La maldición del conde (Viajes en el tiempo 3) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

—El alma de Thomas renació en el futuro con la misma apariencia. Y a Phoebe se le concedió una vía para no perder del todo aquello que le habían robado.

—Yo —terminó Phoebe por ella.

—Así es. No eres ella, no has heredado su alma.

Pero se te dio su rostro. Y, con ese rostro, una puerta.

—Se detuvo un instante, como eligiendo las palabras—.

Tu alma y la del conde de Whitmore estaban destinadas a hallarse, o tal vez no.

El destino no siempre es una sentencia. A veces es tan solo una posibilidad.

El universo te prestó la semejanza de Phoebe Pembroke para que pudieras cruzar hasta él.

Para que, si el amor era verdadero, tuvierais al menos la oportunidad de reconoceros.

—Eso no explica cómo he viajado.

—Sabes cómo lo has hecho. —La duquesa señaló el anillo de plata con la gema oscura—. Ese anillo que Thomas le regaló a Phoebe era la representación de su amor, pero también el instrumento para que sus almas pudieran reencontrarse. Yo le dije dónde debía enterrarlo para que Thomas lo hallase.

—¿Y cómo supo Thomas lo que tenía que hacer? —indagó Phoebe—. ¿Cómo supo quién había sido en otra vida?

La duquesa alzó apenas una mano, como quien cierra una puerta con suavidad.

—No siempre hay respuesta para todas las preguntas.

—Sí las hay.

La duquesa la miró con una calma casi maternal.

—Tienes razón, las hay. Pero existen respuestas que, en ocasiones, más vale no conocer. Y esta es una de ellas.

Phoebe suspiró. Ella siempre quería tener la respuesta a todas las preguntas. Insistía hasta conocerlas. Pero, al viajar al pasado, había descubierto que no las necesitaba, que era capaz de aceptar que no podía saberlo todo y estar bien con ello.

—¿Y ahora qué debo hacer? ¿Quedarme en este tiempo?

—Como te he dicho antes, esa será una decisión que solo tú podrás tomar, pero antes debes regresar al instante en el que viajaste.

—¿Por qué?

—Porque tienes razón en una cosa: has viajado sin dar tu consentimiento. Y hay unas normas…

—Hay que joderse —resopló Phoebe, usando una expresión de su tiempo—. ¿Hay normas para los viajes en el tiempo?

—Hay normas para todo. No puedes quedarte en esta época, Phoebe, sin antes regresar a la tuya. Si lo haces, todas las personas que te conocen en tu época sufrirán las consecuencias.

—¿Qué consecuencias?

—Phoebe Pembroke desaparecerá. Ella ha viajado y tomado tu vida sin tu consentimiento y, si no se lo das, ese será su castigo.

Y tu familia sufrirá porque jamás sabrá qué te ha sucedido.

—Hizo una pausa—. Tienes que regresar, Phoebe, encontrarte con Thomas y Phoebe Pembroke y tomar tu decisión.

Si decides quedarte, volveréis cada una a vuestra época, pero, si regresas, ella tendrá una vida feliz junto a su amado y tú vivirás la tuya junto a tu alma gemela.

—Si decido quedarme, ella será yo y yo seré ella.

La mujer negó con la cabeza.

—No importa el cuerpo, Phoebe; importa el alma. Y tu alma ha viajado contigo. Siempre lo hará.

Phoebe tragó saliva.

Necesitaba tiempo para meditar, para entender lo que estaba sucediendo.

—¿Aun estando en el mismo tiempo, cómo sabíais que me encontraría con el conde? Y no me digas que fueron nuestras almas.

—Las almas gemelas son tozudas. Aunque estén cerca, a veces hay que darles un pequeño empujón.

Yo le expliqué a Phoebe Pembroke lo que debía hacer.

Ella presentó a Charlotte a su hermano. Otras dos almas gemelas que, en cuanto se vieron, se reconocieron.

—Hizo una pausa breve—. La puerta del viaje está en aquella despensa de Whitmore Hall.

—He estado allí con el anillo y no volví a viajar. —La propia Phoebe recordaba cómo lo había intentado sin ningún tipo de resultado—. ¿Tenía que enamorarme primero?

La duquesa negó con la cabeza.

—Para cruzar de nuevo necesitas el otro anillo. El anillo de Thomas. Fueron un par. Cada uno recibió el suyo como testimonio de aquel amor. Solo cuando ambos vuelvan a estar juntos, en el umbral de esa puerta, el camino se abrirá otra vez.

—Pero ese anillo ha desaparecido.

—No, no lo ha hecho. Lo tiene el asesino de Thomas.

