaron, apoyó la frente contra la de ella.
—Es el momento, antes de que pronuncien los votos —dijo en voz baja—. Como indicó la duquesa.
Phoebe asintió y guardó ambos anillos en el pequeño bolsillo interior del vestido, pegados a su piel.
—Entonces vamos. Antes de que me arrepienta.
Ella había pensado en no entrar en esa despensa un millón de veces desde que recuperó el anillo.
No solo tenía miedo de no poder volver; tenía miedo de no querer hacerlo. Miedo de, al regresar a su época, querer quedarse allí. No se fiaba de sí misma.
Por eso había buscado a la duquesa para que le dijese si había alguna posibilidad de equivocación, si sus familiares no sufrirían aunque ella no regresase, pero la duquesa estaba en el campo.
O eso decían sus sirvientes. Ella lo dudaba, pero era evidente que no quería que la encontrasen.
Así que ella no podía ser egoísta. No podía arriesgarse.
Adrian le ofreció el brazo y Phoebe lo tomó. Juntos cruzaron la habitación, bajaron el pasillo y se internaron en la casa que, en pocas horas, estaría llena de invitados, música y felicidad.
Y Phoebe quería disfrutar de la boda de la que se había convertido en su mejor amiga y del que era el hermano que nunca había tenido, pero primero tenía que acabar con aquello. La despensa los esperaba.
Frente a la puerta, Phoebe agarró el pomo y miró a Adrian.
—Gracias por confiar en mí —le dijo—. Si algo sale mal, quiero que sepas que no me arrepiento de nada.
Me alegro de haber ido a ese escape. Y gracias por demostrarme que el verdadero amor existe.
Que casarse no tiene por qué ser una condena.
Que, a tu lado, puede ser precisamente lo contrario: una fuente de eterna felicidad.
—Te amo, Phoebe.
La besó de nuevo. Esta vez, el beso fue más urgente, más posesivo, como si con él pudiera retenerla un instante más antes de que el tiempo volviera a llevársela.
Cuando el beso se rompió, Phoebe abrió la puerta. Le dedicó a Adrian una última sonrisa y la cerró tras de sí.
El interior quedó en penumbra. Apenas una franja de luz se colaba por la rendija del umbral.
Abrió la palma. En ella descansaba el anillo de Thomas. Luego miró el dedo de la otra mano, donde llevaba el de Phoebe Pembroke.
Nada. No ocurrió nada.
Entonces bajó la vista hacia el anillo que le había regalado Adrian. Pensó, por un instante, que quizá debía quitárselo. Que, tal vez, era aquello lo que le impedía viajar. Pero no pudo; no quiso.
Y entonces el anillo de su dedo comenzó a brillar. Un resplandor tenue, incompleto, como si le faltara la otra mitad. Lo comprendió de golpe. Juntó las dos alhajas. Deslizó el anillo de Thomas en el mismo dedo, hasta que ambos quedaron unidos contra su piel.
La luz se expandió.
El aire cambió, el suelo dejó de parecer suelo. Un calor suave la envolvió, el mismo de la primera vez, y el mundo se dobló a su alrededor con un silencio tan denso que le tapó los oídos. Phoebe cerró los ojos con el rostro de Adrian en su mente.
Y entonces, la puerta se abrió.
Phoebe salió todavía mareada. En el pasillo, de pie frente a ella, estaban Thomas y Phoebe Pembroke, él con un brazo rodeando la cintura de ella y acercándola hacia sí.
Él iba ataviado igual que cuando ella viajó la primera vez, mientras que ella llevaba la ropa que Phoebe había dejado atrás.
El mismo rostro, la misma figura que ella.
Y, sin embargo, aquella expresión del retrato, tan quieta, tan diferente a la suya.
—Bienvenida —la saludó Thomas con la misma sonrisa cálida que le había dedicado en el escape.
Phoebe Pembroke no habló. Solo la miró.
—¿Cuánto tiempo ha pasado aquí? —preguntó Phoebe.
—Una hora —respondió Thomas—. El tiempo justo para reencontrarnos. Y, si decides quedarte, recordaré el resto de mi vida el aroma de la mujer que amo.
Phoebe Pembroke abrió la boca. Parecía a punto de hablar, pero no lo hizo.
