Capítulo 34 #3
La duquesa carraspeó y ambos la miraron como si se hubieran olvidado por completo de ella. Que lo habían hecho, pero era algo que no podían evitar. Cuando estaban juntos, el resto del mundo solía desvanecerse.
—Es un alivio comprobarlo con mis propios ojos —dijo la duquesa, con una expresión radiante—. Vuestras almas se han encontrado al fin, y parece que ambas se sienten muy felices por ello.
—¿Lo sabes por qué estamos discutiendo? —preguntó Phoebe.
—Los amantes discuten, querida. Forma parte del amor.
Phoebe nunca había estado de acuerdo con aquello. Hasta ese momento.
—¿Y cómo se supone que yo puedo ayudar? —inquirió Adrian.
—Recuperando el anillo y metiendo a Percy entre rejas.
—¿Y cómo quieres que haga eso? —Phoebe resopló—. ¿Que se ponga una capa roja y se convierta en superhéroe?
Adrian se giró hacia ella, arrugando el ceño.
—¡¿Qué me convierta en qué?!
Pero Phoebe decidió que no era el momento de perder el tiempo explicándoselo.
—Percy se cree muy inteligente, pero es un necio —continuó la duquesa—. El cochero no estaba inconsciente. No del todo. Él escuchó cómo los dos vagabundos le dijeron a un moribundo Thomas que su hermano le mandaba recuerdos.
—¿Y entonces por qué no lo denunció? —preguntó Phoebe.
—Porque no funciona como en tu época, querida —le explicó la duquesa—.
El cochero no es más que un sirviente. Jamás creerán su palabra por encima de la de un miembro de la alta sociedad.
Por eso, en cuanto pudo, huyó. Pero yo sé dónde está.
Y hablará contigo —añadió, mirando a Adrian—.
Si indagas en lo sucedido, hallarás más pistas que conduzcan hasta él.
Fue una chapuza. Tenía prisa y no podía permitir que su hermano se casara ni que Phoebe Pembroke quedara encinta de un varón.
Pero nadie se molestó en investigar demasiado.
—Esta época tiene muchas deficiencias —masculló Phoebe.
—¿No las tiene la tuya también? —le preguntó la duquesa.
Ella no podía negarlo.
—Sí. Y algunas cosas han mejorado menos de lo que me gusta reconocer.
—¿Y eso será suficiente? —preguntó Adrian, que seguía centrado en lo que le había contado la duquesa.
—Probablemente, no. Por suerte, hay más.
—La duquesa curvó los labios—. Lady Isabella, la vizcondesa de Granville, lleva sufriendo vejaciones desde el mismo día de su boda, hace cuatro años.
Percy la apartó de su primera hija en cuanto nació y la amenazó con no volver a dejarle verla si no le daba un varón.
Ahora pretende devolverle a la niña y llevarse al niño para educarlo él y convertirlo en un monstruo a su imagen.
—Hizo una pequeña pausa—. Lady Isabella ha oído demasiado durante su matrimonio.
Ha escuchado hablar de muchos de los delitos que Percy ha cometido.
Pero él se cree intocable. Y, en una de las tantas palizas que le dio, le confesó que no solo había matado a su hermano, sino que también envenenó a su padre, poco a poco, con ayuda del ama de llaves.
No será difícil obtener la confesión de esa mujer con la presión adecuada.
Lady Isabella puede conseguir el anillo.
A cambio, su marido se pudrirá en una celda el resto de su vida.
—¿Has hablado con ella? —inquirió Phoebe.
—Dialogo con mucha gente —respondió la duquesa, sin responder del todo—. Y ahora, si me disculpáis, tengo asuntos que atender.
—Espera —la detuvo Phoebe antes de que la mujer se alejara—. Si recupero los dos anillos y regreso a la despensa de Whitmore Hall, ¿viajaré?
La duquesa chasqueó los dedos.
—Qué cabeza la mía. Se me olvidaba lo más importante: no. Aunque tengas la puerta y los instrumentos, necesitas un día concreto. El día en que dos almas gemelas se unirán en matrimonio: el de la boda de Charlotte y Nathaniel. Antes de que pronuncien los votos.
—Faltan menos de dos semanas para ello —murmuró Adrian.
La duquesa sonrió.
—Deberás darte prisa, entonces.
Dicho esto, la duquesa se alejó entre los árboles y los dejó solos.
Phoebe se separó de Adrian. Él se pasó ambas manos por el rostro, como si con ese gesto pudiera ordenar todo cuanto acababan de oír.
—Esto es una locura —masculló.
—Lo es. —Phoebe exhaló un suspiro y miró el hueco entre los árboles donde la duquesa acababa de desaparecer—. Pero creo cada una de las palabras que ha dicho.
Se giró hacia Adrian, que permanecía en silencio.
—¿Puedes hacerlo? —preguntó en voz baja—. ¿Puedes meter entre rejas al vizconde y recuperar el anillo?
Adrian no dudó.
—Haré lo que haga falta por ti.
Ella le rodeó el cuello con los brazos.
—La duquesa no se equivoca. Eres mi alma gemela.
—¿Lo soy? —preguntó él.
—Sí. Pero se equivoca en una cosa.
—¿En cuál?
—En que necesitábamos su ayuda para encontrarnos.
—Phoebe esbozó una pequeña sonrisa—. Estoy convencida de que, de un modo u otro, habríamos acabado encontrándonos.
Tal vez en otra época, en otro lugar o bajo circunstancias completamente distintas, pero estamos destinados a estar juntos.
Habríamos llegado el uno hasta el otro. No tengo la menor duda.
Adrian no respondió. Unió sus labios a los de ella y la besó.