—Los asesinos murieron, me lo dijo mi mad… Helen —se corrigió, aunque llamar a su madre postiza por su nombre de pila le resultó más extraño que dirigirse a ella como su madre. De alguna manera retorcida, se había acostumbrado a llamarla así, y le gustaba.

—El verdadero asesino sigue vivo y tiene con él el anillo como botín. —La duquesa entornó los ojos—. Como recuerdo de lo astuto que se cree que es.

—¿Y quién es el asesino? —preguntó, aunque tenía un pálpito.

La duquesa no dudó a la hora de revelarlo.

—Percy Hale, el vizconde de Granville.

A Phoebe no le sorprendió tanto como debería. Aquel joven no le había dado buena espina desde el primer momento. Ella sabía que no era trigo limpio.

—Solamente he coincidido con él en una ocasión y ya me he dado cuenta de que es un ser despreciable. ¿Pero por qué asesinaría a su hermano?

La duquesa esbozó una sonrisa triste.

—Por el título, querida. Nacer un minuto más tarde no le pareció un motivo justo para no ser el heredero.

Contrató a unos vagabundos para que fingiesen un robo y asesinasen a su hermano.

Les ordenó que le pidiesen el anillo, ya que sabía que él se resistiría a dárselo, y que, con la excusa, lo matasen.

Les ordenó que esperasen a darle un golpe al cochero en la cabeza para que se quedase inconsciente hasta que viese cómo lo apuñalaban, porque él forcejeó para no perder el anillo.

Así parecía un atraco que salió mal. Y luego, los asesinó a ellos para que no pudiesen hablar.

—Ese hombre… —balbuceó Phoebe con rabia— es un monstruo.

¿Cómo alguien podía ser tan mala persona como para asesinar a su propio hermano por poder y dinero? Aunque a Phoebe no debería sorprenderle tanto; durante su corta carrera como abogada había sido testigo de lo lejos que podía llegar el ser humano por unas pocas libras.

—Es un hombre cegado por el poder, capaz de las mayores maldades. Y es la razón por la que el universo les ha dado una segunda oportunidad a Phoebe y a Thomas.

Ella no pudo evitar sentir lástima por ellos. Lo que le había pasado a Thomas había sido una tragedia.

—De acuerdo, Percy tiene el anillo —murmuró—. ¿Pero cómo lo recupero? —Phoebe ni siquiera sabía dónde lo guardaba y, aunque lo descubriese, dudaba que pudiese acceder tan fácilmente a él—. Y, en el caso improbable de que lo recupere, ¿cómo demuestro que es el anillo de Thomas?

—En el cuadro que te he regalado, el mismo que Thomas pagó para que les hicieran, está la prueba de que es el mismo anillo. Pero, tranquila, hay más pruebas. Aunque vas a necesitar ayuda para conseguirlas.

—¿Ayuda de quién?

—De tu alma gemela, por supuesto. —Hizo una pausa y alzó la voz, sin siquiera volverse—. Whitmore, deje ya de esconderse entre los árboles y venga aquí con nosotras.

—Él no…

Phoebe no terminó la frase, pues Adrian apareció entre los árboles. Llevaba un frac oscuro, sombrero en mano y el paso firme de quien había estado acechando el tiempo suficiente como para no llegar demasiado tarde. Se detuvo a su lado, le rodeó la cintura con un brazo y la acercó hacia él.

—¿Cuánto tiempo llevas escondido? —le preguntó Phoebe con el ceño fruncido, pero sin apartarse.

—El suficiente.

—¿Me has seguido?

Adrian se encogió de hombros. No parecía ni un poquito avergonzado.

—Sabía que tramabas algo.

—Eso no es razón para seguirme.

—No iba a arriesgarme a que corrieras peligro —replicó él—. Me he mantenido al margen mientras no he visto amenaza alguna.

La duquesa los observó. Se fijó en cómo Phoebe, a pesar de sus palabras de enfado, acababa de apoyar la cabeza en el hombro de él. Y en cómo Adrian la sujetaba por la cintura como si no tuviera la menor intención de soltarla.

—Pero has estado escuchando a hurtadillas como una vieja cotilla.

—Por supuesto que no —negó Adrian, indignado—. Estaba escondido, asegurándome de que no corrías peligro alguno y respetando tu intimidad.

Ella alzó la mirada para mirarle a los ojos.

—¿Cómo narices respetas mi intimidad escuchando todo lo que estábamos hablando?

—Por el amor de Dios, mujer, si ni siquiera he comprendido la mayor parte de vuestra conversación.

—Bueno, al menos ahora pensarás que no soy la única loca que cree que he viajado en el tiempo.

—Nunca he pensado que estés loca.