Phoebe comprendió entonces por qué Nathaniel la había apodado «mudita». Era evidente que tenía mucho que decir. Y, aun así, no lo decía.
Fue a quitarse los anillos para dárselos, pero ahora los dos parecían atascados.
—¿Por qué no salen? —Lo intentó de nuevo, sin conseguirlo—. He regresado.
—Porque antes tienes que tomar una decisión —le explicó Thomas—. Y es una decisión irreversible. No podrás regresar jamás.
—Ya la he tomado.
Lo había hecho en el instante en el que había conocido a Adrian.
—Dila en alto, entonces —le pidió Thomas.
Phoebe iba a decir algo, pero escuchó la voz de su prima, acompañada de las de Rachel y Emily. Habían salido de la primera prueba.
La voz era lejana y, al mismo tiempo, tan familiar que le apretó el pecho.
Sin poder evitarlo, en aquel momento recordó todo lo que tendría que dejar atrás si regresaba con Adrian.
Su época, su trabajo y, lo más importante, a Sophie.
Una vida entera que todavía la estaba esperando al otro lado del pasillo.
Y, por primera vez desde que se había dado cuenta de que estaba enamorada de Adrian, dudó.
¿Podía dejarlo todo solo por amor?
Escuchó el sonido de unos pasos subiendo las escaleras.
—Tienes que decidirte —le apremió Thomas—. Y tienes que hacerlo ahora. Si ellas suben y te ven, mi Phoebe desaparecerá y tu decisión estará tomada.
—¿Por qué tanta prisa?
—Porque esta decisión debes tomarla con el corazón, no con la cabeza. Si de verdad lo amas tanto como crees, regresarás. Si no, te quedarás. Escucha a tu corazón.
Phoebe le hizo caso. Cerró los ojos y escuchó.
Imaginó su futuro. En su mente no apareció un juzgado moderno, ni su apartamento, ni un ascenso. Apareció Adrian, corriendo por el jardín de su casa de campo detrás de dos niños pequeños. Un niño y una niña que reían a gritos. Y ella, sentada sobre una manta, embarazada, observándolos.
Entonces, sin abrir la boca ni los ojos, tiró de los anillos. Esta vez, salieron de su dedo.
Cuando los abrió, Thomas y Phoebe Pembroke sonreían. Él, abiertamente, y ella, con una timidez que delataba lo poco acostumbrada que estaba a hacerlo.
Phoebe le entregó los anillos a Thomas. Él se puso el suyo y le colocó a su amada el otro en el dedo.
—¿Y ahora? —preguntó Phoebe.
—Regresa a la despensa y viajarás hasta el hombre que amas —le dijo Thomas.
Ella miró a Phoebe Pembroke.
—Cuida de Sophie, cuida de mi familia. Yo cuidaré de la tuya.
Esta la miró.
—Gracias, Phoebe. Gracias por todo. —Su voz sonaba como la de ella, pero había algo diferente.
—Gracias a vosotros he encontrado el amor.
Las voces de su prima y sus amigas sonaban cada vez más cercanas. Una parte de ella quería ver a Sophie, pero la otra, la más fuerte, quería regresar con Adrian.
Abrió la puerta de la despensa y entró, pero, antes de cerrarla, la voz de Phoebe Pembroke la detuvo.
—Felicidades por tu embarazo.
—No estoy embarazada. Tengo un DIU.
Thomas cerró la puerta antes de que la otra Phoebe pudiera contestarle. Si es que iba a hacerlo.
Y entonces recordó las palabras de la duquesa: « Los cuerpos no viajan, el alma sí » .
Ahora era Phoebe Pembroke quien tenía su cuerpo. Y, con él, el DIU.
Nada brillaba. Aun así, un mareo la envolvió de pronto. La despensa empezó a dar vueltas, suave al principio, después con esa misma sensación de caída que ya conocía. Phoebe se apoyó en la pared, cerró los ojos y, en medio del vaivén, algo distinto se abrió paso.
Una certeza íntima, nueva, e inconfundible. Estaba embarazada.
Abrió los ojos, aturdida. No por el viaje, sino por lo que sentía.
No era pánico, sino felicidad.